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martes, 1 de febrero de 2022

Estados de COVID-cinco: Gracias al COVID

Gracias al COVID, mis melanocitos campan a sus anchas en la superficie de mi epidermis en lugar de huir a esconderse en lo más recóndito de mi ser, huyendo de las frías nieves bostonianas y esperando a que llegue el verano. 

Gracias al COVID voy subiendo la cuesta de enero en una España que, aunque no inmune al virus, este año se ha guardado las Filomenas en los bolsillos de pana y ha sacado el sol a pasearse casi todos los días de la semana.

Gracias al COVID he cogido unos cuantos kilos que se me irán escurriendo en las tiritonas del invierno que me aguarda al otro lado del mes de febrero, con sus heladas insistentes y seguidillas de lunes a domingo. 

Gracias al COVID he celebrado un cumpleaños con mi sobrina, sexto para ella, primero para mí. Corto y llovido, pero en presente y en directo. 

Gracias al COVID he visto a mi padre salir de la oscuridad, iluminarse, recomponerse y tirar para adelante con la bolsa del pan en una mano y su única nieta en la otra.  

Gracias al COVID he llamado a la puerta de mi tía un día cualquiera y me he llevado a mis sobrinos a ser reyes en el campo. Lo mejor no son las risas, ni los "tíaChari" que saben a pan recién hecho. Lo mejor es ver a Lucas saltar el riachuelo y escalar los árboles como cualquier niño de su edad, como si no hubiera estado nunca asomado al borde del abismo, como si no hubiéramos vuelto a nacer con él todos y cada uno de nosotros. 

Gracias al COVID me he sentado a la mesa con mi familia extendida, por primera vez en muchísimos años, y me he levantado tres horas después harta de risas y de batallas. Un cumpleaños improvisado para los 44 de Sara, que para mí llevaba sin cumplir desde los 32. Gracias al COVID, planes de futuro.

Gracias al COVID he abrazado a mis hermanos en tandas de muchas veces, he compartido nimiedades y silencios, y hasta noches de juegos de mesa como si hubiera tiempo que perder.

Gracias al COVID he conocido a Carlos, el tercero de Maite, y me he tomado un café al sol con mis dos amigas de toda la vida, como si no hubiera mañana, como si no hiciera diez años que no estábamos las tres juntas.

Gracias al COVID he aprendido a apreciar las cosas pequeñas, a ser feliz porque hace sol por la mañana, y porque anochece tarde, y porque hoy no llueve, o porque he salido a comprar el pan y me he encontrado con antiguos conocidos. Tienes que haberte marchado lejos mucho tiempo para poder apreciar lo maravilloso que es encontrarse a la gente por la calle, coincidir, haber llegado al mismo sitio sin anunciarse, sin buscarse, y aun así tener el tiempo de pararte a charlar, alegrarte por ello y seguir tu camino con una sonrisa más ancha, porque sigues perteneciendo a este lugar.

domingo, 7 de noviembre de 2021

IB08112021: El vuelo de los abuelos

Barajas repleto de pantorrillas abrigadas con calzado cómodo y los cordones bien apretados esperando a que se abran las puertas como el primer día de las rebajas en el Corte Inglés. Jubilados unos, otros por fin haciendo uso de esos días de vacaciones que habían estado reservando con el anhelo interrogante del que espera un milagro. Todos con las mismas ganas, todos en formación de a uno con sonrisas en los labios, en los ojos, y en el alma, todos con un objetivo común: conocer a sus nietos nacidos durante la pandemia.

Cuando a Elia empezó a crecerle la barriga no imaginábamos que no llegaríamos a tiempo para la baby shower, para el tercer trimestre ya estábamos todos encerrados. A Berta, como ya era el segundo y heredaba de todo, sólo esperábamos celebrarla en familia, en cambio observamos de lejos cómo sería el protocolo para bebés nacidos en pandemia. Para nada imaginábamos que tardaríamos meses en poder tocar a Álex y a Max. La primera vez que tuve a Álex en brazos ya casi no era un bebé, los días que se llevó el COVID ya nunca volverán. 

Paula visitó España con su barriga en plena expansión, volvió dejando a los abuelos con la esperanza de que las fronteras se abrirían a tiempo para ver nacer al pequeño Erik. No fue así, los tíos postizos arropamos a Lena las noches que su mamá estuvo en el hospital dando a luz a su hermano pequeño. La otra Paula y Bea fraguaron a sus chicos cien por cien made in America y se apoyaron la una en la otra como lo hacen las hermanas. No quedaba más remedio. 

La panza de Laura danzó mar adentro y se reconcilió con la Tierra, pero tuvo que conformarse con mirar desde la orilla el horizonte que se vuelca en la Península Ibérica. Sol llegó con su luz brillante sin abuelos ni tíos con quien jugar a las sombras.

Desde aquí seguíamos las noticias como quien tiene mucho que ganar, esperando que cantaran el gordo en cualquier momento. Llegaban rumores de que se abrirían las fronteras, pero no había más certeza que el deseo de todos esos padres, y la realidad era que USA permanecía cerrada al mundo. 

