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miércoles, 9 de octubre de 2013

Glaciar helado

Es el ciclo de la vida lo que acontece, la sombra que nos acecha a cada vuelta de cada esquina, es la certeza de saber que todo a la tierra ha de ser devuelto, que sólo estamos aquí de prestado, de paso. Hace días que su ausencia se agranda por todos los flancos, que no encuentro más excusas para justificar el sigilo... hace semanas que sé y que vivo extinguiendo la llama de la esperanza infinita. Me quedo con el recuerdo, me agarro fuerte a él y lo desordeno, puede que esté equivocada. Y es cierto que los recuerdos tienen ese poder de la eternidad, de conferir propiedades perpetuas a lo efímero, conexiones neuronales que generan esa imagen una y otra vez, capaces de evocar incluso el sentimiento de cada instante como si fuera repetible. Hace años que no hay cabriolas, yo ni si quiera las he conocido, lo conocí ya viejo, como a esos sabios ermitaños que se esconden del tumulto, en la montaña, donde a veces la vida pasa de largo sin ladear la cabeza para mirarlos. Pero uno no puede esconderse eternamente, y ya cansados, los pies se van arrastrando por el tramo final del camino casi sin prisa; la vida es todo eso que ha pasado, todas esas caras, los momentos, las caricias, los recuerdos... que se quedan sólo en eso, en recuerdos, y pueden seguir existiendo eternamente mientras haya conexiones neuronales, mientras algo permanezca ajeno al cambio que nos mueve, que nos empuja, que nos obliga a seguir adelante a pesar de todo. Hace días que en la calle Warren hace frío, el viento se desacelera, se concentra rezagado, como a la espera, da la vuelta, sube y baja y sigue encerrado. Hace frío y sin embargo, los ojos de glaciar se han apagado.  Me sobran caricias, ¿qué hago con ellas? casi no me ha dado tiempo a almacenarlas, y dejar de producirlas es complicado por ahora. Idefix sigue aquí, está como desorientado, aunque
 
tiene un nuevo amigo al que aún no me he acercado, sigo de luto, sigo esperando... Hace ya casi dos años que llegué, que sus ojos de glaciar me hicieron presa del fascinamiento, infinitos, gélidos y a la vez dueños de una mirada cálida hasta el extremo. Porque lo había visto todo, desde su confinamiento, desde su pequeño reino, había visto pasar la vida y a los transeúntes, había acaparado todas las miradas y todas las manos con un magnetismo inevitable hacia su pelaje invernal. El husky y yo éramos amigos, me dio mucho calor durante el primer invierno, me regaló muchos "bostonadas" que llevaron calor a otras partes del mundo, incluso a aquellas en donde la gente vive deprisa, incluso a aquellas donde se hace de noche cuando aquí todavía es de día. Supongo que cuando uno se hace viejo la prisa se ralentiza, pero algunos privilegiados hemos sido contagiados de un sentimiento "zen" al pasar por su lado, al acariciarlo, al sentir que lo demás no importa cuando su magna mirada se posa sobre tu tiempo. Nunca preguntó de dónde ni para qué ni por qué ni hasta cuándo, nunca le importó más que el momento en que nuestros presentes se cruzaron. Nunca olvidaré que la soledad se borró de cada una de mis tardes al pasar por su puerta, que las sonrisas se me resbalaban de los labios al mirarlo, nunca olvidaré que el primer amigo que tuve en Boston tenía los ojos de glaciar aunque se hayan apagado.

