Mostrando entradas con la etiqueta Alejandro Sanz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alejandro Sanz. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de octubre de 2021

Contigo

Siempre he sido una persona de lágrima fácil, algunas palabras tienden a estrujarme el corazón como un abrazo inesperado que se pasa de fuerza. La primera vez que vi a mi hermano en el aeropuerto después de un año y medio de pandemia tuve un ataque de realidad irreprimible. De repente comprendí que el tiempo perdido ya no volvería, y que todos los días que compusieron aquellos largos meses de angustia ya nunca regresarían colgando de las hadas. Lo abracé fuerte y lloré mucho, muy alto (hasta que el pobre sintió vergüenza), porque las lágrimas en ebullición son complicadas de amainar. Experimenté la misma sensación al abrazar a mis padres y a mis otros hermanos después de un año entero sin tocarnos. Simplemente no podía creer que estábamos juntos de nuevo, en la misma habitación, todos sanos y sin debernos más que tiempo. 

Llegué a mi clase de flamenco un día en el mes de mayo, con mi camiseta de "La Gira" de Alejandro Sanz. Lupita me mira y pregunta: ¿vas al concierto? y yo, con pesar y tristeza le digo que no, que había descartado la opción de ir a Nueva York porque aquí no tengo con quién. Mi inseparable compañera de conciertos está a más de 5000 kilómetros de distancia. "¿Pero cómo? ¡Te vienes con nosotras!" En ese momento el cielo se abre y guía mi mano con tanta destreza que antes de empezar la clase ya había comprado una entrada para escuchar al maestro el 10 de Octubre en el Radio Music Hall de Manhattan. Faltaba mucho tiempo, no sabíamos si el concierto tendría lugar o se cancelaría como todos los demás, pero la semilla de la ilusión ya estaba plantada.

A dos semanas del concierto las dudas continuaban, pero al final decidimos que hay cosas en la vida que simplemente deben hacerse. Y allá que nos fuimos.

El fin de semana se fue construyendo poquito a poco, en los cimientos de un atasco de cinco horas que habría de culminar con una fiesta de cumpleaños de un español bostoniano en la Gran Manzana, con sus tapas y su vino y sus juegos de mesa incluidos. Empezábamos bien. 

El domingo amaneció lluvioso (ninguna novedad en Nueva Inglaterra), pero se fue portando para dejarnos visitar toda esa magia que Nueva York se guarda para los más pequeños. Inés visitaba NYC por segunda vez, pero fue la primera en que fue consciente de su grandeza. Tocamos el piano de la FAO con los pies descalzos imitando a Tom Hanks, aunque sólo una de nosotras vivió las notas como reminiscencias de la película Big. Las dos lo pasamos en grande, ¡eso sí!

Por la tarde tocaba ponerse en marcha, encontrarme con las chicas y entrar en aquel teatro donde se entregan los premios Grammy. Todo era raro, irreal. Llegar a un concierto de Alejandro Sanz con sólo 15 minutos de antelación es impensable en Madrid, y allí estábamos, tan ricamente sin apretujarse ni demasiadas colas. Para bien o para mal, la pandemia nos ha achicado a todos. Me siento en mi butaca roja y miro alrededor, muchas caras expectantes, rojo resplandeciente, terciopelo por doquier. Hay muchas butacas vacías, impensable, increíble, insalvable. 