Recuerdo el día que me desperté y abrí el New York Times, en primera página el titular que llevábamos más de un año esperando: América permitirá la entrada de europeos vacunados el día 8 de noviembre de 2021. El WhatsApp echaba fuego, los calendarios ardían, el avión de Iberia se fletó en el tiempo que tardaron en venderse las entradas de "más es más". Los gritos se oyeron hasta en la Luna. Al otro lado del mar, decenas de abuelos brindaban con vida, pronto sus nietos dejarían de ser planos para materializarse en cuatro dimensiones y abrazarlos fuerte con sus bracitos pequeños. Álex podrá correr a recibir a su abuela, los brazos y el gateo quedaron en el limbo del tiempo robado. 

Ese avión no necesita queroseno, puede volar con las alas que les han crecido a los abuelos. Revolotean por la casa sin saber qué meter en la maleta, son tantas las emociones que han ido acumulando que muchos van a tener que pagar extra de equipaje. Llegarán al aeropuerto con diez horas de antelación, veintitrés kilos de ropita pequeña y peluches asomando de los bolsillos. Los abuelos traen los brazos de algodón para acunar a los pandemials en un arrullo infinito. Esos niños nunca han estado rodeados de gente, están acostumbrados a reconocer las caras sólo con verles los ojos, porque las bocas se encuentran vetadas detrás de las mascarillas, y con ellas, los besos francos de los allegados que mueren por dentro de tristeza y pena. Todas esas manitas pequeñas agarrarán el mundo y lo harán girar como una peonza, ya sólo quedan unas horas para que se rompa el hechizo. Regocijo, lágrimas, conversaciones cruzadas y fotos de bebés, así transcurrirán ocho horas de viaje por el cielo que une España con Boston. Cinco mil quinientos kilómetros de "mira el mío qué bonito es", "hay que ver las ganas que tengo de achucharlo", para por fin, a eso de las 7 de la tarde hora local, poner un pie en tierra americana después de casi dos años de exilio. Esas puertas abatibles se abrirán dejando escapar grupitos de abuelos buscando a sus nietos con la mirada. Ya en la calle y con el viento frío, decenas de bebés bien abrigados echarán sus bracitos al cuello de esos maravillosos desconocidos. Otra pequeña batalla ganada, ¡bienvenidos abuelos!   


lunes, 18 de octubre de 2021

Contigo

Siempre he sido una persona de lágrima fácil, algunas palabras tienden a estrujarme el corazón como un abrazo inesperado que se pasa de fuerza. La primera vez que vi a mi hermano en el aeropuerto después de un año y medio de pandemia tuve un ataque de realidad irreprimible. De repente comprendí que el tiempo perdido ya no volvería, y que todos los días que compusieron aquellos largos meses de angustia ya nunca regresarían colgando de las hadas. Lo abracé fuerte y lloré mucho, muy alto (hasta que el pobre sintió vergüenza), porque las lágrimas en ebullición son complicadas de amainar. Experimenté la misma sensación al abrazar a mis padres y a mis otros hermanos después de un año entero sin tocarnos. Simplemente no podía creer que estábamos juntos de nuevo, en la misma habitación, todos sanos y sin debernos más que tiempo. 

Llegué a mi clase de flamenco un día en el mes de mayo, con mi camiseta de "La Gira" de Alejandro Sanz. Lupita me mira y pregunta: ¿vas al concierto? y yo, con pesar y tristeza le digo que no, que había descartado la opción de ir a Nueva York porque aquí no tengo con quién. Mi inseparable compañera de conciertos está a más de 5000 kilómetros de distancia. "¿Pero cómo? ¡Te vienes con nosotras!" En ese momento el cielo se abre y guía mi mano con tanta destreza que antes de empezar la clase ya había comprado una entrada para escuchar al maestro el 10 de Octubre en el Radio Music Hall de Manhattan. Faltaba mucho tiempo, no sabíamos si el concierto tendría lugar o se cancelaría como todos los demás, pero la semilla de la ilusión ya estaba plantada.

A dos semanas del concierto las dudas continuaban, pero al final decidimos que hay cosas en la vida que simplemente deben hacerse. Y allá que nos fuimos.

El fin de semana se fue construyendo poquito a poco, en los cimientos de un atasco de cinco horas que habría de culminar con una fiesta de cumpleaños de un español bostoniano en la Gran Manzana, con sus tapas y su vino y sus juegos de mesa incluidos. Empezábamos bien. 

El domingo amaneció lluvioso (ninguna novedad en Nueva Inglaterra), pero se fue portando para dejarnos visitar toda esa magia que Nueva York se guarda para los más pequeños. Inés visitaba NYC por segunda vez, pero fue la primera en que fue consciente de su grandeza. Tocamos el piano de la FAO con los pies descalzos imitando a Tom Hanks, aunque sólo una de nosotras vivió las notas como reminiscencias de la película Big. Las dos lo pasamos en grande, ¡eso sí!

Por la tarde tocaba ponerse en marcha, encontrarme con las chicas y entrar en aquel teatro donde se entregan los premios Grammy. Todo era raro, irreal. Llegar a un concierto de Alejandro Sanz con sólo 15 minutos de antelación es impensable en Madrid, y allí estábamos, tan ricamente sin apretujarse ni demasiadas colas. Para bien o para mal, la pandemia nos ha achicado a todos. Me siento en mi butaca roja y miro alrededor, muchas caras expectantes, rojo resplandeciente, terciopelo por doquier. Hay muchas butacas vacías, impensable, increíble, insalvable. 

