Empezó a doler con la insistencia de lo que ya se venía anunciando, dejando claro que había llegado la hora de salir a saltar en los charcos. Pero dudaba, se estaba bien en la burbuja de mamá, calentita y segura. Se hizo rogar, maestra del escondite del baile de los neonatos. Su pelo negro, en cambio, delataba su posición debilitando a la estratega, revelando además la sangre andaluza que ya corría por sus pequeñas venas. Sangre azul de princesa infinita, sangre valiente de guerrera sureña. Nacemos en medio de una batalla del ser humano contra la naturaleza, que nos da las armas justas para enfrentarnos al mundo sin haber sido preparados. De sus manos crecieron girasoles con grandes pétalos amarillos para acunar su pequeño cuerpecito de muñeca, girasoles de tallos largos enraizados a la tierra. Hicieron falta muchos intentos para sacarla de su trinchera. Ya derrotada se dejó ir, sumisa, dispuesta a mojarse en la lluvia, pero cien mil pétalos la envolvieron en una crisálida enjuta. Delicada y exhausta, perdida en su limbo, esculpida en hielo su carita de ángel, tanta paz trajo consigo que se paró el mundo por un instante. Tiempo que vuela, palabras vacías, canta un sonajero hecho de semillas, pero en realidad son pipas doradas al sol, reinventando ritmos que ya conocía. Suenan a su paso los tambores viejos, y las nubes se marchan bailando alegrías, recogen sus volantes de lluvia desparramada, y los girasoles se beben la vida. Abre bien los ojos, princesa guerrera, no pierdas el ritmo de esta letanía, escucha la nana que te canta tu madre que sabe de ritmos y de melodías. Tienes tanta luz en tu alma chiquita que apenas queda lugar para el sol, tendrá que echarse a un lado y dejar que nos ilumines, tendrá que cantar bajito y bailar a tu son, pues los girasoles ya lo tienen claro, sólo se voltean para ver a Sol. Bienvenida al mundo, pequeña guerrera.
lunes, 1 de noviembre de 2021
GiraSoles
lunes, 18 de octubre de 2021
Contigo
Siempre he sido una persona de lágrima fácil, algunas palabras tienden a estrujarme el corazón como un abrazo inesperado que se pasa de fuerza. La primera vez que vi a mi hermano en el aeropuerto después de un año y medio de pandemia tuve un ataque de realidad irreprimible. De repente comprendí que el tiempo perdido ya no volvería, y que todos los días que compusieron aquellos largos meses de angustia ya nunca regresarían colgando de las hadas. Lo abracé fuerte y lloré mucho, muy alto (hasta que el pobre sintió vergüenza), porque las lágrimas en ebullición son complicadas de amainar. Experimenté la misma sensación al abrazar a mis padres y a mis otros hermanos después de un año entero sin tocarnos. Simplemente no podía creer que estábamos juntos de nuevo, en la misma habitación, todos sanos y sin debernos más que tiempo.
Llegué a mi clase de flamenco un día en el mes de mayo, con mi camiseta de "La Gira" de Alejandro Sanz. Lupita me mira y pregunta: ¿vas al concierto? y yo, con pesar y tristeza le digo que no, que había descartado la opción de ir a Nueva York porque aquí no tengo con quién. Mi inseparable compañera de conciertos está a más de 5000 kilómetros de distancia. "¿Pero cómo? ¡Te vienes con nosotras!" En ese momento el cielo se abre y guía mi mano con tanta destreza que antes de empezar la clase ya había comprado una entrada para escuchar al maestro el 10 de Octubre en el Radio Music Hall de Manhattan. Faltaba mucho tiempo, no sabíamos si el concierto tendría lugar o se cancelaría como todos los demás, pero la semilla de la ilusión ya estaba plantada.
A dos semanas del concierto las dudas continuaban, pero al final decidimos que hay cosas en la vida que simplemente deben hacerse. Y allá que nos fuimos.
El fin de semana se fue construyendo poquito a poco, en los cimientos de un atasco de cinco horas que habría de culminar con una fiesta de cumpleaños de un español bostoniano en la Gran Manzana, con sus tapas y su vino y sus juegos de mesa incluidos. Empezábamos bien.