Suena ese acorde de guitarra eléctrica que tan bien conocemos y aparece Alejandro con sus andares de "acabo de entrar al salón de mi casa" y el aplomo inconfundible del que lleva 30 años subido a un escenario. Ruedan lágrimas por mis mejillas que yo no he sido consciente de derramar, con pucheros y todo. Me miro por dentro y veo el engranaje de todas esas palabras y pensamientos que han llenado mi mente durante los últimos 18 meses. Volver a estar en un concierto rodeada de gente, cantando al unísono como una sola voz, de verdad que no pensé que ocurriría tan pronto. Sus manos tocando las de los fans de la primera fila fue como ver una sirena a lomos de un unicornio trotando por el anillo de Saturno. Irreal, idílico, inflamable. Las lágrimas sólo son un vehículo que transporta las emociones, y algunas emociones son tan fuertes que tienden a desbocarse, como un géiser que se expande cuando menos te lo esperas, y te empapa de vida por dentro y sólo puedes dejarte llevar y que se drene toda esa angustia encapsulada. Este concierto ha sido una prueba más de que lo estamos superando. Me acoplo a la música con otro grado de madurez, menos cantar y más escuchar, incluso tiempo sentada. Comprendo que llevo 30 años generando emociones con estas letras, y que soy una privilegiada por tener ese derecho. Son los recuerdos de toda una vida y son las abstracciones que uno hace de lo que ha vivido. Me quedo con mi parte sensible y vulnerable, soy lo suficientemente fuerte como para llorar en público sin darle demasiada importancia. Así soy, así crezco, así quiero seguir siendo.



Y cuando ya creía que no podía aprender más de esta involución, Alejandro se arranca por Sabina y deja al teatro medio mudo. Lógicamente, el público latino conoce menos estas letras. Y yo que muda no me quedo, aun cantando una letra que conozco al dedillo desde hace años tengo una epifanía: Yo no quiero domingos por la tarde, yo no quiero columpio en el jardín, lo que yo quiero corazón cobarde es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren. Todo está en las letras, sólo hay que pararse a escuchar. Por eso al próximo concierto iré contigo.



