viernes, 14 de abril de 2017

Abuela, ¡conéctate!

Del lado amargo de la distancia cuelgan los momentos importantes de la vida, ésos en los que la ausencia significativa de los que más quieres se pronuncia como un agujero insondable, un hueco irrellenable, un vacío irreemplazable de minutos hechos de kilómetros y aire.
Inés vino al mundo un 20 de febrero, sin embargo, España ya se acunaba en el 21, las siete de la tarde aquí, la una de la mañana allí. En la sala de espera del Massachusetts General Hospital no había abuelos, ni tíos, éstos se encontraban, sin embargo, en la sala de espera de un tanatorio en algún lugar de Toledo. Porque en una vida se hace de noche a la vez que en otra se hace de día, y así las almas bailan obedientes al son del compás que les toque.
Sin embargo, Inés conoció a sus abuelos en su primera hora de vida, porque la magia de la tecnología permite que los momentos puedan estratificarse, comenzando a este lado del mundo y terminando en aquél. A este lado, mi pequeña muñeca recién estrenada abría los ojos al mundo por primera vez, al otro lado de la pantalla, en aquel lugar donde una vida anciana acababa de apagarse, afloraban las sonrisas de los abuelos primerizos, que veían por primera vez esos ojos negros que acababan de encenderse. Curiosamente, sus cuatro abuelos conocieron a Inés mucho antes de lo que la mayoría de abuelos tarda en conocer a sus nietos, porque estábamos aún en la sala de partos, donde sólo se admiten las visitas digitales. De esta manera, la tecnología ha permitido llenar un poco ese vacío arañándole metros a la distancia... aunque el calor de las sonrisas no transmite del todo la temperatura de las caricias anegadas. Y como decía Victor Manuel ¿adónde irán los besos que no damos? Bueno, a mí me gusta pensar que nosotros somos capaces de reproducir todo ese amor que naufraga en la fibra óptica.
Son las diez de la mañana, más o menos, todo depende de doña Inés, que a veces quiere desayunar más temprano... Abuela, conéctate: la musiquita del FaceTime acompaña nuestros desayunos como lo hacía antaño la melodía de la cadena Ser en casa de mis padres. Apenas unos segundos después, a la hora del café en España, la abuela contesta el teléfono e inunda la casa de "ays": "¡ay, mi niña, qué rica es! ¡ay, qué bonita (o bonica, según qué abuela) está!¡ay, su abuela lo que la quiere!¡ay, qué carrillitos tiene ya..." y así van pasando los días y los abuelos se empapan de esta piel nueva que se va estirando, de la melanina que se va asentando, pintando un bronceado natural que será la envidia de todas sus amigas yanquis. El pelo va creciendo, las pestañas van apareciendo, las cejas se van poblando, los ojos cada día más enfocados... y sus abuelos casi pueden tocarla a través de la pantalla.... eso sí, CASI, una palabra que duele y que sabe amarga y dulce a la vez, que puede estirarse hasta medir casi 5000 kilómetros en un milisegundo, una palabra que puede arrancarte una risa o una lágrima, dependiendo del contexto en que se cocine.
Pero vivimos aquí, Inés es americana y la vida nos ha dado esta oportunidad de ser extranjeros de los que vienen a parir... Es curioso lo diferente que se ve el mundo cuando uno es inmigrante. Nuestra piel es blanca, nuestra cuna es Europa, nuestro currículum es impecable... sin embargo, nuestro acento es fuerte, nuestros orígenes son humildes y también rendimos cuentas en las fronteras. Por suerte, mi hija no tendrá que preocuparse por si Trump decide levantar un muro en Portugal, aunque el precio a pagar conlleve crecer lejos de sus abuelos, de sus tíos, de sus primos... es grande la reflexión que uno hace como inmigrante y que deberíamos ser capaces de hacer también como nacionales. Esas mujeres embarazadas que cruzan el estrecho en patera, esos niños que vienen a nacer en las playas de Cádiz, los que viajan en hatillo a la cadera de sus madres, también crecerán lejos de sus abuelos, más lejos aún, porque la conexión se pierde cual náufrago en las profundidades del Estrecho.

