Esas canciones tienen un poder mágico que acciona un interruptor en mi corazón. No es cerebral, es extraño. Oigo los primeros acordes y ya se me agolpan las lágrimas a las puertas de los ojos, porque han pasado tantas cosas, porque hemos vivido tanto, porque siempre até mis recuerdos con sus frases, y porque de esa manera se hallan ahora enhebrados en mi corazón ignorando mi voluntad. Me encuentro invadida por un sentimiento propio y a la vez ajeno que no puedo controlar y que dicta mis emociones como si fuera una hormona premenstrual. Los acordes se persiguen y me arrastran por el tiempo haciendo que cada vez sea más intenso e irracional este amor de adolescente que por mucho que se haya ido a vivir a Boston y trabaje en Harvard sigue perdiendo los papeles en cada concierto, desgañitándose hasta hacer añicos los acordes de su propia voz perdidos en una melodía desafinada de sobreexpresión y bailes. Pocas cosas en la vida me emocionan con la misma vehemencia, por eso merece la pena abrir el mundo en dos y subirse a este tren de los momentos. Porque hay cosas en la vida que no pueden conseguirse más que viviendo deprisa, pisando fuerte y compartiendo las miradas con el alma al aire, porque luego, cuando estemos a solas mi soledad y yo, podré curarme el corazón partío con todo aquello que me diste.
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miércoles, 9 de septiembre de 2015
Vuelta a los 15 años
Esas canciones tienen un poder mágico que acciona un interruptor en mi corazón. No es cerebral, es extraño. Oigo los primeros acordes y ya se me agolpan las lágrimas a las puertas de los ojos, porque han pasado tantas cosas, porque hemos vivido tanto, porque siempre até mis recuerdos con sus frases, y porque de esa manera se hallan ahora enhebrados en mi corazón ignorando mi voluntad. Me encuentro invadida por un sentimiento propio y a la vez ajeno que no puedo controlar y que dicta mis emociones como si fuera una hormona premenstrual. Los acordes se persiguen y me arrastran por el tiempo haciendo que cada vez sea más intenso e irracional este amor de adolescente que por mucho que se haya ido a vivir a Boston y trabaje en Harvard sigue perdiendo los papeles en cada concierto, desgañitándose hasta hacer añicos los acordes de su propia voz perdidos en una melodía desafinada de sobreexpresión y bailes. Pocas cosas en la vida me emocionan con la misma vehemencia, por eso merece la pena abrir el mundo en dos y subirse a este tren de los momentos. Porque hay cosas en la vida que no pueden conseguirse más que viviendo deprisa, pisando fuerte y compartiendo las miradas con el alma al aire, porque luego, cuando estemos a solas mi soledad y yo, podré curarme el corazón partío con todo aquello que me diste.