martes, 3 de septiembre de 2019

Te voy a seguir siempre

Los posts de este blog siempre han salido de un tirón, nunca he reescrito casi nada, pero sobre todo, nunca he dudado ante la primera frase. Ésa es una frase que pide nacer, que suele cocerse a fuego lento mientras hago la colada, voy en bici al trabajo o le cambio el medio a mis células. Hoy, por primera vez, he reescrito la primera frase hasta cuatro veces, antes de decidir que lo mejor sería usar la sinceridad. Quizás porque cuando escribo no busco un público, ni un destino, sólo busco caminar para ir descubriéndome a mí misma. Desde aquí me acerco a los corazones que ya duermen en España, a las sonrisas somnolientas que habrán de formarse mañana. Es también mi idioma, ya sabes. Sin embargo hoy es distinto, porque si tus ojos alguna vez acarician estas letras, podrás ponerles una cara, una historia, el calor efímero de quien te abraza como si te conociera de toda la vida. ¿Pero es que acaso no es así? Cuando gritas el alma a los cuatro vientos, con o sin canción, te expones a ser admirado y querido, te expones a ser analizado y comprendido. Tu poesía es el guión de la vida de muchas personas, que sin ser lo mismo se adapta fiel a todas ellas como una historia que se narrase a posteriori, y sin embargo, todas esas personas somos diferentes, a veces diametralmente opuestas, ¿no te parece maravilloso? Es una melodía consenso que no se escribe una sola vez, sino que se reescribe en cada momento que vivimos, en cada error que cometemos, en cada vuelta atrás que ya no hay. Mi distancia con España me ha brindado el privilegio de comprender esas otras historias que se narran con otro tipo de nostalgia, que quien no ha vuelto a su ciudad no puede comprender lo que es volver a estar entre tu gente. A este lado del mar la gente también se identifica con tus letras, y me embarga la emoción cuando se alzan miles de voces de todos los colores para cantar al unísono el Corazón Partío en el Madison Square Garden de Nueva York. ¿Pero qué hago yo allí? Empecemos la historia por el principio:
"Hay alguien que te quiere conocer", podría haber sido el título de un programa de televisión de esos malos, podría haber sido spam, podría haber sido una broma pesada... pero resultó que era verdad. De todas las formas en las que me había imaginado conociéndote (y fueron muchas), ninguna contemplaba la posibilidad de que fueras tú el que quisiera conocerme a mí. Supongo que es la magia de las redes sociales, y aunque llevo toda la vida admirándote, es en esta era donde las palabras viajan más lejos y más deprisa. Así llegó a ti como un boomerang la emoción de ese concierto que diste en junio en Madrid. Y como una cola estelar, también la emoción que arrastraba de todas aquellas veces en que me escribí la vida con tu música. Mis viajes en el tiempo son cada vez más necesarios, porque la vida corre demasiado deprisa y yo quiero aferrarme a las camisetas de los conciertos, a los viajes en el Renault Clio de Lauri con tus discos a toda pastilla, volviendo del Vicente Calderón en una nube de energía positiva que le restaba importancia a todo. En España he recorrido los kilómetros a cientos, después he volado miles de millas atlánticas en un solo fin de semana, y por último he conducido seis horas en un tráfico infernal para volver a verte de nuevo en Nueva York, eso sí, si las otras veces merecieron la pena, ¡qué te voy a contar de la vez en la que iba a conocerte! No llegué a creerme del todo que aquello estaba ocurriendo hasta que se abrieron las puertas y te vi al otro lado, tan cerca que eras alcanzable, con el semblante cansado que te hizo humano de repente. Extraño y a la vez natural, porque te conozco de siempre (ya sabes), igual que te conoce Inés, que lleva escuchándote desde la 16 semana de gestación (antes no porque no tenía oídos). Por eso, a sus dos años y medio, esa pequeña endorfina del chupachups de fresa, se pasó las dos horas de concierto bailando sin parar y al día siguiente decía que ella quería ir otra vez "a oír cantar a ese señor"... Un día comprenderá que el primer concierto al que asistió (segundo, si contamos el streaming de +es+ cuando tenía cinco meses) fue un día inolvidable en la vida de su madre, y el poder compartirlo con ella y con Daniel fue simplemente maravilloso. Gracias por eso también. 
Como todo era irreal y no quería hacerme ilusiones, ni si quiera había planeado qué te diría. Por otro lado, tampoco habría sido yo si hubiera enjaulado mi espontaneidad. Fue un instante de aire y calor, y me quedé con ganas de decirte muchas cosas, ¡y de invitarte a una paella la próxima vez que pases por Boston! Pero la felicidad se me derramó a borbotones, así que estoy segura de que te llevaste parte pegada en las suelas de los zapatos. Veintisiete años, se dice pronto, esperando que se pare el mundo y caigamos en la misma casilla. Pero es verdad que tu cercanía anuló mi máquina del tiempo, no volví a tener once años, ni si quiera quince, qué va, me quedé en mis treinta y ocho para saber apreciar la suerte de conocerte por fin, a este lado del mundo donde se cumplen los sueños, donde el abrazo se deshizo por fuera pero te sigue abrigando de lejos, donde mi alma rezagada se escapó para rezarte como a un dios pagano: "te voy a seguir siempre".