viernes, 3 de marzo de 2017

Inés y la alegría

Al principio todo era parte de un proceso biológico fascinante. Una burbuja de océano amniótico que se iba expandiendo dentro de mí, en cuyo interior nadaba una sirena, bicelular al principio... mas dividiéndose bajo la constante de una vida que evoluciona, una organogénesis perfecta que se iba adivinando a la luz del ultrasonido. Primero los latidos, a la carrera, fuertes como si fueran a escaparse a través de sus escamas. Luego la cola que iba creciendo, bifurcándose hasta culminar en dos vertientes hiperdinámicas que pateaban la burbuja por debajo de mis costillas.
El tiempo volaba erosionando las escamas de la pequeña sirena, formando las capas de piel que en breve la convertirían en un ser humano. Desde fuera, con cierto asombro, yo iba participando de un mundo que aún no me pertenecía, más ajeno de lo que dictan los cánones de lo correcto, y aún así cada vez más mío. Se abombaba bajo mis vestidos, y a mí seguía pareciéndome increíble, como un sueño que no acabas de tomarte en serio porque, en el fondo, sabes que despertarás. Así pasaron 41 semanas, y un buen día, de repente, se derritió la nieve, subió la marea, golpeó en las rocas un batir rítmico in crescendo que se ajustaba como un calco absurdo a lo que describen los libros, todos esos foros de internet, todo eso que la gente te va contando para prepararte... como si uno pudiera estar preparado alguna vez.
Las horas se perseguían contraídas en espacios cada vez más reducidos, presionando la burbuja, llamando a la vida a la pequeña sirena. Yo miraba aquel espejo con los ojos de la curiosidad científica que nunca se agota, y aún no podía creer que aquella cabecita morena estuviese surgiendo de mí. Participé de su nacimiento con el cuerpo y el alma, pero fue justo en el momento en que noté su cuerpecito caliente encima del mío cuando la realidad cayó a plomo sobre mí y me convertí en MADRE.  Lloré lágrimas de exceso de felicidad para drenar aquel sentimiento que apenas podía contener, la alegría que llenaba mi corazón y que lo ha ido haciendo más grande desde aquel momento y hasta el día de hoy. De repente y por primera vez entendí la magnitud de este concepto. Entendí por qué la naturaleza se regodea en su perfección, por qué si se pincha soy yo quien sangra, y por qué mis brazos son ahora una coraza cuya única función es protegerla de todo. Desde aquella altura no podía verle la cara, pero no hacía falta, nunca olvidaré la sensación de esa nueva piel suave y temblorosa fundiéndose con la mía. Conectadas por el cordón que aún no había dejado de latir, en un limbo inexplicable entre mi mundo interior y el mundo que nos rodea.  Corté aquel cordón de textura gomosa y ahí acabó el experimento y empezó su libertad. Permanecí así durante mucho rato, feliz, con mis manos rodeando su pequeño cuerpecito de muñeca, con las manos de su padre transmitiéndonos ese calor infinito que ya nunca se marchará de nuestra pequeña familia. Inés había llegado por fin, y en aquel momento la científica que hay en mí se hizo a un lado para dejar sitio a la madre en la que acababa de convertirme.
Cuando por fin pude mirarla, allí me vi. Vi mi boca y mi barbilla en aquella carita diminuta, vi mis ojos bajo las cejas de su padre, con su remolino moreno, con toda su perfección. Aquellas manitas, las mías pero diminutas, me agarraban como aferrándose a la nueva vida, y entonces comprendí que mi vida jamás volvería a ser lo mismo, porque mis prioridades acababan de cambiar.
Inés abrió mucho los ojos desde el principio, atenta a las luces y a la música. Tanto me ha oído cantar que reconoce mi voz a través de las olas, rompiendo todas las barreras que alguna vez existieron. Mi sirenita americana ha traído la primavera a un invierno que prometía ser difícil. Pintó un sol en el mes de febrero que nos sacó a la calle en manga corta, llenó las terrazas, los parques y nuestras vidas de luz. Inés ha traído la alegría a esta casa, robando el último resquicio de soledad que pudiera andar escondido por algún rincón. Me aprieta la felicidad, se hincha dentro de mis venas, circula como una loca por todas las tuberías. El karma se había guardado lo mejor para el final. Cuando emprendí este viaje hace ya más de cinco años, no imaginé que los días más felices de mi vida aún estaban por llegar. Ignorante peregrina, amazona en busca de unicornio que montar, no podía imaginar que estaba ya en el camino hacia este lugar privilegiado donde aprendería a ser feliz. Bienvenida al mundo INÉS.

