sábado, 12 de mayo de 2018

Hawaii, ese paraíso terrenal

Cuando Mecano cantaba "Hawaii, Bombay, son dos paraísos..." yo de hecho pensaba que esos dos sitios debían de estar cerca. Pero no, resulta que están a 20 horas de avión...
Pero claro, es que Hawaii es el lugar más aislado de toda la Tierra. Ese pequeño archipiélago en medio del Pacífico que fue tan protagonista de la Segunda Guerra Mundial es ahora un destino turístico de maduritos y maduritas, de familias adineradas con niños y de científicos que acuden a un congreso en pleno corazón de O´ahu. Honolulu me recibe atemperada, en un aeropuerto que dadas las condiciones meteorológicas han decidido dejar abierto a modo de eterna terraza veraniega. Mis pies pisan suelo hawaiano pero mi corazón se siente en Canarias. De alguna manera estas islas volcánicas me recuerdan bastante a las nuestras, sólo que mucho más caras y con más playas blancas que negras. Aquí en vez de bolso llevan tablas de surf bajo el brazo, y llegar a la playa es un paseo laberíntico entre complejos hoteleros y tiendas de lujo. Nunca había visto un sitio igual, nos quejamos de Torrevieja, "asfaltao hasta la orillica", pero al menos el paseo marítimo se respeta. A diez metros de la orilla del Pacífico, se alzan monstruosidades de 20 pisos que arrojan sombra sobre Waikiki a eso de las cinco de la tarde. Claro que anochece a las 7, y eso hace que la gente acuda a la playa tan temprano que en España se encontrarían con que está llena de trasnochadores haciendo botellón. Curiosamente, en esta playa nunca anochece del todo, porque dos enormes focos apuntan a la orilla para que los que se alojan en los hotelazos puedan ver el mar hasta de noche, para desgracia de los jóvenes que buscan rincones oscuros y de los románticos que aún buscamos estrellas fugaces a las que pedir deseos. La verdad, nada que envidiar a nuestras playas.
Eso sí, unas gafas y un tubo son suficientes para meter la cabeza en Waikiki y encontrar peces de colores alucinantes, chiquitos, enormes, gorditos... ¡hasta de lunares! Y las aguas son tan cristalinas que puedes verte los pies y hasta los pelos de las piernas. Qué placer, qué relax, qué ganas tenía de vacaciones...
Parece mentira que fuera aquí donde empezó la Segunda Guerra Mundial. Para quien no haya visto "Pearl Harbor", es esa bahía hawaiana donde los japoneses atacaron por sorpresa a los americanos, hundiendo toda la flota estadounidense, y acabando con la vida de más de dos mil soldados, con una media de edad de 19 años, de los cuales más de la mitad sigue formando parte de la tripulación difunta del USS Arizona, que se hundió tan rápidamente que dejó atrapados los cuerpos y nunca han podido rescatarlos. Encima del barco, que puede verse desde la superficie del agua, han hecho un Memorial sobre el que no pudimos poner pie porque esa misma mañana había empezado a resquebrajarse el embarcadero... Aun así, nos empapamos de la historia de Pearl Harbor, y dando marcha atrás en la memoria histórica de lo que aprendimos hace dos años en Hiroshima, descubrimos este sitio estratégico donde los japoneses decidieron declarar la guerra a Estados Unidos de una forma un tanto grotesca. Me resulta difícil entender que un lugar tan bonito haya albergado tanto horror.
Pero Hawaii no sólo es interesante por la parte histórica que le toca, que es mucha, sino por su inmenso interés geológico. Aquí están los volcanes más activos del mundo, ¡¡¡y se pueden visitar!!! ésta es una de las razones que me hizo arrastrar a esta isla remota a Dani y a Inés, que se pegaron 14 horas de avión y 6 de diferencia horaria en aras de disfrutar de unas merecidas vacaciones en familia.
Pero cuando más confiados estábamos disfrutando de Waikiki, a dos días de coger el avión destino Big Island... ¡buuum! El volcán más activo de todo Hawaii, el Kilauea, decide que ha estado mucho tiempo dormido y que es hora de despertar, de brincar, de escupir lava... y entra en erupción con una furia que ha dejado de momento, 117 acres de tierra destruidos, más de 30 casas y amenaza con producir una explosión magnánima y magmática que tiene a todo el mundo en jaque. A pesar de que los hoteles consideran que no hay que alarmarse, que estamos a 45 millas del volcán... a mí que me llamen cagueta, pero yo no me arriesgo a llevar allí a Inés. Total, si no vamos a ver volcanes (porque yo así, tan de cerca, pues tampoco necesito verlos, gracias)... Así que procedemos con las cancelaciones pertinentes, coche de alquiler, hotel... cambios de billetes... y nos plantamos en San Francisco, que también se está calentito y de momento no amenaza con echarnos a base de ríos de lava. Prometo un próximo bostonadas en San Francisco.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Adiós Porter