domingo, 16 de junio de 2019

La Gira

He recorrido 5000 kilómetros para verte, podría haberlos recorrido a pie, a nado, o a rastras, y también habría valido la pena. Al igual que "ya quisiera el oro ser tiempo", ya quisiera la distancia ser olvido. Hace 7 meses, Lauri me envió una captura de pantalla con una fecha y un destino: 15 de junio, Madrid. No dudé, acepté el trato: "consigue la entrada y me compro un vuelo". Siete meses después le dije a Inés al cerrar la puerta: "Adiós cariño, mamá se va a España a ver a Alejandro Sanz", y ella, feliz, contestó: "¡Adiós mami!". Aunque aún no comprende lo que significan las distancias, a sus dos años de edad ya sabe quién es Alejandro Sanz y lo importante que es para su madre. Asistió a su primer concierto con sólo 4 meses, y aunque es pronto para comprender magnitudes, ya sabe que algo muy grande crece dentro de mamá cuando escucha tus canciones. No espero que nadie lo comprenda, pero creo que ella lo hace, por eso no ha derramado una sola lágrima en estos 4 días sin su mamá.
Llego a Madrid que también es mi cicatriz, al igual que la tuya, la ciudad por la que entré al mundo y que meció mis años de niña, la ciudad donde nos hemos citado tantas veces desde aquel Viviendo deprisa en el parque de atracciones. Durante los últimos 25 años, mi vida ha sido una evolución constante, gradual o abrupta dependiendo del cuándo. Sin embargo, mi lealtad hacia tu música ha permanecido estoica, inamovible, sólo haciéndose más fuerte y cabezota cuando tus canciones se volvieron oscuras y los jueces necios despreciaban el arte sin comprender que la vida es cambio, y que al igual que Sorolla, tú también tuviste tus épocas de luz y sombras. Luego vinieron las mías, y tantas veces me refugié en tus letras que a menudo fueron cosidas a mis álbumes de recuerdo anímico, actuando como banda sonora de un largometraje que un día se prendió fuego y hubo que reconstruir con mimo y cuidado. Nos cantamos a grito pelado en las Ventas de Madrid, también en el Vicente Calderón muchísimas veces, en el Palacio de los Deportes, en Córdoba, y hasta en Boston, cuando ya mi nombre no figuraba entre los empadronados en España. Comprendí que no es lo mismo ser que estar y que la vida hay que conducirla como un tren de alta velocidad que transporta explosivos. No sería la primera vez que hago coincidir mis vacaciones con uno de tus conciertos, pero esta vez el algoritmo de la maternidad y el trabajo no me ha permitido tanto, así que me he limitado a embarcar mi corazón en un viaje de fin de semana que ha resultado ser fascinante. Creí que venía a un concierto, pero en realidad he venido a arrancar lágrimas futuras, a abrazar el trozo de mi alma que se quedó con mis padres, y que tú me has dedicado sin saberlo en la portada de tu disco y de mi corazón.

Como doce horas de aviones y escalas no me parecieron suficientes, hice otras cuatro horas de cola a las puertas del Wanda Metropolitano para poder acompañarte un poco más cerca. Cuando por fin llegó el momento de volver a verte en el escenario, se me escurrieron dos décadas y lloví recuerdos por dentro, como si tuviera una copia de seguridad de todos aquellos momentos que creía perdidos cuya clave se esconde secretamente entre tus letras. Esa es la magia que me embarga desde niña, y que sólo la sensatez y la realidad de la madurez envuelven en el marco perfecto que me eleva a un nirvana privado. Porque ahora soy adulta y puedo darme cuenta de que es un privilegio poder sentir como siento, poder viajar en el tiempo subida a tus partituras, poder defender la letra de TODAS tus canciones, y sentir orgullo y no vergüenza al reconocer que he recorrido diez mil kilómetros en un fin de semana para volver a vivir veinticinco años comprimidos en dos horas y media.
Los científicos buscamos respuestas de forma empírica, elaboramos teorías y pretendemos comprender el porqué racional de todas las cosas; pero cuando se trata de ti, para mí es como una fe contra la que no puedo luchar, una religión poética que tiene sus propios mandamientos, y me obliga a reconocer que en realidad no he viajado en el espacio sino en el tiempo. Vuelvo a Boston con la satisfacción de haber vivido una noche mágica e imborrable que me abrocha otro poco a Lauri y a mi propia alma. Nos miramos con ese reconocimiento inexplicable y sincero para grabar en nuestra memoria otro recuerdo más. Pero estos recuerdos no se guardan en imágenes ni en palabras, sino en sentimientos que aflorarán una y otra vez cuando escuchemos de nuevo los acordes de tu guitarra y mi emoción se descodifique en un torrente de sensaciones maravillosas. Esta energía renueva mi luz interior y no permitirá que me quede a oscuras, ni si quiera cuando lleguen las sombras de la nostalgia que quieran llevarse mi fe. Al contrario, bailaremos juntas en la reminiscencia del miedo que se ha ido quedando pequeño, y que al pasar por delante de puntillas y ver lo que hemos conseguido, sólo puede darse media vuelta y replegarse hacia el pasado, allí volveremos a buscarlo siempre que queramos, siempre que necesitemos sentirnos vivos, pero allí lo dejaremos luego para seguir mirando hacia delante.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Lo que fui es lo que soy