El domingo amaneció lluvioso (ninguna novedad en Nueva Inglaterra), pero se fue portando para dejarnos visitar toda esa magia que Nueva York se guarda para los más pequeños. Inés visitaba NYC por segunda vez, pero fue la primera en que fue consciente de su grandeza. Tocamos el piano de la FAO con los pies descalzos imitando a Tom Hanks, aunque sólo una de nosotras vivió las notas como reminiscencias de la película Big. Las dos lo pasamos en grande, ¡eso sí!Por la tarde tocaba ponerse en marcha, encontrarme con las chicas y entrar en aquel teatro donde se entregan los premios Grammy. Todo era raro, irreal. Llegar a un concierto de Alejandro Sanz con sólo 15 minutos de antelación es impensable en Madrid, y allí estábamos, tan ricamente sin apretujarse ni demasiadas colas. Para bien o para mal, la pandemia nos ha achicado a todos. Me siento en mi butaca roja y miro alrededor, muchas caras expectantes, rojo resplandeciente, terciopelo por doquier. Hay muchas butacas vacías, impensable, increíble, insalvable.
Suena ese acorde de guitarra eléctrica que tan bien conocemos y aparece Alejandro con sus andares de "acabo de entrar al salón de mi casa" y el aplomo inconfundible del que lleva 30 años subido a un escenario. Ruedan lágrimas por mis mejillas que yo no he sido consciente de derramar, con pucheros y todo. Me miro por dentro y veo el engranaje de todas esas palabras y pensamientos que han llenado mi mente durante los últimos 18 meses. Volver a estar en un concierto rodeada de gente, cantando al unísono como una sola voz, de verdad que no pensé que ocurriría tan pronto. Sus manos tocando las de los fans de la primera fila fue como ver una sirena a lomos de un unicornio trotando por el anillo de Saturno. Irreal, idílico, inflamable. Las lágrimas sólo son un vehículo que transporta las emociones, y algunas emociones son tan fuertes que tienden a desbocarse, como un géiser que se expande cuando menos te lo esperas, y te empapa de vida por dentro y sólo puedes dejarte llevar y que se drene toda esa angustia encapsulada. Este concierto ha sido una prueba más de que lo estamos superando. Me acoplo a la música con otro grado de madurez, menos cantar y más escuchar, incluso tiempo sentada. Comprendo que llevo 30 años generando emociones con estas letras, y que soy una privilegiada por tener ese derecho. Son los recuerdos de toda una vida y son las abstracciones que uno hace de lo que ha vivido. Me quedo con mi parte sensible y vulnerable, soy lo suficientemente fuerte como para llorar en público sin darle demasiada importancia. Así soy, así crezco, así quiero seguir siendo.
Y cuando ya creía que no podía aprender más de esta involución, Alejandro se arranca por Sabina y deja al teatro medio mudo. Lógicamente, el público latino conoce menos estas letras. Y yo que muda no me quedo, aun cantando una letra que conozco al dedillo desde hace años tengo una epifanía: Yo no quiero domingos por la tarde, yo no quiero columpio en el jardín, lo que yo quiero corazón cobarde es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren. Todo está en las letras, sólo hay que pararse a escuchar. Por eso al próximo concierto iré contigo.
lunes, 27 de septiembre de 2021
Ya estamos todos
Fuimos dejándonos caer poquito a poco, como para no abusar de la alegría que se asomaba ya desbordando, como sin querer bebernos toda el agua del botijo después de haber pasado un año y medio en el desierto. Al final, nos tiramos por la borda.
Se llega tarde, a las fiestas españolas se llega tarde, y punto. Eso lo sabe todo el mundo, estemos en España o no, nos gusta retrasar el pistoletazo de salida y arrastrar la meta hasta que va cayendo el sol y no queda más remedio que marcharse. Las bocas de todos hablando a la vez, sin velos, sin pantallas. Las risas de todos sonando a la vez, en pequeños grupos, en conversaciones cruzadas. ¡Ay, las conversaciones cruzadas! hacía tanto que no serpenteaban voces esquivándose a la deriva que ya nos habíamos empezado a acostumbrar a hablar bajito. Achaques de pandemia, nos bajó dos tonos de voz y de ganas. A algunos más, a otros menos, a muchos les silenciaron del todo.
Fueron llegando unos en coche, otros en bici, otros andando... Entraban con la determinación de quien estuvo aquí ayer... pero eso fue antes de la pandemia, hace mucho tiempo amargo. No teníamos expectativas, sólo ganas, y fuimos dibujando el día con ratitos nuestros y mucha paciencia. Volvimos a confundir los vasos y a arreglar el mundo con una cerveza fría en la mano. Pero no el mundo de afuera, ése nos da más igual, sino el mundo que nos rodea y nos desprotege aquí adentro. Ese mundo que lleva año y medio girando tan lento que hasta a Teresa se le ha ralentizado el líquido cefalorraquídeo. Necesitamos fronteras abiertas para poder cruzarlas, para tender la mano y que lleguen abuelos, padres, hermanos, tíos y primos, que vengan a dar el tostón de una puñetera vez.
