lunes, 3 de agosto de 2020

Papel rasgado

Parecen sólo trozos de papel rasgado y sin embargo, al mirarlos más de cerca, puede leerse MAD. Se me clavan en las plantas de los pies como azulejos suicidas que cayeron presa del yeso mal tirado a toda prisa, se me clavan al caminar descalza con todas sus aristas y su mala tinta. Se van quedando pegados calcándose en tatuajes que me gritan desde mi propia piel, BOS! 31 de julio de 2020!!! que no quiera verlo no significa que no vaya a seguir gritándome como una prostituta a la que se le fueron sin pagar aquellos tipos. Están por todas partes, esos trozos, como el confeti del día uno de enero, sucio y pisoteado por el suelo que aún retumba de tacones de aguja resbalándose sobre litros de garrafón malherido. A mí en cambio me retumba la cabeza, me asustan los golpes que recibo desde adentro, no quieren callarse, no quieren oír, no me dejan escuchar ni respirar. Recojo los trozos con máximo mimo, en un ejercicio de autoayuda que pretende salvarme de las cicatrices, los compongo con sumo cuidado y leo con mucha torpeza entre las lágrimas densas como aceite sin refinar: Salida: Boston 31 de julio, llegada: Madrid 1 de agosto, IB6166. En un mundo paralelo, hay unas maletas hechas, una risita nerviosa, calzado cómodo y un  libro ligero, tapones para los oídos, una manga larga, un pañuelo y caramelos para la garganta que siempre se me reseca tanto en los aviones. 
En un mundo paralelo hay alegría, regocijo, mucho estrés y muchas cosas que dejar hechas antes de irse. Pasaportes en sus fundas, y green card a buen recaudo. En un mundo paralelo, siempre dado por sentado, hay muchas ganas de recorrer esos cinco mil quinientos kilómetros que nos separan el resto del año. 
En esta realidad, en cambio, sólo hay cajones llenos de ropa doblada, casi toda la de verano... esperando a ser elegida, correspondida. Las sandalias con sus suelas limpias, ávidas de hacer rozaduras, las tareas esperando en su lista de cosas por hacer, ya sin prisa, puesto que no hay que salir corriendo hasta quién sabe cuándo. Las estanterías llenas de libros sin tiempo de ser leídos, o sin ganas, en verdad. Las plantas a la espera de esa sed de riego que no llega. Las maletas se lamentan en la oscuridad del armario, se duelen de melancolía, como las heridas viejas con los cambios de tiempo. La Loli se pasea extrañada sin parar de soltar pelo, con el traje de entretiempo que no ha llegado a quitarse del todo. 
Una jornada de trabajo detrás de otra, usurpando el tiempo de ocio que se ha quedado en el limbo. No puedo coger días libres para estar encerrada en casa, aunque lleve un año entero sin haber cogido vacaciones. ¿Y si despierto y puedo vivir? Pero al mismo tiempo el trabajo se encalla y se vuelve arisco, y el bienestar que normalmente mece mis vaivenes psicosomáticos se vuelve ahora nauseabundo y me atormenta cual febrícula. En mi empeño por recuperar la sonrisa me acerco al mar, a mojar mis pies con esas olas que también bañaron la Península Ibérica. Pero lejos de calmarme, me voltean y me zarandean, y me recuerdan que este año no veré el Mediterráneo. No veré tampoco a mis padres, ni a mis hermanos, ni a todas esas caritas que encajo con calzo en una agenda imposible de dos semanas al año. Y sigo contando los días y bueno, hace un año que no os veo. A mis padres, por suerte, sólo siete meses. Pero lo peor, sin duda, es la incertidumbre. ¿Cuándo volveremos a vernos? ¿cuándo dejará de ser un peligro con porcentaje mortal reunirse con la familia? ¿Cuánto habrá crecido Inés la próxima vez que la vean sus abuelos y tíos? El mundo sigue girando alrededor del mismo Sol, y lo vemos desde distintos ángulos y nos calienta casi por igual, pero aquí no lo soporto, me ahoga, no me deja respirar. En cambio allí me broncea y me genera endorfinas. Es lo malo de ser española fuera de mi patria, que España me late dentro aunque me empeñe en tirar pa´ lante, España me crece dentro y me nubla el conocimiento, y me anula las ganas de correr como si hubiera algo mejor esperando en la meta. Respiro hondo para arrastrar este peso con toda la fuerza de mi alma, pero a veces, eso tampoco es suficiente y se me saltan las costuras. Me acuerdo mucho de mi abuela, que durante la guerra estuvo un año entero sin saber nada de su familia, y doy gracias porque a mí lo único que me falta es poder tocaros. A pesar de todo, mi angustia se drena con estas letras, y me deja un poquito de espacio para poder respirar hondo y tirar hacia adelante. En un mundo paralelo mañana bajaré a tomar café con las chicas, luego iré de cañas con mis hermanos y a comer a casa de mis padres. Cogeremos el AVE para llegar mucho más rápido a La Mata a abrazar a mi familia política, y a mi sobrina que estará esperando a Inés para ir juntas a la playa. 

