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lunes, 19 de octubre de 2015

Lo efímero del otoño

Lo efímero del otoño, ¿qué digo efímero? insultantemente inexistente. Que hasta la hoja, más que caerse, ha tenido que tirarse del árbol a toda prisa ante la amenaza de quedarse helada sobre la yema desnuda y desprovista de piedad. Tonos arena, camel, fuego, tabaco, henna... y un sinfín de nombres exóticos que los diseñadores conjugan con gracia para bautizar los distintos tonos de marrón y rojos que protagonizan todas las colecciones otoño-invierno.
Este año el mapa hojarístico se ha apresurado a oscurecer el norte, y nos ha dejado fuera de juego en New Hampshire, Maine y el norte de Massachusetts. Menos mal que pudimos ir a pasear por la reserva Breakheart cuando el paraíso otoñal aún se vestía de gala.

Antes de quedarse como el pan requemado, un tono chungo que nadie quiere para sus fotos de portada, una especie de marrón chocolate, pero chocolate amargo, más bien para quedarte en casa y hacértelo a la taza. Por eso mismo nos quedamos sin ir a Vermont, que podríamos ir, pero eso sí, a recoger hojas caídas... porque lo que es en las ramas ya no quedan ni acículas sueltas. Me parece que nos vamos a tener que conformar con el oeste de Massachusetts, o Rhode Island a lo sumo, para ver la caída de la hoja 2015.
Este otoño, por vez primera y dirigiéndome ya hacia mi quinto invierno en Nueva Inglaterra, me encuentro más acobardada que nunca por iconos que marcan copitos de nieve y una rayita a la izquierda del número. ¡Si es que hace menos de un mes estábamos de manga corta... no me ha dado tiempo a hacerme a la idea!
Tengo miedo del pele, de los dedos agarrotados, del moquillo resbaloso y de los frigopiés. Tengo miedo del encuentro, como diría Gardel, porque no sólo mi frente está más que marchita, también las nieves del tiempo platearon mi sien, y como caigan igual que el año pasado, supero a Miliki peinando canas. Y sí, tengo miedo de las noches en las que las sábanas escuecen y la punta de la nariz no se aclimata ni en casa, tengo miedo de esas cajas donde guardo mis zapatos de verano como cadáveres apuñalados de aberturas y colores imposibles. Tengo miedo de las perchas, abarrotadas de abrigos y de los extremos de las bufandas que se escurren por el armario. Tengo miedo de las pantuflas abotinadas que nunca son suficientes para aislar de la terca baldosa gélida del cuarto de baño. Tengo miedo de las plantas que mueren sin dilación cuando va entrando noviembre. Tengo miedo de las noches que empiezan después de comer, que se requedan burlonas y van agotando los días. Tengo miedo del retorno del largo invierno bostoniano... Y aunque el hielo todo lo destruye, aún no ha matado mi vieja ilusión, y es que guardo escondida la esperanza humilde de que este año el invierno se llame calor.

domingo, 20 de octubre de 2013

Otoño en Rhode Island


Verdes que tímidamente se van vistiendo de amarillos, que a su vez son naranjas apagados que tiran a rojos de infarto, y así toda la gama del fuego hasta convertirse en llamaradas incandescentes que tiñen de manera efímera el otoño norteamericano. Un manto de tonos cálidos que van cambiando con los días y con los grados de latitud, dejando a su paso alfombras crujientes y mullidas que producen un extraño placer al ser pisadas. Hojas que caen haciendo reverencias al bajar de la pasarela donde cada otoño las ramas visten sus mejores galas antes de quedarse absolutamente desnudas, vulnerables al inclemente invierno que acecha ansioso para rasgarles las vestiduras. En Norteamérica llega entonces la época de recoger manzanas, de pasar un fin de semana en el bosque para ver el"foliage fall" o caída de la hoja, y por último, de empezar a recolectar calabazas para el próximo Halloween repleto de trucos y tratos esperando a la vuelta de la esquina. 
Por no ser menos y porque el otoño ha resultado ser la época más bonita del año en este país, nos dirigimos a Rhode Island, ese estado vecino donde el mapa hojarístico otoñal promete tonos candentes para este fin de semana. Tan apañados son estos yanquis que, efectivamente, tienen un mapa cromático que permite predecir con bastante exactitud dónde se podrán tomar las fotos más impresionantes cada día, para no perder un solo detalle de lo maravilloso que se pinta el paisaje en cada pueblo. Para esta aventura contamos con amigos portugueses, que uno no sabe lo parecidos que son a los españoles hasta que no te juntas con ellos tan lejos de ambas patrias que la distancia entre ellas es despreciable. Así, España y Portugal pasan a ser la Península Ibérica y nosotros pasamos a ser hermanos de raíces que se encuentran igual de exiliados. Compartir experiencias con nuestros vecinos ibéricos nos enriquece en lenguaje, en conocimientos, en risas y en puntos comunes, que curiosamente van apareciendo cada vez con más frecuencia. Es desconcertante que, una vez más, uno necesite encontrarse tan lejos para interesarse en conocer lo que siempre ha estado ahí al lado.

Alquilamos una cabaña en Burrillville, a nuestros pies, el maravilloso lago Spring que parece pintado a óleo en el cristal de la ventana. Llegamos de noche y sólo a la mañana siguiente fuimos conscientes del paraíso terrenal en el que habíamos dormido.
 Amanece y el sol ilumina las casitas del lago, que se miran en el espejo de agua peinándose árboles de todos esos colores que la madre naturaleza acarrea en su paleta, y yo quiero que todos estéis allí conmigo para poder ser testigos de algo tan maravilloso y tan simple a la vez. Me acuerdo mucho de mi padre en estos días, me gustaría que pudiera tocar este lienzo con sus propios dedos. El tiempo además se empeña en deleitarnos con la compañía del astro rey, que confiere a nuestra piel la temperatura idónea para ser los protagonistas de tan bello retrato, y además nos envalentona para salir a hacer senderismo por estos lares, que no se cansan de regalar paisajes inverosímiles que me saturan los sentidos. Nadie habla en nuestro paseo y sólo el chasquido constante de las hojas nos mece en una melodía de paz y relajación infinitas.
Olvido que existo, me fundo con la naturaleza y soy libre, no me hace falta pensar, sólo oler, respirar, llenar mis pulmones de oxígeno y mis oídos del sonido de la quietud, se me vierten las sonrisas por los lados de la cara, apenas puedo contener la excitación de tanta calma... Esto es vida.
Además de paseos el fin de semana se llenó de comilonas, beborroteo y juegos de mesa a tutiplén, carcajadas, chistes malos y juegos de palabras en "portuñol" que me recuerdan que sólo aquí puede conjurarse este tipo de magia holística.
Es curioso que la propiedad de la caducidad tenga connotaciones tristes y sin embargo, la hoja caduca es un evento paisajístico tan raro e inigualable, que es capaz de mover a las masas como si de la pasarela Cibeles se tratara. A veces la belleza está en lo que no apreciamos, en lo que no cuesta dinero o en lo que vemos cada día de camino al trabajo, y es una lástima que la cotidianidad nos deje tan indiferentes que no seamos capaces de comprender lo afortunados que somos por tenerlo.