domingo, 22 de enero de 2017

La era Trump


Un día después de la investidura de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el 21 de enero de 2017, más de 200.000 personas acudimos a una marcha pacífica en Boston, y otros muchos millones de personas lo hicieron por todo Estados Unidos y en cientos de ciudades alrededor del mundo.
¿Por qué esta marcha? Queremos reivindicar, no sólo nuestro desconcierto y nuestro descontento con este individuo que se erige ahora como mandamás del país más poderoso del mundo, sino nuestro desacuerdo con esa política retrógrada que clama que volverá a hacer América grande cuando, en realidad, yo la veo más empequeñecida que nunca. Marchamos por las minorías que van a sufrir esta política con la fuerza de una bofetada que nos retrocederá cien años en la historia, por las mujeres, los inmigrantes, los homosexuales, la gente de color, etc. Hemos perdido el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo, a alzar la voz para decir lo que pensamos, a sentirnos seguros al caminar hacia adelante.
Como mujer y como inmigrante, brindo mi pequeño gesto de útero gestante avanzando entre la multitud, sintiéndome segura entre todos esos cuerpos tocados con el gorro rosa de dos puntas más conocido como "pussyhat" (qué gran oportunidad para volver al crochet). Me sorprende la cantidad de niños y mayores que han salido a la calle, incluso en estos días donde el miedo a un camión desbocado armado de odio sin sentido puede encerrarte en casa con la fuerza de un toque de queda en medio de una dictadura. Pero lo que me sorprende aún más es que las fuerzas del estado colaboran para que esta marcha pacífica se desarrolle cómodamente. Esto significa urinarios portátiles, metro gratuito para poder acudir y abandonar el lugar de forma fluida y civilizada, puestos de comida, tráfico redirigido, calles cortadas, noticias al minuto para poder seguir el estado de la marcha en todo momento, altavoces para que se oigan los discursos desde todas partes. A veces siento mucha envidia sana de cómo se hacen las cosas en este país... Nadie empuja, nadie está de mal humor, al contrario, a todos nos mueve la misma causa.
¿A qué nos enfrentamos? ¿qué nos espera ahora? Luchar duro para mantener lo que nuestras antepasadas consiguieron a base de mucho esfuerzo y más lucha. Demostrar que no estamos de acuerdo, que no nos vamos a quedar de brazos cruzados, que no nos vamos a conformar. Toda la nación se echa las manos a la cabeza en un gesto de incomprensión infinita hacia lo que está aconteciendo... sin poder explicarse aún que esto haya dejado de ser una sátira o una viñeta de un cómic de pacotilla para convertirse en una realidad que empuja nuestros cimientos hasta hacer tambalearse los derechos más esenciales, los derechos humanos.
No hay fuerza más grande que la que hace la unión, y esta unión multitudinaria y pacífica es una lección inmensa hacia los que están en el poder. Poco más del 30% del país está a favor de Trump, eso deja la sociedad americana en un desequilibrio precario que sólo puede ayudarse mediante el apoyo de unos a otros. Por eso apostamos por los derechos humanos, la libertad religiosa, la justicia climática, racial, económica y reproductiva, apostamos por un futuro mejor, y por un país que se mueva hacia adelante, no hacia atrás arrastrado por la soga retrógrada de un individuo que parafrasea al villano de batman en su discurso de investidura.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Adiós 2016