Atrás se quedan los años más felices de mi vida, colgando de hilos de luz que descienden desde el techo, alejándose de la sombra que proyectan tus ventiladores. Qué horteras me parecieron al principio, cuánto acabé agradeciéndoles en mi verano gestante.


Llegué aquí una tarde de viernes casi a la hora del cierre, con la noche ya acampada sobre nuestras cabezas y mucho miedo a tener que dormir en la calle el miércoles siguiente. Te encontré en el lapso justo en que te asomaste a la algarabía de Craiglist, que nunca se conforma más allá de veinte minutos. Y así fue, veinte minutos exactos estuviste en el mercado, porque a mí la suerte estaba a punto de sonreírme por primera vez en mucho tiempo. Y así te encontré, tímida y vacía, con esas paredes blanquísimas que escurrían mis recuerdos. Te resististe a los alfileres de una vida que aún colgaba de mis lágrimas, y tuve que engatusarte con celo y bluetack por mucho tiempo. Me sobraba casa por todos lados, incluso después del primer viaje a IKEA, con mis dos sillas amables que harían las veces de sofá durante los primeros seis meses... en parte porque no cabía en un coche que ya llevaba más de lo que podía, y en parte porque no podía permitírmelo en la austeridad de mi cuenta bancaria. Una mesa con cuatro sillas, una cajonera, una cama, una mesita de café, sábanas, cubiertos, platos, cazos, sartenes, cazuelas... y mis dos sillas amables. Eso fue todo durante mucho tiempo. Eso, mi portátil, mis libros y las fotos que traje de España con las sonrisas más cercanas que ahora quedaban tan lejos. Me dije a mí misma, "mejor no comprar demasiado, por si esto se queda en seis meses..." ¡ja, sólo que han pasado seis años! Se fueron multiplicando las sonrisas, se fueron llenando los cajones, luego hicieron falta más, y hasta estanterías. Me permití el lujo de una alfombra que te diera un toque de color, y así, poquito a poco, te fuiste llenando de luz y de vida. El primer año fue tan duro que muchas veces creí que no podría contigo, primero aquel intento fallido de pintar una mesa, que terminó pegándose a una tele que ni si quiera funcionaba. Quedó pelada para siempre como un guiri en Torrevieja, en el cuarto de los tratos dando cobijo a las maletas vacías. Luego la estantería de la familia Monster, cuya pintura también compré en aras de transformarla y se quedó en un plan macabro que nunca llevé a cabo tras ver el resultado de la mesa.
Hay que ver cuánto me quedaba por descubrir entre tus muros. Aquí descubrí lo bonito de la cotidianidad, los domingos en ca la mama, las navidades llenas de luz aunque fuéramos cuatro gatos. Aquí siempre estuve protegida, tiene gracia, tan lejos de mi padre y mis hermanos, y sin embargo tan segura de cada paso que daba. En el parqué están las marcas de mis tacones, que se fueron convirtiendo en suelas de goma para la nieve y en esquís, que más tarde dieron paso a los patucos y al gateo. Los cambios de perspectiva de una casa que se va llenando, cambiando, evolucionando. Primero Susanna y nuestras noches de velas, de hablarlo todo en trescientos sesenta grados.
Luego Dani y su abrazo eterno, infinito, con su manojo de cables que vinieron a domotizarlo todo, ¡te dio voz!... y voto, porque a veces las luces se encienden, o no, según te parece, calientas la casa cuando nos oyes llegar y atormentas a la Loli con los aspirados inteligentes de la hora de la siesta. La Loli, que primero fue un cincuenta por ciento de Porter y se ha quedado en un veinticinco, eso sí, manteniendo su sitio privilegiado en el regazo de la silla amable. ¡NO QUIERO TIRARLAS! Sí, se ha abierto la tela por debajo, están hundidas, cuarteadas, sucias a pesar de los lavados, se ha encogido la funda, se han doblado las esponjas, te echan la cabeza para adelante y sólo nos sentamos en ellas para atarnos los zapatos... ¡pero no quiero tirarlas! son mis sillas, mi historia, mis raíces, mis recuerdos... me recuerdan que todo en la vida tiene un principio y que todo cambia, que todo mejora, que todo es posible. Tienen la altura adecuada para que Inés se apoye en ellas y pueda ponerse de pie, combadas con la forma de la Loli para que pueda dormir durante horas en un limbo que nosotros ni si quiera podemos alcanzar a imaginar. Perfectas para las tardes de lectura de mis padres, las sesiones de tele de mis suegros... ¡QUE NO LAS TIRO!

