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lunes, 26 de agosto de 2019

Viejo


Te debo un libro, ya lo sé… pero justo después de leer las primeras páginas del libro de Pérez-Reverte que me he apropiado en tu cumpleaños, me ha venido la inspiración… De repente he pensado que sería mejor utilizar esta suerte de arte literario con que me dotó la genética para largar un poco de amor en prosa, como si nada, como el que se acerca a una librería y pide el libro más leído del año. Ya sabes que a mí me gusta llevar el paso cambiado, “hacer lo que no hace nadie”, reírme hasta de mi sombra desde la seriedad del semblante y esconderme del sistema que dicta que los mejores libros son aquellos que están publicados por una editorial. Mi libro se teje dentro de mis entrañas, lleva años alimentándose de mis emociones, de mis manías, de mis recuerdos, de mis alegrías… pero sobre todo de mis miedos. Recuerdo aquella vez que volví de Boston, habían pasado ocho meses desde la última vez que te vi, y te habías hecho viejo, sí, así te lo digo, sin paños calientes porque ya sabes que así soy. Vaya si te habías hecho viejo, tu caminar se encorvaba hacia el suelo como buscando los palillos que se fueron escapando de tus labios al quedarte dormido en el sofá, la colonización de las canas había avanzado de las sienes a la nuca pasando entrevelada por todos los meridianos de tu cabeza… Las petequias de las manos se habían multiplicado sin piedad, y se veían borrosas bailando en un ligero tembleque que no soy capaz de decir cuándo empezó, pero que ha ido haciéndose un poco más notable con el paso del tiempo. 
Pero no te habías hecho viejo sólo por fuera, que al final es ley de vida, sino también por dentro, que es bastante más sorprendente. No de repente, me consta que ha sido gradual, pero la rabia ya no te gana con tanta facilidad, el genio se te ha templado hasta pasar desapercibido en ocasiones en las que tú y yo sabemos que podías haber entrado en Troya en lugar de aquel caballo. Desde entonces, te he observado muchas veces, sólo para tener constancia científica con muchas repeticiones, y efectivamente, se te ha suavizado el carácter. Por un lado pensé, “mira, pues es un buen presagio, seguro que a mí también me pasa algún día”, por otro lado pensé, “hay que joderse, ahora que por fin tengo réplicas adultas para casi todos tus peros y manías…”. 
El balance, sin embargo, es con creces positivo. Me di cuenta de que te habías convertido en abuelo, y puede que en parte esa certeza ayudara a poner pesitas en la balanza incierta que existía dentro de mí y que no acababa de virar hacia la idea de ser madre. Lo que me atrevo a asegurar es que desde el día de tu investidura como abuelo, aquel escalón de tiempo que te puso años tan deprisa, se ha ralentizado, manteniéndose aletargado, ciego y mudo, y ahora avanza mucho más despacio. Por eso, aunque al principio me dio vértigo pensar que mi padre ya no podía solucionar todos mis problemas, enseguida me di cuenta de que ese trabajo en realidad ya estaba hecho. Ese genio físico y químico que te encendía ante mi ignorante incomprensión había sido un ingrediente esencial para forjar un carácter que me ha conducido muy lejos. Quizás demasiado lejos en la distancia, eso no puedo negarlo, pero también hacia arriba en la escalera que asciende despiadada hacia el éxito y la autosuficiencia. Por otro lado, el karma paga la tranquilidad con la que te tomas la vida ahora con dosis de felicidad y de disfrute inesperado. La vida te ha devuelto paz interior y por fin te ha dado alas para jugar al escondite, a las muñecas, a peinarte hacia delante y a nadar en aguas abiertas. Es increíble lo que puede evolucionar el ser humano en una sola vida, en unas pocas décadas, y aunque hay cosas que nunca cambian, hay cambios que le dan sentido a la vida.
A fin de cuentas no está mal, cumplir 71 años y que te canten “Happy birthday, abuelo”. Así que bueno, como aquellas veces en que me cambiabas cinco duros por cien pesetas, yo te cambio un buen libro de Pérez-Reverte por esas lágrimas que tú y yo sabemos que te estás aguantando desde hace un rato. Felicidades papa (no pongamos acentos nuevos a palabras demasiado viejas), que cumplas muchos más, y que podamos celebrarlos juntos como éste.

jueves, 23 de mayo de 2013

Viejo

Ya sé que no puedo estar, no he pagado ese tributo todavía. Ya sé que los hospitales son fríos, huelen a enfermedad y a desinfectante, huelen a soledad y a muerte... huelen a ausencia. Ya sé que la recuperación es cada vez más dura, que cada día estás más cerca de ser viejo, y más lejos de ser nuevo. Has vivido mucho y claro, el desgaste, los achaques... ya sin suelas los zapatos, ya sin aceite los engranajes. Es lo malo, el desgaste. Pero lo bueno de ser viejo es que uno ha visto tantas cosas que no puede acordarse de todas. ¿Cuántas caras? ¿Cuántos nombres? ¿Cuántas manos? ¿Cuántos se acordarán aún de ti? Y si hubieras de olvidar por ahorrar espacio en la mente, entonces ¿a cuáles olvidarías? Obviamente, a los que llegaron después, porque los que estaban antes, desde el principio, esos se han arraigado con mucha más fuerza a tus recuerdos. Sin embargo, muchos ya se fueron, y no por ello se han marchado de tus historias, de tus anhelos, de todo lo que fue tu vida en un conjunto que hoy se reduce a una camita. Camita-camilla, pequeña y articulada, suficiente para sostenerte pero no para contenerte. Porque uno es mucho más que un cuerpo, que se avejenta, que se arruga, uno es mucho más que un nombre y una cara que se difuminan en la multitud. Uno es todo lo que quiere y lo que puede, uno es todo lo que queda cuando no estás. Cada día paso por delante de tu puerta, te busco sin pretenderlo porque en mi vida eres una rutina, los buenos días, los good morning, con tu aire señorial de recién pintado. Yo sigo mi camino absorbida por una vida que no me deja pararme a pensar, pero aun así, a veces me paro y te observo, y tú te acercas a por mis caricias, porque sabes que las tengo, y que aunque no te las de siempre por las prisas, están ahí guardadas para ti. Todos los que pasan, pagan tributo; todos sin excepción se rinden a los ojos de glaciar, toda una vida viendo pasar el mundo, los inviernos y las primaveras, los veranos y los otoños, que se suceden cada año sin excepción. El otro no está siempre, pero tú sí, como la familia, que está siempre, aunque no puedas verlos, ¿no lo sabías?
Hoy no tenías ganas de nada, ni si quiera de caricias, estabas como avergonzado de no poder ser un señor. Te he llamado pero no querías ni volver la mirada, la soberbia no te deja ser débil, no puedes permitirte ciertas cosas a tu edad. Te he robado pensamientos porque sé que aún tienes mucho que enseñar, no quiero que te los quedes todos para ti, quiero ver qué hay al otro lado de esta noche. Pronto, ya queda menos, pronto es casi ya, pronto llegará el verano, y las bicicletas, y las vacaciones... y para entonces ya te habrás recuperado y te llevaré más caricias. Puede que incluso quiera oír alguna de tus batallas, espérame, ya casi es tiempo.