Te marchas habiendo dejado ese regusto dulce de las cosas bien hechas. De lejos, sin el jaleo de las voces de los que hablan todos a la vez, sin las caras frías de los que entran de la calle, con el ronroneo quieto de la tranquilidad a bajo consumo, descansada, sintiendo el burbujeo de la sirena que nada en mi vientre con sus ancas de juguete. Miro atrás de soslayo, ni si quiera he de darme la vuelta completa para verte marchar, porque aún estarás aquí por otras 6 horas, ya no allí, donde eres sólo un recuerdo y un obstáculo superado, pero aquí las estrellas conspiran en coordenadas diferentes.
Muchos son los que se vuelven aprisa para darte la espalda sin piedad, yo en cambio, agradecida, me requedo un poco más en tu regazo. Me trajiste un asa grande, para asirme a las raíces que, cuando quise mirar, ya se habían extendido más allá de lo que recordaba. Crecieron por debajo de las sábanas, de la tarima, bajaron por las escaleras y llegaron hasta el mar, enroscadas en la arena del fondo sin bombona ni escafandra, se adentraron con decisión hacia las profundidades del Atlántico. Cuando quise darme cuenta ya eran fuertes, ya podían sostenerme, incluso en esos días en que la duda aún me empujaba a tambalearme. Me abriste presto el escenario de una vida que ya estaba protagonizando, sin condicionales, sin supuestos, simplemente con el traje de estar por casa que va tan bien para sentirse seguro.
Así que me queda el regusto del agradecimiento, de la ilusión, de haber bailado intensamente todas las canciones que tocaste para mí. Por eso, con cierta nostalgia, y echando de menos a los míos, te despido y quedo agradecida por todo lo bueno que me diste. De paso, ensancho mis miras, y sigo llenando mis pulmones, cojo aire para lo que está por venir, todas las fuerzas serán pocas... Adiós 2016, un buen año en muchos sentidos, un recuerdo de purpurina y oro que guardaré celosa en el mejor espacio de mi memoria.
Feliz Año Nuevo a todos.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Acción de Gracias 6.0

Ya tocaba, digo yo, ser anfitriones de este día tan señalado en la cultura americana. Cinco pavos fueron asados en otros hornos, a la espera de que un buen día, medio americanizada ya, esta servidora se dignara a usar su propio horno para tan esperado asamiento.  Gravy de tetra brick, mashed potatoes a mansalva, como si no costara, como si se nos hubiera ido de las manos y hubiéramos pelado unos 3 kilos de patatas... y claro, pues había de cocerlas, y aplastarlas, y sazonarlas... y mantequilla que no falte, ay de ti si piensas que el aceite de oliva tiene algo que hacer en esta receta. Para receta, la del pavo de Miquel, que consiste en apuñalar primero a la víctima ya expuesta de patejas hacia arriba, con ese agujero que lo hace parecer una vasija enorme dilatando. Después, por debajo de la piel, una buena friega de mejunje a base de cilantro, salsa perrins, azúcar y ajos como si fuera mi padre el que los pelara (vamos, ingencia infinita). Bien embadurnado entre músculo y pellejo, por dentro y por fuera, se dispone a pasar unas cuantas horas en el horno, llorando jugos, alimentando nuestras expectativas que mientras tanto se van nutriendo de aceitunas, paté de ídem, queso manchego, salsa de arándanos y otras delicias, que al fin y al cabo, en lo que consiste este día es básicamente en llenar el buche en un no parar de ir y venir con pizcas de todo un poco. Y para el que pueda, un buen Rioja de la otra tierra.