jueves, 23 de mayo de 2013

Viejo

Ya sé que no puedo estar, no he pagado ese tributo todavía. Ya sé que los hospitales son fríos, huelen a enfermedad y a desinfectante, huelen a soledad y a muerte... huelen a ausencia. Ya sé que la recuperación es cada vez más dura, que cada día estás más cerca de ser viejo, y más lejos de ser nuevo. Has vivido mucho y claro, el desgaste, los achaques... ya sin suelas los zapatos, ya sin aceite los engranajes. Es lo malo, el desgaste. Pero lo bueno de ser viejo es que uno ha visto tantas cosas que no puede acordarse de todas. ¿Cuántas caras? ¿Cuántos nombres? ¿Cuántas manos? ¿Cuántos se acordarán aún de ti? Y si hubieras de olvidar por ahorrar espacio en la mente, entonces ¿a cuáles olvidarías? Obviamente, a los que llegaron después, porque los que estaban antes, desde el principio, esos se han arraigado con mucha más fuerza a tus recuerdos. Sin embargo, muchos ya se fueron, y no por ello se han marchado de tus historias, de tus anhelos, de todo lo que fue tu vida en un conjunto que hoy se reduce a una camita. Camita-camilla, pequeña y articulada, suficiente para sostenerte pero no para contenerte. Porque uno es mucho más que un cuerpo, que se avejenta, que se arruga, uno es mucho más que un nombre y una cara que se difuminan en la multitud. Uno es todo lo que quiere y lo que puede, uno es todo lo que queda cuando no estás. Cada día paso por delante de tu puerta, te busco sin pretenderlo porque en mi vida eres una rutina, los buenos días, los good morning, con tu aire señorial de recién pintado. Yo sigo mi camino absorbida por una vida que no me deja pararme a pensar, pero aun así, a veces me paro y te observo, y tú te acercas a por mis caricias, porque sabes que las tengo, y que aunque no te las de siempre por las prisas, están ahí guardadas para ti. Todos los que pasan, pagan tributo; todos sin excepción se rinden a los ojos de glaciar, toda una vida viendo pasar el mundo, los inviernos y las primaveras, los veranos y los otoños, que se suceden cada año sin excepción. El otro no está siempre, pero tú sí, como la familia, que está siempre, aunque no puedas verlos, ¿no lo sabías?
Hoy no tenías ganas de nada, ni si quiera de caricias, estabas como avergonzado de no poder ser un señor. Te he llamado pero no querías ni volver la mirada, la soberbia no te deja ser débil, no puedes permitirte ciertas cosas a tu edad. Te he robado pensamientos porque sé que aún tienes mucho que enseñar, no quiero que te los quedes todos para ti, quiero ver qué hay al otro lado de esta noche. Pronto, ya queda menos, pronto es casi ya, pronto llegará el verano, y las bicicletas, y las vacaciones... y para entonces ya te habrás recuperado y te llevaré más caricias. Puede que incluso quiera oír alguna de tus batallas, espérame, ya casi es tiempo.

sábado, 9 de febrero de 2013

Challenge 2: En Boston vi aquello que sale en las películas...

En Boston vi aquello que sale en las películas...  ¡¡¡El día de mañana!!! una ciudad enterrada bajo la nieve.
Jueves 7 de febrero, los periódicos anuncian en portada la inminente tormenta, adjuntan fotos de archivo al titular: ¿estás preparado para esto? En las fotos, la nieve se alza sobre las cabezas de unos cuantos señores abrigados hasta las cejas. Avisan de que el viernes llega un "blizzard" o "tormenta de nieve que te cagas". . . se declara el estado de alerta: "Snow Day". Esto implica que se cerrarán los colegios, que cortarán el metro y el tren a eso de las 3.30 pm, que las carreteras se quedarán desiertas, que el fin del mundo se avecina y que hemos de comprar provisiones y estar preparados. La frase más escuchada es: "comprad agua". Y yo con la nevera vacía... desde que se fueron mis padres esto no ha vuelto a ser lo mismo. Así que me salto mi clase de Zumba del jueves por la tarde para ir al super, como todos los demás habitantes de la ciudad, por lo visto, porque al llegar allí la situación es dantesca. Aquello parece un hospital robao: hojas en los estantes donde antes había verduras, fruta arrasada, embutido menguado, colas infinitas para pagar. . . en mi vida había visto tanta vida en el super. Todos llevan garrafas de agua, artículos de primera necesidad (véase pizzas, salsa barbacoa y galletas tamaño pizza). En fin, todo eso que ves en las películas que no son exageraciones del guión sino que viene con el americano de serie.
El viernes por la mañana me despierto nerviosa, como si vinieran los Reyes (los magos, no Juancar y Sofi), el cielo está cabreadísimo, gris opaco, pero todo parece tranquilo. La calle se me antoja desierta, no hay niños esperando el bus, apenas tráfico. . . aumentan mis expectativas. Me paso el día metida en cultivos celulares donde no hay ventanas, y cuando salgo, a eso de las 3 de la tarde, la tormenta ha hecho aparición tímidamente. Nieva hacia todos lados, es mi sensación al mirar por la venta, pero cuando salgo a la calle compruebo que lo que hace es un viento vendaval, que si te descuidas te lleva a Canadá sin pasar por la aduana. Apresurémonos en llegar a casa, eso sí, disfrutando de este evento meteorológico.
 A partir de ese momento, a cada hora unos milímetros más. Hacemos marcas imaginarias en la valla del vecino, como las que hacía mi madre en los baldosines de la cocina para ver lo que habíamos crecido. Pues la nieve crece precisa y terca, cubriéndolo todo con su manto blanco. No para de nevar en toda la noche, con una rabia inusual y determinada. A la mañana siguiente. . . es ¡¡el día de mañana!!. 
Los coches están enterrados literalmente bajo la nieve. El paso de los quitanieves no mejora la situación de las aceras, que se han convertido en pequeñas estaciones de esquí improvisadas. Todos se apresuran, armados de pala y paciencia, a quitar toda esa nieve inconveniente de sus vidas. Ver para creer, si esto pasa en España, estamos un mes incomunicados y muchos perecerían intentando mover el coche a lo bestia.

