sábado, 1 de septiembre de 2018

La dicotomía del emigrante


"¿Ya te vas? pero si acabas de llegar". . .  sí, yo también me he dado cuenta, al fin y al cabo, éstas son mis vacaciones. La pregunta se repite en diferentes bocas, en distintas fórmulas gramaticales. . . pero siempre viene a ser lo mismo, un retórico reproche tocado por la decepción. A mí no me toca ensayar mis caras de póker, porque a estas alturas de la vida yo ya no tengo tiempo para quedar bien. Las jornadas de trabajo son intensas, la rutina en general, con todas esas cosas por hacer desde las 7 de la mañana: prepara el desayuno, los tuppers, la comida de Inés, vistámonos todos, corre que te corre, hala, a la bici, sudando la gota gorda, déjala en la guardería, vuela al trabajo, recorre a toda prisa los cinco pisos de escaleras aprovechando tu minuto de gimnasio gratuito. . .  sécate todo el sudor porque el día no ha hecho más que empezar. Las responsabilidades han ido engordando hasta apretarme los huesos, eso sí, henchida de ellas y de gratitud, nunca olvido dónde está mi lugar. Por eso me gusta mi vida llena de tareas y tuercas. Engrano como puedo mis horas libres para poder seguir dando clases de baile, hacer teatro, seguir con el mentorazgo, salir con los amigos, y no olvidar que quiero disfrutar al máximo de cada minuto de Inés; aunque a veces me gustaría darle al pause, tirarme en el sofá y disfrutar de no hacer absolutamente nada. . .  ¿Cuándo fue la última vez de eso? Pero las vacaciones son otra cosa, ya en enero empieza el sorteo de la búsqueda de vuelo, a ver si este año puede ser que no necesitemos el sueldo de un mes para poder volar a España. En los últimos años se ha convertido para nosotros en un destino comparable a las islas Caimán, eso sí, no es exactamente un lugar de merecido descanso. El día antes de volar, por no decir la semana antes, las jornadas de trabajo parecen parir más horas, y nunca me parece suficiente lo que dejo terminado. Hacer las maletas pensando en llevar todo y a la vez dejar espacio para todo eso que me tengo que traer sin pecar de sobrepeso. Volamos de noche sin pegar ojo y aterrizamos a primera hora de la mañana, con todas las vacaciones por delante y unas ojeras que nos llegan hasta los pies. Si logras no dormirte hasta las 12 de la noche, habrás vencido al jet lag y sólo habrás perdido una noche de sueño. Tengo tantas ganas de ver a todo el mundo que el primer día suele pasarse tan rápido como la sensación de sueño. Primera tarea: desayuno ibérico.
Consulto la agenda para ver con quién me toca comer hoy, a quién tengo que ver sin falta, cuántos niños han nacido y no he conocido aún, a cuántos amigos no pude ver el año pasado. Sobre todo este año, que llevábamos casi 400 días sin pisar territorio español. Quiero ver a mis hermanos, quiero abrazarlos desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo de cómo huelen. Quiero también ver a mis amigas, ponernos al día, abrazarlas fuerte, reírnos de tontunas, arreglar el mundo como solíamos hacer. Sólo que ahora estoy sujeta a los horarios de Inés, a sus siestas y sus comidas, a que no puedo tenerla todo el día de bar en bar y rodeada de adultos. . .  Pero es que en España hace tanto calor en agosto, ¡queman los columpios! en serio, los parques se vacían de risas y carrerillas porque ahí no hay quien respire sin abrasarse los pulmones. ¿Fui yo una vez capaz de ignorar esta sensación de quemazón tan grande? Pues va a ser que sí, que yo solía andar por la calle a las 3 de la tarde para disgusto de mi madre, que ya gozaba de este sentido del calor que me ha crecido a mí ahora, me hago mayor.