El relleno, de dos tipos, porque las cosas o se hacen bien o no se hacen. El tradicional, hecho a base de pan y que viene preparado para abrir y remojar (no vayamos a venirnos arriba con la receta de todo hecho desde cero, ni que fuera esto Castilla). Y luego el otro, el exótico, a base de arroz, frutos secos y pasas (de las manzanas más bien nos olvidamos, aunque también llevaba en la receta original), todo cocido en los jugos del ave que, como no fueron suficientes, hubieron de adulterarse con vino blanco (que a mi madre siempre le ha funcionado con el pollo, y total, pollo y pavo debieron de ser lo mismo en algún momento ancestral). Este arroz quasicocinado se introduce por la trasera del ave dorada que empieza a oler que alimenta, y terminará de hacerse en aquel lugar que una vez ocuparon las entrañas y por donde ahora se le escapa la vergüenza a la pobre criatura. Vamos midiendo la temperatura en pechuga y muslos, sin tocar hueso, con un termómetro exactométrico que decide cuándo es el momento adecuado y álgido en combustión. Y mientras, regando con la megapipeta, no se nos vaya a secar el tema.
Por fin, a eso de las 5 de la tarde, llega la hora de la verdad: ¡El trinchamiento del pavo! ¡Qué nervios! Armados de cubertería recién estrenada y con más apetito que hambre, metemos mano al esperado manjar que empieza a tornarse del color del tizne por la vertiente externa.
Cuchillos y tenedores contra platos: clic clic clic... nadie habla, un buen dictamen conlleva una gran responsabilidad... Un pedazo de composición artística vuela hasta mi boca pilotando un tenedor que se agita con regocijo: ooooh sí, este pavo sabe a experiencia nueva de esta madrileña en USA, a hogar, a amigos sentados a la mesa, sabe a razones por las que dar las gracias en este día tan señalado. Y de paso, gracias a la vida, que me ha dado tanto...
48 horas después ya estábamos recelebrando el Thanksgiving de las sobras, con la población multiplicada por 3 y aún así incapaces de dar fin a tanta pechuga y alas... ¡parece que hayamos cocinado un velociraptor! Hasta la Loli ha degustado este plato rebosante de carisma... si al final hasta la gata se me hace americana... Porque donde uno va, siempre ha de apropiarse de las buenas costumbres. Y de postre, ¡tarta de gin tonic! porque las buenas costumbres siempre pueden mejorarse con un poco de imaginación y buena voluntad ;)