Cumplidos los 38, siento el peso de mi vida como una mochila de viaje que no para de llenarse. Algunas veces me aprieta, la deposito en el suelo y vacío algunas cosas, pero en general todo se queda conmigo, al menos durante unos años. Cuando pienso en ello me parece que no puede ser, que es imposible que haga 20 octubres que empezaba mi último curso de instituto, que es imposible que sea mayor de edad desde hace tanto tiempo... Que hace 20 años de demasiadas cosas.
Acabo de ver la película documental "Lo que fui es lo que soy", del gran Alejandro Sanz, y me he quedado llena y vacía. Llena de luz, de buen rollo, de paz, de emociones... pero también de melancolía, de recuerdos, de momentos que ya nunca volverán. Vacía de pequeñas cosas, de lágrimas viejas, de las ganas de desgañitarme a grito pelado contra el mundo. Y me da vértigo pensar que me hago mayor. He vivido en los mismos acordes durante muchos años, y aunque para mí no han cambiado tanto, resulta que las nanas que luego fueron lentas y más tarde bulerías, se han convertido en rock y música clásica ausentes de poesía. Los años se han ido llevando esos ratos de papel y lápiz, ese derramarme en ríos de tinta que se fueron plegando como aviones de papel. Las obligaciones han ido ocupando los renglones vacíos (casi todos en inglés), y ya casi no queda espacio para las palabras nuevas. La vida no me deja tiempo para parar, para degustar, paladear, para escuchar las notas antiguas. Demasiado ocupada en aprender, con el listón siempre un poco por encima de lo que puedo tocar con la punta de mis dedos, hasta de puntillas...  empiezo a dolerme del recuerdo y a temer perder la memoria.
Cuando era pequeña y mi madre contaba sus historias del colegio, a mí me parecía que aquello había debido de ocurrir en otra era, y ahora veo a mi hija que pronto pensará lo mismo de mí y pienso "pero si fue ayer, si yo jugaba con Lauri a las muñecas el otro día, y paseábamos a mi gato Honorato en el carro con su gorro y sus manoplas". Es imposible que mi Hono lleve 25 años enterrado, no me creo que los años sigan teniendo las mismas semanas que entonces. ¿Qué fue de aquellos veranos que duraban infinito? ¿tanto que se te quedaban pequeños los zapatos de invierno?... ¿Qué fue de aquellos cursos académicos que parecían no tener fin? Si a mí ahora me parece que no puedo entregar a tiempo los trabajos de enero porque resulta que está a la vuelta de la esquina. Pero es que me he dado cuenta que el tiempo se normaliza por décadas. En la mía, ya más cerca de los 40 que de los 30, los lunes pasan a ser viernes con la misma rapidez con la que antes llegaba sólo el miércoles.
Me consuela pensar que el tiempo ha sido bien empleado, que probablemente se hace más corto cuanto más se rellena de momentos vividos. Sin embargo, en el fondo sigo intentando retenerlo, andar más lento, requedarme por las noches para alargar las horas del día como si la Tierra pudiera girar un poco más despacio... De noche abro los ojos en medio de la oscuridad y me abruman quince ideas que no se conforman con mañana, me quitan el sueño durante horas y me dejan un rastro de ojeras que me acompaña todo el día. Pues mira, esto tampoco ayuda, la verdad, que la edad no pasa de largo por mi epidermis insomne... Y a pesar de todo, sigo pensando que estoy en el pico de la campana, y que Gauss estaría de acuerdo en que esto volverá a ralentizarse el día menos pensado. Probablemente cuando pueda volver a sentarme a hacer la nada en el sofá, o coger una hoja en blanco y empezar a vaciarme sobre ella, como siempre, como ahora, porque es la única herramienta que me permite controlar el tiempo, traer el pasado, sentarme a vuestro lado en un recuerdo y volver a sentir exactamente lo mismo, con perspectiva, con menos dolor, también con menos alegría, pero con una nostalgia infinita que me recuerda que he vivido. Y sí, todo eso que fui está aquí, formando parte de lo que soy ahora, recordándome que hace falta espacio y tiempo para todo, que sólo hace falta invocarlo.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Después de la tormenta siempre llega la calma...