Idefix y el Husky están como yo, ¡encantados de la vida! Se lo cuentan al oído para que no les oigan los que palean sin descanso la fucking white shit (esa puta mierda blanca que decía el argentino en Toronto).
 A mí me pasa igual que a ellos, armada de cámara y sonrisas he salido a ver qué tenía de cierto el fin del mundo. Montañas de nieve que algunos han utilizado a modo de terraplén para deslizarse con tablas, los niños encantados rebozándose por la nieve como si fuera confeti (pero más barato), los comercios cerrados y escondidos tras barricadas de polvo blanco inmaculado. Sigue nevando y no queda más remedio que seguir achicando copos, si no, es probable que pronto no sepan dónde se esconde su coche, o su bici, o la abuela (que también cargan con palas las jodías). 

Disfrutar un ratito está bien, pero yo, como Idefix, me voy a casa a verlo desde la ventana calentita, que el fin del mundo está bien pero para un rato. 

P.D. Para Covi que vio tantas cosas bonitas en Boston, y que se perdió tantas otras. Tendrás que volver en invierno ;)


domingo, 20 de enero de 2013

Lo que no quiero

No es que no quiera, amigo, tu admiración, no es que no quiera, amigo, ese brillo en tu mirada cuando hablamos del aquí. . . es que quiero que comprendas que el aquí no es allí, y que el allí, muchas veces, es lo que más me ha gustado. Que el allí es donde podrías pero no, y el aquí es donde haces porque puedes. Que el allí es donde lloras por la falta de "podrés", y el aquí es donde lloras porque no llegas a todo lo que podrías. No es que no quiera, amigo, tu esfuerzo por entender, ni la envidia en tus palabras cuando hablamos del dinero en el papel. No es que no quiera, amigo, comprenderte, lo que no quiero es condescender. Lo que no quiero, amigo, es creer que vivimos en un mundo paralelo donde aquí y allí son la misma cosa pero en distintas opciones. Lo que no quiero es tener una opción en este mundo paralelo y no en aquél. Lo que no quiero, amigo, es haber conquistado una tierra fértil donde nada puede sembrarse sin que brote, y que tú te hayas quedado en la tierra estéril esperando ver brotar un arco iris. Lo que no quiero, amigo, es que olvides que la mente es muy capaz de disociarse, de sentir en sintonía un pasado y dos presentes. Lo que no quiero, amigo, es que solamente en uno de los presentes estés tú, y que en el otro presente no haya más que interferencias, fotos viejas, tarjetas de embarque y muchas letras. Lo que no quiero, amigo, es que me olvides, porque entonces caeré en el limbo que aguarda entre los dos mundos, ni de aquí, ni de allí, ni de antes ni de luego, sólo ahora cayendo al vacío por un agujero infinito.

