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domingo, 7 de febrero de 2016

Cultura española

Aquí son las 2 de la tarde, en España ya es tiempo de gala, la alfombra roja se abarrota de largas colas de tul, escotes vertiginosos y lentejuelas pendencieras. España se pinta sola para el glamour, para la fiesta y para el color de la cultura.
Después de sufrir a dos manos intentando que no se cuelgue la página de la uno, consigo engañar al sistema y ver la gala con tan solo cinco minutos de tiempo en diferido. Me acomodo en el sofá provista de manta y kleenex, fuera hace sol pero la nieve se requeda, dentro, la nostalgia se instala entre los pliegues de la manta, me asfixia, me tiñe de rojo sangre el corazón. La gala de los Goya tiene ese inexplicable efecto en mí, ya el año pasado me harté de llorar como una tonta emocionándome pareja con todos esos actores y directores noveles que suben empequeñecidos a recoger su estatuilla como el que alcanza el paraíso. Este año Daniel Guzmán casi me ahoga, con tanta emoción embargándome que parecía yo su abuela. En cierto modo me veo ahí, sé lo que cuesta la lucha por perseguir los sueños. Por otro lado, amo el cine español y la cultura española por encima de todas las demás. Soy ESPAÑOLA y más, si cabe, por estar tan lejos de mi patria. Pero esta noche, además, tuve una revelación que me sorprendió gratamente. Estoy harta de escuchar siempre la misma copla, cuando la gente me pregunta de dónde soy y digo: "from Spain" siempre es lo mismo: -ah, es que en España sí que vivís bien, la gente todo el día en la calle y en los bares. Y encima entráis tardísimo a trabajar, ¿no? porque como coméis a las 3 de la tarde-. Y lo mejor de todo, y aunque suene a coña, es cuando me preguntan en qué momento nos echamos la siesta: -¿pero os vais a casa a las 3 de la tarde y ya no volvéis?- En serio, fuera de España piensan que nos levantamos a las 10 de la mañana, nos vamos al bar, trabajamos un par de horas, comemos, nos echamos la siesta y luego volvemos a ir al bar y así todos los días. Y me encabrona tanto que siempre contesto lo mismo: -No has estado en España ¿verdad?, ya se nota-. Pero en el fondo es cierto que cuando los guiris vienen a España de vacaciones es la sensación que se llevan. No te jode, ¡porque vienen en verano! Y sin embargo, ayer viendo la gala de los Goya, en la que muchas películas representan la vida en España tal como es, tuve una epifanía: Sí, claro que tienen razón, Spain is different! En España somos felices, no consideramos necesario trabajar 12 horas al día 6 días a la semana, nos parece que tener sólo dos semanas de vacaciones es un insulto moral y a la primera de cambio hacemos puente si la fiesta cae en jueves. Aquí viven para trabajar, casi no hay festivos y, aunque los haya, mucha gente trabaja igual. Solo tengo 10 días laborales de vacaciones al año y las personas se miden por el puesto que tienen. Pues yo, ante todo, soy española de España, ese país donde tenemos un género literario que se llama picaresca, y eso implica que si te descuidas, te la cuelo. Soy española, de la tierra en la que Don Quijote cabalgaba con su escudero Sancho y veía gigantes donde sólo había molinos de viento. Soy española, de la misma España donde las estirpes empiezan en los reinados, donde las familias pueden recomponer su árbol genealógico sin moverse del sofá. Soy de España, de la piel de toro bañada por el Mediterráneo, el Atlántico y el Cantábrico donde se cultivan los mejores vinos del mundo, el aceite de oliva que nadie conoce y el jamón ibérico por el que todos lloramos al partir. España, la tierra que incluso en tiempos de guerra luchaba por la cultura, la tierra donde Lorca escribió sus bodas de sangre para después morir fusilado por un sistema que estigmatizaba republicanos. Donde el gran Antonio Machado amó sin límites a su Guiomar; España, que vio morir entre rejas a D. Miguel Hernández, y fue testigo de barbaries que también se transformaron en cultura como el Guernica de Picasso. España ha llorado lágrimas de óleo y tinta, ha caído y ha vuelto a levantarse, y de todas las contiendas se salpicaron los libros, los lienzos y el celuloide.
Me encanta el cine español porque me transporta a mi tierra, a mi niñez, a mis raíces. Me gustan las películas mundanas en las que no pasa nada, sólo la vida, e inmersa en su cotidianidad me sorprendo llorando a moco tendido. Sí señores, soy española, y a mucha honra. No me vengan con que España está llena de vagos y pícaros, sólo hay que mirar atrás y ver lo que España lleva a sus espaldas, ¿cuántos países pueden presumir de haber parido tanta cultura?