Mi última noche aquí, miro alrededor y pienso, "todo metido en cajas y aún sigue habiendo mucho más que cuando llegué". Es el resultado de seis años de construir, de enmarañar, de acumular, de reír, de soñar, de bailar, de querer, de poder, de cantar. Seis años de entradas de teatro, bolis de propaganda, tickets del súper, folletos de comida rápida con mensajes encriptados. Seis años de ropa de dos mundos, de fotos en otros lares, de amigos dejando huella, de recuerdos imborrables. Aquí llegué semirrota, aquí aprendí a ser yo, aquí me convertí en científica, aquí me casé, aquí creció mi sirena, aquí esperamos su llegada viendo el Señor de los anillos (versión extendida), aquí he pasado días enteros con los mejores amigos, de aquí y de allí, aquí he aprendido a ser feliz.
Adiós Porter, gracias por todo lo que me diste, por los buenos ratitos, los agujeros quedan tapados pero tú y yo sabemos que ahí hubo fotos, y mensajes, y poesía, que nunca se marcharán de nuestros recuerdos a medias.
Hola Dana, mi primera casa en propiedad en los Estados Unidos de América, pero ésta es otra historia.

martes, 19 de septiembre de 2017

Gitana

Me llenas la vida de luz, como una llama infinita de fuego azul, de ese que no quema y que uno no puede dejar de mirar. Una sonrisa que se escapa por detrás de la silicona del chupete, ese que te cuelga como un cigarrillo distraído pegado al labio. Me hace gracia porque siempre he pensado en lo absurdos que son los padres que graban vídeos de sus bebés haciendo la nada y los hacen virales entre sus familiares en un uso abusivo del whatsapp. Mira, yo siempre he sido una seca (seca-andante, que diría tu tío Víctor), siempre he mirado de soslayo a esos padres pelmazos y he pasado más bien de puntillas por encima de las gracias de sus infantes. Simplemente, no las veía, no tenía esas gafas de comprensión y sorpresa que ahora llevo; ésas que permiten el asombro ante un logro que puede parecer simple, como que coordines tu pequeña manita con el tino suficiente como para ponerte la tetina del chupete directamente en la boca sin pasar por el ojo y la ceja. Esas gafas que me permiten observar que hace dos meses apenas te movías y ahora te revuelves como un pez recién salido del agua, haciendo la croqueta a izquierda y a derecha, que te viene faltando suelo para desplazarte.
Hasta ahora la vida se medía con una regla pequeña, de colegio, y cualquier cosa era considerada como un problema enorme. Un experimento complicado podía quitarme las ganas de comer y hasta el sueño... Sin embargo, la vida se mide ahora en minutos, en horas... con un metro extensible que aún no ha llegado al tope. Por eso no hay nada que sea lo suficientemente grave como para ocupar mi mente mucho rato. Es que es culpa tuya, con esa sonrisa, cuando te ríes con los ojos y con toda la cara yo ya no sé qué estaba diciendo. Y te ríes con los ojos todo el rato, portadora de una felicidad biológica que me gusta pensar que has heredado. Pero la verdad, desde hace un tiempo la genética empieza a parecerme un cuento chino, más cierta sobre el papel y lo que queremos creer que sobre la realidad cegadora del bebé perfecto que resultas ser. En mi imperfección te diré que aún guardo un miedo latente a que un día te rebeles y dejes de dormir tus noches ininterrumpidas, o de comerte lo mismo una quiché lorraine que un plato de verduras con bacalao, que un trozo de queso curado o una galleta, que dejes de sonreír a boca gigante a todo el que pasa o que te tomes el biberón lo mismo si te lo da la tía Elia que un extraño al que acabas de conocer. Pero ya van siete meses y parece que este estado onírico se alarga desafiando las estadísticas bebiles.
Hasta a la Loli has doblegado, que se aguanta con tus puñaditos a merced de su pelaje, lo mismo del lomo que de la cara o de un ojo, y que se pone frenética cuando te oye llorar. ¿Cómo no va a rendirse el mundo a tus pies, gitana, si eres la prueba viviente de que existe la perfección?

