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sábado, 3 de julio de 2021

Rojos


Vuelven los rojos a mis labios, a mis tacones, a mis volantes... vuelven reivindicando que se acabaron los encierros. Aquí se recogen los miedos aquejados de inmunidad, que al son de un lerele vuelan, llaman y se arrullan, colgados de una escobilla cogida a mi delantal. 

Vuelven los rojos tirititrán, rojas las flores de mi pelo harto ya de enmarañarse, roja mi peineta reina que destella tempestades, rojos los lunares bellos que se cuentan por millares. Vuelvo a estar repeinada y segura subida en un escenario, con mi sonrisa roja al descubierto y el temblor entre las manos. Comparto emoción con las caras que me miran desde abajo, bocas ávidas de oles, arsas y tomas, que año y medio han esperando escondidos en las gargantas aguardando a ser gritados, rasgándose las corazas, puntiagudas, impacientes, sordas al grito del alma que se pierde entre la gente. España se hace arte líquido y el público se lo bebe, el son de sus tacones rojos llena el aire de silencio, nos arropa con su manto de claveles y momentos, y se cuela en los rincones de la distancia y el tiempo. 

Se destapan bocas ajenas, en ojos ya conocidos, y descubro caras nuevas en bailes mil veces paridos. Ríe y llora mi alma inflamada de emociones tan distintas, que no sé si tientos-tangos, sevillanas o fandangos, sólo se que me hacía falta bailar sobre un escenario. 


jueves, 19 de noviembre de 2020

Estados de COVID-tres (After Dark)

Sola, 
devastada, 
ensordecida,
superada,
destruida,
desolada,
empequeñecida, 
callada.

Perdida está la paloma 
entre volantes vacíos
y lunares descoloridos
en la oscuridad del nido.

Quiere gritar y no hay aire,
ni garganta, ni pulmones,
ni la llave de esa puerta 
que ha encerrado los colores.

Quiere acallar todas las voces,
y los miedos,
y los gritos,
que al bailar de sus tacones 
se ensordezcan los oídos.

Pero no tiene la fuerza,
sólo lluvia,
sólo anhelo,
el espejo de unos ojos
que le miran sin consuelo.

Le fabrica algunas risas
disfrazadas de jaleo
y tapizado de volantes
el dolor se rinde al miedo.

Es un duelo a vida o muerte
una máscara en un sueño,
un cielo azul infinito 
en un lienzo muy pequeño.

Poco a poco la paloma
abre infinitas sus alas.
Poco a poco su lamento
abandona la mirada.
Poco a poco sus lunares
se colorean y baila
y abraza la nueva vida
poco a poco y sin palabras.





After Dark es un cortometraje dirigido y protagonizado por Laura Sánchez en el que vuelca su alma vapuleada por el COVID-19 de una forma artística que pone los pelos de punta. He tenido el privilegio de ver el corto en primicia, y este poema es mi sinopsis personal. El corto ya ha sido premiado en varios festivales y Laura está realizando una campaña de "crowdfunding" para poder financiar los gastos que acarrea. Si queréis colaborar en su campaña, aquí está el link. Todos los que contribuyan, aunque sea con el mínimo, recibirán una invitación para asistir (virtualmente) a la premier que tendrá lugar en diciembre. ¡Suerte Laura!

 