Suena ese acorde de guitarra eléctrica que tan bien conocemos y aparece Alejandro con sus andares de "acabo de entrar al salón de mi casa" y el aplomo inconfundible del que lleva 30 años subido a un escenario. Ruedan lágrimas por mis mejillas que yo no he sido consciente de derramar, con pucheros y todo. Me miro por dentro y veo el engranaje de todas esas palabras y pensamientos que han llenado mi mente durante los últimos 18 meses. Volver a estar en un concierto rodeada de gente, cantando al unísono como una sola voz, de verdad que no pensé que ocurriría tan pronto. Sus manos tocando las de los fans de la primera fila fue como ver una sirena a lomos de un unicornio trotando por el anillo de Saturno. Irreal, idílico, inflamable. Las lágrimas sólo son un vehículo que transporta las emociones, y algunas emociones son tan fuertes que tienden a desbocarse, como un géiser que se expande cuando menos te lo esperas, y te empapa de vida por dentro y sólo puedes dejarte llevar y que se drene toda esa angustia encapsulada. Este concierto ha sido una prueba más de que lo estamos superando. Me acoplo a la música con otro grado de madurez, menos cantar y más escuchar, incluso tiempo sentada. Comprendo que llevo 30 años generando emociones con estas letras, y que soy una privilegiada por tener ese derecho. Son los recuerdos de toda una vida y son las abstracciones que uno hace de lo que ha vivido. Me quedo con mi parte sensible y vulnerable, soy lo suficientemente fuerte como para llorar en público sin darle demasiada importancia. Así soy, así crezco, así quiero seguir siendo.



Y cuando ya creía que no podía aprender más de esta involución, Alejandro se arranca por Sabina y deja al teatro medio mudo. Lógicamente, el público latino conoce menos estas letras. Y yo que muda no me quedo, aun cantando una letra que conozco al dedillo desde hace años tengo una epifanía: Yo no quiero domingos por la tarde, yo no quiero columpio en el jardín, lo que yo quiero corazón cobarde es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren. Todo está en las letras, sólo hay que pararse a escuchar. Por eso al próximo concierto iré contigo.



lunes, 27 de septiembre de 2021

Ya estamos todos

Fuimos dejándonos caer poquito a poco, como para no abusar de la alegría que se asomaba ya desbordando, como sin querer bebernos toda el agua del botijo después de haber pasado un año y medio en el desierto. Al final, nos tiramos por la borda.

Se llega tarde, a las fiestas españolas se llega tarde, y punto. Eso lo sabe todo el mundo, estemos en España o no, nos gusta retrasar el pistoletazo de salida y arrastrar la meta hasta que va cayendo el sol y no queda más remedio que marcharse. Las bocas de todos hablando a la vez, sin velos, sin pantallas. Las risas de todos sonando a la vez, en pequeños grupos, en conversaciones cruzadas. ¡Ay, las conversaciones cruzadas! hacía tanto que no serpenteaban voces esquivándose a la deriva que ya nos habíamos empezado a acostumbrar a hablar bajito. Achaques de pandemia, nos bajó dos tonos de voz y de ganas. A algunos más, a otros menos, a muchos les silenciaron del todo.

Fueron llegando unos en coche, otros en bici, otros andando... Entraban con la determinación de quien estuvo aquí ayer... pero eso fue antes de la pandemia, hace mucho tiempo amargo. No teníamos expectativas, sólo ganas, y fuimos dibujando el día con ratitos nuestros y mucha paciencia. Volvimos a confundir los vasos y a arreglar el mundo con una cerveza fría en la mano. Pero no el mundo de afuera, ése nos da más igual, sino el mundo que nos rodea y nos desprotege aquí adentro. Ese mundo que lleva año y medio girando tan lento que hasta a Teresa se le ha ralentizado el líquido cefalorraquídeo. Necesitamos fronteras abiertas para poder cruzarlas, para tender la mano y que lleguen abuelos, padres, hermanos, tíos y primos, que vengan a dar el tostón de una puñetera vez. 

Nos hemos ido expandiendo con los años, a cada pareja le han ido saliendo esquejes, y los milenials ya hasta caminan y piden comida en el plato. Todos menos el recién llegado, que con tres vueltas de luna apenas ha tenido tiempo para los placeres humanos. El pequeño heavy llega flotando en su cuco, su telón de pajaritos acompasa los redobles, llevábamos mucho tiempo esperando, todos queremos verlo aunque no podamos tocarlo. Esperaremos pacientes a su sistema inmune madurando, como una coraza de pétalos que se van desarrugando, como un traje de volantes que se irá desparramando. Como un haz de luz que se proyecta agrandando nuestras sombras, dejando vacías las noches que tanto consuelo han robado. Y saltándose el protocolo de no haber sido invitado, Erik se trajo su prisa y su birra debajo del brazo. Celebramos los 37 de Dani, los 36 los saltamos, dijimos adiós al verano con los besos enfadados. Pero ahora ya estamos todos, y volvemos a tocarnos, y los niños juegan juntos sin turnos y sin recatos. Saca la tarta, sopla las velas, dame un abrazo, y vamos a celebrar juntos que lo peor ya ha pasado. 