miércoles, 28 de junio de 2017

Sueño cumplido

Nacieron todos a la vez, el mismo día que Inés, a pesar de tener distintos cumpleaños y simbología zodiacal. De repente tuvieron cara, y manos, y estaturas... de repente tuvieron nombre. El amor vino poco después, sin esfuerzo, sólo hizo falta un vistazo a sus caritas en aquella fotografía. Sólo una sonrisa estática atrapada en un papel... y ya les queríais; ya eran fuego, ya eran tierra, ya habían dejado de ser aire. Volaron durante un tiempo con la brisa, inseguros de la suerte que habrían de correr en un futuro no tan lejano. El viento sopló hacia el oeste y su olor llegó hasta España, a Madrid, y casi sin contemplaciones vino a parar a Pinto. Ya tenían un destino. Aquellas palabras se juntaban para componer un sueño; con un toque de varita hicieron realidad el mayor de vuestros deseos. Aquellas palabras escuetas y enamoradizas venían a decir que el momento estaba cerca. Nada más, como si uno pudiera contenerse sabiendo que su vida va a dar un giro de 180 grados. A partir de entonces, incertidumbre vestida de prisas, coloca aquí, mueve allá, prepara tu vida y haz un hueco enorme, abre tu corazón un poquito más, para que pueda caber todo ese amor que está a punto de desbordarse. Y aun haciendo los ejercicios para estirar el músculo cardiaco, las agujetas os pillaron de sopetón. Incontenible, imparable, inconcebible, inabarcable... creció sin que os dierais cuenta como una luz que se difumina, contagiándose de una célula a otra como un virus de la risa. Las sonrisas se escapaban y no podíais disimular, sin embargo, el miedo a despertar seguía siendo palpable. Ya con los vuelos comprados y todavía incrédulos, los episodios del pasado se iban cerrando poco a poco, cicatrizando bajo la nueva piel que regenera todos los tejidos, hasta el cardiaco, preparándolo para la avalancha de latidos que se le venía encima.
Hungría está cerca y lejos, si miras desde el catalejo de los sueños por cumplir, la distancia se hace infinita, sin embargo, los aviones son tan rápidos que en un abrir y cerrar de ojos ya estabais allí. Uñas comidas, temblores internos, un intento final por estar preparados para ese cambio que la vida os aguardaba. Y así, un día abriste los ojos y allí estaban, llenándolo todo de luz, de energía y de ganas de volar. Dávid, con su tilde recién puesta, con sus coloretes pintados en esa carita morena. Pati, con sus ojos de mar, que lo miran todo con esa sabiduría encerrada de los niños listos. Anita, con su sonrisa infinita, llenándolo todo de vida como un torrente de energía incontrolable. Un abrazo de diez brazos, así es como empieza su vida. Así se imprimen las imágenes que ya dejaron de ser garabatos, así se graban sus voces para siempre en tu cabeza. Y puedes distinguirlas entre la multitud, como su llanto, porque los lazos maternos no entienden de herencia genética. Puedes cerrar los ojos y volverlos a abrir sin miedo, porque siempre seguirán estando ahí. Cada vez más nítidos, cada vez más seguros, cada vez ocupando más parte de tus entrañas y de tu corazón. Así es el proceso que te convierte en madre, ¿o es que no te has dado cuenta de que has dejado de dormir del tirón cada noche?
Y así es como sumasteis tres para ser familia numerosa, como siempre quisiste. Parece que era cierto que los sueños pueden realizarse. La felicidad de vuestro hogar me ha salpicado el teclado. Ha cruzado medio mundo montada en su globo de fuegos artificiales. Ya te regalé muchas lágrimas que se escapaban de mis emociones. Tu dicha ha desafiado también mi capacidad de ser feliz por otros. Ha empujado los límites de mi empatía hasta hacerlos desaparecer. Quizás porque deseé con todas mis fuerzas que un día fuésemos madres a la vez. Ahora sólo me queda abrazarte con cuatro brazos, los míos ya los conoces, pero hay otros pequeñitos que llevan un tiempo esperando. Todos van cargados de fuerza acumulada durante años. Sueño cumplido.