sábado, 2 de mayo de 2020

Flamenco is a language

Se habla con el cuerpo, con la intención, con el alma y con la mirada… pero lo más difícil no es hablarlo, sino transmitirlo. Con el sudor aún caliente y las piernas temblándome, aún me pican las manos de aplaudir a Alfonso Cid. Bailar flamenco es una cosa, bailar con música en directo es otra, y que el cantaor se siente al piano en Nueva York mientras mis tacones resuenan en mi casa aquí en Boston es magia negra de otro costal. Alfonso nos ha llevado de la mano hasta el sigo XVIII, a la corte de Carlos III, donde un italiano llamado Luigi Boccherini inspiró el primer fandango. El ritmo era otro, y algún día mis castañuelas también rozarán esa cuerda de la historia, pero de momento me conformo con esta clase magistral de música histórica en un contexto inusual e íntimo que ahora me sale compartir con el mundo. Malagueños y onubenses no son lo mismo, como tampoco lo son sus fandagos. Hoy mis pies añoran El Rompido con más pasión que de costumbre, y me tengo que conformar con que mi barca no sea la mejor del puerto, pero desde luego sí que tiene los mejores movimientos. Porque enclaustrada en mi sótano me tiemblan las piernas al sentir las vibraciones de una voz que se emite a cientos de kilómetros. Taconeo fuerte para que mis pies no olviden la percusión al bailar, para que mi alma no se achique dentro de un cuerpo inmóvil. Me bebo el compás y las palmas y los hago parte de mí, de mis entrañas y de mi ser; los atrapo para gestarlos durante el resto de mis días. Bailo para aliviar mi pena, para apagar mi soledad, bailo en tercios y en cinco frases, repitiendo siempre la primera, y la primera siempre dice que en peores plazas toreamos. Bailo porque este año me he quedado sin subir al escenario, sin aplausos de un público que se conforma con amateurs, pero que se apunta al jaleo como los gitanos más puros. Bailo porque este virus no me va a quitar también el arte, porque mientras haya Lauras tirando de estos volantes, giraremos con los brazos extendidos para no perder el equilibrio. 
El flamenco es un idioma que escuché mucho en España, sin entenderlo del todo. Curiosamente ha sido en Boston donde he empezado a hablarlo, aunque me falta fluidez. Pero qué gusto da estudiar a la luz de un corazón encendido. Me he nutrido de la historia de los fandangos de Huelva y he viajado a las entrañas de la música para entender, una vez más, que el flamenco es ese arte que no se puede aguantar. Que me abriga, que me levanta, que me da la mano y gira, y gira, y gira con las ganas infinitas de no llegar a ninguna parte, de estar aquí, de disfrutar de lo que tengo y de lo importantes que son las ganas. 
Gracias Laura, nunca te agradeceré lo suficiente que me enseñaras toda esa España que vive en ti. Gracias Alfonso. En la vida he escuchado mucho flamenco, discos de Camarón, José Mercé, Estrella Morente, Niña Pastori y últimamente mucho Miguel Poveda, pero no hay nada que pueda compararse a las vibraciones de la música en directo, no hay nada que pueda explicar por qué una voz puede hacer música sin necesidad de instrumentos. Hoy me he subido al escenario como si fuera una profesional, con el mismo compromiso y el mismo respeto, y me he bajado de él tan plena como si hubiéramos compartido sala y resonancia. 

domingo, 9 de junio de 2019

Mi Mantón

Mi mantón estaba dormido en un rincón de Madrid. Tocado con mimo y magia, replegado y hambriento de luz; tímido azul escondido entre arrogantes rojos y negros, suspirando por ver el mundo y desplegarse con el viento. Mi mantón tarareaba en su estante alegrías de otro tiempo, sintiendo el cielo infinito reflejado en la vitrina. Era diciembre y Madrid se había vestido de luces, como una gitana sencilla a punto de ir a casarse. Mares de miles de pies desgastaban el asfalto, pero sólo unos llevaban tacones con lunares rojos pintados a mano. A su paso, los adoquines de la Plaza Mayor se iban engalanando, transmitiendo esa corriente continua que me va enhebrando al suelo, cosiéndome un sentimiento que ningún país o ciudad ha conseguido replicar. Mi corazón ya bailaba en su jaula de alegrías, latiendo en simples compases, como de una voz que goteara derramándose dentro de mí: un dos, un dos-tres, cuatro-cinco-seis, siete-ocho, nueve-diez... un-dos.... su latir se aceleraba atraído por una fuerza magnética, sin saber que estaba a punto de enamorarse perdidamente.
Entré en aquella tienda y mis ojos se clavaron en él. Se miraron, se reconocieron, y supe que estaba perdida. Otros fueron apareciendo, menos hilo, menos seda... pero mi corazón ya no quería mirar a ningún otro lado. Pedí verlo y fui advertida: que si estaba segura de poder pagarlo. En realidad me hice un poco la fuerte, dije que seguiría buscando, y hasta yo misma lo creí. Fue entonces cuando me lo acercaron... y lo abrí, y se desplegó como una orquídea rara que florece una sola vez en medio de la selva. Entonces comprendí que el mar puede contenerse en un retal de seda bordado, que la primavera efímera acababa de hacerse eterna. Comprendí que el azul ya nunca sería otra cosa para mí, porque aquella obra de arte la habían creado los dioses. Lo escuché, me susurró con su seda y me abrazó el alma desde fuera. Yo ya estaba tan débil que apenas podía negarme, así que abrí mis brazos y me cubrí con sus flecos. Caí al vacío, me crecieron alas, me sentí volar, y los dos supimos que nos habíamos encontrado.
Cruzó el mar como un ave migratoria que se refugia del frío (sólo que al contrario), y conquistó esta tierra con tanto arte que todas las bocas se abrían al revelar su envergadura. La primera vez que bailamos me sentí como una reina guerrera: poderosa, magna, imparable. Fuimos dos alumnos torpes durante algún tiempo, sólo hasta que nos cogimos la medida. Después dejamos de pisarnos y enredarnos para volar en armonía. Laura compuso esa danza que nos llenaba de voz, nos permitía abrazarnos en público, exponernos, desnudarnos, recorrernos hasta el infinito. Bailábamos los dos solos aun rodeados de gente, mirándonos, midiéndonos, en el ritual íntimo de una pasión que pocos pueden entender. Los acordes de guitarra nos han ido dando un destino, y hasta el viento nos ha rodeado celoso y con el orgullo herido. Al Paraíso de la Alegría llegué bailando contigo, y con el alma arropada ya nunca más tendré frío.