miércoles, 18 de agosto de 2021

Huellas en el Mediterráneo

Yo estuve allí, pisé aquella arena finita que tanto se parecía a la de mis sueños. Las huellas, sin embargo, no desaparecieron al abrir los ojos, caminaron parejas durante kilómetros dejándose besar por las olas del mar. Dibujamos el horizonte azul con las puntas de los dedos, con sonrisas de incredulidad garabateándose en los labios ante la normalidad de lo que fueron muchos ocasos anteriores. Sabe a tinto de verano, a cerveza en un chiringuito, a helados, a brisa, a estar moreno, sabe a Mediterráneo.
A nuestro alrededor todos caminan felices, distantes, manteniéndose en un confín que tiene las horas contadas. Las mascarillas abarrotan el lienzo como una algarabía de gaviotas apoyadas en sus palos, a la espera, presentes pero ignoradas, que aun sin querer ser tenidas en cuenta protagonizan cada pincelada de este sueño de verano que a ratos se tiñe de pesadillas y nubes.
Mis huellas persiguen a otras huellas que siempre fueron siete años por delante, las de mi hermano mayor. Qué importante es seguir los pasos del mayor, no salirse de las líneas trazadas con tanto esmero por su diestro pincel mojado en tinta china. Ahora, ya en la misma década y sin haber dejado de ser los mismos, caminamos uno al lado del otro como seres iguales, hechos de la misma pasta, pero modelados por artes distintos. ¿Dónde termina la genética y empieza el albedrío? Me bebo estos ratos poquito a poco para estirar el efecto de las endorfinas, dosifico los momentos tantos meses añorados y conjurados en palabras lastimeras. Tomo instantáneas mentales que llevaré conmigo para siempre, por si vuelven a separarnos y tengo que alimentarme de ellas para sobrevivir.  

Mi gitana también imprime sus huellitas en la arena, cada vez más separadas, calibrando perspectivas, dejando atrás pares de zapatos que ya no saben valerle. A su lado siempre, sus fieles guardianes: cuatro juegos de pies cansados cuyas huellas experimentadas se arrastran para trazar el camino de la libertad. Volvemos a estar juntos, hemos encontrado todos los trocitos que se habían desperdigado por la casa. Los hemos pegado con tanta ternura que nadie diría que estuvieron un año y medio separados.

Con precaución y sin olvidar que aún somos vulnerables, abrazamos las quedadas al aire libre y sin mascarillas para poder leernos los labios sin perdernos una sola palabra. Las noches de verano nunca habían durado tanto, el horario laboral enganchado al otro huso me estiraja la energía y me ofrece otro punto de vista, el de exprimir al máximo la vida. Abrazo cada rincón de mi España como si fuera la primera vez, me rezago en los atardeceres que no recordaba tan trasnochadores, y miro la luna, la misma que veo en Boston y que de alguna manera me hace sentir más cerca cuando estoy tan lejos. 

Yo estuve aquí, disfrutando de las cosas normales que durante un tiempo se nos negaron, recordando que no hay nada más importante que la familia y las raíces, y procurando que mi gitanita abrace la vida con las mismas ganas, regando sus raíces españolas para que nunca corra el riesgo de que empiecen a secarse.

martes, 16 de febrero de 2021

Estados de COVID19-cuatro

Sangran los endometrios

llorando ausencia,

me devoran las entrañas

y la conciencia, 

tensan las cuerdas vocales

de mi tormento

doliéndome a voz en grito

de puro miedo. 


Saltan las alegrías

por la ventana

goteando en las compuertas

como navajas

heridas de luna nueva

siempre encerradas

adsorbidas en la noche

presa de calma.


Quitáronse los disfraces

de majaderas

dibujando puñaladas 

embusteras,

salieron de su escondite

de primaveras

mostráronme los colmillos

con que laceran.


Ríos carmesí dibujan

yo soy el lienzo

emborronan los bocetos

sobre mi cuerpo,

y me dejan extinguida

drenando savia,

imprimiendo mi agonía

sobre la almohada.

 


  


 


jueves, 19 de noviembre de 2020

Estados de COVID-tres (After Dark)

Sola, 
devastada, 
ensordecida,
superada,
destruida,
desolada,
empequeñecida, 
callada.

Perdida está la paloma 
entre volantes vacíos
y lunares descoloridos
en la oscuridad del nido.

Quiere gritar y no hay aire,
ni garganta, ni pulmones,
ni la llave de esa puerta 
que ha encerrado los colores.

Quiere acallar todas las voces,
y los miedos,
y los gritos,
que al bailar de sus tacones 
se ensordezcan los oídos.

Pero no tiene la fuerza,
sólo lluvia,
sólo anhelo,
el espejo de unos ojos
que le miran sin consuelo.

Le fabrica algunas risas
disfrazadas de jaleo
y tapizado de volantes
el dolor se rinde al miedo.

Es un duelo a vida o muerte
una máscara en un sueño,
un cielo azul infinito 
en un lienzo muy pequeño.

Poco a poco la paloma
abre infinitas sus alas.
Poco a poco su lamento
abandona la mirada.
Poco a poco sus lunares
se colorean y baila
y abraza la nueva vida
poco a poco y sin palabras.





After Dark es un cortometraje dirigido y protagonizado por Laura Sánchez en el que vuelca su alma vapuleada por el COVID-19 de una forma artística que pone los pelos de punta. He tenido el privilegio de ver el corto en primicia, y este poema es mi sinopsis personal. El corto ya ha sido premiado en varios festivales y Laura está realizando una campaña de "crowdfunding" para poder financiar los gastos que acarrea. Si queréis colaborar en su campaña, aquí está el link. Todos los que contribuyan, aunque sea con el mínimo, recibirán una invitación para asistir (virtualmente) a la premier que tendrá lugar en diciembre. ¡Suerte Laura!