A Madrid este año no le hemos robado mucho, porque al final es cierto que se queda vacío en agosto, que todo el mundo sale por patas huyendo de este asfalto de lava, y que hasta las 8 de la tarde no hay un sitio donde ir sin arder. Que esa es casi la hora de dormir de Inés en Boston, y que por eso Spain is different.  Al caer la noche, despiertan los bares, y cada día toca visitar uno distinto, o el mismo, pero no nos podemos permitir quedarnos en casa descansando, aunque en realidad sea lo que más nos apetezca, porque si hacemos eso, habremos perdido una oportunidad estupenda de vivir lo que tanto echamos de menos desde que nos fuimos. Pero es que también me apetece estar hasta las 3 de la mañana hablando con mis mejores amigos, discutiendo de todo, siendo laísta y chula y empezando la casa por el tejado. Me mata mirar el reloj y decir: "tenemos que irnos, hemos quedado para cenar". Pierdo entonces el poder de decidir sobre mi propia voluntad, porque yo me quedaría donde estoy, con mis amigos, con mis risas, para una vez que nos vemos. Lo malo es que los días son contados, y ese pensamiento alimenta la maquinaria que mueve mi cuerpo de forma involuntaria. Empiezo a sufrir una división cardíaca que me ahoga, esa que me obliga a sentir cosas tan discordantes como querer volver a casa, a Boston, en mitad de las vacaciones. Lucho con el sentimiento de ahogo y tiro para adelante, porque aún queda lo mejor, la playa, el descanso, las cañas a la orilla del mar, el placer de leer un libro. . .  sólo que en realidad no es así. Allí nos espera otra rutina adaptada a que Inés pueda disfrutar de sus abuelos y viceversa. Hay que dejar el egoísmo a un lado y mirar por ella, por ellos, y adaptarnos a lo que toca porque no podemos hacer otra cosa. Al menos con los abuelos es un poco más fácil, porque vienen a vernos a Boston una vez al año y pueden disfrutar de nieta durante más rato. El resto del mundo sólo tendrá una tarde con un bebé de cinco meses que de repente tiene año y medio y corre y balbucea, para seguir con un rato futuro de niña bilingüe y desconocida que parece crecer veinte centímetros de un día para otro.
Y a pesar de tener ya ganas de volver a casa, me voy de España con tanta pena que me dejo un trozo del corazón allí olvidado, y eso hará que durante los días que quedan hasta navidad, la eche de menos a rabiar, a dentelladas, a un nivel que algunos días tirará mis lágrimas por el lavabo. Los que hablan de depresión post-vacacional no saben lo que se agravan los síntomas cuando además eres emigrante. Sin embargo, Boston es ahora mi casa, y me recibe siempre con calor en lo que se anuncia como los últimos coletazos del verano. Llego al lab y me encuentro una perla en mi mesa, sonrío y pienso "qué suerte tengo".