lunes, 15 de mayo de 2017

Mujeres bonitas

Un año y medio viviendo en Sevilla y ha tenido que ser en Boston donde he venido a conocer al duende. Agazapado entre los volantes de lunares, a la luz de un farolillo verde se ha dejado adivinar un parpadeo tímido que, en realidad, había estado ahí desde siempre. Una vez más, la española que hay en mí se hace grande nutrida de arte, desahogando las maneras en las aguas dulces primaverales que este año traen tintes gitanos.
Y es que una no puede resistirse al torrente que emana de los tacones de Laura, de sus ademanes, de su peineta, de todo ese arte flamenco que casi no cabe en un cuerpo tan pequeño que, sin embargo, parece medir el doble cuando sale al escenario. Se crece como una mariposa con las alas desplegadas, amplia, infinita, dejando apenas espacio para el aire que la rodea. Echan fuego sus tacones, esos zapatitos rojos que parecen de muñeca y sin embargo, cuando los calza, en un zapateo mágico la transportan al mundo de Oz. Nos transportan a todos en verdad, porque la onda me arrolla y me zarandea, me arrulla y me deja caer; vueltas, danzas, giros, quiebros... no doy abasto a dar palmas sordas con mis brazos torpes de mortal.
Para mujeres bonitas, las de Cádiz, amén. Las españolas en general, bonitas por fuera y por dentro, donde se alojan las ganas, donde se escribe el sentimiento, donde se enganchan las risas que brotan en carcajadas. Las risas que nos echamos las españolas de cuna y de adopción, las que nacimos arropadas por la piel de toro y las que se acercaron tímidas con el arte incontinente del tintineo en los tacones. Mujeres bonitas que me rodean, me dan calor, me devuelven los ratos que son míos, y ahora nuestros, y que abren una nueva puerta para descubrir qué hay detrás de ella: unas nuevas raíces que brotan desde los tacones hasta el corazón de Boston. Porque es aquí y no allí donde Laura zapatea, porque es aquí y no allí donde existen los espejos de sacudirse la distancia. Porque es aquí y no allí, donde escuchar Alegrías me pone los pelos de punta, me llena los ojos de vida y me infiere una energía que no puedo describir, unas ganas infinitas de bailar fuera de mi piel, de desnudarme de miedos y vestirme de volantes de colores, de flecos fucsia y turquesa, de los acordes estridentes de las palmas aprendizas. Vibran en el aire bostoniano los sonidos del jaleo: arsa, guapa, olé, qué arte... palabras sueltas con acento extraño que, sin embargo, llenan mis pulmones como una poesía, como una oración a un dios que se esconde en mis entrañas... ¿será aquél que dicen el duende? hace que olvide mi hambre, mi cansancio y mi añoranza, porque cuando bailo no estoy en España, sino que España está en mí. Me corre por las venas como un abril infinito, una fuente de energía inagotable que me enferma si no bailo.
Gracias Laura por transmitirme tu pasión por el flamenco, por haber traído a Boston el trocito de mi corazón que aún remoloneaba por España, gracias por ayudarme a descubrir esa parte de mí que hasta ahora no he sabido que siempre me había faltado. ¡Olé!