 


viernes, 13 de noviembre de 2020

Estados de COVID19-dos

Me sube a la luna
pirueta,
me baja descalza
dando traspiés.
Me sube a las nubes
enfadada,
me suelta al vacío
y me escucha caer.

La quiero y la veo
cuando estoy sola.
Saca mi locura
rompiendo la piel.
Huye mi paciencia
de su diablura,
vuela la cometa
vuelta del revés.

Se esconde de mis ojos,
bruja despiadada,
roba mis silencios
y echa a correr,
conjura la noche
de miedo enredada,
salgo del letargo
tropezando en pies.

Grito a dentelladas
la boca cosida
derramando inercia
y echada a perder.
¿Dónde está mi escudo?
¿dónde mi coraza?
Si mi carne viva
carece de piel.

Pinta un pétalo
de luz violeta,
una tregua breve
en barcos de papel,
me besa los ojos
con tanta pureza
que hasta de amargura
me destila miel.

martes, 10 de noviembre de 2020

Estados de COVID19 -uno

Necesito alas

para irme de aquí 

Necesito aire

nunca respirado

bocas descubiertas

besos amañados

labios de consuelo

brazos de descanso.


Necesito tiempo 

que vuele Deprisa

que se vaya lejos

que me traiga vida.

lágrimas perdidas

que de mí no huyan 

ríos de verano

noches de tres lunas.


Que vuelvan las bocas

a inventar sonrisas

fuera de las casas

entre las cortinas.


Llévate los ratos

vacíos de gente

déjame las noches

para convencerte 


Márchate esta noche

con los pies descalzos 

déjame que vuele

Aunque esté soñando.




miércoles, 28 de octubre de 2020

Cuarenta, Cuarentena


Hoy tocaban abrazos de ocho brazos, salir despeinada en las fotos con mi cara de sorpresa. Hoy tocaba mecerse en los meses recién robados, reírse a carcajadas hasta las tantas de la mañana. Hoy tocaba sonreír despacio, mirar a los lados, buscar la cámara, pellizcarse los brazos, dudar de los sentidos y dar gracias a la vida por haberme dado hermanos. 

Hoy, en cambio, unos bracitos pequeños me apretujaron temprano, arrancándome de pesadillas donde un virus nos tenía atrapados. Me arroparon con una mantita suave de lunares que apenas me cubría el torso,  lo justo para abrigarme el corazón. Los bracitos se apartaron y apareció una cabecita enmarañada, una sonrisa de ojos negros como un charquito del alma. Otros brazos más fuertes me sujetaron del otro lado... y sentí tanto calor que de repente me parecieron ocho brazos. Así empecé la mañana de mi cuarenta cumpleaños, sacándole luz a las sombras que desde hace tantos meses se empeñan en acecharnos. Para luz, la de mi móvil echando humo y cantando, recordándome que en España llevan horas levantados. Padres, hermanos, tíos, primos, amigos, allegados y despegados, palabras retroiluminadas que son tiempo al fin y al cabo. Tiempo que otros se despegan para acordarse de mí, para dedicar unos segundos a fabricar un querer, una sonrisa, una puntadita oculta de esa colcha que llevamos tejiendo tantos años que cubre toda la distancia con la que nos destapamos.

En la calle llovía, el cielo gris se drenaba dejándolo todo empapado, y sin embargo, a mí no me salía lamentarme. Ha sido un día especial, sin duda, de relajarme, de disfrutar, de sentirme feliz como hacía mucho tiempo que no me sentía. No he tenido un "party bus", ni a mis amigos, no he tenido una ceremonia multitudinaria con globos y muchos regalos. No he tenido música a tope, ni mojitos, ni retales de una fiesta que limpiar al día siguiente. No ha habido disfraces, ni cervezas, y sin embargo, ha habido un algo que por dentro se ha celebrado por todo lo alto. Celebro que estamos vivos, hace una década no podría haber soñado con estar donde estoy, con tener lo que tengo y con saber lo que sé. Recuerdo que al cumplir 30 pensé qué me depararía el futuro y cómo sería a los 40. Si un fantasma me hubiera traído al futuro en un DeLorean me habría parecido de película de ciencia ficción. ¿Por qué vamos todos con mascarillas? habría pensado, ¿por qué las casas no son de ladrillo? ¿por qué está todo tan bonito perdido de hojas naranjas? ¿quién es esa niña que me mira dentro del alma?  Hoy celebro que ha llovido, que las flores se han abierto, que las hojas se han caído y que echo tanto de menos. Echo de menos las cosas que he tenido al cumplir 10, 20, 30... el beso de mi madre al despertar, el de mi padre recién duchado y repeinado mientras me tomo el desayuno, las risas con mis hermanos, que mis tíos suban a tomar café, que las chicas pasen a buscarme, que bailemos hasta desplomarnos. Pero tengo la suerte de que todo eso sigue ahí, a unos meses, a una vacuna, a una distancia transformable. Me desespero, me duelo, pero está. También están los abrazos virtuales, la gente que insiste, unas flores misteriosas sobre la mesa de la cocina. Empiezo a leer la nota casi con sorna y no puedo pasar de la primera frase: "hace 20 años celebramos tu primer cumpleaños juntas...", Inés me pregunta: "mamá, ¿por qué lloras?" y yo no sé cómo explicarle que me acaban de abrazar unos brazos infinitos desde España. Me siento a jugar a los legos porque me parece una forma estupenda de cumplir 40 años, y me acurruco en los bracitos y en esos otros brazos anchos, y me siento FELIZ porque los otros ocho llegarán el día menos pensado. 