jueves, 3 de noviembre de 2016

Un lustro muy lustroso

Era jueves también, me invadía una sensación de júbilo y miedo mezclada con esa angustia insidiosa de no tener el control de la situación. Atrás quedaban los días en que, a lo Escarlata O´Hara, solía pensar "mañana será otro día". De repente, había cumplido 31 años y tenía que enfrentarme al hecho de que iba a la deriva. La vida que se escribía sobre tinta indeleble había empezado a emborronarse y a resquebrajarse por los ejes. El papel gastado de mis diarios amarilleaba y se agrietaba sin piedad, a pasos agigantados, sin esperarme, sin dejar si quiera que me hiciera a la idea de que una parte de mí se estaba muriendo...
Corría también el principio de la crisis, una crisis que se había presentado ya de muchas formas a las puertas de mi casa: primero vestida de prisas con la tesis como lastre, luego con distancias cortas cruzando Despeñaperros, y finalmente, con la fuerza impertérrita de todas esas manos que me empujaban con los ojos cerrados y los oídos llenos de cieno. De algunos consejos hice mi lema, y con mis sueños por bandera, comencé con paso inseguro un largo recorrido que aun hoy no deja de parecerme un suspiro que alguien me ha contado con mucho detalle. Cinco años caminando en esta tierra llamada Nueva Inglaterra, cinco inviernos y con las botas amarradas a la espera de comenzar el sexto. No se me ha hecho tan corto en realidad, más bien intenso si pienso en los detalles, en las caras que se marcharon hace ya tanto tiempo y que se han ido llenando de arrugas en la distancia; si pienso en las sonrisas nuevas que se pintan con gloss deslumbrante en un primer plano de mi vida que, sin embargo, apenas roza mi consciencia... no, no ha sido corto, ni fácil. Por no hablar de la muñeca interna que llegó aquí desinflada, casi sin vida, sintiéndose diminuta y tonta en un ambiente donde los doctorados se daban más que por sentado. Me hacía pequeña ante mi propio desconocimiento, yo, que siempre había sido tan soberbia, tan segura, tan sobrada que no arrojaba ni sombra para no hacerme sombra a mí misma. Y sin embargo, desinflada y rota, tardé mucho tiempo en aceptarme, en quererme, en admirarme de nuevo y en volver a aceptarme como soy dentro de una nueva piel. 
Mi madre, que es la mejor persona que conozco, siempre me ha lanzado aliento henchido de orgullo primitivo, ese orgullo que sólo los padres pueden sentir y que, sin embargo, también llegó a tambalearse con el viento que soplaba en ráfagas desordenadas. Mi padre, que se hace el duro, es más como yo, más de la exigencia extrema y de no dejarse vapulear, aun así, apretaba el nudo con sus manos fuertes de maestro que todo lo puede, incluso cuando no lo comprendes. Pero es que hay veces en la vida que uno se cansa de ser fuerte, y a mí las fuerzas se me habían diezmado sin darme tregua para recuperarme. En estos cinco años, sin embargo, he crecido mucho, he aprendido a pintar mi escala de valores y a mantenerme fiel a ella por encima de todas las cosas. Por eso, aunque el tiempo y la distancia cambian mucho a las personas, en el fondo ese cambio es una construcción secuencial. No soy la misma persona que se marchó de España un 3 de noviembre de 2011, ¡claro que no! ¡menos mal! Soy en cambio el producto de todos los retos que esa otra persona ha ido enfrentando y superando. También el producto de todo ese cariño que me lanzaban certero desde el otro lado del océano, mis viejas amigas, mis hermanos, algunas personas cuyo aliento aún guardo en mis cajas de colores. Con el tiempo, las lágrimas se han ido secando sobre ellos y ahora, cuando las abro, la nostalgia frágil se ha transformado en un recuerdo entrañable, como el motor de ese viejo coche que guardas en el garaje porque un día todos tus sueños viajaron en él. Mis sueños se esparcieron por el mundo, muchos se quedaron olvidados en Madrid, otros se extinguieron en la arena de Sevilla, y otros tantos se montaron conmigo en aquel avión. Ésos, multiplicados, han ido invadiendo la casa, han pintado unos cuadros con tulipanes de colores, algunos se han ido quedando apoltronados en el sofá, sin ganas de moverse, como la Loli, haciendo la nada tan a gusto, pero cerquita. Muchos se han ido cumpliendo y transformándose en verdades, en objetos, en materia, en abrazos distraídos, en fotos en blanco y negro... se han colado por las rendijas de la madera, crujen durante la noche y se ríen mucho en verano, viven aquí, llenan el espacio, calientan las sillas y se esconden entre las páginas de mis libros. Pero hay uno de ellos muy especial, que aunque se asomó tímido al principio, volvió a España para hacerse esperar y para que yo volara sola lejos de mi aridez. Y un día llegó para quedarse, de eso hace ya cuatro años, desde entonces no tengo que preocuparme por el futuro, porque ya estoy en él, ya no pienso en las consecuencias de las palabras, porque las palabras tienen una vida secreta que sólo descubres si las cantas. Aquel día cogió mi mano y supe que todo iría bien, y sin embargo, al contrario de como había sido siempre, las expectativas se quedaron muy cortas cuando por fin encajaron en su realidad. El viernes pasado celebré mi quinto cumpleaños en esta casa, pero fue un cumpleaños muy especial. Esa mano que me sostiene ahora lleva una alianza, un pequeño símbolo del viajero en el tiempo, un token que nos permite dar vueltas infinitas en el carrusel.  
Muchas cosas han crecido en mí, también un nuevo corazón que late con ganas de salir a comerse el mundo, aunque para eso aún habrá que esperar otros tres meses. Y será porque tengo dos corazones que siento que la vida me ha dado mucho más de lo que esperaba. Cinco años de vida concentrados como una pastilla de avecrem, tengo para hacer caldo de historias de sustancia inagotable. Por eso el balance es que este ha sido, sin duda alguna, el lustro más maravilloso de toda mi vida.