martes, 28 de octubre de 2014
28 de Octubre de 2014
Amanece mi tercer 28 de octubre en esta ciudad, hace ya algunas horas que es mi cumpleaños, muchas, en realidad, si vives en España. Las primeras felicitaciones colgaban en mi muro de Facebook hacia las 12 de la noche en este lado del mar. El primer abrazo cumpleañero y calentito lo recibí antes de irme a dormir, afortunadamente no todo es distancia. También las rosas, mis primeras rosas en plural, siempre estás en todo, llenando esos huecos... desde hace unos años vas cambiando mis nuncas por primeras veces, mis anhelos por cotidianidad, mis vacíos por plenitud infinita, y por eso me has ganado en todo y no me importa. Por la mañana me tocan el alma los ojos de chocolate, esos que me esperaban agazapados en el descansillo al abrir la puerta para ir a trabajar, y un cupcake con velita (que acabo de soplar con su respectivo deseo) ¡y un globo! y hasta una biblia envuelta en papel de colores que probablemente nunca leeré y que sin embargo me ha hecho más ilusión que un Nature. Porque Rosa también sabe a qué saben las tartas tristes, y los días señalados en que uno está lejos de casi todo. El día ha sido agridulce, a pesar de todos vuestros abrazos telemáticos, y cariño enwassapado, y pintadas en el muro de los comienzos felices. Y skype en una botella, y mensajitos enlatados, pero la distancia pesa un poco más en estos días. Será por eso que al volver a casa con la voz ya quebrada y sin ganas, me esperaban los brazos de Amanda en un paquetito tímido que se ha agrandado nada más mirarlo. Y en su interior he encontrado mis lágrimas en el fragor de los recuerdos, y he comprendido cuánto os echo de menos, cuánto cuesta mirar hacia adelante en los días señalados, y no hacia atrás donde correría el riesgo de quedar atrapada en los ratos felices. Y sobre todo he comprendido cuánto se revalorizan los amigos con los años, cuánto más vales ahora y cómo eres capaz de tocarme el corazón a cinco mil kilómetros de distancia con un solo gesto. Esas cosas que sólo consigue el amor, y que a mí me han venido regaladas por correo. Te quiero es poco, porque lo que pasa es que te necesitaba y ahí estuviste.Pero entonces llegaron los que ahora son mi familia, los de aquí, y me acompañaron un martes cualquiera, que hacía frío, que no apetecía la bici ni el metro. Me acompañaron porque es lo que hacen los amigos, y me demostraron lo importante que es sentirse querido, arropado, olvidar que durante un momento me había parecido un día triste, olvidar que los cumpleaños son ahora esos días durillos que uno pasa haciéndose el fuerte. Y son en cambio días felices de compartir risas y unas cervezas, de hacernos más cercanos, más nuestros... más amigos.
Hoy siento que en todos estos años, si de verdad he hecho algo bien, ha sido manteneros a todos a mi lado, haber merecido que hoy os hayáis acordado de mí aunque sea por un segundo. Suerte tener todo eso que sabe tan bien, tan a lo de siempre, tan necesario, con la capacidad de crecer en mi interior y agrandarse a medida que van pasando los años, y que va incluyendo también esas caras nuevas que también cuelgan sonrisas, y que son tan necesarias para que cada día sea el primer día del resto de mi vida.
sábado, 5 de julio de 2014
En Madrid
Se me había olvidado Madrid. Se había ido difuminando en su luz como un haz discontinuo de reflejos inventados que pierden conexión con la realidad a medida que va pasando el tiempo. Los recuerdos son traidores y en los míos Madrid había perdido tonalidad, brillo y contraste, y sobre todo virtuosismo, se había quedado reducida a los grises.
En los últimos días de preparativos no había mucho tiempo para pensar en nada más que en todo el trabajo que tenía que dejar terminado, o cuasiterminado a la espera impaciente e insoportable de volver a retomarlo sin haber olvidado todas las teorías que habían acudido a mí a última hora como un resfriado que pudiera llevarme puesto. Aunque parezca increíble y me dé vergüenza reconocerlo, me daba pereza venir a Madrid. Pero entonces esas hadas que siempre me leen el alma, en la distancia comenzaron a hacer cabriolas en el futuro, y a proponer, y a fantasear, y me inundaron las ganas de verlas y de poder abrazarlas de nuevo.