miércoles, 23 de abril de 2014

The Miguel de Cervantes Anniversary Concert

Un email que casi pasaba desapercibido en el aluvión de emails ibéricos de mi bandeja de entrada. Un concierto en honor al aniversario de Miguel de Cervantes organizado por la prestigiosa escuela de música Berklee, el Instituto de la Música del Mediterráneo y el Instituto Cervantes en Boston, gratuito... un recorrido a lo largo de la historia de la música latina y española, desde el siglo XVI hasta nuestros días. Un guiño al maestro Paco de Lucía, recientemente fallecido, y al dios de la letras que nos dejó también la semana pasada, el gran Gabriel García Márquez. . . ¿qué más se podía pedir? El director del Instituto Cervantes lee un pasaje de la obra maestra "Cien años de soledad", así como el pasaje final del Quijote, en el que el hidalgo yace en su lecho de muerte, habiendo comprendido de su locura. Qué bien suena el castellano, antiguo y nuevo, encerrado en esas páginas que cobran vida y nos llevan de viaje por el mundo sin movernos del sofá. ¿Hay algo mejor que leer? si lo hay, sólo puede ser la música. Ya tuve ocasión de disfrutar de la música de Berklee latino en el nombramiento honoris causa de Alejandro Sanz, sin embargo, me ha quedado bastante claro que la genialidad no tiene límites. Se suben al escenario como si fueran artistas hartos de triunfar, con un aplomo inaudito para aquellos que en su mayoría ni si quieran tienen la edad legal para beber alcohol. Una española, Tania, abre los cielos con su violín; ese instrumento que mal tocado puede despertar deseos suicidas, y que en manos de Tania se convierte en éxtasis absoluto, pero es que además da palmas, de las acompasadas, no de las de aplaudir, que esas ya las damos nosotros henchidos de orgullo de que sea compatriota. Venezolanos, colombianos, peruanos, puertorriqueños, mexicanos, españoles... y los siento a todos igual de cerca con sus acentos variopintos. Hay una chica ciega, debe de ser que había que compensar ese otro talento de alguna manera porque no he oído en toda mi vida una voz como la suya, y ese tango argentino que es el más bonito que se haya escrito nunca: "Volveeeeeeer, con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien..." y todos los pelos de mi cuerpo se ponen de punta, sólo me falta llorar. Su voz me lleva aún más lejos que la de la mismísima Estrella Morente, y no exagero cuando digo que ésta lo hace mejor. Ya en trance y con mi España envolviéndome en un arrullo infinito, aguardo expectante la actuación de "La Shica". Tanto ignoraba de su existencia que creí que lo estaban pronunciando mal los guiris, y no, que es que se llama así, La Shica, con ese acento de Ceuta, chiquitilla, con el pelo corto a lo Lisbeth Salander y con un arte que desde luego no se podía aguantar. "Va por ustedes" -proclama-, y se arranca a bailar una suerte de toreo flamenco que nos deja de una sola pieza y con ganas de retenerla en Boston para siempre. Taconea, se revuelve, pone el cuerpo del revés, como sólo los verdaderos bailaores de flamenco saben hacer. Y a la vez recita cantando, y torea, y esta chica es una máquina de producir sensaciones. Pero no lo habíamos visto todo, porque entonces se para y anuncia que va a cantar "la Bien pagá", y hay muchas formas de cantar esta canción, mire usted, muchas versiones, de ayer y de hoy, muchas voces la han interpretado... pero ninguna, ninguna, me ha hecho vibrar con la sensación de que me encontraba en algún rincón de mi España, de mi Sevilla, ninguna me ha hecho sentirme tan española y tan orgullosa de serlo, ninguna me ha hecho echar de menos España hasta rabiar de escozor.
Boleros, rancheras, tangos, salsa, cumbia... un puñado de historia que nos hace diferentes, una pequeña muestra de aquello por lo que el resto del mundo se muere de envidia, el arte, ese con el que se nace, porque por mucho que se aprenda, el artista nace, no se hace.