miércoles, 1 de agosto de 2018

San Francisco arriba y abajo

Como Toledo, pero "volcao", cogido por el extremo y sacudido hacia abajo unos 45 grados (con respecto a Toledo, que ya tiene lo suyo en pendientes). Así se me antoja San Francisco cuando me quita el aliento subiendo la cuesta arriba, no sólo por el espectáculo, que es digno de cortar la respiración, sino por el efecto asfixiante del ejercicio mal traído empujando un carrito de niño. Y el premio al desaliento se lo lleva Lombard Street, esa calle en la que los niños no pueden jugar a la pelota, al menos no más allá de la primera patada, en la que irremediablemente el esférico rodará zigzagueando unos 200 metros y suma y sigue conectando con las calles que empalman colina abajo hasta llegar al mar.

Allí se parará inseguro, justo en aquel lugar desde el que puede divisarse Alcatraz,  la famosa prisión en la que permanecieron cautivos personajes tan famosos como el mismísimo Al Capone. Una atracción turística un tanto curiosa, una isla en medio del Pacífico, separada de la bahía de San Francisco por la distancia justa para morir pelado de frío si intentabas escapar de ella.
Claro que cuenta la leyenda que tres presos lo consiguieron... Para el que no haya visto la película "La fuga de Alcatraz", es un retrato fiel a la historia de tres reclusos extremadamente listos que ingeniaron un plan maestro para escapar, utilizando papel maché para hacer caretas de sus propias caras y fingir que dormían mientras escapaban por el conducto de ventilación. Puesto que la prisión cerró sólo unos meses después de esta aventura, las celdas (caretas incluidas) son ahora objeto de admiración de turistas, que se fotografían entre rejas frivolizando la privación de la libertad, el bien más preciado del ser humano.Yo, para no ser menos, también me hago la foto, pero más por el efecto del boli bic y la escala que por frívola, que también. Y así comprendo que esos hombres pasaban sus días encerrados en apenas dos metros cuadrados, excepto cuando eran castigados a permanecer en las celdas de máxima seguridad, aún más pequeñas y sin luz, y encima sin poder salir al patio. La visita guiada a Alcatraz es, sin duda, una de las cosas más curiosas que he visto nunca. Es curioso que una cárcel esté en una isla, en toda la isla. Cuentan los presos que aún siguen vivos que cuando el aire soplaba en el sentido correcto podían oír las risas de la gente festejando al otro lado de la bahía.

Desde los agujeros mal llamados ventanas de los muros del presidio puede verse el Golden Gate Bridge, el famoso puente rojo que Mapfre iconizó hace años y que es, sin duda, el sello de esta ciudad. También paseamos por él, lejos de cruzarlo... es bastante largo y hacía demasiado viento. Me hace pensar en su hermano pequeño, el Paquito (guiño a mi Sevilla del alma). Lo más sorprendente de este puente es su arquitectura, ¡que permite que oscile 8 metros de lado a lado cuando sopla el viento! Parece mentira que una estructura de hierro tan pesada pueda moverse como una pluma. Desde allí, pequeñita, también puede verse Alcatraz.
Pero sobre todo San Francisco es una ciudad para pasear, con muchos parques, con terrazas, sobre todo en la zona del puerto, donde hay un mercado parecido al de San Miguel que vende "tapas" artesanas en medio de un ambiente hipster. Desde allí nos paseamos orilla arriba hasta el Fisherman´s Wharf, un lugar repleto de gente donde puede comprarse pescado fresco para comer allí mismo. Junto a él, el Pier 39, un lugar estupendo para viajar con niños, ya que tiene un tiovivo, tiendas de golosinas, espectáculos callejeros y un sinfín de actividades y colores.

Pero no todo es color y vida en San Francisco, también hay una cantidad ingente de indigentes, borrachos y gente de extraños principios campando por todas las calles. Eso hace que huela rancio y dé un poco de repelús en según qué zonas, sobre todo el centro.
Imagino que el buen clima favorecen este estilo de vida como ya advertí en Seattle... Sin embargo, a mí me parece que éstos están un poco más idos de la cabeza, mucho loco gritando al mundo y jurándole distancia eterna al agua y al jabón.
Y por último, pero sin duda lo más carismático de esta ciudad, ¡los tranvías! Arriba y abajo sorteando grados de ángulos imposibles, estas máquinas viejas pero exquisitamente preservadas se pasean por toda la ciudad. Y no sólo los turistas, ojo, aquí los sanfranciscanos también van a trabajar en tranvía. Probablemente no tanto en Cable car, cuyo precio es algo más elevado pero puedo asegurar que merece la pena, aunque sólo sea por ver cómo lo cambian de sentido manualmente cada vez que llega al final de la ruta. Por no hablar de la gente colgando por fuera como si estuviéramos en la India... ¡Me encanta esta ciudad!




Todo esto y más, en una ciudad en la que, sin duda, podría venirme a vivir, si no fuera porque está tan lejos de España y separada de ella por 9 husos horarios. Así que, de momento, mejor nos quedamos en Boston, que no tiene tantas terrazas ¡pero sí el mismo sol en verano!