Aterricé en el aeropuerto recién bautizado Adolfo Suárez un día antes de lo que todos esperaban. Me recibió un Madrid tormentoso regado en granizo que se fue haciendo más amable a medida que pasaban las horas. Yo impaciente por poner los pies en mi tierra querida, yo ansiosa por recoger mi maleta y por no hacerles esperar más; mis chicas se hicieron materia entre la gente que se agolpaba en las llegadas, fabricando un abrazo en grupo que me supo a gloria y a mucho amor desenvainado. Sólo faltaba Mar, que en esos momentos se hallaba amamantando al pequeño Diego, ese desconocido que de alguna mágica forma ya había conseguido ganarse mi cariño. Chocolate con churros para empezar, ponernos al día ya en el coche, regocijo, canciones en mi cabeza... como si no hubieran pasado seis meses desde el último hasta luego. Segunda parada, ¡fotos viejas! un paseo por los años de amistad que hemos recorrido de la mano, muchas risas, mucha paz, la felicidad inmensa de estar de nuevo entre los míos. Y al fin llega Diego, y es tan suave, y ya es como si hubiera estado siempre. Y Paula, que es una minicopia de Mar y una copia exacta de la Mar que conocí hace treinta años. Es curioso cómo el tiempo no emborrona el corazón, no puede desgastar una amistad que se forjó en otro tiempo, cuando éramos otras personas, tan distintas de las de ahora que podríamos no habernos conocido nunca. Y sin embargo, como las hermanas, cada vez más cerca.
Tercera parada, ¡los hermanos!, la sorpresa de las veinticuatro horas robadas al tiempo y compartir una comida de un jueves cualquiera, como si tal cosa... como si hubiera sido ayer la última vez que lo hicimos. Intento vencer al sueño esperando a mi madre, a la que casi le da un síncope cuando llega del trabajo y me encuentra sentada en el sofá, y es que hoy no tengo nada mejor que hacer que disfrutar de ella. Los siguientes, los de Moraleja, "ya mismito estoy allí", quince minutos más tarde llamaba a su puerta para llevar la última de las sorpresas anticipadas. Qué bien saben las sonrisas...
Se me había olvidado Madrid, el sentimiento que produce estar en los sitios de siempre, sentir que estos 3 años no se han llevado casi nada, o sí, porque la verdad es que algunas cosas sí han cambiado. Es ahora tan preciado y tan escaso que no me puedo permitir los formalismos, no me puedo molestar en regalar tiempo ni espacio como si acaso sobraran, sólo puedo concentrarlos en mecerme en los brazos de siempre, pero que ahora aprietan más, porque se van guardando las fuerzas de todas esas veces en las que Madrid se ausenta y a mí se me olvida lo feliz que he sido aquí.
sábado, 23 de marzo de 2013
Challenge 4: Añoro
Añoro nuestro banco a la vuelta del instituto, añoro soplar las velas con los niños, añoro ver sus pasitos sobre la alfombra, sus deditos minúsculos haciendo nudos en mi pelo... aunque esos datos me hagan más vieja y a ti más madre, y a las dos más lejos... aunque sólo físicamente.
Cuando eres niño los días tienen muchas horas, los meses duran mil semanas y los cursos escolares, una eternidad. El tiempo no se percibe de la misma forma, se mide por etapas separadas por periodos vacacionales. Del verano a Navidad pasando por el puente de diciembre, de ahí a los Carnavales, Semana Santa, luego el puente de mayo y las fiestas de Humanes, que cuando eres niño te encantan porque puedes quedarte andorreando hasta las tantas en la calle sin broncas ni ¿sepuedesaberdondeestabas? al volver a casa. Luego el verano otra vez, un siglo después, y has crecido tanto que las sandalias del año pasado ya no te valen, la piscina en la que antes no hacías pie ahora no te cubre más allá del cuello y las vacaciones se van llenando de actividades diferentes que cada vez tienen menos que ver con las del año anterior. Lo único que persiste son los amigos. Lo bueno de no haberme mudado nunca (qué ironía) es que he conservado estos tesoros a lo largo de más de treinta años. Lauri, Vane, Mar... las he visto ser y hacerse, caer y volver a levantarse, pasar por todas esas experiencias en la vida que te hacen adulto a marchas forzadas. Ahora, tomando distancia para ser partícipe de sus vidas, me doy cuenta de lo rápido que han pasado los últimos quince años. Y me pregunto si este estirajamiento que sufría el calendario cuando éramos niños volverá a producirse algún día, quizás cuando entremos en la tercera edad y la cotidianidad se ralentice. Quizás cuando nuestras agendas no estén tan repletas de cosas por hacer y nuestros códigos postales dejen de estar a cinco mil kilómetros de distancia en google maps.