domingo, 8 de septiembre de 2013

Vivir fuera

Últimamente se repite este tema como una vaga discusión que argumentamos, ya sin fuerzas, puesto que al final uno acaba sucumbiendo al pensamiento ambiguo e inconexo del que no quiere sacarse a sí mismo de contexto. ¿Qué define nuestra personalidad, nuestra forma de pensar, nuestra ideología? En gran parte nuestra educación, lo que uno ha conocido en casa, lo que aceptas como dogma y no cuestionas hasta que eres muy mayor o estás muy lejos, o a veces ni si quiera eso. Por otra parte, están los genes, muy sobrevalorados en este sentido, puesto que creo que depende muchísimo más de cualquier otro factor externo que de la química del ADN. Y por último, para mí lo más importante, las circunstancias. Tanto es así que uno podría incluso cambiar su ideología religiosa o política dependiendo de las mismas. Otro tanto ocurre con los argumentos en los que te apoyas a la hora de defender o castigar un hecho o idea que hoy es un pilar fundamental en tu vida y mañana no comprendes cómo podías aferrarte a ello con tanta vehemencia. Cuando vives con tus padres, la idea abstracta de emancipación y de libertad (ambas a menudo sinónimas) tienen un color fosforito y muy delimitado. Después, cuando la vida te va enseñando otras cosas, otros signos, otras vivencias y otros colores, aprendes a valorar lo que es hacerse a uno mismo. Y  en un momento dado te encuentras con que has de pensar por ti mismo, vaya, sin un respaldo acolchado e incluso a veces a contracorriente... Es en ese momento y no antes, cuando la personalidad aflora y te planteas qué eras antes, y lo que es peor, qué vas a ser en el futuro.
Este verano me he encontrado sin quererlo una y otra vez en la misma tesitura, la de defender y a la vez apedrear la idea de "vivir fuera" que todos tenemos a priori. Hace poco leí un post en el que alguien decía que a veces para conocerse a uno mismo, hay que vivir fuera. Y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Cuando vives en una casa que va a ser para siempre, rodeado de gente que va a estar ahí siempre, en un trabajo que es para siempre (si no ese, otro parecido, en un radio de 50 kilómetros a la redonda) es muy fácil decir "me gustaría vivir fuera". Todos alguna vez hemos pensado eso, mucha gente sueña con ello, otros lo dicen pero con la boca muy pequeña, como para formar parte de un pensamiento cool generalizado. Yo también fui de esas, por mucho tiempo, cuando el futuro estaba escrito con tinta permanente. Pero entonces la tortilla da la vuelta y te encuentras viviendo fuera. Lo primero que comprendes es que no es tan fácil como parecía, porque hay cosas que no había considerado, como por ejemplo que estás solo para tomar todas esas decisiones que antes acompañabas de padres, amigos, hermanos o cualquier otro aditivo. También lo estás para estar enfermo, sano, feliz, triste, deprimido o alegre. Así que el espacio de compartir se achica un poco, sólo un poco. Luego está lo del idioma, bueno, uno no puede ser la misma persona en un idioma que no es el suyo, y esto no lo digo sólo yo, que ya lo he preguntado. Es agotador pensar y hablar todo el tiempo en otro idioma, y además, hay cosas que no adquieren el cien por cien del significado que tú les quieres dar, así que hablas menos que antes. Luego están los amigos y demás, esos que en España están porque han estado ahí siempre, pero aquí has de hacerlos de nuevo casi todo el tiempo. Lo malo es que sabes que son temporales, y entonces creas amistades por capas: la primera y más superficial para aquellos que sólo estarán aquí de uno a tres meses, la segunda para los que se quedarán un año... Irás a sus fiestas de despedida, jajaja y ya está, al cabo de un tiempo si te he visto no me acuerdo. Luego están los de las capas profundas, eso es más complicado, porque también se van, y entonces dejan un vacío como ese del que hablaban "Los Cantores de Hispalis"... Esto se traduce en una pereza horrible para hacer amigos de verdad, aunque es verdad que los que haces, da igual en la capa que se encuentren, son mucho más intensos que mucha gente de esa que conoces desde siempre.
Viviendo fuera aprendes a valorar el día a día, porque mañana va a ser otra cosa muy distinta, eso seguro, y aprovechas el estar aquí por si acaso. La gente que se queja siempre por la vida que tiene y que ansía vivir fuera como si de la panacea se tratara, no puede ni figurarse lo que es. Tampoco pueden, eso es cierto, imaginar lo genial que es, con toda esa gente nueva que hace capas y más capas, sobre todo los que después permanecen al menos una vez al año. Y también todas esas visiones diferentes del mundo, incluso de España. Qué diferente era España cuando yo vivía en ella, yo creo que era más fea... Ahora me parece tan bonita, tan auténtica, tan paradisíaca... Incluso vista desde el punto de vista de la crisis, España siempre es un lugar al que volver, aunque sólo sea por vacaciones. Porque al final del día, la vida es la que te construyes por ti mismo, la que te ganas a base de lucha y de esfuerzo. En muchos casos tu profesión es el núcleo alrededor del cual giras todo lo demás; en mi caso, es una forma de vivir que me da muchas satisfacciones, sobre todo desde que estoy en Boston, o casi sólo desde que estoy aquí. Por eso, y aunque aún sigo intentando definir mi personalidad en este país, sé que la felicidad está aquí, en este presente cierto y no sólo en el futuro escrito, más que nada porque el mío lo escribo a lápiz, afortunadamente, así siempre podré cambiar lo que me de la gana.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Volver a casa