miércoles, 15 de agosto de 2012

De vuelta en Boston

Boston abre sus brazos para recibirme, perlados de un agua salada que no es marismeña, envueltos en una humedad insoportable que reta en duelo a mi flequillo. . . ¡ya estoy en casa! Los primeros días no cuestan por aquello del jet lag, apenas sale el sol, mi bioritmo español me saca de la cama a trompicones, camino hacia el laboratorio aún espesa por el destiempo. . . esto no lo arregla un café americano. Me pongo la bata y automáticamente mis vacaciones en España han pasado a la historia. Vuelta a la rutina de doce horas currando, arriba y abajo, corre que te corre. . . ¿España? eso fue hace ya mucho tiempo, ¿no? Menos mal que aún me queda el bronceado que le robé al sol a base de paseos por la playa. No sé si echo de menos la playa, en el fondo es mejor idealizar todas estas cosas para que tengan más sabor el verano que viene. . . Bueno, esto es una trola bastante gorda, pero tengo que consolarme de algún modo, aún queda mucho para volver.
Sin embargo, mi familia de Boston también sigue aquí, nos vemos en el Back Bar y recuperamos un poquito de nuestro tiempo juntos, nos ponemos al día, nos reímos. . . Además esta vez me traje un cachito de Madrid en la maleta, Covi hace que la reincorporación sea gradual, y poquito a poco voy dejando atrás España y llenándome de América. Vuelvo a ver por primera vez todas estas americanadas con los ojos de un español primerizo: los parquímetros, los periódicos que nadie roba, el super y sus pasillos interminables de productos chachis, el autobús escolar de Otto. . . y recupero la noción de lo que significa estar en Boston. Privilegio del momento en que vivimos, contar con un futuro que se alarga un día o dos. Me reconforta.

Sólo tardo dos días en volver a verlos, la verdad es que les había echado de menos. Me reciben casi con la misma alegría que la pobre Loli, que ha sufrido una ansiedad terrible que la ha llevado al engorde forzado y a experimentar pérdidas de orina. Desde que llegué me ha perseguido por toda la casa, por no hablar de las noches que me da en plan portal de Belén, pegada a mí como el buey al niño. No sé si podré compensar tanto abandono. Sin embargo no me pide explicaciones, asume que es lo que hay y disfruta del presente, lo mismo ellos. Tampoco preguntan, se acercan y piden caricias extra por las que se han perdido, pero ni un ápice de rencor en sus miradas, qué distintas las personas. Aunque el husky parece cansado, el glaciar de sus ojos ha adquirido el matiz del tiempo, infinito. Los dos son suaves como seda desenredada, el tacto me devuelve ese sentimiento familiar de la rutina, he vuelto a casa.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Peluquerías

Córteme la melenita, me dijo mi mamaíta... y cantando el tico tico, le cortaron hasta el pico. Que parece que te han pelaoooo los borricos a bocaaaos. (¡¡Qué grande Gloria!!!) Allá donde las cabezas salen esquiladas, donde termina el día para muchos mechones rubios, allá donde los colores se salen del círculo cromático, donde las capas son para envolver lo que no puede adornarse... pongamos que hablo de una peluquería americana. Puede parecer superficial, un estereotipo mal defendido, una exageración de los europeos que presumimos de clase y estilo dudoso a veces... Pero no, los americanos pasan de su pelo bastante más que de su peso. Y punto. Hay cabezas como escarolas, albinez elevada a la enésima potencia, hay melenas de colores imposibles... Pero pocas, muy pocas, bien cortadas o peinadas. Esto no debería suponer un problema si no fuera porque el flequillo me viene creciendo más o menos un centímetro al mes. Lo mismo que el resto de la cabeza, también es verdad, sólo que la coletilla no impide la visión. Por eso, me he visto obligada a hacerme con unas tijeras semiprofesionales, fashion y pico, que me permiten la autoablación en un intento vano por alcanzar la perfección de Celeste, que sin escuadra ni cartabón es capaz de ponértelo exactamente paralelo al suelo.
Por otro lado, hay muchíiiisimos salones de manicura, pueden pintarte flores, un jardín japonés, el alfabeto egipcio y hasta el Quijote si se ponen. Es un arte poco reconocido, pero un arte al fin y al cabo. Todas llevan unas uñas de longitudes vergonzosas y acabados cuasimísticos. Eso sí, ni hablar del peluquín...
Algunas peluquerías tienen un pase, la mayoría son latinas o afroamericanas (para las cabezas ídem, claro), en muchas de ellas hasta hablan español... y todas, todas, son insultantemente caras.
Idefix salió de buena mañana, el sol brillaba como ya se ha hecho costumbre en las últimas semanas, un calor pegajoso y agobiante lo había invitado a deshacerse del jerseicito rojo hace ya tiempo. No obstante, nada es suficiente cuando 30 grados Celsius se alían con una humedad relativa de más del 70%. El pobre no podía conciliar el sueño con tanto abrigo. Así que decidió ir a la pelu... partió dejando atrás a su amigo el Husky, que lo miraba poco convencido y barruntando la catástrofe.
 