lunes, 3 de agosto de 2020

Papel rasgado

Parecen sólo trozos de papel rasgado y sin embargo, al mirarlos más de cerca, puede leerse MAD. Se me clavan en las plantas de los pies como azulejos suicidas que cayeron presa del yeso mal tirado a toda prisa, se me clavan al caminar descalza con todas sus aristas y su mala tinta. Se van quedando pegados calcándose en tatuajes que me gritan desde mi propia piel, BOS! 31 de julio de 2020!!! que no quiera verlo no significa que no vaya a seguir gritándome como una prostituta a la que se le fueron sin pagar aquellos tipos. Están por todas partes, esos trozos, como el confeti del día uno de enero, sucio y pisoteado por el suelo que aún retumba de tacones de aguja resbalándose sobre litros de garrafón malherido. A mí en cambio me retumba la cabeza, me asustan los golpes que recibo desde adentro, no quieren callarse, no quieren oír, no me dejan escuchar ni respirar. Recojo los trozos con máximo mimo, en un ejercicio de autoayuda que pretende salvarme de las cicatrices, los compongo con sumo cuidado y leo con mucha torpeza entre las lágrimas densas como aceite sin refinar: Salida: Boston 31 de julio, llegada: Madrid 1 de agosto, IB6166. En un mundo paralelo, hay unas maletas hechas, una risita nerviosa, calzado cómodo y un  libro ligero, tapones para los oídos, una manga larga, un pañuelo y caramelos para la garganta que siempre se me reseca tanto en los aviones. 
En un mundo paralelo hay alegría, regocijo, mucho estrés y muchas cosas que dejar hechas antes de irse. Pasaportes en sus fundas, y green card a buen recaudo. En un mundo paralelo, siempre dado por sentado, hay muchas ganas de recorrer esos cinco mil quinientos kilómetros que nos separan el resto del año. 
En esta realidad, en cambio, sólo hay cajones llenos de ropa doblada, casi toda la de verano... esperando a ser elegida, correspondida. Las sandalias con sus suelas limpias, ávidas de hacer rozaduras, las tareas esperando en su lista de cosas por hacer, ya sin prisa, puesto que no hay que salir corriendo hasta quién sabe cuándo. Las estanterías llenas de libros sin tiempo de ser leídos, o sin ganas, en verdad. Las plantas a la espera de esa sed de riego que no llega. Las maletas se lamentan en la oscuridad del armario, se duelen de melancolía, como las heridas viejas con los cambios de tiempo. La Loli se pasea extrañada sin parar de soltar pelo, con el traje de entretiempo que no ha llegado a quitarse del todo. 
Una jornada de trabajo detrás de otra, usurpando el tiempo de ocio que se ha quedado en el limbo. No puedo coger días libres para estar encerrada en casa, aunque lleve un año entero sin haber cogido vacaciones. ¿Y si despierto y puedo vivir? Pero al mismo tiempo el trabajo se encalla y se vuelve arisco, y el bienestar que normalmente mece mis vaivenes psicosomáticos se vuelve ahora nauseabundo y me atormenta cual febrícula. En mi empeño por recuperar la sonrisa me acerco al mar, a mojar mis pies con esas olas que también bañaron la Península Ibérica. Pero lejos de calmarme, me voltean y me zarandean, y me recuerdan que este año no veré el Mediterráneo. No veré tampoco a mis padres, ni a mis hermanos, ni a todas esas caritas que encajo con calzo en una agenda imposible de dos semanas al año. Y sigo contando los días y bueno, hace un año que no os veo. A mis padres, por suerte, sólo siete meses. Pero lo peor, sin duda, es la incertidumbre. ¿Cuándo volveremos a vernos? ¿cuándo dejará de ser un peligro con porcentaje mortal reunirse con la familia? ¿Cuánto habrá crecido Inés la próxima vez que la vean sus abuelos y tíos? El mundo sigue girando alrededor del mismo Sol, y lo vemos desde distintos ángulos y nos calienta casi por igual, pero aquí no lo soporto, me ahoga, no me deja respirar. En cambio allí me broncea y me genera endorfinas. Es lo malo de ser española fuera de mi patria, que España me late dentro aunque me empeñe en tirar pa´ lante, España me crece dentro y me nubla el conocimiento, y me anula las ganas de correr como si hubiera algo mejor esperando en la meta. Respiro hondo para arrastrar este peso con toda la fuerza de mi alma, pero a veces, eso tampoco es suficiente y se me saltan las costuras. Me acuerdo mucho de mi abuela, que durante la guerra estuvo un año entero sin saber nada de su familia, y doy gracias porque a mí lo único que me falta es poder tocaros. A pesar de todo, mi angustia se drena con estas letras, y me deja un poquito de espacio para poder respirar hondo y tirar hacia adelante. En un mundo paralelo mañana bajaré a tomar café con las chicas, luego iré de cañas con mis hermanos y a comer a casa de mis padres. Cogeremos el AVE para llegar mucho más rápido a La Mata a abrazar a mi familia política, y a mi sobrina que estará esperando a Inés para ir juntas a la playa. 