sábado, 2 de mayo de 2020

Flamenco is a language

Se habla con el cuerpo, con la intención, con el alma y con la mirada… pero lo más difícil no es hablarlo, sino transmitirlo. Con el sudor aún caliente y las piernas temblándome, aún me pican las manos de aplaudir a Alfonso Cid. Bailar flamenco es una cosa, bailar con música en directo es otra, y que el cantaor se siente al piano en Nueva York mientras mis tacones resuenan en mi casa aquí en Boston es magia negra de otro costal. Alfonso nos ha llevado de la mano hasta el sigo XVIII, a la corte de Carlos III, donde un italiano llamado Luigi Boccherini inspiró el primer fandango. El ritmo era otro, y algún día mis castañuelas también rozarán esa cuerda de la historia, pero de momento me conformo con esta clase magistral de música histórica en un contexto inusual e íntimo que ahora me sale compartir con el mundo. Malagueños y onubenses no son lo mismo, como tampoco lo son sus fandagos. Hoy mis pies añoran El Rompido con más pasión que de costumbre, y me tengo que conformar con que mi barca no sea la mejor del puerto, pero desde luego sí que tiene los mejores movimientos. Porque enclaustrada en mi sótano me tiemblan las piernas al sentir las vibraciones de una voz que se emite a cientos de kilómetros. Taconeo fuerte para que mis pies no olviden la percusión al bailar, para que mi alma no se achique dentro de un cuerpo inmóvil. Me bebo el compás y las palmas y los hago parte de mí, de mis entrañas y de mi ser; los atrapo para gestarlos durante el resto de mis días. Bailo para aliviar mi pena, para apagar mi soledad, bailo en tercios y en cinco frases, repitiendo siempre la primera, y la primera siempre dice que en peores plazas toreamos. Bailo porque este año me he quedado sin subir al escenario, sin aplausos de un público que se conforma con amateurs, pero que se apunta al jaleo como los gitanos más puros. Bailo porque este virus no me va a quitar también el arte, porque mientras haya Lauras tirando de estos volantes, giraremos con los brazos extendidos para no perder el equilibrio. 
El flamenco es un idioma que escuché mucho en España, sin entenderlo del todo. Curiosamente ha sido en Boston donde he empezado a hablarlo, aunque me falta fluidez. Pero qué gusto da estudiar a la luz de un corazón encendido. Me he nutrido de la historia de los fandangos de Huelva y he viajado a las entrañas de la música para entender, una vez más, que el flamenco es ese arte que no se puede aguantar. Que me abriga, que me levanta, que me da la mano y gira, y gira, y gira con las ganas infinitas de no llegar a ninguna parte, de estar aquí, de disfrutar de lo que tengo y de lo importantes que son las ganas. 
Gracias Laura, nunca te agradeceré lo suficiente que me enseñaras toda esa España que vive en ti. Gracias Alfonso. En la vida he escuchado mucho flamenco, discos de Camarón, José Mercé, Estrella Morente, Niña Pastori y últimamente mucho Miguel Poveda, pero no hay nada que pueda compararse a las vibraciones de la música en directo, no hay nada que pueda explicar por qué una voz puede hacer música sin necesidad de instrumentos. Hoy me he subido al escenario como si fuera una profesional, con el mismo compromiso y el mismo respeto, y me he bajado de él tan plena como si hubiéramos compartido sala y resonancia. 