El instituto, esa época de tu vida en la que piensas que todo es para siempre, reinas el mundo. Cada día en aquel semáforo, el del estanco, frente a la tienda de Candelas, que alternaba del verde al rojo más de veinte veces antes de que nos despidiéramos de regreso a casa. A veces incluso venían a abrir la tienda y seguíamos allí plantadas, muertas de hambre pero con miedo a dejarnos algo sin comentar. Había tanto que contarse, cada día, no importaba que no hiciera ni veinticuatro horas que nos habíamos visto. Arreglábamos el mundo y sus habitantes, nos regalábamos el tiempo, hacíamos planes de futuro, no de este futuro, por supuesto. Y al día siguiente todo otra vez patas arriba...
Añoro las probabilidades de encontrarte por la calle cuando salgo a comprar pan. Añoro el saber que puedo caminar cien pasos y llamar a tu puerta, añoro levantar el teléfono a la misma hora en que tú contestas al otro lado. Añoro que la conversación pueda durar tres horas sin prisa por hacer otras cosas, añoro ver crecer a Paula hasta entrar en ese vestidito made in USA que le estaba enorme el año pasado.
Pero el presente tiene otras cosas muy valiosas, como la experiencia, la desnecedad, el haber averiguado tantas cosas que ya no son enigmas, el poder mirar atrás y decir que somos amigas desde siempre. Me inunda la nostalgia cuando comprendo que cada vez nos quedan menos primeras veces y más batallas para contar; pero los libros de historia están llenos de pasado, los cuadros antiguos son más valiosos que los nuevos, los monumentos emblemáticos son los que están hechos de piedra, de ese material tan resistente que el paso del tiempo no lo merma, ni lo destruye, sólo le añade valor, como nuestro banco, donde podremos volver a sentarnos a ver pasar la vida y cambiar el semáforo cuando no tengamos toda esta prisa.
P.D. Para Mar, que me retó a echarle de menos aún con más intensidad, sobre todo hoy, dos años después de aquella llamada: ¨estoy de parto¨.
Cuando eres niño los días tienen muchas horas, los meses duran mil semanas y los cursos escolares, una eternidad. El tiempo no se percibe de la misma forma, se mide por etapas separadas por periodos vacacionales. Del verano a Navidad pasando por el puente de diciembre, de ahí a los Carnavales, Semana Santa, luego el puente de mayo y las fiestas de Humanes, que cuando eres niño te encantan porque puedes quedarte andorreando hasta las tantas en la calle sin broncas ni ¿sepuedesaberdondeestabas? al volver a casa. Luego el verano otra vez, un siglo después, y has crecido tanto que las sandalias del año pasado ya no te valen, la piscina en la que antes no hacías pie ahora no te cubre más allá del cuello y las vacaciones se van llenando de actividades diferentes que cada vez tienen menos que ver con las del año anterior. Lo único que persiste son los amigos. Lo bueno de no haberme mudado nunca (qué ironía) es que he conservado estos tesoros a lo largo de más de treinta años. Lauri, Vane, Mar... las he visto ser y hacerse, caer y volver a levantarse, pasar por todas esas experiencias en la vida que te hacen adulto a marchas forzadas. Ahora, tomando distancia para ser partícipe de sus vidas, me doy cuenta de lo rápido que han pasado los últimos quince años. Y me pregunto si este estirajamiento que sufría el calendario cuando éramos niños volverá a producirse algún día, quizás cuando entremos en la tercera edad y la cotidianidad se ralentice. Quizás cuando nuestras agendas no estén tan repletas de cosas por hacer y nuestros códigos postales dejen de estar a cinco mil kilómetros de distancia en google maps.