Llegando al final de los días estivales, aún con las maletas a medio deshacer, o a medio hacer, según se mire, voy escribiendo el balance de mis segundas vacaciones en España. Más por necesidad anímica que económica, mi destino favorito últimamente viene a ser La Mata, Torrevieja, esa costa donde el mar Mediterráneo se cabrea a veces en forma de levante y donde otras veces, por eso de que aquellas son las mejores playas del mundo, la quietud de sus aguas se me antoja un lugar perfecto para quedarme. . . Si no fuera porque soy una aventurera y me encanta estar lejos de mi país y de mi gente, si no fuera porque en España sobran científicos, si no fuera porque Boston está empezando a ser un hogar al que volver. . . me plantearía seriamente el prestarme como reo de algún amarre, y quedarme flotando para siempre acariciada por la brisa, por las olas, bailando esa danza infinita con trazas de sal y turquesa. No obstante, no quiero ser presa de España, de una España torpe y analfabeta, no quiero ser presa de una España bonita y tonta, donde hemos vendido a precio simbólico nuestras almas y nuestros principios. No quiero ver cómo la España por la que lucharon nuestros abuelos retrocede a pasos de gigante para volver a ser un nido de caciques ignorantes. Me dan vergüenza las esquirlas que salpican nuestro país con mierda de todos los colores, y cómo esa materia infame está vistiendo nuestra piel de toro con un grotesco disfraz de putilla. Cada vez que alguien me dice la suerte que tengo de vivir en Estados Unidos, o lo que es peor, cada vez que alguien sugiere el dineral que estaré ganando viviendo en la tierra de las oportunidades, me dan ganas de abrirme el gas (como diría la gran Rosa de España que ahora es de Boston). Señores, vivir a más de 5000 km de tu país no es una suerte, tampoco es una condena, no nos llevemos a engaños, pero no siempre es una opción. Y lo que desde luego no es, es la panacea. Lo que pasa es que visto desde la perspectiva laboral, pues sí, es mucho mejor que lo que se ofrece en España, pero también es verdad que los propios españoles aceptamos esta premisa como ineludible y lo llegamos a ver hasta normal. Lo que no vemos es que, de la misma forma que ahora muere la investigación, y poquito a poco la educación, y de forma encubierta la sanidad pública, mueren también las ganas de cambiar el mundo que heredamos en los genes de los que sufrieron el franquismo y con ellas, el futuro de las nuevas generaciones que nacerán fuera de España fruto de los cerebros exocitados, que no fugados. Qué suerte tengo de vivir en USA, donde sacarte una muela cuesta 700 dólares y tener un hijo 20.000, donde estudiar una carrera cuesta más de cien mil dólares y el aceite de oliva es importado de Italia. La ignorancia es demasiado a menudo la falta de interés por el conocimiento.

sábado, 27 de octubre de 2012

Lo que me overwhelma (by Q-Charini)

La moneda cayó, todo acaba ocurriendo, el paso del tiempo es de las pocas cosas realmente irremediables. Cayó y rodó tan lejos que no podías alcanzarla desde aquí, rodó hasta España, donde te espera sentada a la sombra de un madroño, con el chulo subido y los brazos en jarras. Mientras, el hueco se estira insistentemente. Procuro que no me roce, soy buena esquivándolo, pero a veces doy media vuelta y me dice "¡miau!", ya sabes, con ese toque de crispación que lo pone todo perdido de ausencia. Ya no hay lunares. . . ¿dónde está la polka? yo así no bailo, ni flamenco ni zumba, no muevo un pie.
La cafeterita me ha salido al paso, se insinuaba, y he tenido que hacerme un café, por supuesto, con Mocaaaaa. Pero ni por esas, ha sido tan raro poder ver una serie sin interrupciones, que me he aburrido. . . no sabía qué hacer, me he pintado las uñas, y claro, polka de sustitución.
La Loli está rara, se tumba en la puerta de tu habitación con el traje de paciencia, como si fuera el de los domingos pero más rato. No entiende que ya no estés, ¿qué puedo decir? Ni si quiera el gato asao puede consolarla.
Ayer compré unos cuadros, intento borrar el silencio de las paredes, pero ya sabes que  todo lo que cuelgo en ellas tiende a caerse, como si lo rechazaran. No es como las canciones, que se agarran con fuerza, se van quedando grabadas como si fueran frescos paleolíticos. En la ducha hay unas cuantas, la de los duros antiguos mal cantada se ha asomado tímidamente esta mañana, se había quedado enredada en el estropajo rojo, como cabellos inertes que han decidido quedarse en Boston. En lo alto del cerro de palomar hay otras pocas, y ni te cuento las que se acumulan al bajar las escaleras. Y sin embargo, tú ya te has ido.
Eres una gafapasta sin remedio, los señores gordos de brazos largos y muchos pies lo confirman. Lo siguiente era un cambio de look en Q-Chari Style, pero ya han sido demasiados cambios por el momento, por el momento. . . Ahora coge aliento, carrerilla, amuletos y el bolso de ganas (la mochila puedes dejarla), España nunca recibe en frío a sus hijos pródigos, esconde bien tu camiseta de Harvard. Mientras, te cuido la planta y te echo de menos. Te presto Madrid.
Que tengas suertecita...