sábado, 12 de mayo de 2018

Hawaii, ese paraíso terrenal

Cuando Mecano cantaba "Hawaii, Bombay, son dos paraísos..." yo de hecho pensaba que esos dos sitios debían de estar cerca. Pero no, resulta que están a 20 horas de avión...
Pero claro, es que Hawaii es el lugar más aislado de toda la Tierra. Ese pequeño archipiélago en medio del Pacífico que fue tan protagonista de la Segunda Guerra Mundial es ahora un destino turístico de maduritos y maduritas, de familias adineradas con niños y de científicos que acuden a un congreso en pleno corazón de O´ahu. Honolulu me recibe atemperada, en un aeropuerto que dadas las condiciones meteorológicas han decidido dejar abierto a modo de eterna terraza veraniega. Mis pies pisan suelo hawaiano pero mi corazón se siente en Canarias. De alguna manera estas islas volcánicas me recuerdan bastante a las nuestras, sólo que mucho más caras y con más playas blancas que negras. Aquí en vez de bolso llevan tablas de surf bajo el brazo, y llegar a la playa es un paseo laberíntico entre complejos hoteleros y tiendas de lujo. Nunca había visto un sitio igual, nos quejamos de Torrevieja, "asfaltao hasta la orillica", pero al menos el paseo marítimo se respeta. A diez metros de la orilla del Pacífico, se alzan monstruosidades de 20 pisos que arrojan sombra sobre Waikiki a eso de las cinco de la tarde. Claro que anochece a las 7, y eso hace que la gente acuda a la playa tan temprano que en España se encontrarían con que está llena de trasnochadores haciendo botellón. Curiosamente, en esta playa nunca anochece del todo, porque dos enormes focos apuntan a la orilla para que los que se alojan en los hotelazos puedan ver el mar hasta de noche, para desgracia de los jóvenes que buscan rincones oscuros y de los románticos que aún buscamos estrellas fugaces a las que pedir deseos. La verdad, nada que envidiar a nuestras playas.
Eso sí, unas gafas y un tubo son suficientes para meter la cabeza en Waikiki y encontrar peces de colores alucinantes, chiquitos, enormes, gorditos... ¡hasta de lunares! Y las aguas son tan cristalinas que puedes verte los pies y hasta los pelos de las piernas. Qué placer, qué relax, qué ganas tenía de vacaciones...
Parece mentira que fuera aquí donde empezó la Segunda Guerra Mundial. Para quien no haya visto "Pearl Harbor", es esa bahía hawaiana donde los japoneses atacaron por sorpresa a los americanos, hundiendo toda la flota estadounidense, y acabando con la vida de más de dos mil soldados, con una media de edad de 19 años, de los cuales más de la mitad sigue formando parte de la tripulación difunta del USS Arizona, que se hundió tan rápidamente que dejó atrapados los cuerpos y nunca han podido rescatarlos. Encima del barco, que puede verse desde la superficie del agua, han hecho un Memorial sobre el que no pudimos poner pie porque esa misma mañana había empezado a resquebrajarse el embarcadero... Aun así, nos empapamos de la historia de Pearl Harbor, y dando marcha atrás en la memoria histórica de lo que aprendimos hace dos años en Hiroshima, descubrimos este sitio estratégico donde los japoneses decidieron declarar la guerra a Estados Unidos de una forma un tanto grotesca. Me resulta difícil entender que un lugar tan bonito haya albergado tanto horror.
Pero Hawaii no sólo es interesante por la parte histórica que le toca, que es mucha, sino por su inmenso interés geológico. Aquí están los volcanes más activos del mundo, ¡¡¡y se pueden visitar!!! ésta es una de las razones que me hizo arrastrar a esta isla remota a Dani y a Inés, que se pegaron 14 horas de avión y 6 de diferencia horaria en aras de disfrutar de unas merecidas vacaciones en familia.
Pero cuando más confiados estábamos disfrutando de Waikiki, a dos días de coger el avión destino Big Island... ¡buuum! El volcán más activo de todo Hawaii, el Kilauea, decide que ha estado mucho tiempo dormido y que es hora de despertar, de brincar, de escupir lava... y entra en erupción con una furia que ha dejado de momento, 117 acres de tierra destruidos, más de 30 casas y amenaza con producir una explosión magnánima y magmática que tiene a todo el mundo en jaque. A pesar de que los hoteles consideran que no hay que alarmarse, que estamos a 45 millas del volcán... a mí que me llamen cagueta, pero yo no me arriesgo a llevar allí a Inés. Total, si no vamos a ver volcanes (porque yo así, tan de cerca, pues tampoco necesito verlos, gracias)... Así que procedemos con las cancelaciones pertinentes, coche de alquiler, hotel... cambios de billetes... y nos plantamos en San Francisco, que también se está calentito y de momento no amenaza con echarnos a base de ríos de lava. Prometo un próximo bostonadas en San Francisco.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Adiós Porter