 

A la vuelta, apenas podía enfrentarse a las críticas, tenía un poco de frío en el cogote, allá donde antes colgaban unas sedosas lanitas blancas... Pero lo bueno del pelo, es que crece. y como dice el refrán "vaya yo caliente...". Pues eso, que quizás deberíamos aprender un poco de los americanos y dejar de darle tanta importancia a la corteza, profundizar un poco más en lo que hay debajo del pelo. Y sobre todo, conseguir que nos importe muy poco o más bien nada la opinión que los demás puedan tener sobre nuestro aspecto. Si te afectan los comentarios y las opiniones de los demás, vas listo, porque todo el mundo tiene siempre algo que decir, sobre todo cuando menos lo necesitas. En América todos saben que L'essentiel est invisible pour les yeux.

sábado, 24 de marzo de 2012

¡¡Ya es primavera!!


El invierno ha sido largo, casi eterno... un pasillo angosto y lento, tortuoso. Faltó la nieve y el frío extremo, ausente el hielo en las aceras, no pudimos beber escarcha como el año pasado. Y sin embargo, fue un invierno triste. Boston se viste de noche demasiado pronto, las principales horas de luz son absorbidas por los fluorescentes en el interior de los edificios. Todos adquirimos ese color aceituna cuando nuestra melanina corre a esconderse bajo tierra hasta la llegada del sol. Hasta el Husky, genéticamente preparado para el clima más adverso, se enrosca sobre sí mismo y se pinta una máscara triste en la mirada.

Idefix es más optimista, pese al frío, quizás también porque tiene la suerte de contar con un jerseicito rojo para los días más duros. Se muestra impaciente, ansioso de sol, dejando escapar los suspiros por los huecos de la valla. Marchan lejos, sin aliento, él continúa esperando la llegada de la primavera.
. . . Y de repente, como si el calendario se hubiera empeñado en cumplir pronósticos preestablecidos, esta semana ha llegado la primavera con todas sus consecuencias. El domingo el sol resultaba casi molesto de tan insistente, las calles rezumaban vida, ganas de salir. Chanclas desempolvadas cual recurso indispensable, shorts diminutos dejando al descubierto piernas lechosas caladas de invierno hasta el hueso, y por supuesto, las bicicletas, que como bien dijo Fernando, son para el verano.

Cuando los "guiris" vienen a España en primavera, se vuelven locos, como si hiciera un calor abrasador, esas chanclas con sus correspondientes calcetines, esas pieles rosas laceradas por los rayos solares, aún tímidos en su mayoría. Nosotros no podemos entender ese afán por la ropa de verano en pretemporada... pero cuando vives aquí. . . ¡Te vuelves como ellos! El primer día me parecíó un poco exagerado dejar el abrigo en casa, pensé que podía refrescar por la tarde. Para mi sorpresa, por la tarde hacía aún más calor y cuando llegué a casa hube de abrir todas las ventanas porque venía sudando cual pollo acorralado. Ante tal experiencia, decidí que podía ponerme una chaqueta de entretiempo, de esas que en Sevilla te apañan el invierno. No obstante, en la travesía mañanera me crucé con tantas sandalias, tirantes y espinillas transparentes que no me quedó más remedio que convencerme de que la primavera se había instalado definitivamente. Y ahí que me encontraba yo, asada de calor con 18 grados en la calle y sobrándome hasta los zapatos. Hasta ahora, esa temperatura me resultaba fresca y ni mucho menos para pensar en quitarse el sayo. Ver para creer, el tercer día: ¡a trabajar a cuerpo! (citando una vez más a mi madre, que de éstas tiene un repertorio bastante amplio). Hasta Idefix y el Husky fliparon en colores cuando me vieron sin chaqueta. Aquí se encuentran presenciando el momento destape que aún no acaban de creerse... 
Pero lo bueno que tiene la primavera, aparte de las flores en los árboles, el calorcito incipiente, las terracitas poblando las aceras (sí, aquí también están al día en terracitas) y un largo etcétera de buen rollo que nos entra a todos con el sarpullido primaveral, es que la primavera la sangre altera. Y así, te levantas de buen humor aunque tengas que trabajar el fin de semana, y te cruzas con la gente por la calle y todo el mundo te sonríe, te saluda. Es algo realmente sorprendente, me ocurre muy a menudo esto de que la gente entable conversaciones de repente sin conocerte de nada. Y no me refiero a hablar del tiempo. Ayer mismo, por ejemplo, en el metro, una pareja que iba sentada junto a mí me preguntaron de dónde era, por qué estaba aquí, a qué me dedico... ¡como la cosa más natural del mundo! Y la verdad es que me resultó tan agradable que se me hizo más corto el trayecto. Dista bastante de los viajes en el metro de Madrid, donde la ley de la calle te enseña a empujar al prójimo para conseguir un asiento libre y a tener cien ojos avizor para controlar tus pertenencias a la par que todas las partes de tu cuerpo.