martes, 18 de septiembre de 2012

La criptonita sabe a sobao

Que España desde lejos parece vulnerable, escocida, una muñeca de trapo con la que el mundo juega sólo un rato antes de pasar a algo serio. Que a España todos vienen de visita, por el vino, por las tapas, por los San Fermines, por el clima. . . hasta por su gente, mira tú, que a pesar de estar siempre de escaqueo y durmiendo la siesta parecen muy hospitalarios. Angela veraneaba con sus padres en Mallorca, rosita de sol y playa admiraba el aire templado del Mediterráneo, idílico, un paraíso vacacional. Comenzó a gestar la idea de comprar todas las calles del mismo color y poner algunos hoteles, pero claro, había oído tantas veces comentar la situación nefasta de aquel país. . . La construcción apuntaba hacia arriba con desaire, abocada a una caída libre del todo imparable. Pero todo lo que sube, tiene que bajar. Y al fin... cayó, y dejó sin trabajo a la mitad de los españoles e hipotecados hasta las cejas a la otra mitad. Menos mal que llegó al poder un señor con una capa roja de superhéroe que les iba a sacar a todos de la crisis bubónica sin pasar por la casilla de salida, lo único que tenían que hacer era pagar un pequeño porcentaje de sus rentas al señor feudal y hacer una ofrenda satánica para empeñar el alma. Entonces Angela decidió que era el momento de comprar, de construir hoteles, los ferrocarriles. . . ¡qué inversión! y así luego poder vendérselo al superhéroe a precio de oro. No obstante, éste no iba a ponérselo fácil, primero tendría que engañar a todos los habitantes de esa España cenicienta, habrían de creer que aquello era bueno para su país, de hecho, empezaba a gestar un plan: ¿y si todos fueran unos ignorantes? ¿y si pudiéramos manipular la televisión, los periódicos. . . ¿esto no lo hizo alguien ya? ¿y si les hiciéramos creer que la criptonita sabe a sobao? Es más, como hay demasiados listillos que sacan rápido esos carteles pinchados en un palo, la mejor opción es reducir a los listillos. . . Veamos, si subimos el precio de las multas, el pago del feudo, los servicios sanitarios y todo lo que hasta ahora les había hecho creerse con derechos . . . es más, si privatizamos la educación de forma que sólo los hijos de los señores puedan estudiar. . . ¡voilà! Tendremos lo que queremos. . . ¡¡un rebaño de corderitos mojando criptonita en la leche!! Hay que empezar por echar a la calle a los maestros, que son unos listos, que encima de que ilustran a la plebe, quieren ampliar el gremio. Y luego a los médicos, y sobre todo a los científicos. . . pero ¿qué se habrán creído? todo el día jugueteando con el plantanova y gastándose el dinero público en busca de respuestas a preguntas absurdas. . . no no no, mejor que se vayan a hacer las Américas. Ay Mariano, pero es que el cáncer no entiende de ideologías políticas. . . menos mal que aún podemos comprar una bula papal y que nos la pongan por vía intravenosa.

miércoles, 15 de agosto de 2012

De vuelta en Boston

Boston abre sus brazos para recibirme, perlados de un agua salada que no es marismeña, envueltos en una humedad insoportable que reta en duelo a mi flequillo. . . ¡ya estoy en casa! Los primeros días no cuestan por aquello del jet lag, apenas sale el sol, mi bioritmo español me saca de la cama a trompicones, camino hacia el laboratorio aún espesa por el destiempo. . . esto no lo arregla un café americano. Me pongo la bata y automáticamente mis vacaciones en España han pasado a la historia. Vuelta a la rutina de doce horas currando, arriba y abajo, corre que te corre. . . ¿España? eso fue hace ya mucho tiempo, ¿no? Menos mal que aún me queda el bronceado que le robé al sol a base de paseos por la playa. No sé si echo de menos la playa, en el fondo es mejor idealizar todas estas cosas para que tengan más sabor el verano que viene. . . Bueno, esto es una trola bastante gorda, pero tengo que consolarme de algún modo, aún queda mucho para volver.
Sin embargo, mi familia de Boston también sigue aquí, nos vemos en el Back Bar y recuperamos un poquito de nuestro tiempo juntos, nos ponemos al día, nos reímos. . . Además esta vez me traje un cachito de Madrid en la maleta, Covi hace que la reincorporación sea gradual, y poquito a poco voy dejando atrás España y llenándome de América. Vuelvo a ver por primera vez todas estas americanadas con los ojos de un español primerizo: los parquímetros, los periódicos que nadie roba, el super y sus pasillos interminables de productos chachis, el autobús escolar de Otto. . . y recupero la noción de lo que significa estar en Boston. Privilegio del momento en que vivimos, contar con un futuro que se alarga un día o dos. Me reconforta.