Nos hemos ido expandiendo con los años, a cada pareja le han ido saliendo esquejes, y los milenials ya hasta caminan y piden comida en el plato. Todos menos el recién llegado, que con tres vueltas de luna apenas ha tenido tiempo para los placeres humanos. El pequeño heavy llega flotando en su cuco, su telón de pajaritos acompasa los redobles, llevábamos mucho tiempo esperando, todos queremos verlo aunque no podamos tocarlo. Esperaremos pacientes a su sistema inmune madurando, como una coraza de pétalos que se van desarrugando, como un traje de volantes que se irá desparramando. Como un haz de luz que se proyecta agrandando nuestras sombras, dejando vacías las noches que tanto consuelo han robado. Y saltándose el protocolo de no haber sido invitado, Erik se trajo su prisa y su birra debajo del brazo. Celebramos los 37 de Dani, los 36 los saltamos, dijimos adiós al verano con los besos enfadados. Pero ahora ya estamos todos, y volvemos a tocarnos, y los niños juegan juntos sin turnos y sin recatos. Saca la tarta, sopla las velas, dame un abrazo, y vamos a celebrar juntos que lo peor ya ha pasado.
miércoles, 18 de agosto de 2021
Huellas en el Mediterráneo
Yo estuve allí, pisé aquella arena finita que tanto se parecía a la de mis sueños. Las huellas, sin embargo, no desaparecieron al abrir los ojos, caminaron parejas durante kilómetros dejándose besar por las olas del mar. Dibujamos el horizonte azul con las puntas de los dedos, con sonrisas de incredulidad garabateándose en los labios ante la normalidad de lo que fueron muchos ocasos anteriores. Sabe a tinto de verano, a cerveza en un chiringuito, a helados, a brisa, a estar moreno, sabe a Mediterráneo.
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Mi gitana también imprime sus huellitas en la arena, cada vez más separadas, calibrando perspectivas, dejando atrás pares de zapatos que ya no saben valerle. A su lado siempre, sus fieles guardianes: cuatro juegos de pies cansados cuyas huellas experimentadas se arrastran para trazar el camino de la libertad. Volvemos a estar juntos, hemos encontrado todos los trocitos que se habían desperdigado por la casa. Los hemos pegado con tanta ternura que nadie diría que estuvieron un año y medio separados.
Con precaución y sin olvidar que aún somos vulnerables, abrazamos las quedadas al aire libre y sin mascarillas para poder leernos los labios sin perdernos una sola palabra. Las noches de verano nunca habían durado tanto, el horario laboral enganchado al otro huso me estiraja la energía y me ofrece otro punto de vista, el de exprimir al máximo la vida. Abrazo cada rincón de mi España como si fuera la primera vez, me rezago en los atardeceres que no recordaba tan trasnochadores, y miro la luna, la misma que veo en Boston y que de alguna manera me hace sentir más cerca cuando estoy tan lejos.
Yo estuve aquí, disfrutando de las cosas normales que durante un tiempo se nos negaron, recordando que no hay nada más importante que la familia y las raíces, y procurando que mi gitanita abrace la vida con las mismas ganas, regando sus raíces españolas para que nunca corra el riesgo de que empiecen a secarse.
sábado, 3 de julio de 2021
Rojos
Vuelven los rojos a mis labios, a mis tacones, a mis volantes... vuelven reivindicando que se acabaron los encierros. Aquí se recogen los miedos aquejados de inmunidad, que al son de un lerele vuelan, llaman y se arrullan, colgados de una escobilla cogida a mi delantal. Vuelven los rojos tirititrán, rojas las flores de mi pelo harto ya de enmarañarse, roja mi peineta reina que destella tempestades, rojos los lunares bellos que se cuentan por millares. Vuelvo a estar repeinada y segura subida en un escenario, con mi sonrisa roja al descubierto y el temblor entre las manos. Comparto emoción con las caras que me miran desde abajo, bocas ávidas de oles, arsas y tomas, que año y medio han esperando escondidos en las gargantas aguardando a ser gritados, rasgándose las corazas, puntiagudas, impacientes, sordas al grito del alma que se pierde entre la gente. España se hace arte líquido y el público se lo bebe, el son de sus tacones rojos llena el aire de silencio, nos arropa con su manto de claveles y momentos, y se cuela en los rincones de la distancia y el tiempo.