El instituto, esa época de tu vida en la que piensas que todo es para siempre, reinas el mundo. Cada día en aquel semáforo, el del estanco, frente a la tienda de Candelas, que alternaba del verde al rojo más de veinte veces antes de que nos despidiéramos de regreso a casa. A veces incluso venían a abrir la tienda y seguíamos allí plantadas, muertas de hambre pero con miedo a dejarnos algo sin comentar. Había tanto que contarse, cada día, no importaba que no hiciera ni veinticuatro horas que nos habíamos visto. Arreglábamos el mundo y sus habitantes, nos regalábamos el tiempo, hacíamos planes de futuro, no de este futuro, por supuesto. Y al día siguiente todo otra vez patas arriba...
Añoro las probabilidades de encontrarte por la calle cuando salgo a comprar pan. Añoro el saber que puedo caminar cien pasos y llamar a tu puerta, añoro levantar el teléfono a la misma hora en que tú contestas al otro lado. Añoro que la conversación pueda durar tres horas sin prisa por hacer otras cosas, añoro ver crecer a Paula hasta entrar en ese vestidito made in USA que le estaba enorme el año pasado.
Pero el presente tiene otras cosas muy valiosas, como la experiencia, la desnecedad, el haber averiguado tantas cosas que ya no son enigmas, el poder mirar atrás y decir que somos amigas desde siempre. Me inunda la nostalgia cuando comprendo que cada vez nos quedan menos primeras veces y más batallas para contar; pero los libros de historia están llenos de pasado, los cuadros antiguos son más valiosos que los nuevos, los monumentos emblemáticos son los que están hechos de piedra, de ese material tan resistente que el paso del tiempo no lo merma, ni lo destruye, sólo le añade valor, como nuestro banco, donde podremos volver a sentarnos a ver pasar la vida y cambiar el semáforo cuando no tengamos toda esta prisa.
P.D. Para Mar, que me retó a echarle de menos aún con más intensidad, sobre todo hoy, dos años después de aquella llamada: ¨estoy de parto¨.
jueves, 21 de junio de 2012
¡¡Mi primera visita!!
Esperan con las manos inquietas, se abanican, charlan distraídamente entre ellos. Los leds van cambiando lentamente en el panel, demasiado lentos, fotogramas de segundos. Algunos ya han llegado, tomando tierra. . . las puertas automáticas no paran de abrirse y cerrarse. Salen cargados de maletas, buscan con la mirada entre la gente, sonríen con las pupilas dilatadas, han encontrado su objetivo. Abrazos, lágrimas, risas, carcajadas. . . El aeropuerto es un lugar mágico donde unas vidas empiezan y otras acaban. "Llegadas", futuro, posibilidades, regreso, alegría. . . Sonrío sin querer, una pareja se abraza infinitamente, muy prieto, como si no quisieran volver a dejarse ir nunca más. Se funden en uno solo, la gente aplaude. . . esto no deja de ser América. El tiempo se ha parado para ellos, yo aún sigo esperando, ansiosa, inquieta, paseo de un lado a otro. Y por fin, en ese abatir incansable de puertas automáticas, Amanda se materializa con la carita cansada.
Han pasado ocho largos meses, el tiempo se estira o se encoge dependiendo de la perspectiva con la que lo mires. Desde Boston, el tiempo no ha pasado, ha sido un suspiro, una rutina que ha surgido sin pensar, como si hubiera estado ahí siempre. Desde Madrid, ha sido más de medio año, con todas sus semanas, días, minutos y segundos. Últimamente ya empiezo a notar el tiempo en forma de distancia, de añoranza. Cada día menciono a mi madre unas cincuenta veces, y a mis amigas, y a mis hermanos, a mi padre. . . Su ausencia, o la mía, según se mire, se va acrecentando de forma exponencial a medida que pasa el tiempo. Sin embargo, esta extraña propiedad que tiene el tiempo para convertirse en mucho o poco, depende de los recuerdos a los que estás recurriendo. El verano fue ayer, pero en realidad fue hace un año. . . Justo hoy ha llegado el verano, las hogueras de San Juan están en ciernes. . . será por eso que en Boston se ha establecido una especie de infierno húmedo y donde antes (hace dos días) había 11 grados, hoy hay casi 40. Amanda y Luis se han traído el sol de España, y el calor, y espero que lo dejen aquí por mucho tiempo. La primera visita, ¡qué emoción!, al principio estaba tan nerviosa que no daba pie con bola. Pero la confianza no se pierde con el tiempo y la distancia, los lazos que son verdaderos, son también irrevocables. Así que a pesar del jet lag y de la necesidad inminente de dormir tras 24 horas en pie, tuvimos que ponernos al día, hablar durante horas, reír, recordar, comentar. . . y lo que nos queda.