Ay... la primavera! la primavera trae alegría, ensalzamiento de la amistad, del amor, del querer compartir... La primavera trae sueños, trae esperanza, trae razones nuevas, buenos motivos para reafirmarnos en los propósitos de año nuevo que nunca cumplimos. La primavera me trae letras negras sobre fondo gris, pasado, presente y futuro... ;-) la primavera me trae las ganas que el invierno me había arrebatado... la primavera trae ternura y calor, sobre todo calor.

jueves, 8 de marzo de 2012

Días más largos, noches más cortas

Los días se van alargando, huele distinto, la temperatura se pinta en dos cifras y es húmeda en contexto. La luz del sol se empeña en esperarme a la salida del trabajo, pero yo soy más lenta que la noche. No obstante, la oscuridad remite, tanto en la calle como en mi interior, las sombras se van encogiendo, maltrechas, y empiezan a dejar paso a la ansiada primavera. "Pa los Reyes lo notan los bueyes", dice siempre mi madre, "y pa San Blas lo nota el gañán"... qué sabia ha sido siempre la doctora Godino.
Lo mejor de los días largos es que a veces consigo alcanzarles a plena luz. De noche son igual de bonitos, pero no tan inmortalizables, el flash me juega malas pasadas... De día el rojo del jerseicito se hace púrpura infinita, pues aunque empieza a indultar la bruma... hasta el cuarenta de mayo, no debes quitarte el sayo ;)

Conocen mis pasos, incluso de noche, donde resuenan entre otros ruidos de la oscuridad; neumáticos que van y vienen, puertas, voces, otros pasos... y nunca logro confundirlos. Cada vez es más difícil cogerles por sorpresa, su actitud es la de la espera en cuanto me presienten a lo lejos. Saben que siempre cae alguna caricia, y eso me ha vendido por completo a la rutina. Aun así, siempre hacen alguna cabriola para mostrarme que son capaces; el Husky, inmerso en su linda quietud... Idefix, alma de acróbata empedernido. La balanza se equilibra para poner en orden su espacio vital, el primero le resta energía al segundo, transmitiéndole a su vez una extraña calma. Esta simbiosis me conmueve, los lazos más grandes se forjan entre los seres más distintos. La amistad tiene esa magia capaz de unir los mundos, de dar opciones, capaz de eliminar las sombras en la distancia. La amistad es aquello capaz de sostenerte por hilos invisibles cuando la gravedad se multiplica por mil. La inmensa sabiduría que se adivina en los ojos de glaciar me inspira un sentimiento extraño. Es como esas miradas de los padres que no necesitan palabras. . .  comprensión, ternura... Siempre ha de haber un equilibrio, por precario que sea, entre los dos lados de la romana, si un lado pesa más que el otro, ha de intentar compensarse. Es una ley tan frágil que no puede mantenerse sin esfuerzo, eso es lo que hace que valga la pena.