Atrás se quedan los años más felices de mi vida, colgando de hilos de luz que descienden desde el techo, alejándose de la sombra que proyectan tus ventiladores. Qué horteras me parecieron al principio, cuánto acabé agradeciéndoles en mi verano gestante.


Llegué aquí una tarde de viernes casi a la hora del cierre, con la noche ya acampada sobre nuestras cabezas y mucho miedo a tener que dormir en la calle el miércoles siguiente. Te encontré en el lapso justo en que te asomaste a la algarabía de Craiglist, que nunca se conforma más allá de veinte minutos. Y así fue, veinte minutos exactos estuviste en el mercado, porque a mí la suerte estaba a punto de sonreírme por primera vez en mucho tiempo. Y así te encontré, tímida y vacía, con esas paredes blanquísimas que escurrían mis recuerdos. Te resististe a los alfileres de una vida que aún colgaba de mis lágrimas, y tuve que engatusarte con celo y bluetack por mucho tiempo. Me sobraba casa por todos lados, incluso después del primer viaje a IKEA, con mis dos sillas amables que harían las veces de sofá durante los primeros seis meses... en parte porque no cabía en un coche que ya llevaba más de lo que podía, y en parte porque no podía permitírmelo en la austeridad de mi cuenta bancaria. Una mesa con cuatro sillas, una cajonera, una cama, una mesita de café, sábanas, cubiertos, platos, cazos, sartenes, cazuelas... y mis dos sillas amables. Eso fue todo durante mucho tiempo. Eso, mi portátil, mis libros y las fotos que traje de España con las sonrisas más cercanas que ahora quedaban tan lejos. Me dije a mí misma, "mejor no comprar demasiado, por si esto se queda en seis meses..." ¡ja, sólo que han pasado seis años! Se fueron multiplicando las sonrisas, se fueron llenando los cajones, luego hicieron falta más, y hasta estanterías. Me permití el lujo de una alfombra que te diera un toque de color, y así, poquito a poco, te fuiste llenando de luz y de vida. El primer año fue tan duro que muchas veces creí que no podría contigo, primero aquel intento fallido de pintar una mesa, que terminó pegándose a una tele que ni si quiera funcionaba. Quedó pelada para siempre como un guiri en Torrevieja, en el cuarto de los tratos dando cobijo a las maletas vacías. Luego la estantería de la familia Monster, cuya pintura también compré en aras de transformarla y se quedó en un plan macabro que nunca llevé a cabo tras ver el resultado de la mesa.
Hay que ver cuánto me quedaba por descubrir entre tus muros. Aquí descubrí lo bonito de la cotidianidad, los domingos en ca la mama, las navidades llenas de luz aunque fuéramos cuatro gatos. Aquí siempre estuve protegida, tiene gracia, tan lejos de mi padre y mis hermanos, y sin embargo tan segura de cada paso que daba. En el parqué están las marcas de mis tacones, que se fueron convirtiendo en suelas de goma para la nieve y en esquís, que más tarde dieron paso a los patucos y al gateo. Los cambios de perspectiva de una casa que se va llenando, cambiando, evolucionando. Primero Susanna y nuestras noches de velas, de hablarlo todo en trescientos sesenta grados.
Luego Dani y su abrazo eterno, infinito, con su manojo de cables que vinieron a domotizarlo todo, ¡te dio voz!... y voto, porque a veces las luces se encienden, o no, según te parece, calientas la casa cuando nos oyes llegar y atormentas a la Loli con los aspirados inteligentes de la hora de la siesta. La Loli, que primero fue un cincuenta por ciento de Porter y se ha quedado en un veinticinco, eso sí, manteniendo su sitio privilegiado en el regazo de la silla amable. ¡NO QUIERO TIRARLAS! Sí, se ha abierto la tela por debajo, están hundidas, cuarteadas, sucias a pesar de los lavados, se ha encogido la funda, se han doblado las esponjas, te echan la cabeza para adelante y sólo nos sentamos en ellas para atarnos los zapatos... ¡pero no quiero tirarlas! son mis sillas, mi historia, mis raíces, mis recuerdos... me recuerdan que todo en la vida tiene un principio y que todo cambia, que todo mejora, que todo es posible. Tienen la altura adecuada para que Inés se apoye en ellas y pueda ponerse de pie, combadas con la forma de la Loli para que pueda dormir durante horas en un limbo que nosotros ni si quiera podemos alcanzar a imaginar. Perfectas para las tardes de lectura de mis padres, las sesiones de tele de mis suegros... ¡QUE NO LAS TIRO!

