Aquí son las 2 de la tarde, en España ya es tiempo de gala, la alfombra roja se abarrota de largas colas de tul, escotes vertiginosos y lentejuelas pendencieras. España se pinta sola para el glamour, para la fiesta y para el color de la cultura.
Después de sufrir a dos manos intentando que no se cuelgue la página de la uno, consigo engañar al sistema y ver la gala con tan solo cinco minutos de tiempo en diferido. Me acomodo en el sofá provista de manta y kleenex, fuera hace sol pero la nieve se requeda, dentro, la nostalgia se instala entre los pliegues de la manta, me asfixia, me tiñe de rojo sangre el corazón. La gala de los Goya tiene ese inexplicable efecto en mí, ya el año pasado me harté de llorar como una tonta emocionándome pareja con todos esos actores y directores noveles que suben empequeñecidos a recoger su estatuilla como el que alcanza el paraíso. Este año Daniel Guzmán casi me ahoga, con tanta emoción embargándome que parecía yo su abuela. En cierto modo me veo ahí, sé lo que cuesta la lucha por perseguir los sueños. Por otro lado, amo el cine español y la cultura española por encima de todas las demás. Soy ESPAÑOLA y más, si cabe, por estar tan lejos de mi patria. Pero esta noche, además, tuve una revelación que me sorprendió gratamente. Estoy harta de escuchar siempre la misma copla, cuando la gente me pregunta de dónde soy y digo: "from Spain" siempre es lo mismo: -ah, es que en España sí que vivís bien, la gente todo el día en la calle y en los bares. Y encima entráis tardísimo a trabajar, ¿no? porque como coméis a las 3 de la tarde-. Y lo mejor de todo, y aunque suene a coña, es cuando me preguntan en qué momento nos echamos la siesta: -¿pero os vais a casa a las 3 de la tarde y ya no volvéis?- En serio, fuera de España piensan que nos levantamos a las 10 de la mañana, nos vamos al bar, trabajamos un par de horas, comemos, nos echamos la siesta y luego volvemos a ir al bar y así todos los días. Y me encabrona tanto que siempre contesto lo mismo: -No has estado en España ¿verdad?, ya se nota-. Pero en el fondo es cierto que cuando los guiris vienen a España de vacaciones es la sensación que se llevan. No te jode, ¡porque vienen en verano! Y sin embargo, ayer viendo la gala de los Goya, en la que muchas películas representan la vida en España tal como es, tuve una epifanía: Sí, claro que tienen razón, Spain is different! En España somos felices, no consideramos necesario trabajar 12 horas al día 6 días a la semana, nos parece que tener sólo dos semanas de vacaciones es un insulto moral y a la primera de cambio hacemos puente si la fiesta cae en jueves. Aquí viven para trabajar, casi no hay festivos y, aunque los haya, mucha gente trabaja igual. Solo tengo 10 días laborales de vacaciones al año y las personas se miden por el puesto que tienen. Pues yo, ante todo, soy española de España, ese país donde tenemos un género literario que se llama picaresca, y eso implica que si te descuidas, te la cuelo. Soy española, de la tierra en la que Don Quijote cabalgaba con su escudero Sancho y veía gigantes donde sólo había molinos de viento. Soy española, de la misma España donde las estirpes empiezan en los reinados, donde las familias pueden recomponer su árbol genealógico sin moverse del sofá. Soy de España, de la piel de toro bañada por el Mediterráneo, el Atlántico y el Cantábrico donde se cultivan los mejores vinos del mundo, el aceite de oliva que nadie conoce y el jamón ibérico por el que todos lloramos al partir. España, la tierra que incluso en tiempos de guerra luchaba por la cultura, la tierra donde Lorca escribió sus bodas de sangre para después morir fusilado por un sistema que estigmatizaba republicanos. Donde el gran Antonio Machado amó sin límites a su Guiomar; España, que vio morir entre rejas a D. Miguel Hernández, y fue testigo de barbaries que también se transformaron en cultura como el Guernica de Picasso. España ha llorado lágrimas de óleo y tinta, ha caído y ha vuelto a levantarse, y de todas las contiendas se salpicaron los libros, los lienzos y el celuloide.