lunes, 15 de mayo de 2017

Mujeres bonitas

Un año y medio viviendo en Sevilla y ha tenido que ser en Boston donde he venido a conocer al duende. Agazapado entre los volantes de lunares, a la luz de un farolillo verde se ha dejado adivinar un parpadeo tímido que, en realidad, había estado ahí desde siempre. Una vez más, la española que hay en mí se hace grande nutrida de arte, desahogando las maneras en las aguas dulces primaverales que este año traen tintes gitanos.
Y es que una no puede resistirse al torrente que emana de los tacones de Laura, de sus ademanes, de su peineta, de todo ese arte flamenco que casi no cabe en un cuerpo tan pequeño que, sin embargo, parece medir el doble cuando sale al escenario. Se crece como una mariposa con las alas desplegadas, amplia, infinita, dejando apenas espacio para el aire que la rodea. Echan fuego sus tacones, esos zapatitos rojos que parecen de muñeca y sin embargo, cuando los calza, en un zapateo mágico la transportan al mundo de Oz. Nos transportan a todos en verdad, porque la onda me arrolla y me zarandea, me arrulla y me deja caer; vueltas, danzas, giros, quiebros... no doy abasto a dar palmas sordas con mis brazos torpes de mortal.
Para mujeres bonitas, las de Cádiz, amén. Las españolas en general, bonitas por fuera y por dentro, donde se alojan las ganas, donde se escribe el sentimiento, donde se enganchan las risas que brotan en carcajadas. Las risas que nos echamos las españolas de cuna y de adopción, las que nacimos arropadas por la piel de toro y las que se acercaron tímidas con el arte incontinente del tintineo en los tacones. Mujeres bonitas que me rodean, me dan calor, me devuelven los ratos que son míos, y ahora nuestros, y que abren una nueva puerta para descubrir qué hay detrás de ella: unas nuevas raíces que brotan desde los tacones hasta el corazón de Boston. Porque es aquí y no allí donde Laura zapatea, porque es aquí y no allí donde existen los espejos de sacudirse la distancia. Porque es aquí y no allí, donde escuchar Alegrías me pone los pelos de punta, me llena los ojos de vida y me infiere una energía que no puedo describir, unas ganas infinitas de bailar fuera de mi piel, de desnudarme de miedos y vestirme de volantes de colores, de flecos fucsia y turquesa, de los acordes estridentes de las palmas aprendizas. Vibran en el aire bostoniano los sonidos del jaleo: arsa, guapa, olé, qué arte... palabras sueltas con acento extraño que, sin embargo, llenan mis pulmones como una poesía, como una oración a un dios que se esconde en mis entrañas... ¿será aquél que dicen el duende? hace que olvide mi hambre, mi cansancio y mi añoranza, porque cuando bailo no estoy en España, sino que España está en mí. Me corre por las venas como un abril infinito, una fuente de energía inagotable que me enferma si no bailo.
Gracias Laura por transmitirme tu pasión por el flamenco, por haber traído a Boston el trocito de mi corazón que aún remoloneaba por España, gracias por ayudarme a descubrir esa parte de mí que hasta ahora no he sabido que siempre me había faltado. ¡Olé!

viernes, 14 de abril de 2017

Abuela, ¡conéctate!