Han pasado ocho largos meses, el tiempo se estira o se encoge dependiendo de la perspectiva con la que lo mires. Desde Boston, el tiempo no ha pasado, ha sido un suspiro, una rutina que ha surgido sin pensar, como si hubiera estado ahí siempre. Desde Madrid, ha sido más de medio año, con todas sus semanas, días, minutos y segundos. Últimamente ya empiezo a notar el tiempo en forma de distancia, de añoranza. Cada día menciono a mi madre unas cincuenta veces, y a mis amigas, y a mis hermanos, a mi padre. . . Su ausencia, o la mía, según se mire, se va acrecentando de forma exponencial a medida que pasa el tiempo. Sin embargo, esta extraña propiedad que tiene el tiempo para convertirse en mucho o poco, depende de los recuerdos a los que estás recurriendo. El verano fue ayer, pero en realidad fue hace un año. . . Justo hoy ha llegado el verano, las hogueras de San Juan están en ciernes. . . será por eso que en Boston se ha establecido una especie de infierno húmedo y donde antes (hace dos días) había 11 grados, hoy hay casi 40. Amanda y Luis se han traído el sol de España, y el calor, y espero que lo dejen aquí por mucho tiempo. La primera visita, ¡qué emoción!, al principio estaba tan nerviosa que no daba pie con bola. Pero la confianza no se pierde con el tiempo y la distancia, los lazos que son verdaderos, son también irrevocables. Así que a pesar del jet lag y de la necesidad inminente de dormir tras 24 horas en pie, tuvimos que ponernos al día, hablar durante horas, reír, recordar, comentar. . . y lo que nos queda.
En una intersección de lugar, me encuentro con mis amigos españoles hechos en España y los que he hecho aquí en Boston. Catalanes, italianos, alicantinos y madrileños acampando en temperaturas extremas en la primera noche veraniega de Boston. Se establece una conexión esotérica, hablamos, reímos, arreglamos el mundo, cenamos Tikka Masala para que el ardor de boca nos haga olvidar el calor insoportable. Los mapaches también adoran la comida hindú, se acercan como gatos gigantes por encima de la valla. El back yard de Susanna es un zoológico; zarigüellas, ratas, mapaches y lo que oímos pero no vemos. . . que no quiero ni pensarlo. Pero es tan genial tener un pedacito de España, de mi España, en Boston. . . Todo converge, como el tiempo y la distancia, como los viejos amigos y los nuevos. . . poquito a poco, en una evolución constante hacia otra vida, que a la vez es la misma vida, pero en distinto lugar.
Se despiden con las manos temblorosas, los ojos templados de lágrimas por derramar, los labios cargados de promesas, la esperanza de volver, de regresar, los paneles anuncian las últimas llamadas, los rezagados que tardan en desatarse los zapatos, los abrazos infinitos de quien espera volver a verse pronto. . . "Salidas", ese otro lugar del aeropuerto donde unas vidas acaban y otras empiezan.
jueves, 8 de marzo de 2012
Días más largos, noches más cortas
Los días se van alargando, huele distinto, la temperatura se pinta en dos cifras y es húmeda en contexto. La luz del sol se empeña en esperarme a la salida del trabajo, pero yo soy más lenta que la noche. No obstante, la oscuridad remite, tanto en la calle como en mi interior, las sombras se van encogiendo, maltrechas, y empiezan a dejar paso a la ansiada primavera. "Pa los Reyes lo notan los bueyes", dice siempre mi madre, "y pa San Blas lo nota el gañán"... qué sabia ha sido siempre la doctora Godino.