Hoy he leído una noticia en la que rememoraban que hace 19 años que salió el disco "Más" de Alejandro Sanz. Sin duda este disco ha sido la banda sonora de mi vida, y aunque ya sé que lo he mencionado hasta la saciedad, no me canso de contemplar mi historia ligada a todas esas canciones como si fuera un montaje de fotos que pasan aprisa al ritmo de los acordes.
Quizás porque estoy viviendo la etapa más feliz de mi vida, o quizás porque el hoy siempre es mejor que el ayer, me encuentro una y otra vez haciendo balance de lo vivido. Comprendo que en España vivía demasiado deprisa, y sin embargo, demasiado despacio. En el fondo los días se perseguían con el mismo traje de faena, las responsabilidades colgando a modo de bandolera y dirigiéndose siempre hacia el mañana, como si el mañana guardase algo diferente. Y vaya si lo guardaba... miro atrás y veo a aquella alumna del colegio Hermanos Tora, las tardes en los columpios con el bocata de chóped en la mano, las canciones, la plazoleta, el Hono... qué poco me preocupaba el siguiente paso, el instituto. Cada día durante cinco largos años (que por supuesto a esa edad, me parecieron eternos) asistí a las clases del Dolores Ibarruri (excepto si huelga, que era a menudo, y sólo ahora entiendo la falta que hacía), un centro con unos profesores alucinantes en medio de uno de los peores barrios de Fuenlabrada. Tiempo de incomprensión, de lucha, la adolescencia de una niña que, ahora comprendo, vivía la transición generacional de empezar a trabajar con 14 años vs la formación académica superior. Guardo con un cariño enorme los días vividos entre aquellas paredes de baldosines rosas, Tatiana y Maite, los recreos cuando aún se podía salir a la calle y, sobre todo, muchas horas de estudio que al principio no es que dieran muchos frutos, pero que acabaron dándome alas. Lo que ocurre es que uno evoluciona, a favor o en contra de la corriente, y al final, aquella chavala que fue la tercera de una familia de currantes incansables, fue la primera en ir a la Universidad, esa institución imponente que nadie en mi familia había conocido hasta entonces. Otros cinco años infinitos que, sin embargo, se iban acortando imperceptiblemente a medida que iban pasando. Aquel primer día de curso en el que conocí a las que luego serían mis amigas para toda la vida, todas aquellas jornadas de comer en el suelo, entre las pelusas, de pasar frío en esas aulas gigantescas que te hacían sentir diminuta. Aquellos maravillosos años de mi vida en rosa y sombras. Eso sí, rebozados en miles de horas de estudio y aplicación enfermiza... ¡ay si volviera a vivir! igual alguna asignatura más me habría quedado y alguna juerga más habría corrido. Todos esos libros y toneladas de apuntes almacenados en mi cabeza, organizados, como si de un archivo centenario se tratara. Y sin embargo, qué poco sabía. Incluso cinco años después, con un doctorado y muchas tablas para salir del fango que me llegaba siempre hasta el cuello, qué poco seguía sabiendo. Resulta extraño que a medida que van pasando los años tengo la sensación de que sé menos, o acaso soy mucho más consciente de todo lo que desconozco. Este síndrome del impostor me persigue día y noche y me hace replantearme, aproximadamente un par de veces al año, que todas mis hipótesis son producto de una mentira edificada sobre un artefacto explosivo que el día menos pensado estallará y me mandará de vuelta a la plazoleta. Pero de alguna manera, contra todo el pronóstico que se auguraba en mi partida de nacimiento, sigo aquí, evoluciono, a saber, que la vida va poniendo a cada uno donde le toca. Pero cada vez soy más consciente de que me queda tanto por aprender que es imposible en una vida abarcar todo ese desconocimiento. Y sin embargo, por otro lado, creo que este es el fin único que perseguía, el hacerme preguntas, el hacer preguntas, el plantearme opciones y tener que tomar decisiones continuamente. El que los días hayan dejado de ser predecibles para ser totalmente lo contrario, esta canción es diferente. Creo que he llegado pues a ese momento en el que uno acepta su mediocridad, y casi la asume, y precisamente ahora es cuando Harvard ha decidido que me quieren para ellos. Así que punto y seguido, me quedo, otra canción, una nana.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Vuelta a los 15 años