Me encanta el cine español porque me transporta a mi tierra, a mi niñez, a mis raíces. Me gustan las películas mundanas en las que no pasa nada, sólo la vida, e inmersa en su cotidianidad me sorprendo llorando a moco tendido. Sí señores, soy española, y a mucha honra. No me vengan con que España está llena de vagos y pícaros, sólo hay que mirar atrás y ver lo que España lleva a sus espaldas, ¿cuántos países pueden presumir de haber parido tanta cultura?
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domingo, 7 de febrero de 2016
martes, 11 de junio de 2013
The frustreision
Si es que no hay idioma como el castellano para expresarse como Dios manda, cagoendiez... Es un idioma tan rico y extenso para faltar al respeto, para quejarse de los políticos, para manejarse en medio de un atasco, para dirigirse al que se pasa de listo, para hablar mal de tu jefe, para ser hipócrita y táctico... Sin olvidar lo bonito que es quererse en castellano, con ese amor que destilan las plumas de los poetas, con palabras que suenan a música sin ser cantadas, con esa rima compleja que se consigue sin esfuerzos. La gente cree que es el italiano, pero en realidad es en España donde se oye el amor silábico y morfosintáctico, es en el sur donde el alma es un arma y en el este donde todo es bonico, es en el norte donde ahivalahostia lo que t'estimo y en el oeste donde se dan besiños con eñe de España. ¿Qué otro país tiene tanta riqueza lingüística por metro cuadrado?
El problema viene cuando el país en el que te hallas a diario no es España. Es entonces cuando comprendes que no eres tan hablador como creías, ni tan romántico ni elocuente, ni si quiera tienes tan mala hostia como pensabas. . . ¡era todo producto del lenguaje! Así, cuando algo te molesta muchísimo sientes que no estás siendo lo suficientemente explícito en tu cabreo, porque "fucking" no suena, ni de lejos, igual de bien que joder y joderse, así es el encanto altanero de la jota. Además, a esto se le suma el efecto abotargamiento, esto es, todas tus ideas quieren salir a la vez, a trompicones, pero están en castellano en tu cabeza y el cabreo no te deja traducirlas como es debido. Entonces pierden fuerza y te salen mucho más flojuchas de lo que en realidad deberían, y es ahí cuando te llega la frustración o "frustreision". A ver ¿por qué si todo me sale mal no puedo echar todas las pestes del mundo por la boca? ¡con lo que alivia! ¿por qué me tengo que limitar a "esto no me gusta", "esto no es justo", "esto me fastidia. . ." cuando lo que quiero decir en realidad sonaría tan fuerte en castellano que me salpicaría el blog de mierda?
Por otro lado, cuando algo te entusiasma también pierde fuelle en las formas. Tú quieres expresar, como lo harías en tu lengua materna, que algo te parece de puta madre, pero claro, limitado te hallas a decir que algo es genial o maravilloso. Y seamos realistas, la vida no es una teleserie, nada te parece maravilloso sino cojopendo. ¿Y cuál es el resultado de todo esto? que te vuelves una persona mucho más light, menos pasional, más plana y menos tajante... en resumen, menos española. Esto que así a primera vista puede parecer una exageración, te puede llevar a tener una crisis de identidad. Imagínate que cada vez que quisieras defender algo fehacientemente, o argumentar pros y contras con vehemencia, te encontraras con que te faltan términos, expresiones. . . con que te falta credibilidad. Lo que ocurre es que cada vez te vas conformando con menos y al final ya no rebates. Esa, señores, es la razón por la que los ingleses son tan educados, no es que no quieran ser groseros, es que no pueden serlo lo suficiente, y para ser a medias, no se es. También tienen palabras malsonantes, no creáis, el problema es que a mí no me suenan tan mal, o al menos no al nivel que deberían para ser representantes de mis pensamientos.