Mi última noche aquí, miro alrededor y pienso, "todo metido en cajas y aún sigue habiendo mucho más que cuando llegué". Es el resultado de seis años de construir, de enmarañar, de acumular, de reír, de soñar, de bailar, de querer, de poder, de cantar. Seis años de entradas de teatro, bolis de propaganda, tickets del súper, folletos de comida rápida con mensajes encriptados. Seis años de ropa de dos mundos, de fotos en otros lares, de amigos dejando huella, de recuerdos imborrables. Aquí llegué semirrota, aquí aprendí a ser yo, aquí me convertí en científica, aquí me casé, aquí creció mi sirena, aquí esperamos su llegada viendo el Señor de los anillos (versión extendida), aquí he pasado días enteros con los mejores amigos, de aquí y de allí, aquí he aprendido a ser feliz.
Adiós Porter, gracias por todo lo que me diste, por los buenos ratitos, los agujeros quedan tapados pero tú y yo sabemos que ahí hubo fotos, y mensajes, y poesía, que nunca se marcharán de nuestros recuerdos a medias.
Hola Dana, mi primera casa en propiedad en los Estados Unidos de América, pero ésta es otra historia.

martes, 19 de septiembre de 2017

Gitana

Me llenas la vida de luz, como una llama infinita de fuego azul, de ese que no quema y que uno no puede dejar de mirar. Una sonrisa que se escapa por detrás de la silicona del chupete, ese que te cuelga como un cigarrillo distraído pegado al labio. Me hace gracia porque siempre he pensado en lo absurdos que son los padres que graban vídeos de sus bebés haciendo la nada y los hacen virales entre sus familiares en un uso abusivo del whatsapp. Mira, yo siempre he sido una seca (seca-andante, que diría tu tío Víctor), siempre he mirado de soslayo a esos padres pelmazos y he pasado más bien de puntillas por encima de las gracias de sus infantes. Simplemente, no las veía, no tenía esas gafas de comprensión y sorpresa que ahora llevo; ésas que permiten el asombro ante un logro que puede parecer simple, como que coordines tu pequeña manita con el tino suficiente como para ponerte la tetina del chupete directamente en la boca sin pasar por el ojo y la ceja. Esas gafas que me permiten observar que hace dos meses apenas te movías y ahora te revuelves como un pez recién salido del agua, haciendo la croqueta a izquierda y a derecha, que te viene faltando suelo para desplazarte.
Hasta ahora la vida se medía con una regla pequeña, de colegio, y cualquier cosa era considerada como un problema enorme. Un experimento complicado podía quitarme las ganas de comer y hasta el sueño... Sin embargo, la vida se mide ahora en minutos, en horas... con un metro extensible que aún no ha llegado al tope. Por eso no hay nada que sea lo suficientemente grave como para ocupar mi mente mucho rato. Es que es culpa tuya, con esa sonrisa, cuando te ríes con los ojos y con toda la cara yo ya no sé qué estaba diciendo. Y te ríes con los ojos todo el rato, portadora de una felicidad biológica que me gusta pensar que has heredado. Pero la verdad, desde hace un tiempo la genética empieza a parecerme un cuento chino, más cierta sobre el papel y lo que queremos creer que sobre la realidad cegadora del bebé perfecto que resultas ser. En mi imperfección te diré que aún guardo un miedo latente a que un día te rebeles y dejes de dormir tus noches ininterrumpidas, o de comerte lo mismo una quiché lorraine que un plato de verduras con bacalao, que un trozo de queso curado o una galleta, que dejes de sonreír a boca gigante a todo el que pasa o que te tomes el biberón lo mismo si te lo da la tía Elia que un extraño al que acabas de conocer. Pero ya van siete meses y parece que este estado onírico se alarga desafiando las estadísticas bebiles.
Hasta a la Loli has doblegado, que se aguanta con tus puñaditos a merced de su pelaje, lo mismo del lomo que de la cara o de un ojo, y que se pone frenética cuando te oye llorar. ¿Cómo no va a rendirse el mundo a tus pies, gitana, si eres la prueba viviente de que existe la perfección?