Se destapan bocas ajenas, en ojos ya conocidos, y descubro caras nuevas en bailes mil veces paridos. Ríe y llora mi alma inflamada de emociones tan distintas, que no sé si tientos-tangos, sevillanas o fandangos, sólo se que me hacía falta bailar sobre un escenario.
viernes, 7 de mayo de 2021
Fin de una era
Me levanto por última vez de esta silla, salgo por la puerta del despacho sin echar la llave, echo un vistazo rápido a todo aquello que construí con tanto esfuerzo: mi laboratorio con sus estanterías viejas pero limpias y colocadas, pobladas de icebuckets rosas y morados y gradillas de todos los colores. Atravieso por última vez esa puerta, dejando atrás mis cabinas bautizadas con nombres de grandes científicas: Margarita Salas, Marie Curie y Barbara Mcclintock, y mis incubadores homónimos de lugares cálidos: Hawai, Florida, Ibiza y mi querida Sevilla. Bajo por última vez los cinco pisos de escaleras, salgo a la calle y me recibe el viento un poco cabreado: adiós Mass Eye and Ear, adiós Harvard.
Lo nuestro ha sido una historia preciosa, diez años de hacer ciencia de calidad, de aprender culturas, de construir abismos para luego saltarlos, de crecer por dentro y por fuera. Diez años de conocer gente maravillosa de todas partes del mundo, una década de risas y lágrimas en un lugar que me ha visto quitarme las coletas, casarme, cambiar los tacones por unos crocs cómodos, gestar a mi gitana hasta el día en que salí de cuentas, volver sólo dos meses después renovada y seguir peleando, caer, volver a levantarme, ascender, convertirme en Assistant Professor, conseguir tener mi propio laboratorio, conseguir premios, y pasar de cero a cien y sigue contando. Ahora, ya sin resuello, me paro sólo un instante para echar la vista atrás y me sonríen los huesos, porque hay que ver cuánto nos hemos querido.martes, 4 de mayo de 2021
Puerto Rico: Un lugar para quedarse
"Puerto Rico es un lugar para quedarse a vivir", por eso el burri se quedó rezagado en el arco de seguridad del aeropuerto y nunca cruzó al otro lado. Se soltó de la cadena como un escapista jugando a "fuga" en la plazoleta. En Puerto Rico se está calentito, hablan nuestro idioma, tienen las mejores playas del mundo y se come de maravilla. Arepas, tostones, pastelillos, mofongos, chicharrones, alcapurrias, mero con salsa criolla, chillo frito, mango jugoso, aguacate gigante... Si lo riegas con piña colada ya no querrás irte jamás, sobre todo si lleva ron y te lo estás tomando en una terraza del viejo San Juan que bien podría estar en La Latina (pero con playa...). Ponle horas al reloj, salsa a las palabras, ritmo a las calles y alma a las personas. Cercanos, familiares, amables, cariñosos, sin complejos... así son los puertorriqueños, y entre gente así me gustaría quedarme.
Por suerte, las sirenas trajeron muchos más a adornar las orillas, y pudimos compensar la torpeza con mimo renovado. Nunca vi conchas de colores sin ser artificiales. Conchas rosas, moradas, blanquísimas impecables con sus crestas onduladas como las rufles. Se abandonan en la arena tomando el último rayo de sol, algunas tiroteadas por los picos de las aves pescadoras. Son tan chiquitas que parece que en este mar sólo hubiera juventud. Sin duda aquí está la fuente de la eterna juventud, porque a mí se me cayeron unas cuantas arrugas y el cansancio de los ojos. Puerto Rico me ha devuelto la energía que se llevó el COVID, las vacaciones en familia, el sabor de la felicidad.
Aunque sin duda el lienzo que me hizo pensar en quedarme fueron las playas paradisíacas de Vieques, una de las Islas Vírgenes que salpican el Caribe. La Chiva se abrió entre palmeras sólo para nosotros, y nos regaló cien tonos de azul haciendo honor a su nombre anglosajón "The Blue Beach". Y vaya si mereció la pena el ferry y el paseo en fregoneta, todo por verme los pies como en una vitrina de aguas cristalinas. Así que aunque ya se acabó y volvimos al frío primaveral de Boston, en Puerto Rico se quedó el cansancio, la frustración y el miedo pasados, se quedó la incertidumbre y las paredes sin ventanas, y al volver se abrió la puerta a una nueva etapa, aquella en la que los inmunizados somos cada vez más y estamos un poquito más cerca de tocarnos.