Sólo tardo dos días en volver a verlos, la verdad es que les había echado de menos. Me reciben casi con la misma alegría que la pobre Loli, que ha sufrido una ansiedad terrible que la ha llevado al engorde forzado y a experimentar pérdidas de orina. Desde que llegué me ha perseguido por toda la casa, por no hablar de las noches que me da en plan portal de Belén, pegada a mí como el buey al niño. No sé si podré compensar tanto abandono. Sin embargo no me pide explicaciones, asume que es lo que hay y disfruta del presente, lo mismo ellos. Tampoco preguntan, se acercan y piden caricias extra por las que se han perdido, pero ni un ápice de rencor en sus miradas, qué distintas las personas. Aunque el husky parece cansado, el glaciar de sus ojos ha adquirido el matiz del tiempo, infinito. Los dos son suaves como seda desenredada, el tacto me devuelve ese sentimiento familiar de la rutina, he vuelto a casa.

sábado, 16 de junio de 2012

Comisiones y aceptación

Actitud de una persona americana ante el cobro de una comisión: fase de interrogación, fase de entendimiento, fase de aceptación... Actitud de un español ante la misma situación: fase de cabreo/gritos, llamada a la compañía para continuar los gritos/insultos contra el currito correspondiente, pérdida total de papeles, fase de reclamación, fase de no respuesta, fase de aceptación...
Al otro lado del rin, la actitud de la compañía española comisionante: fase de contratación de ganado para aguantar insultos al teléfono, cobro de la comisión, fase recepción de hojas de reclamaciones, fase de reciclado de dichas hojas, fase de prescripción... Actitud de una compañía americana comisionante: fase de contratación de personal hiperamable rayando en lo empalagoso, cobro de la comisión, fase de recepción de reclamaciones por parte de usuarios españoles, fase de arrepentimiento, fase de devolución de la comisión más un plus por las molestias causadas, fase de adquisición de un nuevo cliente fiel.

En América aceptan civilizadamente todo tipo de comisiones, pérdidas, pagos o reclamaciones como si hubieran sido educados para ello. Los bancos cobran comisiones por casi todo; si no fuera porque soy española, les habría regalado ya más de 100 dólares porque sí. Sin embargo, no tienes más que acercarte al banco, argumentar tu desacuerdo, y voilà, te devuelven lo que te han cobrado ipso facto. Lo mismo ocurre en tiendas, compras por internet, supermercados y cualquier establecimiento público. Cabe pensar que son un país rico y por eso le dan menos importancia a ciertas cosas. Sin embargo, la mayoría de los americanos están hipotecados de por vida desde que salen de casa de sus padres, que suele ser a la tierna edad de 18 años. El coste de la universidad viene a ser unas diez veces superior al de una carrera en España. Eso que vemos en las películas de padres ahorrando para la universidad de sus hijos desde el mismo día en que nacen, no es producto de la ficción, es terriblemente real. Estudiar en Harvard cuesta la friolera de unos 50000 dólares al año... eso sin contar que la mayoría de los estudiantes vienen de otros estados y han de buscarse la vida fuera del arrullo familiar antes de tener claro lo que quieren ser en la vida. Su suerte consiste en pedir un préstamo para pagarse los estudios que irán devolviendo a plazos durante media vida. Y  así, uno de mis compañeros de laboratorio, con casi 40 años, una esposa médico, una tesis y una carrera brillante, aun las sigue pasando putas para llegar a fin de mes porque siguen pagando la suerte de haber podido estudiar lo que les gustaba.
En España la mayor parte de la población puede permitirse estudiar, sin embargo, no todo el mundo lo hace. En los últimos años, la mentalidad ha ido cambiando y poquito a poco, nos hemos ido convirtiendo en un país un poco más culto. Eso sí, la mayoría de la gente que estudia una carrera, y yo me incluyo entre ellos, viven con sus padres hasta los veinticinco años o más. A veces por comodidad y otras por necesidad. Cuando al fin superas la etapa de estudiante y te enfrentas a la realidad, te das cuenta de que para trabajar necesitas tener experiencia. ¿Y de dónde sacas la experiencia si acabas de salir de la facultad? Pues muy fácil, la adquieres trabajando gratis o como becario. Y aunque eso no te garantiza que vayas a tener un trabajo, tu ilusión es tan insólita que lo aceptas como si fuera el puesto de tu vida. Cuando te paras a mirar atrás, llevas años trabajando en condiciones precarias, realizando tareas para las que estás, muchas veces, más cualificado que tu propio jefe, pero como lo tuyo es vocación y sabes que es lo que toca, pues lo aceptas, y punto. ¿Por qué no seremos tan gallitos para pedir lo que nos corresponde a nivel laboral como para reclamar 5 euros de más a la compañía telefónica? Pues muy fácil, porque desde pequeños, lo que hemos aprendido es que somos unos afortunados, que hemos tenido la suerte de estudiar cuando nuestros padres a los diez años ya estaban hartos de trabajar. Encima trabajamos en lo que nos gusta... sí, yo una vez tuve que escuchar que si no tenía bastante con trabajar en lo que me gustaba que encima quería cobrar... Bueno, a lo mejor es que los licenciados están genéticamente preparados para vivir del aire, por no hablar de los doctores. Menos mal que España tiene una cosa genial que son las becas de doctorado, que hasta hace poco no te permitían cotizar, con lo que te plantabas con 28 años sin un número de la seguridad social, y tampoco te dejaban paro al terminar. Ahora al menos cotizas los dos últimos años y eso te da la friolera de 8 meses de paro al final del túnel. Después, lees la tesis y llega la etapa de las otras becas, las postdoctorales… con estas ya cotizas, ¿Qué más quieres? ¡no te creerás también con derecho a un trabajo digno! Pues nada, lo que tienes que hacer es, después de haber tenido la suerte de poder estudiar una carrera prácticamente pagada por el estado, después de haber ganado conocimientos y experiencia equivalentes al doble de años trabajados, puesto que tus jornadas laborales fueron de 12 horas, después de haber aprendido a amarrarte los machos para correr por encima de los charcos sin salpicarte… tienes que emigrar, y regalarle a América, ese país al que llaman el de las oportunidades, todo lo que España te ha dado a ti. Sin olvidar que muchos de los que están aquí, siguen cobrando un sueldo español mientras producen para otro país. Eso sí, lo hacemos con mucho gusto porque en España lo que sobran, al parecer, son jóvenes preparados, si no, échenle un ojo a la cola del paro o pregúntele a la secretaria de Estado que se lució en Nature.

