Empezó a doler con la insistencia de lo que ya se venía anunciando, dejando claro que había llegado la hora de salir a saltar en los charcos. Pero dudaba, se estaba bien en la burbuja de mamá, calentita y segura. Se hizo rogar, maestra del escondite del baile de los neonatos. Su pelo negro, en cambio, delataba su posición debilitando a la estratega, revelando además la sangre andaluza que ya corría por sus pequeñas venas. Sangre azul de princesa infinita, sangre valiente de guerrera sureña. Nacemos en medio de una batalla del ser humano contra la naturaleza, que nos da las armas justas para enfrentarnos al mundo sin haber sido preparados. De sus manos crecieron girasoles con grandes pétalos amarillos para acunar su pequeño cuerpecito de muñeca, girasoles de tallos largos enraizados a la tierra. Hicieron falta muchos intentos para sacarla de su trinchera. Ya derrotada se dejó ir, sumisa, dispuesta a mojarse en la lluvia, pero cien mil pétalos la envolvieron en una crisálida enjuta. Delicada y exhausta, perdida en su limbo, esculpida en hielo su carita de ángel, tanta paz trajo consigo que se paró el mundo por un instante. Tiempo que vuela, palabras vacías, canta un sonajero hecho de semillas, pero en realidad son pipas doradas al sol, reinventando ritmos que ya conocía. Suenan a su paso los tambores viejos, y las nubes se marchan bailando alegrías, recogen sus volantes de lluvia desparramada, y los girasoles se beben la vida. Abre bien los ojos, princesa guerrera, no pierdas el ritmo de esta letanía, escucha la nana que te canta tu madre que sabe de ritmos y de melodías. Tienes tanta luz en tu alma chiquita que apenas queda lugar para el sol, tendrá que echarse a un lado y dejar que nos ilumines, tendrá que cantar bajito y bailar a tu son, pues los girasoles ya lo tienen claro, sólo se voltean para ver a Sol. Bienvenida al mundo, pequeña guerrera.
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lunes, 1 de noviembre de 2021
GiraSoles
La lluvia caía con esas ganas impertinentes de mojarlo todo a su paso. El viento doblaba los árboles en ángulos imposibles que acabarían partiendo los tallos más débiles. La tormenta sólo sabía venirse a más, creciéndose en las nubes plenas que colorearon el cielo de gris durante cinco días seguidos. Sol no tenía prisa por salir a este otoño mojado, sin duda prefirió quedarse flotando un poquito más en su burbuja de verano, así que siguó navegando en su propia órbita diminuta. Afuera el mundo podía esperar un poquito más, y decidió regalarle a su hermano unos días extra de hijo único.
viernes, 3 de marzo de 2017
Inés y la alegría
Al principio todo era parte de un proceso biológico fascinante. Una burbuja de océano amniótico que se iba expandiendo dentro de mí, en cuyo interior nadaba una sirena, bicelular al principio... mas dividiéndose bajo la constante de una vida que evoluciona, una organogénesis perfecta que se iba adivinando a la luz del ultrasonido. Primero los latidos, a la carrera, fuertes como si fueran a escaparse a través de sus escamas. Luego la cola que iba creciendo, bifurcándose hasta culminar en dos vertientes hiperdinámicas que pateaban la burbuja por debajo de mis costillas.
El tiempo volaba erosionando las escamas de la pequeña sirena, formando las capas de piel que en breve la convertirían en un ser humano. Desde fuera, con cierto asombro, yo iba participando de un mundo que aún no me pertenecía, más ajeno de lo que dictan los cánones de lo correcto, y aún así cada vez más mío. Se abombaba bajo mis vestidos, y a mí seguía pareciéndome increíble, como un sueño que no acabas de tomarte en serio porque, en el fondo, sabes que despertarás. Así pasaron 41 semanas, y un buen día, de repente, se derritió la nieve, subió la marea, golpeó en las rocas un batir rítmico in crescendo que se ajustaba como un calco absurdo a lo que describen los libros, todos esos foros de internet, todo eso que la gente te va contando para prepararte... como si uno pudiera estar preparado alguna vez.