Se apagan las luces y a mí ya me tiemblan las piernas, y eso que han pasado más de 20 años y que yo ya no me achico con casi nada... y eso que ya lo vi en Córdoba, hace un mes escaso, y en el fondo debería ser lo mismo.... Pero no es lo mismo, no es lo mismo Córdoba que Madrid, porque en Madrid  todo sigue como siempre, porque aquí he vibrado con su música en cada uno de los conciertos que ha dado durante estos veintitantos años. Porque en Madrid cabe mi vida, mis recuerdos, mi nostalgia, mi mochila de verdades, mis alegrías, mis tristezas, mis amigas y mi gente. En Madrid se encuentra la parte de mi corazón que quedó aquí cuando me marché, y esa parte, a su vez, está dividida en pequeñas partes entre las que se encuentra mi amor incondicional por el que ha sido mi ídolo desde que tenía 10 años: Alejandro Sanz.
No me da vergüenza ni de lejos, no me cuesta reconocer que soy absolutamente subjetiva con todo lo que canta y lo que escribe, me gusta y punto, me da igual lo que opinen los críticos y la gente que se quedó en el camino... para mí es un poeta. Es de esas personas capaces de coserte el alma con palabras, de anudar momentos en recuerdos y en la letra de una canción. Hoy me he sorprendido descubriendo nuevos mensajes en las letras que llevo escuchando durante más de dos décadas. Descubro partes de mí misma encerradas en sus estrofas, como agazapadas, saltando sobre mi recuerdo en un vuelo imparable hacia las hoces de otro tiempo. Y aunque es un túnel infinito que me produce una enorme nostalgia, también es una emoción dulce y embriagadora que apenas puedo contener y que me transporta automáticamente a la edad de 15 años, los mismos que ya he cumplido dos veces. Y luego miro hacia la derecha y ahí estás tú, siempre con tu sonrisa y esos ojos que me lo dicen todo porque se encuentran con los míos en las mismas circunstancias desde hace tanto tiempo ya que ni me acuerdo. Desde aquella primera vez en el parque de atracciones, cuando éramos tan chicas que tenían que acompañarnos los adultos. Y luego fueron sucediéndose uno tras otro los veranos, los discos, los conciertos, las colas, las coladas, las firmas, las esperas infinitas endulzadas por la pasión que compartimos y que vivirá dentro de nosotras para siempre, amiga mía.

Esas canciones tienen un poder mágico que acciona un interruptor en mi corazón. No es cerebral, es extraño. Oigo los primeros acordes y ya se me agolpan las lágrimas a las puertas de los ojos, porque han pasado tantas cosas, porque hemos vivido tanto, porque siempre até mis recuerdos con sus frases, y porque de esa manera se hallan ahora enhebrados en mi corazón ignorando mi voluntad. Me encuentro invadida por un sentimiento propio y a la vez ajeno que no puedo controlar y que dicta mis emociones como si fuera una hormona premenstrual. Los acordes se persiguen y me arrastran por el tiempo haciendo que cada vez sea más intenso e irracional este amor de adolescente que por mucho que se haya ido a vivir a Boston y trabaje en Harvard sigue perdiendo los papeles en cada concierto, desgañitándose hasta hacer añicos los acordes de su propia voz perdidos en una melodía desafinada de sobreexpresión y bailes. Pocas cosas en la vida me emocionan con la misma vehemencia, por eso merece la pena abrir el mundo en dos y subirse a este tren de los momentos. Porque hay cosas en la vida que no pueden conseguirse más que viviendo deprisa, pisando fuerte y compartiendo las miradas con el alma al aire, porque luego, cuando estemos a solas mi soledad y yo, podré curarme el corazón partío con todo aquello que me diste.