lunes, 30 de enero de 2012

La calidez del glaciar

Infinita ternura . . . lejos del frío que me hubiera de producir el hielo, en sus ojos el glaciar se derrite en sosiego, en anhelo, en la esperanza escéptica del que tiene mucho tiempo para pensar, para doler, para esperar. La vida pasa, lo quieras o no, por delante de tu puerta. Minutos que se hacen horas, horas que se hacen días... y días que sin pensarlo, hacen ya casi tres meses. Aunque te quites el abrigo y decidas que hace sol, no tendrás más remedio que acatar la nieve hasta marzo. Del mismo modo que se adquiere una rutina en cada historia. Y en mis renglones, el día a día de tender la mano me devuelve un cabeceo, una chispa en ese azul en el que podría perderme incluso siendo de día. Es por eso que en mi nueva rutina eres un elemento esencial. No pensé que pudiéramos hacernos camaradas sin tener que hablar del pasado. Y sin embargo, ahí estás, perenne, posando para mi cámara que, aunque tú no lo sepas, te abre una ventana al mundo. Resbalan las sonrisas de mis amigos de siempre, a través de las palabras, parecen conocerte de antes. Y sin embargo, aún no hemos hablado del pasado. Lo que me gusta de ti es que no preguntas, no cuestionas, no exiges, no juzgas... simplemente buscas el calor de mi mano como si se tratara de una apuesta segura. Las decisiones que tomé no son importantes para ti, el idioma que hablo no te limita a entenderme, de la ropa que me abriga sólo te importa el color, no dónde fue comprada ni lo que costó. Lo mucho que desconozco no hace que me mires por encima del hombro, y sobre todo, lo que conozco, no te encuentra intimidado. Por eso, en esta rutina, descanso en bata y zapatillas, porque no he de preocuparme más que de ser yo misma.

miércoles, 25 de enero de 2012

Soledad, ¿a qué has venido?

La soledad te sorprende a veces con toda su ansia, egoísta... un peso muerto que te cae sobre los hombros como un chal de plomo. La soledad es un mal del mundo que no se contagia, pero tampoco se cura. Y cuando llegas a casa y te espera con regocijo en el sofá, cuando sabes que estará allí por mucho tiempo, sientes ganas de gritar, de correr, de parar el mundo y salir a trompicones entre la gente a buscar un lugar donde esa maldita no pueda encontrarte.
Las personas, aun con esto, tenemos o deberíamos tener el juicio necesario para saber que es efímero, o al menos contamos con herramientas para crear una solución a corto plazo. Los animales, sin embargo, y hablo de aquellos animales que llamamos “de compañía”, no pueden esperar nada que no sea rutinario. Y cuando te marchas de casa cada mañana, te miran con esa carita de: vas a volver, ¿no? Y aunque su instinto les diga que sí, y sean incluso capaces de establecer tus horarios en sus biorritmos, siempre tienen ese miedo infundado a la soledad.  

 Mi paseo matutino hacia el trabajo es bastante ameno, mi primera estación siempre cae cerca de la casa de mi vecino, donde, los días que no hace mucho frío, puedo saludar a Idefix y al Husky de los ojitos de glaciar. Hace poco, en la siguiente manzana, han abierto un centro de día para perros. Esta mañana, cuando pasé por allí, tres de ellos se deleitaban entre juegos y carreras. La felicidad producto de la compañía, sin duda...
 

Sin embargo, cuando volví por la tarde, el cansancio
se había apoderado de los que todavía quedaban allí. Quizás el juego y la diversión habían sido suficientes por tiempo limitado, y habían dejado paso a ese miedo, a la incertidumbre de no saber si alguien volverá a buscarlos. La falta de raciocinio contra la sabiduría del instinto... una ecuación que conduce irremediablemente al sentimiento de soledad. Y como si fuera un mal físico, se apodera de la tensión de sus patas y les mece despiadadamente contra el suelo.

Unos pasos más adelante, en una soledad distinta, ahí estaba... haciéndose el dormido en ausencia de su alegre compañero.
Supongo que también la espera ha de ser dura para él, que no puede tener la certeza de si Idefix volverá. Me acerco para tocarle la cabecita, está suave al tacto... La magia de un gesto tan leve como una caricia le ha restado una pizca de soledad a sus ojos, y con eso me conformo, también su mirada le resta, cada día, un poquito de soledad a mi corazón.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El sueño del Husky