Las horas se perseguían contraídas en espacios cada vez más reducidos, presionando la burbuja, llamando a la vida a la pequeña sirena. Yo miraba aquel espejo con los ojos de la curiosidad científica que nunca se agota, y aún no podía creer que aquella cabecita morena estuviese surgiendo de mí. Participé de su nacimiento con el cuerpo y el alma, pero fue justo en el momento en que noté su cuerpecito caliente encima del mío cuando la realidad cayó a plomo sobre mí y me convertí en MADRE. Lloré lágrimas de exceso de felicidad para drenar aquel sentimiento que apenas podía contener, la alegría que llenaba mi corazón y que lo ha ido haciendo más grande desde aquel momento y hasta el día de hoy. De repente y por primera vez entendí la magnitud de este concepto. Entendí por qué la naturaleza se regodea en su perfección, por qué si se pincha soy yo quien sangra, y por qué mis brazos son ahora una coraza cuya única función es protegerla de todo. Desde aquella altura no podía verle la cara, pero no hacía falta, nunca olvidaré la sensación de esa nueva piel suave y temblorosa fundiéndose con la mía. Conectadas por el cordón que aún no había dejado de latir, en un limbo inexplicable entre mi mundo interior y el mundo que nos rodea. Corté aquel cordón de textura gomosa y ahí acabó el experimento y empezó su libertad. Permanecí así durante mucho rato, feliz, con mis manos rodeando su pequeño cuerpecito de muñeca, con las manos de su padre transmitiéndonos ese calor infinito que ya nunca se marchará de nuestra pequeña familia. Inés había llegado por fin, y en aquel momento la científica que hay en mí se hizo a un lado para dejar sitio a la madre en la que acababa de convertirme.
Cuando por fin pude mirarla, allí me vi. Vi mi boca y mi barbilla en aquella carita diminuta, vi mis ojos bajo las cejas de su padre, con su remolino moreno, con toda su perfección. Aquellas manitas, las mías pero diminutas, me agarraban como aferrándose a la nueva vida, y entonces comprendí que mi vida jamás volvería a ser lo mismo, porque mis prioridades acababan de cambiar.
Inés abrió mucho los ojos desde el principio, atenta a las luces y a la música. Tanto me ha oído cantar que reconoce mi voz a través de las olas, rompiendo todas las barreras que alguna vez existieron. Mi sirenita americana ha traído la primavera a un invierno que prometía ser difícil. Pintó un sol en el mes de febrero que nos sacó a la calle en manga corta, llenó las terrazas, los parques y nuestras vidas de luz. Inés ha traído la alegría a esta casa, robando el último resquicio de soledad que pudiera andar escondido por algún rincón. Me aprieta la felicidad, se hincha dentro de mis venas, circula como una loca por todas las tuberías. El karma se había guardado lo mejor para el final. Cuando emprendí este viaje hace ya más de cinco años, no imaginé que los días más felices de mi vida aún estaban por llegar. Ignorante peregrina, amazona en busca de unicornio que montar, no podía imaginar que estaba ya en el camino hacia este lugar privilegiado donde aprendería a ser feliz. Bienvenida al mundo INÉS.
El tiempo volaba erosionando las escamas de la pequeña sirena, formando las capas de piel que en breve la convertirían en un ser humano. Desde fuera, con cierto asombro, yo iba participando de un mundo que aún no me pertenecía, más ajeno de lo que dictan los cánones de lo correcto, y aún así cada vez más mío. Se abombaba bajo mis vestidos, y a mí seguía pareciéndome increíble, como un sueño que no acabas de tomarte en serio porque, en el fondo, sabes que despertarás. Así pasaron 41 semanas, y un buen día, de repente, se derritió la nieve, subió la marea, golpeó en las rocas un batir rítmico in crescendo que se ajustaba como un calco absurdo a lo que describen los libros, todos esos foros de internet, todo eso que la gente te va contando para prepararte... como si uno pudiera estar preparado alguna vez.
Las horas se perseguían contraídas en espacios cada vez más reducidos, presionando la burbuja, llamando a la vida a la pequeña sirena. Yo miraba aquel espejo con los ojos de la curiosidad científica que nunca se agota, y aún no podía creer que aquella cabecita morena estuviese surgiendo de mí. Participé de su nacimiento con el cuerpo y el alma, pero fue justo en el momento en que noté su cuerpecito caliente encima del mío cuando la realidad cayó a plomo sobre mí y me convertí en MADRE. Lloré lágrimas de exceso de felicidad para drenar aquel sentimiento que apenas podía contener, la alegría que llenaba mi corazón y que lo ha ido haciendo más grande desde aquel momento y hasta el día de hoy. De repente y por primera vez entendí la magnitud de este concepto. Entendí por qué la naturaleza se regodea en su perfección, por qué si se pincha soy yo quien sangra, y por qué mis brazos son ahora una coraza cuya única función es protegerla de todo. Desde aquella altura no podía verle la cara, pero no hacía falta, nunca olvidaré la sensación de esa nueva piel suave y temblorosa fundiéndose con la mía. Conectadas por el cordón que aún no había dejado de latir, en un limbo inexplicable entre mi mundo interior y el mundo que nos rodea. Corté aquel cordón de textura gomosa y ahí acabó el experimento y empezó su libertad. Permanecí así durante mucho rato, feliz, con mis manos rodeando su pequeño cuerpecito de muñeca, con las manos de su padre transmitiéndonos ese calor infinito que ya nunca se marchará de nuestra pequeña familia. Inés había llegado por fin, y en aquel momento la científica que hay en mí se hizo a un lado para dejar sitio a la madre en la que acababa de convertirme.