Del lado amargo de la distancia cuelgan los momentos importantes de la vida, ésos en los que la ausencia significativa de los que más quieres se pronuncia como un agujero insondable, un hueco irrellenable, un vacío irreemplazable de minutos hechos de kilómetros y aire.
Inés vino al mundo un 20 de febrero, sin embargo, España ya se acunaba en el 21, las siete de la tarde aquí, la una de la mañana allí. En la sala de espera del Massachusetts General Hospital no había abuelos, ni tíos, éstos se encontraban, sin embargo, en la sala de espera de un tanatorio en algún lugar de Toledo. Porque en una vida se hace de noche a la vez que en otra se hace de día, y así las almas bailan obedientes al son del compás que les toque.
Sin embargo, Inés conoció a sus abuelos en su primera hora de vida, porque la magia de la tecnología permite que los momentos puedan estratificarse, comenzando a este lado del mundo y terminando en aquél. A este lado, mi pequeña muñeca recién estrenada abría los ojos al mundo por primera vez, al otro lado de la pantalla, en aquel lugar donde una vida anciana acababa de apagarse, afloraban las sonrisas de los abuelos primerizos, que veían por primera vez esos ojos negros que acababan de encenderse. Curiosamente, sus cuatro abuelos conocieron a Inés mucho antes de lo que la mayoría de abuelos tarda en conocer a sus nietos, porque estábamos aún en la sala de partos, donde sólo se admiten las visitas digitales. De esta manera, la tecnología ha permitido llenar un poco ese vacío arañándole metros a la distancia... aunque el calor de las sonrisas no transmite del todo la temperatura de las caricias anegadas. Y como decía Victor Manuel ¿adónde irán los besos que no damos? Bueno, a mí me gusta pensar que nosotros somos capaces de reproducir todo ese amor que naufraga en la fibra óptica.
Son las diez de la mañana, más o menos, todo depende de doña Inés, que a veces quiere desayunar más temprano... Abuela, conéctate: la musiquita del FaceTime acompaña nuestros desayunos como lo hacía antaño la melodía de la cadena Ser en casa de mis padres. Apenas unos segundos después, a la hora del café en España, la abuela contesta el teléfono e inunda la casa de "ays": "¡ay, mi niña, qué rica es! ¡ay, qué bonita (o bonica, según qué abuela) está!¡ay, su abuela lo que la quiere!¡ay, qué carrillitos tiene ya..." y así van pasando los días y los abuelos se empapan de esta piel nueva que se va estirando, de la melanina que se va asentando, pintando un bronceado natural que será la envidia de todas sus amigas yanquis. El pelo va creciendo, las pestañas van apareciendo, las cejas se van poblando, los ojos cada día más enfocados... y sus abuelos casi pueden tocarla a través de la pantalla.... eso sí, CASI, una palabra que duele y que sabe amarga y dulce a la vez, que puede estirarse hasta medir casi 5000 kilómetros en un milisegundo, una palabra que puede arrancarte una risa o una lágrima, dependiendo del contexto en que se cocine.
Pero vivimos aquí, Inés es americana y la vida nos ha dado esta oportunidad de ser extranjeros de los que vienen a parir... Es curioso lo diferente que se ve el mundo cuando uno es inmigrante. Nuestra piel es blanca, nuestra cuna es Europa, nuestro currículum es impecable... sin embargo, nuestro acento es fuerte, nuestros orígenes son humildes y también rendimos cuentas en las fronteras. Por suerte, mi hija no tendrá que preocuparse por si Trump decide levantar un muro en Portugal, aunque el precio a pagar conlleve crecer lejos de sus abuelos, de sus tíos, de sus primos... es grande la reflexión que uno hace como inmigrante y que deberíamos ser capaces de hacer también como nacionales. Esas mujeres embarazadas que cruzan el estrecho en patera, esos niños que vienen a nacer en las playas de Cádiz, los que viajan en hatillo a la cadera de sus madres, también crecerán lejos de sus abuelos, más lejos aún, porque la conexión se pierde cual náufrago en las profundidades del Estrecho.