jueves, 12 de abril de 2012

La "españolidad"

Es un hecho que nada más traspasar las fronteras de nuestra piel de toro, a todos nos invade de repente la "españolidad", un fenómeno que te arraiga de forma inexorable a la madre patria y que produce una serie de conexiones neuronales que hacen que sientas un calor distinto en las venas... La sangre bombea al son del fandango, y de repente, hasta el más macarra descubre una vocación flamenca escondida que aflora desde su estado de latencia para poseer tus cuerdas vocales en la ducha, o tus pies mientras pipeteas... y que te obliga a escuchar a los habituales de radiolé mientras improvisas un cajón en la mesa de trabajo. ¿A qué se debe este extraño fenómeno? Existen diversas hipótesis, pero la más aceptada es aquella que nos sitúa a la suficiente distancia como para temer por la pérdida de nuestras raíces. Y así, de repente, ser español supone un orgullo, aun con todo lo que tenemos en España, que da para escribir una enciclopedia de despropósitos. 
 
La suerte ha traído a Paco de Lucía a la Opera House de Boston, donde, por supuesto, no podíamos faltar el Spanish team dando aliento a nuestro compatriota. Supongo que si no hubiera estado aquí, probablemente nunca habría ido a un concierto suyo. Sin embargo, el deleite que sentí al envolverme en ese arrullo de notas, apenas puede compararse a otros conciertos a los que he asistido en España. ¿Cómo se le puede arrancar luz a una guitarra? Bailan los dedos sobre las cuerdas, hábiles, incansables, en bajo vuelo, ávidos de regalar calma al público que escucha complacido. Sólo puedo concentrarme en la melodía, en el calor que me llega desde una guitarra que apenas puede contenerlo. La magia se extiende por encima de las cabezas, entre los asientos, puedo notarla bajo las plantas de mis pies... esto debe de ser lo que llaman el "duende", que ha venido a Boston a enseñarnos tímidamente la antesala del Olimpo. Lerele en ristre, la voz rasgada del Duquende se bate en duelo con la de David de Jacoba, tan gitano como Camarón, y casi tan grande como él. Hay una tercera silla, un joven que da palmas con el semblante muy serio, aún no se ha movido apenas y ya se le adivina el arte. Por eso, cuando salta sobre las tablas en una danza imposible, siento un escalofrío de la cabeza a los pies. Me pregunto si es humano mover los pies de ese modo, quizás le falte algún hueso, una falange seguro. . . Si no lo estuviera viendo, no creería que el flamenco se puede tocar, se puede oler, se puede sentir y se puede ser. No soy dueña de mi pierna derecha que zapatea al son de la música, no soy dueña de la sangre que me corre por las venas a borbotones, y mucho menos de los ojos que se han quedado abiertos como platos, pasmados ante el taconeo más espectacular que hayan presenciado jamás. Más tarde descubrimos que se trata de Farruco, el nieto del ídem y hermano menor del archiconocido Farruquito. Pero ahí no acaban las sorpresas, Antonio Serrano saca su armónica y yo descubro que de este pequeño instrumento puede salir un genio como si de una lámpara maravillosa se tratara. Desde este momento decido que soy fan de la armónica, yo que sólo había escuchado a mi hermano tocar su escala personal, dando la vara como los críos chicos más que otra cosa, de repente me encuentro extasiada respirando las notas que salen enmarañadas por los orificios de la paz. La magia existe. . . cierro los ojos y estoy en España, estoy de nuevo en Sevilla. Las letras de las canciones, que apenas se adivinan en lo profundo del rasgueo, convocan a la Giralda y al Guadalquivir. Y ahí me transporto esta noche, a Triana, a la Plaza Nueva, a mi querida Alameda de Hércules. . . el maestro Paco de Lucía se ha traído puñaos de España en los bolsillos, hasta Boston, donde su arte se ha quedado resonando en mis oídos para siempre.

lunes, 19 de marzo de 2012

¿Qué significa el exilio?

