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domingo, 23 de febrero de 2014

Aún es invierno


El conocimiento lo tenía, la valentía no. Amanecía entre la bruma y en la niebla, agazapada, esperaba la llegada de la primavera. Vislumbraba entre sueños el despertar de los almendros, los valles y las cabañas. El invierno lo tapa todo con su manto despiadado. Se esconde en las sombras de los días efímeros robados al sol, en la noche que desprende los ecos desgarradores del clamor de las tinieblas. Y sin embargo, cuando amanece, sigue gélido al contacto, emponzoñado bajo el hielo; no se rinde ante la aurora porque no ha conocido el sueño todavía. Se desplaza con el viento que se ha llevado el rocío, dejando carámbanos mágicos que no entienden el deshielo. Se alarga la sombra errante del invierno, alcanzando aquellas cotas que en otras tierras ya han florecido. Miro desde la ventana el haz de colores que persigue a la umbría, aún no escucho su latido pero sé que se acerca. Los estertores del invierno se acurrucan en febrero, pierden fuelle algunas veces y se olvidan de las nieves. La estela  glacial se atusa el frío, se le escapan unos copos despistados que se quedan hasta marzo.  Despídete de ellos vieja escarcha, ya casi no te tengo miedo.  

lunes, 28 de enero de 2013

Corazón helado


Varada en el gélido río Charles, anhelando esos días de cálido verano que aún tardarán en volver, la barquita se yergue orgullosa sobre el embarcadero solitario; avista escarcha a babor y estribor, pero no por eso fenece, aguanta paciente, abandonada, casi estoica ante el crujir insistente del carámbano que la soporta. ¿Cómo es el invierno en Boston? Laaaaaaarrgoooo, extremadamente completo en inclemencias, persistente en vientos fríos, húmedo por fuera y seco por dentro, gélido. . . precioso. ¿Temperaturas? Muy negativas. . . abre la puerta del congelador, mete la cabeza dentro, aguarda unos cinco minutos. . . ¿ya has dejado de sentir las orejas? pues ahí tienes el clima de Boston. Eso sí, soleado hasta el extremo en que es capaz de pintarse como una postal veraniega sobre un río helado. Hay que verlo para creerlo, un río navegable, más ancho que el Guadalquivir, congelado de cabo a rabo durante días. La media de la semana pasada, 15 grados bajo cero. Y piensas, ¡la hostia, qué frío! bueno, pschá, sí que hace frío, pero llega un momento cuando pasas la barrera de los -7 grados centígrados en que hace un frío que pela y punto. Un frío que te congela los globos oculares, el líquido sinovial y hasta la sangre dentro de las venas. Te vuelves espeso y torpe, como si te faltara un hervor, y es complicado pensar o hacer cualquier tipo de movimiento coordinado un poco complejo. Aun así, aquí la gente hace una vida completamente normal (sí mama, completamente normal), y hasta hay pirados que van en bici.
Y a pesar de lo horrible que pueda parecer, el invierno en Boston tiene mucho encanto, por no mencionar lo que rejuveneces, que tienes la piel más tersa que un tambor recién afinao. Y desde luego, ese sentimiento de guisante en una bolsa del congelador tiene su lado bueno, un espectáculo como estas olas congeladas en movimiento, atrapadas en el tiempo, deteniendo el mundo y las prisas por unos días, no puede comprarse en una agencia de viajes. Me quedo con el frío, con la nieve, con el hielo, con el viento, me quedo pajarito, digo, esperando la primavera con el corazón helado.