viernes, 3 de marzo de 2017

Inés y la alegría

Al principio todo era parte de un proceso biológico fascinante. Una burbuja de océano amniótico que se iba expandiendo dentro de mí, en cuyo interior nadaba una sirena, bicelular al principio... mas dividiéndose bajo la constante de una vida que evoluciona, una organogénesis perfecta que se iba adivinando a la luz del ultrasonido. Primero los latidos, a la carrera, fuertes como si fueran a escaparse a través de sus escamas. Luego la cola que iba creciendo, bifurcándose hasta culminar en dos vertientes hiperdinámicas que pateaban la burbuja por debajo de mis costillas.
El tiempo volaba erosionando las escamas de la pequeña sirena, formando las capas de piel que en breve la convertirían en un ser humano. Desde fuera, con cierto asombro, yo iba participando de un mundo que aún no me pertenecía, más ajeno de lo que dictan los cánones de lo correcto, y aún así cada vez más mío. Se abombaba bajo mis vestidos, y a mí seguía pareciéndome increíble, como un sueño que no acabas de tomarte en serio porque, en el fondo, sabes que despertarás. Así pasaron 41 semanas, y un buen día, de repente, se derritió la nieve, subió la marea, golpeó en las rocas un batir rítmico in crescendo que se ajustaba como un calco absurdo a lo que describen los libros, todos esos foros de internet, todo eso que la gente te va contando para prepararte... como si uno pudiera estar preparado alguna vez.
Las horas se perseguían contraídas en espacios cada vez más reducidos, presionando la burbuja, llamando a la vida a la pequeña sirena. Yo miraba aquel espejo con los ojos de la curiosidad científica que nunca se agota, y aún no podía creer que aquella cabecita morena estuviese surgiendo de mí. Participé de su nacimiento con el cuerpo y el alma, pero fue justo en el momento en que noté su cuerpecito caliente encima del mío cuando la realidad cayó a plomo sobre mí y me convertí en MADRE.  Lloré lágrimas de exceso de felicidad para drenar aquel sentimiento que apenas podía contener, la alegría que llenaba mi corazón y que lo ha ido haciendo más grande desde aquel momento y hasta el día de hoy. De repente y por primera vez entendí la magnitud de este concepto. Entendí por qué la naturaleza se regodea en su perfección, por qué si se pincha soy yo quien sangra, y por qué mis brazos son ahora una coraza cuya única función es protegerla de todo. Desde aquella altura no podía verle la cara, pero no hacía falta, nunca olvidaré la sensación de esa nueva piel suave y temblorosa fundiéndose con la mía. Conectadas por el cordón que aún no había dejado de latir, en un limbo inexplicable entre mi mundo interior y el mundo que nos rodea.  Corté aquel cordón de textura gomosa y ahí acabó el experimento y empezó su libertad. Permanecí así durante mucho rato, feliz, con mis manos rodeando su pequeño cuerpecito de muñeca, con las manos de su padre transmitiéndonos ese calor infinito que ya nunca se marchará de nuestra pequeña familia. Inés había llegado por fin, y en aquel momento la científica que hay en mí se hizo a un lado para dejar sitio a la madre en la que acababa de convertirme.
Cuando por fin pude mirarla, allí me vi. Vi mi boca y mi barbilla en aquella carita diminuta, vi mis ojos bajo las cejas de su padre, con su remolino moreno, con toda su perfección. Aquellas manitas, las mías pero diminutas, me agarraban como aferrándose a la nueva vida, y entonces comprendí que mi vida jamás volvería a ser lo mismo, porque mis prioridades acababan de cambiar.
Inés abrió mucho los ojos desde el principio, atenta a las luces y a la música. Tanto me ha oído cantar que reconoce mi voz a través de las olas, rompiendo todas las barreras que alguna vez existieron. Mi sirenita americana ha traído la primavera a un invierno que prometía ser difícil. Pintó un sol en el mes de febrero que nos sacó a la calle en manga corta, llenó las terrazas, los parques y nuestras vidas de luz. Inés ha traído la alegría a esta casa, robando el último resquicio de soledad que pudiera andar escondido por algún rincón. Me aprieta la felicidad, se hincha dentro de mis venas, circula como una loca por todas las tuberías. El karma se había guardado lo mejor para el final. Cuando emprendí este viaje hace ya más de cinco años, no imaginé que los días más felices de mi vida aún estaban por llegar. Ignorante peregrina, amazona en busca de unicornio que montar, no podía imaginar que estaba ya en el camino hacia este lugar privilegiado donde aprendería a ser feliz. Bienvenida al mundo INÉS.