Lo mejor de los días largos es que a veces consigo alcanzarles a plena luz. De noche son igual de bonitos, pero no tan inmortalizables, el flash me juega malas pasadas... De día el rojo del jerseicito se hace púrpura infinita, pues aunque empieza a indultar la bruma... hasta el cuarenta de mayo, no debes quitarte el sayo ;)
Conocen mis pasos, incluso de noche, donde resuenan entre otros ruidos de la oscuridad; neumáticos que van y vienen, puertas, voces, otros pasos... y nunca logro confundirlos. Cada vez es más difícil cogerles por sorpresa, su actitud es la de la espera en cuanto me presienten a lo lejos. Saben que siempre cae alguna caricia, y eso me ha vendido por completo a la rutina. Aun así, siempre hacen alguna cabriola para mostrarme que son capaces; el Husky, inmerso en su linda quietud... Idefix, alma de acróbata empedernido. La balanza se equilibra para poner en orden su espacio vital, el primero le resta energía al segundo, transmitiéndole a su vez una extraña calma. Esta simbiosis me conmueve, los lazos más grandes se forjan entre los seres más distintos. La amistad tiene esa magia capaz de unir los mundos, de dar opciones, capaz de eliminar las sombras en la distancia. La amistad es aquello capaz de sostenerte por hilos invisibles cuando la gravedad se multiplica por mil. La inmensa sabiduría que se adivina en los ojos de glaciar me inspira un sentimiento extraño. Es como esas miradas de los padres que no necesitan palabras. . . comprensión, ternura... Siempre ha de haber un equilibrio, por precario que sea, entre los dos lados de la romana, si un lado pesa más que el otro, ha de intentar compensarse. Es una ley tan frágil que no puede mantenerse sin esfuerzo, eso es lo que hace que valga la pena.
Lo mejor de los días largos es que a veces consigo alcanzarles a plena luz. De noche son igual de bonitos, pero no tan inmortalizables, el flash me juega malas pasadas... De día el rojo del jerseicito se hace púrpura infinita, pues aunque empieza a indultar la bruma... hasta el cuarenta de mayo, no debes quitarte el sayo ;)
Conocen mis pasos, incluso de noche, donde resuenan entre otros ruidos de la oscuridad; neumáticos que van y vienen, puertas, voces, otros pasos... y nunca logro confundirlos. Cada vez es más difícil cogerles por sorpresa, su actitud es la de la espera en cuanto me presienten a lo lejos. Saben que siempre cae alguna caricia, y eso me ha vendido por completo a la rutina. Aun así, siempre hacen alguna cabriola para mostrarme que son capaces; el Husky, inmerso en su linda quietud... Idefix, alma de acróbata empedernido. La balanza se equilibra para poner en orden su espacio vital, el primero le resta energía al segundo, transmitiéndole a su vez una extraña calma. Esta simbiosis me conmueve, los lazos más grandes se forjan entre los seres más distintos. La amistad tiene esa magia capaz de unir los mundos, de dar opciones, capaz de eliminar las sombras en la distancia. La amistad es aquello capaz de sostenerte por hilos invisibles cuando la gravedad se multiplica por mil. La inmensa sabiduría que se adivina en los ojos de glaciar me inspira un sentimiento extraño. Es como esas miradas de los padres que no necesitan palabras. . . comprensión, ternura... Siempre ha de haber un equilibrio, por precario que sea, entre los dos lados de la romana, si un lado pesa más que el otro, ha de intentar compensarse. Es una ley tan frágil que no puede mantenerse sin esfuerzo, eso es lo que hace que valga la pena.
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