jueves, 6 de octubre de 2016

Hiroshima, donde las almas aún se duelen de radiación

Jirones, sólo jirones, a eso se redujeron las pieles de los niños, de los hombres y mujeres que tuvieron la mala suerte de encontrarse a menos de un kilómetro de la clínica quirúrgica de Shima aquel 6 de agosto de 1945. Jirones sanguinolentos de piel fundiéndose con los ídem de uniformes escolares y kimonos, pedazos de vida arrancados de cuajo como de pasada, como si nada, como si el valor de una vida humana pudiera medirse en Roentgens desperdigados en el viento.
A 600 metros de altura sobre la ciudad de Hiroshima, explotaba la primera bomba atómica de la historia, lanzada por un bombardero americano, el Enola Gay, cuyo piloto se suicidó cuando tuvo conocimiento de la barbarie en la que había participado. En un principio Little Boy, así bautizaron a la bomba, tenía como objetivo el puente Aioi, pero el viento y las circunstancias desviaron el artefacto, que terminó cayendo cerca del hospital.
El hecho de hallarse en el hipocentro de la catástrofe hizo que sus paredes se mantuvieran en pie, y aún puede verse la cúpula, hoy conocida como "la cúpula de la bomba atómica", erguida a orillas del río sobre los escombros tiznados por el fuego de hace 70 años.
Es sobrecogedor cuando uno se coloca frente a este edificio que parece que han golpeado con una enorme maza de hierro, y piensas que hace exactamente 70 años el haber estado en ese mismo lugar te habría causado una muerte inmediata. Mirar las sombras requemadas de los ladrillos y no alcanzar a comprender cómo es posible que las huellas no se hayan borrado a pesar de las numerosas lluvias que llora este cielo casi a diario. Y no para de venir a mi mente una y otra vez la imagen de la nube de polvo levantándose hacia el cielo, visible desde kilómetros de distancia, y que fue fotografiada, entre otros, por el avión que acompañaba al bombardero y cuya función era precisamente esa, dejar prueba gráfica de la devastación producida por este experimento demoniaco.

Pero lo peor no fue la muerte instantánea de los que estaban allí mismo, sino la muerte a corto, medio y largo plazo de los que recibieron la radiación. El espeluznante museo de la zona cero cuenta las historias, recompuestas a partir de objetos personales, de esos niños que fueron capaces de volver a su casa desde el colegio, con la espalda en carne viva para morir al día siguiente en brazos de sus padres. De esos hombres y mujeres que se encontraban trabajando en la demolición de un edificio y que se arrastraron hasta sus domicilios para agonizar durante horas o minutos antes de morir achicharrados.
O los que tardaron meses, o incluso años, como la pequeña de dos años que sobrevivió para enfermar de leucemia y morir a los 9, convencida de que si hacía 1000 pajaritas de papel, se curaría; apenas llegó a 600. Desde entonces los niños japoneses hacen pajaritas de colores y las llevan al parque memorial situado en la zona cero. También están los conocidos como hibakusha (persona bombardeada), que son los supervivientes cuyas secuelas físicas son menores, como uñas que nunca volvieron a crecer bien, o pelo que se cayó como frito por un rayo, o cánceres recurrentes que fueron superando para volver a caer. Éstos, además, eran esquivados como leprosos y por si fueran pocas las secuelas psicológicas, les era casi imposible encontrar un trabajo o una pareja.
No conformes con las miles de víctimas de Hiroshima, la historia se repetía apenas tres días después en Nagasaki. En total, unas 250.000 personas han muerto debido a la explosión de las bombas o por cánceres posteriores. Aunque el número real de víctimas se desconoce, y nunca llegaremos a saber el alcance de aquella barbarie, ni mucho menos el agujero emocional que dejó en muchas otras personas que salieron "ilesas" de los bombardeos.

A esto se reduce la guerra, a que seis días después Japón se rendía ante los aliados, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial. A mí a lo único que me sabe la historia es a metal corrompido, a uranio radiactivo y a mucho sufrimiento, a desentendimiento intencionado de los que no quieren escuchar ni razonar ni dialogar ni comprender, porque las guerras las diseñan señores con traje desde sus despachos, lejos de los frentes sangrientos donde los cuerpos caen como fardos sobre la arena mojada. Y lo malo es que el hombre es tan ignorante que no es capaz de aprender de su propia historia, y seguimos matándonos a bombazos por unos ideales que muchos ni si quiera se replantean. Hiroshima es un lugar para meditar, no para temer, la ignorancia me hacía pensar que esta ciudad estaría devastada, como Chernobyl, abandonada y gris, hecha pedazos. Sin embargo es una ciudad llena de vida, de turistas, de gente que ha reescrito su vida sobre las cenizas de la historia, y mejor no olvidar. En un momento dado tuvieron que decidir si derruían la cúpula de la bomba atómica, signo de debilidad y devastación, o si la dejaban en pie, como símbolo de esperanza y de la paz mundial. Ahora patrimonio de la UNESCO, esta ruina envenenada nos recuerda por qué las armas nucleares deberían ser erradicadas, por qué no existe justificación para ninguna guerra, por qué todas las vidas humanas valen lo mismo, sean de la raza que sean.