¿Qué significa vivir fuera de tu país? Para algunos y con los tiempos que corren... ser afortunado. Haber tenido la ¨suerte¨de encontrar un sitio en el que poder desarrollarte a nivel profesional, un mundo nuevo, todo por andar. Gente nueva, lección de culturas, de aprendimiento culinario (aunque sea internacional y limitado)... Muchos consideran esta etapa como una especie de erasmus tardío en el que te despendolas y haces todo lo que no has hecho en 30 años. Salir de lunes a domingo, conocer amigos ¨de paso¨, lo que conlleva una fiesta de despedida día sí dia no, ganar un buen sueldo, viajar... Pues bien, huelga decir que todo tiene sus matices. Estar fuera implica trabajar como si no hubiera un mañana, asustado ante la sola idea de volver a España con la palabra fracaso pintada en tu rostro, apremiado por la angustia de dejar en mal lugar a tu país, codeándote con un entorno laboral que en realidad no tiene por qué ser superior al que has conocido, pero sí más sano y más justo. Aquí no se hacen horas para figurar, para que el jefe vea que trabajas hasta la noche, sino para producir, para publicar, para realizarte, para sentirte motivado... para optar a ser alguien en el futuro. Y a cambio, el día que te vas una hora antes tus compañeros no se dan codazos, tu jefe no te pone en la lista negra y tu conciencia no se carga con un peso ridículo e inexistente de irresponsabilidad.
Estar lejos también implica encontrarte de cara con la soledad, con que por mucho que necesites tomar un café con tu mejor amiga, no puedes ni si quiera llamarla porque cuando tú sales de currar ella lleva horas durmiendo. Estar lejos significa añorar cosas tan corrientes como una tostada de pan tumaca con jamón, un paseo por las calles de Madrid, una caña en el bar de toda la vida, donde conoces a todo el mundo y donde todo el mundo te hace un leve gesto con la cabeza en señal de reconocimiento cuando llegas.
Estar fuera significa que corres el riesgo de que los niños, sobrinos, primos, hijos de amigos, que cuando te marchaste de España eran pequeños, no se acuerden de tí cuando vuelvas en vacaciones, que se escondan tímidamente detrás de sus madres preguntándose quién es esta tía a la que no conocen de nada. Estar lejos significa perderte todas las gracias de tus amigos, las coletillas cómplices con tus hermanos, convertir los recuerdos en demasiado antiguos y las cosas cotidianas en completas desconocidas.
Estar lejos significa no poder darle un abrazo a tu padre en el día del padre, ni si quiera poder preguntarle cómo fue el día, porque la franja horaria te la juega y cuando puedes coger el teléfono ya no son horas de llamar. A pesar de que desearías que el teletransporte fuera un hecho y poder aunque fuera pasar un minuto con la gente que más quieres, has de conformarte con el gran regalo de la tecnología, que no sólo te permite hablar, sino verte las caras con ellos, aunque sea los fines de semana, que es mucho más de lo que se podía hacer hasta hace poco.
Desde lejos la visión que la gente tiene de nosotros se deforma, pasamos a ser la hija de, o la amiga de... que está viviendo en Boston, como si fueras una esencia, un ente. Y despiertas cierta envidia momentánea en aquellos que siempre dicen: uy, qué suerte, yo siempre he querido vivir fuera de España. Bien, claro que sí, es una experiencia incomparable a nada que haya vivido antes, y desde luego no lo cambiaría por haberme quedado en mis viejos zapatos. Pero cuando miras a tu alrededor y absolutamente TODO lo que te rodea es nuevo, pierdes el equilibrio, el norte y el sur, pierdes la orientación y sientes un vértigo atroz. Al principio todo se magnifica y quieres vivir intensamente lo de aquí y lo de allí, y obviamente, no puedes. Con el tiempo, aprendes a restarle importancia a demasiadas cosas, y por lo que me han contado, cuando llevas mucho tiempo aquí, te haces inmune al ¨no puedo estar¨ aunque quisiera.  Y consigues que las cosas te afecten un poco menos. Y asumes que cuando alguien muere no puedes estar para consolar a los que quedaron desolados, cuando alguien cumple años no puedes estar para ayudarlo a soplar velas, cuando alguien te critica no estas para defenderte, cuando tu madre hace croquetas no estás para que te guarde un tupper... y cuando necesitas un abrazo, ellos no están para dártelo. Así que la suerte, o el esfuerzo, como casi todo, también tiene dos caras.

jueves, 1 de marzo de 2012

La primera española

Pues nunca me había parado a pensarlo, ¡qué responsabilidad! ser la primera española que alguien conoce. Y yo, sin saberlo, he sido yo misma durante meses!!
¿Qué es ser español? Pues así visto desde fuera, parece ser que consiste básicamente en escaquearse, dormir la siesta, comer bien y torear. He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado acerca del "bullfight", como si fuese algo que en España te encuentras así de repente, paseando por la calle. Y aunque es cierto que no deja de ser un rasgo muy español, también hay españoles, como yo, a los que no les gustan los toros. Vamos, los toros sí, lo que no me gusta es el toreo. Tampoco me gusta dormir la siesta, por eso me indigno cada vez que sobreentiendo una referencia desdeñosa a nuestro "relax" laboral. Pero bueno, los tópicos están para eso, para ser tópicos. De hecho, también yo creía que los chinos trabajaban como chinos y que no se relacionaban con nadie; hasta que he conocido de verdad a algunos, y entonces he comprendido que, aunque comen cosas muy raras y hablan un inglés que no hay quien entienda, son más majos que las pesetas. Es gracioso que Jingfa y yo hayamos conectado tan bien viniendo de mundos tan distintos, y no deja de ser paradójico que una de Madrid y uno de Shangai sean los dos únicos trabajando en un laboratorio americano un domingo por la mañana. De hecho, mi primera opción era torear un rato, pero me dio pereza porque llovía y luego no se me seca el capote. La suya era caminar vestido de pollo por encima de unos rodillos sobre agua sucia, pero se lo pensó mejor y prefirió trabajar como buen chino.