 
El sueño del Husky es más fuerte que la tensión de sus músculos, más cierto que el frío del hormigón bajo la piel, más acogedor que un lecho junto al fuego de la chimenea... es tan fácil dejarse llevar, se está tan a gustito aquí...Y así, el Husky nubla en un parpadeo sus ojitos de glaciar, archiva este momento en la parte cómoda de su memoria y se tumba tranquilamente a descansar. Porque es lo que tiene ser perro, que si quieres, pues te echas y punto. Sería un poco raro si en el trabajo, por ejemplo, decidiéramos echarnos un rato en el suelo. Seguro que todo el mundo te miraría en plan: ¡pero qué morro!! En cambio, al Husky lo miras y piensas: ¡qué mooooonoooo! De ahí que a la gente vaga se les llame perros. Pero cuidado, no nos confundamos, que el Husky no es vago, sólo descansa para cuando venga Idefix con sus saltitos a subírsele encima, que no lo deja parar... Husky prevenido vale por dos.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Jerseicito rojo

Un grado bajo cero en Warren Street... Me aproximo a la acera de mi vecino y veo un destello rojo en movimiento: No me lo puedo creer!! Idefix ha vuelto!!! Me mira con cara de: "¿has visto que jerseicito más mono llevo? Es que ya va haciendo fresco..." Sus ojos de pequeño sabio buscan a su compañero. El Husky de los ojitos de glaciar me mira con su pose señorial desde la distancia, se compromete. Ambos se acercan para verme mejor, y cuchichean entre ellos. Deciden que no soy peligrosa...

Se apoyan en la verja con sus pequeañas patitas, atención al detalle: Idefix de pie es más pequeño que el Husky sentado. ¡Son geniales! Creo que entienden el castellano perfectamente, a juzgar por sus caritas de comprensión infinita.
No puedo ser más fan de esta pareja. 












Me miran fascinados con aire expectante, me dibujan una sonrisa que me durará todo el día y vuelve a mí cada vez que veo estas fotos. Comparto con todos vosotros la magia de la amistad, son casi tan distintos como mis amigas y yo, y sin embargo, tan cómplices que no necesitan más lenguaje que una mirada. Cuánto os echo de menos...

sábado, 3 de diciembre de 2011

Ojitos de glaciar

Hoy Idefix debía de estar enfadado, porque no lo he visto por ninguna parte. Así que sólo he podido tomar una foto del Husky, magistral... con esos ojos de glaciar que hipnotizan a quien osa mirarlos. A que es guapo?
El pobre ha venido corriendito a posar en la foto. No me ha querido contar dónde estaba Idefix, así que no he querido indagar por no incomodarlo, pero me da que han discutido...

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Una de canes

Son dos, uno es la viva estampa de Idefix, el pequeño perrito que siempre acompañaba a Obelix en sus aventuras por la Galia. El otro, es un Husky que ha de ser tratado de usted dado el grado de señorío que destila su porte.
Se asoman a la vida desde su jardín, comentan el ajetreo de los "pedestrians", se miran y lo dicen todo, te miran y te los quieres quedar....
El primer dia que pasé estaban los dos muy serios, mirando hacia el exterior sin perderse un detalle. De pronto, me paré a observarlos y me miraron en plan: "nos gustaría taaaaanto dar un paseíto...", y yo me hice fan al instante!
Al día siguiente, había refrescado un poco, supongo que por ello Idefix decidió que lo mejor era arropar a su compañero con su propio cuerpecillo. Era una escena supercómica ya que el pobre no cubría ni un tercio de la grupa del Husky, que aguantaba estoicamente haciéndose el abrigado.
Otro día, Idefix había sido rapado y pensó que mejor sería ponerse a resguardo entre las patas delanteras del Husky. De este modo, y sin moverse ni un ápice, los dos parecían una postal de Hallmark... para comérselos.
Lo mejor es que te miran y sabes que piensan!! El Husky te traspasa con esos profundos ojos azul glaciar, es hipnótico, casi mágico, rozando incluso lo etéreo. Idefix, por su parte, es un gran señor con aire de político, en otra vida podría haber sido presidente de los Estados Unidos.
¡¡Qué pareja, son geniales!!, próximamente habrá fotos para que podáis comprender por qué soy fan.

Los perros de mi vecino

Los perros de mi vecino tienen tanta personalidad que he tenido que crear una pestaña en mi blog para ellos... A partir de hoy, serán los protagonistas de muchos de mis comentarios. Para seguirlo, sólo teneis que pinchar en la pestaña "Los perros de mi vecino" que aparece debajo del título del blog y accederéis.