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sábado, 24 de marzo de 2012

¡¡Ya es primavera!!


El invierno ha sido largo, casi eterno... un pasillo angosto y lento, tortuoso. Faltó la nieve y el frío extremo, ausente el hielo en las aceras, no pudimos beber escarcha como el año pasado. Y sin embargo, fue un invierno triste. Boston se viste de noche demasiado pronto, las principales horas de luz son absorbidas por los fluorescentes en el interior de los edificios. Todos adquirimos ese color aceituna cuando nuestra melanina corre a esconderse bajo tierra hasta la llegada del sol. Hasta el Husky, genéticamente preparado para el clima más adverso, se enrosca sobre sí mismo y se pinta una máscara triste en la mirada.

Idefix es más optimista, pese al frío, quizás también porque tiene la suerte de contar con un jerseicito rojo para los días más duros. Se muestra impaciente, ansioso de sol, dejando escapar los suspiros por los huecos de la valla. Marchan lejos, sin aliento, él continúa esperando la llegada de la primavera.
. . . Y de repente, como si el calendario se hubiera empeñado en cumplir pronósticos preestablecidos, esta semana ha llegado la primavera con todas sus consecuencias. El domingo el sol resultaba casi molesto de tan insistente, las calles rezumaban vida, ganas de salir. Chanclas desempolvadas cual recurso indispensable, shorts diminutos dejando al descubierto piernas lechosas caladas de invierno hasta el hueso, y por supuesto, las bicicletas, que como bien dijo Fernando, son para el verano.

Cuando los "guiris" vienen a España en primavera, se vuelven locos, como si hiciera un calor abrasador, esas chanclas con sus correspondientes calcetines, esas pieles rosas laceradas por los rayos solares, aún tímidos en su mayoría. Nosotros no podemos entender ese afán por la ropa de verano en pretemporada... pero cuando vives aquí. . . ¡Te vuelves como ellos! El primer día me parecíó un poco exagerado dejar el abrigo en casa, pensé que podía refrescar por la tarde. Para mi sorpresa, por la tarde hacía aún más calor y cuando llegué a casa hube de abrir todas las ventanas porque venía sudando cual pollo acorralado. Ante tal experiencia, decidí que podía ponerme una chaqueta de entretiempo, de esas que en Sevilla te apañan el invierno. No obstante, en la travesía mañanera me crucé con tantas sandalias, tirantes y espinillas transparentes que no me quedó más remedio que convencerme de que la primavera se había instalado definitivamente. Y ahí que me encontraba yo, asada de calor con 18 grados en la calle y sobrándome hasta los zapatos. Hasta ahora, esa temperatura me resultaba fresca y ni mucho menos para pensar en quitarse el sayo. Ver para creer, el tercer día: ¡a trabajar a cuerpo! (citando una vez más a mi madre, que de éstas tiene un repertorio bastante amplio). Hasta Idefix y el Husky fliparon en colores cuando me vieron sin chaqueta. Aquí se encuentran presenciando el momento destape que aún no acaban de creerse... 
Pero lo bueno que tiene la primavera, aparte de las flores en los árboles, el calorcito incipiente, las terracitas poblando las aceras (sí, aquí también están al día en terracitas) y un largo etcétera de buen rollo que nos entra a todos con el sarpullido primaveral, es que la primavera la sangre altera. Y así, te levantas de buen humor aunque tengas que trabajar el fin de semana, y te cruzas con la gente por la calle y todo el mundo te sonríe, te saluda. Es algo realmente sorprendente, me ocurre muy a menudo esto de que la gente entable conversaciones de repente sin conocerte de nada. Y no me refiero a hablar del tiempo. Ayer mismo, por ejemplo, en el metro, una pareja que iba sentada junto a mí me preguntaron de dónde era, por qué estaba aquí, a qué me dedico... ¡como la cosa más natural del mundo! Y la verdad es que me resultó tan agradable que se me hizo más corto el trayecto. Dista bastante de los viajes en el metro de Madrid, donde la ley de la calle te enseña a empujar al prójimo para conseguir un asiento libre y a tener cien ojos avizor para controlar tus pertenencias a la par que todas las partes de tu cuerpo.

Ay... la primavera! la primavera trae alegría, ensalzamiento de la amistad, del amor, del querer compartir... La primavera trae sueños, trae esperanza, trae razones nuevas, buenos motivos para reafirmarnos en los propósitos de año nuevo que nunca cumplimos. La primavera me trae letras negras sobre fondo gris, pasado, presente y futuro... ;-) la primavera me trae las ganas que el invierno me había arrebatado... la primavera trae ternura y calor, sobre todo calor.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ardillas...

Esta mañana salí de casa con un paraguas en el bolso. Las predicciones meteorológicas llevaban toda la semana anunciando una lluvia que no llega. Camino con mis cascos, portadores de palabras envueltas en la melodía de mi lengua materna; me transportan a mi España, donde lo más común al salir de casa cada día era adentrarme en un atasco. Madrid tiene ese encanto de las ciudades grandes, llegar al trabajo es una tarea en sí misma. Sevilla, en cambio, sosegada... te espera con un ascofé y media tostá a primera hora de cada mañana, da igual el tiempo que haga.
Cambridge me da los buenos días deslumbrándome, ya que cuando piso la calle hace horas que ha amanecido. Inmersa en mi tarareo, me parece avistar algo por el rabillo del ojo... ¿un gato, quizás? Ay... cuánto echo de menos a mi Loli... Pero no! es una ardilla!! Es de color gris y tiene una cola frondosa. Huye de mí y se esconde detrás de un seto. Se asoma desde allí y me mira con curiosidad (imagino que piensa: otra guiri...). Continuo mi camino con una sonrisa, me caen bien las ardillas. Y unos metros después, otra!! corre a esconderse como la primera, mi sonrisa se ensancha. Hoy llegué más contenta al trabajo.
Al salir, diluviaba!! hoy he aprendido algo: Las ardillas barruntan lluvia.