Cuando por fin pude mirarla, allí me vi. Vi mi boca y mi barbilla en aquella carita diminuta, vi mis ojos bajo las cejas de su padre, con su remolino moreno, con toda su perfección. Aquellas manitas, las mías pero diminutas, me agarraban como aferrándose a la nueva vida, y entonces comprendí que mi vida jamás volvería a ser lo mismo, porque mis prioridades acababan de cambiar.
Inés abrió mucho los ojos desde el principio, atenta a las luces y a la música. Tanto me ha oído cantar que reconoce mi voz a través de las olas, rompiendo todas las barreras que alguna vez existieron. Mi sirenita americana ha traído la primavera a un invierno que prometía ser difícil. Pintó un sol en el mes de febrero que nos sacó a la calle en manga corta, llenó las terrazas, los parques y nuestras vidas de luz. Inés ha traído la alegría a esta casa, robando el último resquicio de soledad que pudiera andar escondido por algún rincón. Me aprieta la felicidad, se hincha dentro de mis venas, circula como una loca por todas las tuberías. El karma se había guardado lo mejor para el final. Cuando emprendí este viaje hace ya más de cinco años, no imaginé que los días más felices de mi vida aún estaban por llegar. Ignorante peregrina, amazona en busca de unicornio que montar, no podía imaginar que estaba ya en el camino hacia este lugar privilegiado donde aprendería a ser feliz. Bienvenida al mundo INÉS.
martes, 19 de mayo de 2015
Sol
Se anunció con claveles púrpura que brotaban de las entrañas de su madre en un goteo impertinente que apostaba por drenarse antes de tiempo. Tres semanas antes de lo marcado en el calendario lunar decidió que ya era hora de dejar el techo angosto de mamá, que era hora de plegar membranas y partir. Apoyó sus pequeñas manitas sobre la bolsa que la contuvo y que fue creciendo con ella durante los meses previos, mientras sus células se dividían y se diferenciaban; apretó con fuerza y se empeñó en ver mundo, ¡qué jodida, cómo sabía que el invierno se había acabado! La alborada sorprendió a Teresa de piernas cruzadas en el sofá, sintió la caída al vacío de aquel ramo de claveles arrojados con torpeza desde adentro. Susto, miedo, preocupación, prisas... cediéndole el paso a un pánico que se apoderó del color de sus mejillas. Sola en casa, teléfono en mano, primero el futuro papá, luego el médico... Esa extraña burocracia americana que dicta una llamada de teléfono de minutos infinitos cuando uno siente que la vida pasa demasiado deprisa. Conexión con un agujero negro al otro lado de la línea, voces sin rostro que encima hablan en otro idioma, ese que en este momento ocupa un lugar minúsculo en tu cerebro. Aún así, por algún extraño motivo, salen las palabras y hasta puedes deletrear tus apellidos, siempre conveniente, suerte si corto. En esa tribanda interurbana que conecta a la familia bostoniana, recibimos la llamada de teléfono. Corre, vuela, deja todo, la casa se queda en pausa como si nos hubieran abducido, todo en suspensión, la sangre no deja de brotar. Tras quince minutos eternos cruzamos las puertas de urgencias. Javi pilota la silla sobre la que Teresa vuela por los pasillos y luego de una planta a otra, liviana, pálida, sujetando su gestación contenida a duras penas y sin rastro de contracciones. Las horas se niegan a correr, ahora el tiempo parece estirarse... todavía quedan 24 horas, pero eso aún no lo sabemos. Al fin la rodean con esas tiras elásticas y le ponen los monitores, el corazón de Sol bate alas y Teresa recupera el color.