miércoles, 15 de abril de 2020

Mapas

Pues yo cuando cierro los ojos, me adentro y me pierdo en mi mapa, que no es físico, ni político, sino más bien un enredo de cicatrices del alma que han ido encalleciendo de mucho pasar los dedos por encima. Toco las costuras del corazón remendado con trocitos de España y me desplazo, me despedazo, voy de la Puerta del Sol de Madrid a la Plaza de España en Sevilla en el mismo aliento contenido que se esconde detrás de una máscara color mostaza hecha a mano en Massachusetts. Pongo un pie a remojo en el Mediterráneo que vierte risas en la playa de La Mata y el otro en El Rompido donde siempre llegamos patinando, qué suerte que hoy hemos cogido un día bueno, no como la semana pasada que nos resbalábamos en las cuestas. El Levante me vuela el flequillo y me da calor y frío, porque a esta casa sin ventanas llega más fuerte que el Lebeche. Aun así he cogido mi barco para recorrer la bahía con los ojos cerrados, total, qué patrón necesita conocimientos de náutica para navegar bien a la deriva. Desde hace semanas ando perdida como si me controlara un gato, no sé qué humor ponerme para estar más favorecida entre mis paredes mentales. Con el sol, las cicatrices se van difuminando y pierden apresto, pero los tejidos gruesos, como el músculo cardiaco, tienen mejor memoria que la piel finita de los párpados. Por eso las lágrimas no son tan densas como la sangre, y por eso también se derraman con mucha más facilidad. Pero a mí estas costuras no se me borran, como no paro de tocarlas, de viajarlas, de pensarlas, de rascarlas... qué manía más tonta la de abrocharse a los recuerdos. Y qué mentirosos son, porque en mis recuerdos Madrid está siempre llena de gente, y no se puede andar por esas calles estrechitas, sobre todo cuando hace bueno, en primavera, que todo el mundo quiere beberse la alegría de Madrid. Y en cambio ahora, sólo hay miedo, sólo hay cuerpos cabizbajos y miradas encerradas en balcones cerrados a cal y canto. Pero yo cierro los ojos y ahí estoy, con mis hermanos, de risas con unas cañas que nunca parecen vaciarse, o en la terraza de mis padres oyendo a la Juani dar voces. Lo que pasa es que esta irrealidad virtual es una cabrona, porque mientras me mulle el asiento para empezar la próxima reunión familiar por zoom, también me recuerda que a saber cuándo podemos salir de la pantalla para volver a sentarnos a la misma mesa, para darnos codazos mientras nos reímos del prójimo que está ahí mismo, al otro lado de la mesa, sumando años, arrugas y canas y perdiendo el temperamento mientras nos pasa un trozo de pan. Y el gato este que mueve los mandos dentro de mi cabeza se baja corriendo porque ha visto una mosca y mi mente se queda vacía de propósitos y de enmiendas, y ya no sé si de verdad me creo que queda poco o si prefiero no pensarlo. Pues es que vivo muy lejos, y la incertidumbre se me multiplica con las relaciones internacionales, porque ya no dependo tanto de poner un pie en la calle como de ponerlo en un avión para cruzar medio mundo. Si la distancia impuesta no me permite sentarme tan cerca de otros que viajen en sus propios mapas, a lo mejor pasa demasiado tiempo hasta la próxima vez que pueda ampliar cicatrices en el mío propio. Pero otros días me pongo el humor flamenco, y entonces se me olvida que no llevo flor ni tacones, porque me visto por dentro de alegría y de ganas de bailar, y me dejo llevar por el duende que me canta a todas horas. Acepto la realidad como se ha empeñado en mostrarse, áspera por fuera pero bonita por dentro, porque mira, mientras el mundo ahí fuera se ha parado para demostrarnos que no somos dioses sino seres diminutos, nuestro mundo interior por fin puede crecer libre de la cárcel contaminada de monóxido de carbono en que lo teníamos encerrado. Y ahora, en mi mapa, por fin vuelvo a ver la sierra que se dibuja en las postales de Madrid, y las aguas cristalinas de los ríos hasta suenan al rozarse, aunque hacen un eco que nadie puede oír, y están ávidas de pies descalzos que vuelvan a caminar a contracorriente. Porque la realidad es que cuando esto pase, y las ventanas se abran y los brazos se abracen, tardaremos demasiado poco en guardarnos las manos en los bolsillos, ésas que ahora sacamos por los barrotes para agarrar con fuerza el mundo que nos ha puesto boca abajo.

martes, 17 de marzo de 2020

El Apocalipsis Coronado

Un escenario sin precedentes, se ha hecho el silencio en Madrid, no hay risas en los parques ni canciones en los patios de colegio, no hay bocinas en Recoletos, ni cacharreo en los bares, sólo sillas y mesas encadenadas a esas terrazas viudas de gente. Nadie puede tocarse, si acaso saludarse desde el otro lado de la calle, y no hablemos de los dos besos, ese tinte cultural que ha lacerado nuestras pieles con llagas minúsculas e invisibles que drenan nuestra vitalidad. Las visitas están prohibidas, sólo el miedo puede colarse y hacerse dueño de los pensamientos. Tanto ha calado que hasta las mentes ingeniosas de los españoles siempre ocurrentes han dejado de crear viñetas y memes sobre la marcha y cada vez hay menos chistes a costa de este virus coronado. El corazón de España contiene el latido mientras espera un milagro, ya van miles de contagiados y más de medio millar de muertos, muertos que no serán velados más que por unos pocos valientes, porque pertenecen al reino de los muertos que matan.  Muertos que se irán solos y con dudas de si era o no, porque no hemos querido mirar a tiempo a lo que ocurría en Asia. O quizás éramos demasiado orgullosos como para entender que no somos inmunes, qué ironía, a los problemas de aquel otro mundo, y que las barreras entre países no son más que psicológicas.