Qué bonito es sentarse en la terraza de un bar y despotricar contra todo, llenarse la boca de jotas y erres y afilarse las palabras con fuego del infierno. Qué bonito es forjar amenazas que nunca van más allá del aire que las recoge, que las mece recién salidas de tus entrañas para aflojarte las ganas antes de que lleguen a ser hechos. Qué bonito es conocer cada palabra en sus mil connotaciones, y jugar a ser su dueño inventándolas en frases malsonantes, descaradas, altaneras y rabiosas. Qué bonito es sentirse frustrado y poder recurrir a las letras para compartir con vosotros que hoy he tenido un mal día.
El problema viene cuando el país en el que te hallas a diario no es España. Es entonces cuando comprendes que no eres tan hablador como creías, ni tan romántico ni elocuente, ni si quiera tienes tan mala hostia como pensabas. . . ¡era todo producto del lenguaje! Así, cuando algo te molesta muchísimo sientes que no estás siendo lo suficientemente explícito en tu cabreo, porque "fucking" no suena, ni de lejos, igual de bien que joder y joderse, así es el encanto altanero de la jota. Además, a esto se le suma el efecto abotargamiento, esto es, todas tus ideas quieren salir a la vez, a trompicones, pero están en castellano en tu cabeza y el cabreo no te deja traducirlas como es debido. Entonces pierden fuerza y te salen mucho más flojuchas de lo que en realidad deberían, y es ahí cuando te llega la frustración o "frustreision". A ver ¿por qué si todo me sale mal no puedo echar todas las pestes del mundo por la boca? ¡con lo que alivia! ¿por qué me tengo que limitar a "esto no me gusta", "esto no es justo", "esto me fastidia. . ." cuando lo que quiero decir en realidad sonaría tan fuerte en castellano que me salpicaría el blog de mierda?
Por otro lado, cuando algo te entusiasma también pierde fuelle en las formas. Tú quieres expresar, como lo harías en tu lengua materna, que algo te parece de puta madre, pero claro, limitado te hallas a decir que algo es genial o maravilloso. Y seamos realistas, la vida no es una teleserie, nada te parece maravilloso sino cojopendo. ¿Y cuál es el resultado de todo esto? que te vuelves una persona mucho más light, menos pasional, más plana y menos tajante... en resumen, menos española. Esto que así a primera vista puede parecer una exageración, te puede llevar a tener una crisis de identidad. Imagínate que cada vez que quisieras defender algo fehacientemente, o argumentar pros y contras con vehemencia, te encontraras con que te faltan términos, expresiones. . . con que te falta credibilidad. Lo que ocurre es que cada vez te vas conformando con menos y al final ya no rebates. Esa, señores, es la razón por la que los ingleses son tan educados, no es que no quieran ser groseros, es que no pueden serlo lo suficiente, y para ser a medias, no se es. También tienen palabras malsonantes, no creáis, el problema es que a mí no me suenan tan mal, o al menos no al nivel que deberían para ser representantes de mis pensamientos.
Qué bonito es sentarse en la terraza de un bar y despotricar contra todo, llenarse la boca de jotas y erres y afilarse las palabras con fuego del infierno. Qué bonito es forjar amenazas que nunca van más allá del aire que las recoge, que las mece recién salidas de tus entrañas para aflojarte las ganas antes de que lleguen a ser hechos. Qué bonito es conocer cada palabra en sus mil connotaciones, y jugar a ser su dueño inventándolas en frases malsonantes, descaradas, altaneras y rabiosas. Qué bonito es sentirse frustrado y poder recurrir a las letras para compartir con vosotros que hoy he tenido un mal día.
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