miércoles, 28 de junio de 2017

Sueño cumplido

Nacieron todos a la vez, el mismo día que Inés, a pesar de tener distintos cumpleaños y simbología zodiacal. De repente tuvieron cara, y manos, y estaturas... de repente tuvieron nombre. El amor vino poco después, sin esfuerzo, sólo hizo falta un vistazo a sus caritas en aquella fotografía. Sólo una sonrisa estática atrapada en un papel... y ya les queríais; ya eran fuego, ya eran tierra, ya habían dejado de ser aire. Volaron durante un tiempo con la brisa, inseguros de la suerte que habrían de correr en un futuro no tan lejano. El viento sopló hacia el oeste y su olor llegó hasta España, a Madrid, y casi sin contemplaciones vino a parar a Pinto. Ya tenían un destino. Aquellas palabras se juntaban para componer un sueño; con un toque de varita hicieron realidad el mayor de vuestros deseos. Aquellas palabras escuetas y enamoradizas venían a decir que el momento estaba cerca. Nada más, como si uno pudiera contenerse sabiendo que su vida va a dar un giro de 180 grados. A partir de entonces, incertidumbre vestida de prisas, coloca aquí, mueve allá, prepara tu vida y haz un hueco enorme, abre tu corazón un poquito más, para que pueda caber todo ese amor que está a punto de desbordarse. Y aun haciendo los ejercicios para estirar el músculo cardiaco, las agujetas os pillaron de sopetón. Incontenible, imparable, inconcebible, inabarcable... creció sin que os dierais cuenta como una luz que se difumina, contagiándose de una célula a otra como un virus de la risa. Las sonrisas se escapaban y no podíais disimular, sin embargo, el miedo a despertar seguía siendo palpable. Ya con los vuelos comprados y todavía incrédulos, los episodios del pasado se iban cerrando poco a poco, cicatrizando bajo la nueva piel que regenera todos los tejidos, hasta el cardiaco, preparándolo para la avalancha de latidos que se le venía encima.
Hungría está cerca y lejos, si miras desde el catalejo de los sueños por cumplir, la distancia se hace infinita, sin embargo, los aviones son tan rápidos que en un abrir y cerrar de ojos ya estabais allí. Uñas comidas, temblores internos, un intento final por estar preparados para ese cambio que la vida os aguardaba. Y así, un día abriste los ojos y allí estaban, llenándolo todo de luz, de energía y de ganas de volar. Dávid, con su tilde recién puesta, con sus coloretes pintados en esa carita morena. Pati, con sus ojos de mar, que lo miran todo con esa sabiduría encerrada de los niños listos. Anita, con su sonrisa infinita, llenándolo todo de vida como un torrente de energía incontrolable. Un abrazo de diez brazos, así es como empieza su vida. Así se imprimen las imágenes que ya dejaron de ser garabatos, así se graban sus voces para siempre en tu cabeza. Y puedes distinguirlas entre la multitud, como su llanto, porque los lazos maternos no entienden de herencia genética. Puedes cerrar los ojos y volverlos a abrir sin miedo, porque siempre seguirán estando ahí. Cada vez más nítidos, cada vez más seguros, cada vez ocupando más parte de tus entrañas y de tu corazón. Así es el proceso que te convierte en madre, ¿o es que no te has dado cuenta de que has dejado de dormir del tirón cada noche?
Y así es como sumasteis tres para ser familia numerosa, como siempre quisiste. Parece que era cierto que los sueños pueden realizarse. La felicidad de vuestro hogar me ha salpicado el teclado. Ha cruzado medio mundo montada en su globo de fuegos artificiales. Ya te regalé muchas lágrimas que se escapaban de mis emociones. Tu dicha ha desafiado también mi capacidad de ser feliz por otros. Ha empujado los límites de mi empatía hasta hacerlos desaparecer. Quizás porque deseé con todas mis fuerzas que un día fuésemos madres a la vez. Ahora sólo me queda abrazarte con cuatro brazos, los míos ya los conoces, pero hay otros pequeñitos que llevan un tiempo esperando. Todos van cargados de fuerza acumulada durante años. Sueño cumplido.