Nació en China como podía haber surgido en cualquier otra parte del mundo, lo digo para acallar los comentarios xenófobos que tanto me hieren el alma. Los virus recombinan, mutan y a veces saltan de una especie a otra; eso lo han hecho toda la vida porque es su manera de subsistir. Lo malo es que vivimos en un mundo globalizado, y los microorganismos no entienden de fronteras.Y en un golpe de mala suerte, un virus infecta a una persona, que tarda demasiado tiempo en saber que está infectada, y se ha dado la mano con muchos, y se ha abrazado con su pareja, y ha ido al colegio de sus hijos y ha tocado los carros del supermercado... y un amigo de aquellos que le dio la mano tenía previsto un viaje a Italia, y comió con unos cuantos que tenían familias numerosas, además allí se dan dos besos como dios manda, a la española, porque los mediterráneos somos muy cercanos tanto para saludarnos como para darnos de hostias. Y como el virus es retorcido, está sólo en fase de incubación y para cuando te quieres dar cuenta ya se ha extendido por los cinco continentes (seis, si aprendes geografía en USA).

Desde aquí vemos las barbas de la vecina Europa cortar, menguar, enredarse y morir... y tratamos de ser precavidos y nos encerramos en nuestras casas a remojar las nuestras propias. Y nos morimos de miedo... hasta los biólogos nos morimos de miedo. A mí me da miedo la desinformación y el desconocimiento, y me da miedo no poder predecir lo que va a pasar. Miedo de aquellos que piensan que como son jóvenes y sanos pueden permitirse estas vacaciones a la Costa del Virus, sin comprender que los abuelos que se quedaron con sus hijos una tarde, o esos amigos jóvenes pero con problemas de salud perecerán convencidos de que no pasaría nada. Las salas de urgencias se colapsan de insensatos, y el personal sanitario va cayendo, uno tras otro sin piedad, expuestos a multiplicidades de infección (permitidme esta palabra técnica que explica muy bien por qué la gente joven también es vulnerable) desorbitadas e innecesarias... Y en medio de este caos aun hay quien se pregunta si esto es real o es una maniobra de las grandes farmacéuticas... la gente ve demasiado la televisión (eso está claro) y será demasiado tarde cuando ya no podamos ni ir a darles un último adiós a nuestros seres queridos que pasarán a la historia como un número más que engordó la cifra de los ataúdes de plomo.

Este escenario apocalíptico, sin embargo, tiene una sola cosa buena, la UNIÓN. Por primera vez no importa quién seas, de qué color seas, dónde vivas o cuáles son tus ideales políticos... nadie está a salvo de COVID-19. Y en este caso la unión, pues sí que hace la fuerza, por eso cada uno hace lo que mejor sabe para llenar estas horas de soledad infinita. Los cantantes se reinventan y dan conciertos online, los padres se dan la vuelta para mirar a sus hijos aburridos y se retraen treinta años para recordar cómo se hacían aquellas manualidades de la EGB. De repente los espectros solapan mucho más que nunca y en una semana he hablado más tiempo con mis hermanos y amigos de España que en los últimos seis meses. Ya no importa en qué huso horario te despiertes porque no hace falta preguntar ¿a qué hora vas a estar en casa? El ritmo frenético en que vivimos se ha parado de golpe, y el teletrabajo no podrá mantener la economía a flote. Cerrarán negocios, quebrarán empresas, caerán las acciones, los precios de las casas, muchos irán a la ruina, aumentará el paro, la Seguridad Social (suerte de aquellos que la tengan) sufrirá un colapso y ojalá no se vean obligados a poner umbrales de edad para ver a quién no tratan... Señores, ¡quédense en casa! No vayan a los parques vacíos, ni al estanco, qué buen momento para dejar de fumar, no suban a comprar el periódico (vale, papa?, que hay suscripciones online), no hagan colas apretadas en el súper ni en el metro, no usen el transporte público si no es absolutamente imprescindible, y si lo hacen, guantes, distancia de un metro o más con el de al lado, bufanda, gafas, y lávense las manos como si hubieran matado a alguien.
Asumo la situación con dolor y rabia, pero ya en paz, sabiendo que no hay nada más que podamos hacer, sólo esperar, acurrucar nuestras mentes en la fe ciega de que será estacional, y ahora sí miramos a Oriente para creernos sus estadísticas, pues necesitamos garantías de que al cabo de un mes estaremos al otro lado de la mediana. El problema, señores, es que a diferencia de ellos, nosotros tendemos a no escuchar, a creernos que sabemos más que nadie, a adquirir la actitud pasota del que todo lo sabe y nada necesita, y pecamos del egoísmo que no se paga con la propia muerte, sino con un resfriado pasajero que viviendo en ti apaga las vidas de muchos otros, y ni si quieran tienen que estar cerca porque lo que tocas se convierte en un arma letal de largo alcance. Por favor, quédate en casa, todo puede esperar, tú que puedes asómate a la ventana para ver el cielo de Madrid, ése que los imbéciles nombran en vano para ser retwiteados. Yo miro el cielo de Boston y conjuro el momento de subirme a un avión para llegar a Barajas y besar el suelo madrileño.