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domingo, 19 de octubre de 2014

Que viene el virus

Un virus nos acecha, un virus mortal para el que no tenemos anticuerpos, ni experiencia, ni preparación, ni protocolo, ni medidas profilácticas, ni si quiera trajes semipermeables con los que enfrentarnos a él mientras entramos en contacto con las miles de personas que se encuentran ya infectadas. No es el Ébola, no vayan a creerse, el Ébola es un virus mortal que tratamos de mantener recluido lejos de nuestras fronteras, allá en África, donde las vidas valen mucho menos que en Europa o en América. El Ébola nos viene grande, nos aterra, nos pone a expensas de un sistema inmune deficiente y perecedero, pero sin embargo es visible, al menos al microscopio, o con una PCR. Podemos demostrar que existe y aun con gran esfuerzo, combatirlo. Sin embargo el otro virus, ese cuyos síntomas son la desvergüenza generalizada, la desfachatez sin límites, el egoísmo infinito y la falta de moral, ése no somos capaces de reconocerlo ni aunque se ponga un traje de flamenca o nos pase por encima con un Jaguar. Ese que, fíjense bien, es el virus que acabará asolando la humanidad, que terminará con todas nuestras esperanzas, con nuestros principios, con la educación que a base de mucho esfuerzo recibimos a lo largo de los años, ese virus que viste de Armani y lleva un taco de tarjetas negras en la cartera, que desconoce el significado de la palabra sacrificio, que no entiende de intereses tanto como de interesados, cuya carga no disminuye con el tiempo sino que incrementa, y se reproduce, y se contagia, y nos rodea, y nos vapulea, y nos mea y nos caga porque al fin y al cabo, no somos capaces de reconocerlo; se encuentra en todos aquellos políticos que obvian que la corrupción es un delito, en todos aquellos hijos de papá que no han tenido nunca que enfrentarse a una entrevista de trabajo, ni a un examen, ni a una factura a la que no pueden hacer frente. Se encuentra en todos esos jueces que se venden en mercadillos, que están de oferta para los que llevan el traje de Armani comprado con las preferentes que otros ahorraron durante años. Y bien mirado, este virus se alimenta de la mediocridad de los humanos, de la ignorancia de los analfabetos, del cinismo de los banqueros, del descaro de los ricos, de la salud de los pobres, de la inteligencia de los exiliados. Se replica a tal velocidad que cada día salen nuevos infectados de debajo de las piedras, contaminan ayuntamientos, asambleas, concejalías, pequeñas y medianas empresas... y aun así, siguen paseándose de lado a lado del mundo sin necesidad de mutaciones, porque a diferencia de nuestro sistema inmune, nuestro sistema judicial no sabe reconocerlo, ni defenderse, ni defendernos, sino que más bien tiene un extraño efecto sinérgico mediante el cual, cuanto más infectado se está, más posibilidades tiene uno de salir adelante.
Pobres de aquellos que temen lo que no es, pobres de aquellos que repudian a los vecinos de Teresa  Romero porque les creen portadores de un virus que no puede contagiarse a través de las paredes. Pobres de aquellos que ponen el grito en el cielo ante de la llegada de un virus que lleva años acechando a la humanidad en otras regiones, pero que no son capaces de huir de la epidemia que nos acecha desde hace tanto o más tiempo en nuestro país. Pobres de los que se lavan las manos después de tocar a un perro y no después de tocar el dinero con el que otros se limpian el culo.

domingo, 6 de abril de 2014

Eso que trajimos en los bolsillos

Nos llenamos los bolsillos de esperanza, de ganas de construir, de sueños por cumplir, de todo por hacer. . . Pesaban tanto que pagamos el extra por exceso de equipaje, sobrepeso desmesurado para lo austero del viaje que emprendíamos. El frío congeló el recuerdo desde el principio, dejando unas gafas amables que sólo nos permitían mirar hacia adelante. Seguían pesando los sueños, pero ya menos, achicados por el conocimiento de lo cierto y lo engañoso, lo que desde lejos brilla y de cerca es sólo cuarzo tallado por la erosión. Es más pequeño el infinito de lo que pensamos, es más ligero el olvido que la esperanza, aunque no lo parezca. Y sin embargo, cuando menos te lo esperas, descubres un pequeño agujero entre las costuras, esos por donde siempre se te escapan las monedas. Se va el dinero también, porque el dinero tiene esa facilidad para marcharse. Coso mis bolsillos rotos con unos hilos que me ha prestado la dicha, los dichosos hilos contentos de color verde, el de la esperanza, que sigue presa en la entretela y actúa como lastre empeñada en aliarse con las fuerzas gravitatorias. Me paro a veces a coger aliento, sobre todo cuando llueve, porque es entonces cuando más me cuesta recordar cómo era el sol, cómo era eso que brillaba siempre aunque fuera de mentira, hasta la madera brilla allá donde yo nací. Trola, es todo trola, que lo que brilla siempre es cuarzo, a veces alambre, y casi siempre una gota de agua de nada, un troyano, un trocito que se cayó del descosido bolsillo de otro. Me apresuro a recogerlo porque a menudo los céntimos vienen cargados de chispas, sobre todo cuando están de cara y no está Franco, hay otro tío, o no hay nadie, hay construcciones de esas que otros trajeron plegadas en un papel finito en el bolsillo de otro tiempo, del tiempo donde la queja tenía fundamento y sin embargo se ausentaba casi siempre. Miro en un libro gordo cómo era ese tiempo, cómo es que si está todo ahí escrito volvemos a caer una y otra vez en las mismas vicisitudes. Será la condición humana que también trajimos haciendo bulto, más que las otras cosas y siendo ésta una puñetera cualidad defectuosa que nos lleva a escoger mal a la hora de hacer el equipaje. Escoge tu tiempo, las vivencias y todo eso, lo otro, lo que cabe en los bolsillos y que se va cayendo por el camino, eso ya viene solo, y al igual que viene, también se va, y se olvida, y vuelves a coserte el roto para poder empezar de nuevo la historia de la humanidad.