lunes, 15 de mayo de 2017

Mujeres bonitas

Un año y medio viviendo en Sevilla y ha tenido que ser en Boston donde he venido a conocer al duende. Agazapado entre los volantes de lunares, a la luz de un farolillo verde se ha dejado adivinar un parpadeo tímido que, en realidad, había estado ahí desde siempre. Una vez más, la española que hay en mí se hace grande nutrida de arte, desahogando las maneras en las aguas dulces primaverales que este año traen tintes gitanos.
Y es que una no puede resistirse al torrente que emana de los tacones de Laura, de sus ademanes, de su peineta, de todo ese arte flamenco que casi no cabe en un cuerpo tan pequeño que, sin embargo, parece medir el doble cuando sale al escenario. Se crece como una mariposa con las alas desplegadas, amplia, infinita, dejando apenas espacio para el aire que la rodea. Echan fuego sus tacones, esos zapatitos rojos que parecen de muñeca y sin embargo, cuando los calza, en un zapateo mágico la transportan al mundo de Oz. Nos transportan a todos en verdad, porque la onda me arrolla y me zarandea, me arrulla y me deja caer; vueltas, danzas, giros, quiebros... no doy abasto a dar palmas sordas con mis brazos torpes de mortal.
Para mujeres bonitas, las de Cádiz, amén. Las españolas en general, bonitas por fuera y por dentro, donde se alojan las ganas, donde se escribe el sentimiento, donde se enganchan las risas que brotan en carcajadas. Las risas que nos echamos las españolas de cuna y de adopción, las que nacimos arropadas por la piel de toro y las que se acercaron tímidas con el arte incontinente del tintineo en los tacones. Mujeres bonitas que me rodean, me dan calor, me devuelven los ratos que son míos, y ahora nuestros, y que abren una nueva puerta para descubrir qué hay detrás de ella: unas nuevas raíces que brotan desde los tacones hasta el corazón de Boston. Porque es aquí y no allí donde Laura zapatea, porque es aquí y no allí donde existen los espejos de sacudirse la distancia. Porque es aquí y no allí, donde escuchar Alegrías me pone los pelos de punta, me llena los ojos de vida y me infiere una energía que no puedo describir, unas ganas infinitas de bailar fuera de mi piel, de desnudarme de miedos y vestirme de volantes de colores, de flecos fucsia y turquesa, de los acordes estridentes de las palmas aprendizas. Vibran en el aire bostoniano los sonidos del jaleo: arsa, guapa, olé, qué arte... palabras sueltas con acento extraño que, sin embargo, llenan mis pulmones como una poesía, como una oración a un dios que se esconde en mis entrañas... ¿será aquél que dicen el duende? hace que olvide mi hambre, mi cansancio y mi añoranza, porque cuando bailo no estoy en España, sino que España está en mí. Me corre por las venas como un abril infinito, una fuente de energía inagotable que me enferma si no bailo.
Gracias Laura por transmitirme tu pasión por el flamenco, por haber traído a Boston el trocito de mi corazón que aún remoloneaba por España, gracias por ayudarme a descubrir esa parte de mí que hasta ahora no he sabido que siempre me había faltado. ¡Olé!