jueves, 12 de abril de 2012

La "españolidad"

Es un hecho que nada más traspasar las fronteras de nuestra piel de toro, a todos nos invade de repente la "españolidad", un fenómeno que te arraiga de forma inexorable a la madre patria y que produce una serie de conexiones neuronales que hacen que sientas un calor distinto en las venas... La sangre bombea al son del fandango, y de repente, hasta el más macarra descubre una vocación flamenca escondida que aflora desde su estado de latencia para poseer tus cuerdas vocales en la ducha, o tus pies mientras pipeteas... y que te obliga a escuchar a los habituales de radiolé mientras improvisas un cajón en la mesa de trabajo. ¿A qué se debe este extraño fenómeno? Existen diversas hipótesis, pero la más aceptada es aquella que nos sitúa a la suficiente distancia como para temer por la pérdida de nuestras raíces. Y así, de repente, ser español supone un orgullo, aun con todo lo que tenemos en España, que da para escribir una enciclopedia de despropósitos. 
 
La suerte ha traído a Paco de Lucía a la Opera House de Boston, donde, por supuesto, no podíamos faltar el Spanish team dando aliento a nuestro compatriota. Supongo que si no hubiera estado aquí, probablemente nunca habría ido a un concierto suyo. Sin embargo, el deleite que sentí al envolverme en ese arrullo de notas, apenas puede compararse a otros conciertos a los que he asistido en España. ¿Cómo se le puede arrancar luz a una guitarra? Bailan los dedos sobre las cuerdas, hábiles, incansables, en bajo vuelo, ávidos de regalar calma al público que escucha complacido. Sólo puedo concentrarme en la melodía, en el calor que me llega desde una guitarra que apenas puede contenerlo. La magia se extiende por encima de las cabezas, entre los asientos, puedo notarla bajo las plantas de mis pies... esto debe de ser lo que llaman el "duende", que ha venido a Boston a enseñarnos tímidamente la antesala del Olimpo. Lerele en ristre, la voz rasgada del Duquende se bate en duelo con la de David de Jacoba, tan gitano como Camarón, y casi tan grande como él. Hay una tercera silla, un joven que da palmas con el semblante muy serio, aún no se ha movido apenas y ya se le adivina el arte. Por eso, cuando salta sobre las tablas en una danza imposible, siento un escalofrío de la cabeza a los pies. Me pregunto si es humano mover los pies de ese modo, quizás le falte algún hueso, una falange seguro. . . Si no lo estuviera viendo, no creería que el flamenco se puede tocar, se puede oler, se puede sentir y se puede ser. No soy dueña de mi pierna derecha que zapatea al son de la música, no soy dueña de la sangre que me corre por las venas a borbotones, y mucho menos de los ojos que se han quedado abiertos como platos, pasmados ante el taconeo más espectacular que hayan presenciado jamás. Más tarde descubrimos que se trata de Farruco, el nieto del ídem y hermano menor del archiconocido Farruquito. Pero ahí no acaban las sorpresas, Antonio Serrano saca su armónica y yo descubro que de este pequeño instrumento puede salir un genio como si de una lámpara maravillosa se tratara. Desde este momento decido que soy fan de la armónica, yo que sólo había escuchado a mi hermano tocar su escala personal, dando la vara como los críos chicos más que otra cosa, de repente me encuentro extasiada respirando las notas que salen enmarañadas por los orificios de la paz. La magia existe. . . cierro los ojos y estoy en España, estoy de nuevo en Sevilla. Las letras de las canciones, que apenas se adivinan en lo profundo del rasgueo, convocan a la Giralda y al Guadalquivir. Y ahí me transporto esta noche, a Triana, a la Plaza Nueva, a mi querida Alameda de Hércules. . . el maestro Paco de Lucía se ha traído puñaos de España en los bolsillos, hasta Boston, donde su arte se ha quedado resonando en mis oídos para siempre.