Con Inderjeet todo ha sido fácil. Los indios tienen esa actitud bonachona y acogedora que te envuelve desde el principio. Creía que era algo propio de Shomi, pero parece que se extiende a patrones de conducta ancestrales. Y aunque España y La India no pueden ser más diferentes, es hermoso formar parte de una fusión intercultural que cuente con ambas lunas. Intercambiar impresiones sobre nuestras costumbres es un clásico a la hora del café. No deja de sorprenderme la capacidad que tienen los hindúes para mantener sus vínculos familiares. Cuando se casan, deben vivir en la casa de los padres de él, y es una falta de respeto no hacerlo, por lo que se da por hecho que debes permanecer en el lugar donde te has criado y cuidar de tus mayores, así como procrear lo antes posible. Con esto no sería tan complicado lidiar si no fuera porque lo normal es que el marido lo escoja el padre, exactamente como Apu y Manjula, sí. Las muchachas hindúes se casan generalmente con un hombre al que no han visto nunca a solas y su función fundamental es cuidar de sus padres y de sus hijos, no así de las tareas de la casa, ya que es muy común tener sirvientes. Por suerte, poquito a poco, la mentalidad va cambiando en familias como la de Inder, que ha tenido la gran suerte de poder escoger a su marido, y encima estar enamorada de él. Eso sí, primero hubieron de recibir el beneplácito de ambos progenitores, tarea que no fue nada fácil. Sus hermanas no tuvieron tanta suerte, y viven sus vidas ajenas intentando ser felices con lo que les ha tocado. Cuidan de sus niños que lo son todo para ellas, pero jamás han viajado ni visto nada que no sea sus propios hogares.
Cuando hablamos de esto yo siempre le hago la misma pregunta, ¿y qué pasa si no son felices? Y ella me responde una y otra vez: "se aguantan, porque si se separaran tendrían que volver a casarse de la misma forma". 
Inderjeet no entiende qué hacemos los españoles cuando salimos por la noche; qué le encontramos de divertido a eso de bailar, tomar una copa o hablar con desconocidos hasta altas horas de la madrugada. Para ellos el fin de semana consiste en ir al templo, comer algo fuera de casa con su marido, ir al cine y poco más. Nunca han salido ellas solas antes de casarse, nunca han ido de vacaciones con sus parejas, nunca, nunca, nunca... A veces es complicado para mí comprender sus razonamientos, aunque intento, desde la posición de alguien que ha vivido en un mundo tan distinto, ponerme en sus zapatos y en su cultura. Obviamente, me siento enormemente afortunada por haber nacido en una cultura como la nuestra. Y aunque es cierto que a España le ha costado abrir la mente y aceptar que las mujeres pueden votar, trabajar, estudiar una carrera y ser completamente independientes, todavía nos queda mucho que superar. Aún no somos iguales a nivel laboral, ni a la hora de cuidar de los niños, ni de dirigir empresas o de hacer con nuestras vidas lo que nos de la gana. Pero cada vez subimos un escaloncito más en la gran escalera que conduce a la igualdad.
Por otro lado, en otras culturas europeas más parecidas a la nuestra, también se baraja esa visión de nuestra piel de toro ligada al folclore y el cachondeo. Para los irlandeses, los españoles siempre nos estamos quejando y trabajamos algo menos de lo justo. Eso sí, tenemos un carácter abierto y somos simpáticos. Antes de enredarme en esta tela de araña, yo también creía en los tópicos, pero cuando te toca deshacer los tuyos, no mola tanto... Ahora que sé que soy la primera española que muchos de ellos conocen, siento la responsabilidad de demostrar que España no es un circo. Lo malo es que luego abro el periódico cada mañana y mi moral se desmorona: jueces que son inhabilitados por hurgar donde no deben, estudiantes apaleados por pedir mejoras en las aulas, miembros de la realeza que se apropian del bien ajeno, impuestos sobre bienes inmuebles que no todo el mundo paga por igual, mediocres colocados en puestos de mando subiendo el precio del pan cada vez que abren la boca... y un largo etcétera de vergüenzas nacionales que los españoles hemos de lavar como podemos desde fuera y desde dentro de nuestra tierra.
Por eso, y de perdidos al río, los españoles de Boston nos vemos obligados a celebrar fiestas y salir de noche, porque si nos ven todo el día trabajando en el laboratorio, fines de semana incluídos, podrían pensar que no somos simpáticos, o lo que es peor, que en realidad no somos españoles, sino chinos.