jueves, 7 de noviembre de 2013

Alejandro Sanz meets Berklee

Una pasión que empezó siendo sólo una niña y que dura ya más de 20 años. Lejos de debilitarse, la ilusión se ha ido haciendo más intensa con el tiempo, prueba irrefutable de que sigo siendo la misma persona, por mucho que las circunstancias me hayan llevado a sitios diferentes. He crecido reconociéndome en muchas de sus letras, poniéndole banda sonora a los momentos más importantes de mi vida, hecho que provoca un revival inmenso cada vez que las mismas notas se cuelan en mi presente. Estas connotaciones son a veces una putada importante, ya que anclan los recuerdos con imágenes y sonidos con tal nitidez que eres incluso capaz de sentirlos a través del tiempo, siempre llenos de nostalgia. Ahora, dos décadas más tarde, me encuentro de frente con mis raíces españolas más profundas, Alejandro Sanz recibe el título de doctor Honoris Causa por la Berklee college of music, la escuela de música más importante del mundo, que se encuentra, para mi suerte, en Boston. Este verano, por primera vez, me perdí un concierto de Alejandro Sanz en Madrid, y aunque soy ya muy mayor para quinceañera, estos conciertos tienen la habilidad de transformarme como si fuera de plastilina; me unen a Lauri con unos lazos que nadie comprende, y me emocionan por ello más que cualquier otra música en el mundo. No es sólo poesía, que lo es, es historia de mi propia vida y de los caminos que he ido tomando, es sentir que tengo toda la vida por delante y potencialmente el mundo a mis pies; por eso cuando me siento en esa butaca y veo aparecer a mi ídolo tocado de toga y birrete, vuelvo a tener quince años y la vertiginosidad se apodera de mí.
Comienza un discurso que es poesía asonante, palabras que se van perdiendo entre la gente y que hacen que olvide lo que hago aquí, o que estoy aquí, porque en realidad en ese momento, estoy en España, estoy en las Ventas, o en el Palacio de los Deportes, con mis chicas, gritando como una loca e incapaz de sentirme ridícula. Y aunque la mayor parte de las fans de mi edad han ido desistiendo con los años, me niego a dejar de usar una herramienta que consigue transportarme a través del tiempo como si fuera posible y que me provoca sentimientos muy dispares, encontrados, algunos de ellos ya casi olvidados. Por eso me dejo llevar cuando suena el Corazón Partío, y no porque sea mi canción preferida, que lo es, sino porque es un idioma que conozco, que me da alas, que me recuerda que hace años tenía sueños, y que luché por cumplirlos, y que por eso estoy aquí. Y a veces me pregunto, como muchos, si todo tiene un final, si es verdad que los sentimientos no pueden ser eternos y acaban muriendo sin remedio, y la verdad es que no lo creo, creo que es increíble reilusionarse, apasionarse por las cosas y por las ideas, creo que es de valientes el no darse por vencido, incluso cuando todo parece perdido. En el fondo creo que la respuesta reside en cada uno de nosotros, y que no es el "sentidor", sino los mismos sentimientos los que deciden cuando terminan, y entonces ya no puedes hacer nada por retenerlos, por eso hay que cuidarlos con mucho mimo. Lo que pasa es que a veces es difícil, y lo fácil es desistir, pero no hay que olvidar que muy pocas cosas importantes se consiguen sin esfuerzo.
El maestro termina su discurso dejándome un vacío extraño, con palabras que saben agridulces y en las que, como siempre, me reconozco:  "Hay que prepararse para el ruido, la opinión, el juicio de terceros, que no te afecte. La duda es buena, la falta de carácter es el embrión del trueno. He atravesado desiertos de silencio para llegar aquí, he remado entre hojas secas para poder estar aquí, he lanzado al aire millones de latidos como bengalas para, finalmente, verme aquí... y mereció la pena".