Finalmente, y ante la insistencia de la pequeña estrella que se empeña en emerger, inducen el parto y ella sale como una exhalación, le falta el tiempo, ya viene a comerse el mundo. Eso sí, al filo de la medianoche, como buena española, que aunque haya nacido en América viene con las costumbres castizas bien aprendidas. Formada del todo, con todas sus piezas encajando a la perfección en su pequeño cuerpecito de muñeca. Sobrepasa los 3 kilos, como para demostrar que tenía sus razones para querer salir ya, y mama como si se hubiera leído el manual de instrucciones antes de llegar. Esta niña apunta maneras, acepta retos sin despeinarse. Es suave, delicada, huele a nuevo y a vida. Y también lleva alarma antirrobo, sí, rodeando su diminuto tobillito lleva una alarma al más puro estilo "zara" que pita cuando se corta o se arranca... Corroborado por la enfermera, que cuando la cortó para darles el alta la lió parda y un pitido alarmante resonó en toda la planta. Confirmado, aquí niños robados, los justos.
Sol, una letra en cada casilla y sobrará espacio en todos los formularios. Sin lugar a diminutivos, reina de helio, tocaya del astro rey, . Sol abre mucho los ojos para ver bien el mundo, se empapa de vida, acaba de llegar y lo tiene todo por aprender. Lejos de los abuelos, que tuvieron que reprogramar el tiempo para venir a conocerla, Sol y sus padres se encontraron rodeados de todo el calor que genera nuestra pequeña familia bostoniana. Un montón de tíos y tías con acento madrileño, cordobés, alicantino, gallego, catalán, sevillano y ¡hasta de la Alcarria! que orbitarán en torno a ella para que la niña crezca en un pedacito de España; para que no se sienta nunca extranjera en ninguna parte, para que tenga siempre abrigo en esta tierra gélida donde la gente se rodea de una burbuja invisible tipo Super Pang. Este pequeño trozo de tierra que también gira en torno al Sol, pero que no tarda 365 días, ¡qué va! cinco minutos son suficientes para rodearla de achuchones. Y la luz de esta estrella peculiar que acaba de nacer es una energía renovable que nunca se agota, porque es la energía que mantiene en funcionamiento nuestro Sistema Solar particular. Bienvenida al mundo, Sol.
Finalmente, y ante la insistencia de la pequeña estrella que se empeña en emerger, inducen el parto y ella sale como una exhalación, le falta el tiempo, ya viene a comerse el mundo. Eso sí, al filo de la medianoche, como buena española, que aunque haya nacido en América viene con las costumbres castizas bien aprendidas. Formada del todo, con todas sus piezas encajando a la perfección en su pequeño cuerpecito de muñeca. Sobrepasa los 3 kilos, como para demostrar que tenía sus razones para querer salir ya, y mama como si se hubiera leído el manual de instrucciones antes de llegar. Esta niña apunta maneras, acepta retos sin despeinarse. Es suave, delicada, huele a nuevo y a vida. Y también lleva alarma antirrobo, sí, rodeando su diminuto tobillito lleva una alarma al más puro estilo "zara" que pita cuando se corta o se arranca... Corroborado por la enfermera, que cuando la cortó para darles el alta la lió parda y un pitido alarmante resonó en toda la planta. Confirmado, aquí niños robados, los justos.
Sol, una letra en cada casilla y sobrará espacio en todos los formularios. Sin lugar a diminutivos, reina de helio, tocaya del astro rey, . Sol abre mucho los ojos para ver bien el mundo, se empapa de vida, acaba de llegar y lo tiene todo por aprender. Lejos de los abuelos, que tuvieron que reprogramar el tiempo para venir a conocerla, Sol y sus padres se encontraron rodeados de todo el calor que genera nuestra pequeña familia bostoniana. Un montón de tíos y tías con acento madrileño, cordobés, alicantino, gallego, catalán, sevillano y ¡hasta de la Alcarria! que orbitarán en torno a ella para que la niña crezca en un pedacito de España; para que no se sienta nunca extranjera en ninguna parte, para que tenga siempre abrigo en esta tierra gélida donde la gente se rodea de una burbuja invisible tipo Super Pang. Este pequeño trozo de tierra que también gira en torno al Sol, pero que no tarda 365 días, ¡qué va! cinco minutos son suficientes para rodearla de achuchones. Y la luz de esta estrella peculiar que acaba de nacer es una energía renovable que nunca se agota, porque es la energía que mantiene en funcionamiento nuestro Sistema Solar particular. Bienvenida al mundo, Sol.
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