miércoles, 15 de abril de 2020

Mapas

Pues yo cuando cierro los ojos, me adentro y me pierdo en mi mapa, que no es físico, ni político, sino más bien un enredo de cicatrices del alma que han ido encalleciendo de mucho pasar los dedos por encima. Toco las costuras del corazón remendado con trocitos de España y me desplazo, me despedazo, voy de la Puerta del Sol de Madrid a la Plaza de España en Sevilla en el mismo aliento contenido que se esconde detrás de una máscara color mostaza hecha a mano en Massachusetts. Pongo un pie a remojo en el Mediterráneo que vierte risas en la playa de La Mata y el otro en El Rompido donde siempre llegamos patinando, qué suerte que hoy hemos cogido un día bueno, no como la semana pasada que nos resbalábamos en las cuestas. El Levante me vuela el flequillo y me da calor y frío, porque a esta casa sin ventanas llega más fuerte que el Lebeche. Aun así he cogido mi barco para recorrer la bahía con los ojos cerrados, total, qué patrón necesita conocimientos de náutica para navegar bien a la deriva. Desde hace semanas ando perdida como si me controlara un gato, no sé qué humor ponerme para estar más favorecida entre mis paredes mentales. Con el sol, las cicatrices se van difuminando y pierden apresto, pero los tejidos gruesos, como el músculo cardiaco, tienen mejor memoria que la piel finita de los párpados. Por eso las lágrimas no son tan densas como la sangre, y por eso también se derraman con mucha más facilidad. Pero a mí estas costuras no se me borran, como no paro de tocarlas, de viajarlas, de pensarlas, de rascarlas... qué manía más tonta la de abrocharse a los recuerdos. Y qué mentirosos son, porque en mis recuerdos Madrid está siempre llena de gente, y no se puede andar por esas calles estrechitas, sobre todo cuando hace bueno, en primavera, que todo el mundo quiere beberse la alegría de Madrid. Y en cambio ahora, sólo hay miedo, sólo hay cuerpos cabizbajos y miradas encerradas en balcones cerrados a cal y canto. Pero yo cierro los ojos y ahí estoy, con mis hermanos, de risas con unas cañas que nunca parecen vaciarse, o en la terraza de mis padres oyendo a la Juani dar voces. Lo que pasa es que esta irrealidad virtual es una cabrona, porque mientras me mulle el asiento para empezar la próxima reunión familiar por zoom, también me recuerda que a saber cuándo podemos salir de la pantalla para volver a sentarnos a la misma mesa, para darnos codazos mientras nos reímos del prójimo que está ahí mismo, al otro lado de la mesa, sumando años, arrugas y canas y perdiendo el temperamento mientras nos pasa un trozo de pan. Y el gato este que mueve los mandos dentro de mi cabeza se baja corriendo porque ha visto una mosca y mi mente se queda vacía de propósitos y de enmiendas, y ya no sé si de verdad me creo que queda poco o si prefiero no pensarlo. Pues es que vivo muy lejos, y la incertidumbre se me multiplica con las relaciones internacionales, porque ya no dependo tanto de poner un pie en la calle como de ponerlo en un avión para cruzar medio mundo. Si la distancia impuesta no me permite sentarme tan cerca de otros que viajen en sus propios mapas, a lo mejor pasa demasiado tiempo hasta la próxima vez que pueda ampliar cicatrices en el mío propio. Pero otros días me pongo el humor flamenco, y entonces se me olvida que no llevo flor ni tacones, porque me visto por dentro de alegría y de ganas de bailar, y me dejo llevar por el duende que me canta a todas horas. Acepto la realidad como se ha empeñado en mostrarse, áspera por fuera pero bonita por dentro, porque mira, mientras el mundo ahí fuera se ha parado para demostrarnos que no somos dioses sino seres diminutos, nuestro mundo interior por fin puede crecer libre de la cárcel contaminada de monóxido de carbono en que lo teníamos encerrado. Y ahora, en mi mapa, por fin vuelvo a ver la sierra que se dibuja en las postales de Madrid, y las aguas cristalinas de los ríos hasta suenan al rozarse, aunque hacen un eco que nadie puede oír, y están ávidas de pies descalzos que vuelvan a caminar a contracorriente. Porque la realidad es que cuando esto pase, y las ventanas se abran y los brazos se abracen, tardaremos demasiado poco en guardarnos las manos en los bolsillos, ésas que ahora sacamos por los barrotes para agarrar con fuerza el mundo que nos ha puesto boca abajo.

martes, 17 de marzo de 2020

El Apocalipsis Coronado

Un escenario sin precedentes, se ha hecho el silencio en Madrid, no hay risas en los parques ni canciones en los patios de colegio, no hay bocinas en Recoletos, ni cacharreo en los bares, sólo sillas y mesas encadenadas a esas terrazas viudas de gente. Nadie puede tocarse, si acaso saludarse desde el otro lado de la calle, y no hablemos de los dos besos, ese tinte cultural que ha lacerado nuestras pieles con llagas minúsculas e invisibles que drenan nuestra vitalidad. Las visitas están prohibidas, sólo el miedo puede colarse y hacerse dueño de los pensamientos. Tanto ha calado que hasta las mentes ingeniosas de los españoles siempre ocurrentes han dejado de crear viñetas y memes sobre la marcha y cada vez hay menos chistes a costa de este virus coronado. El corazón de España contiene el latido mientras espera un milagro, ya van miles de contagiados y más de medio millar de muertos, muertos que no serán velados más que por unos pocos valientes, porque pertenecen al reino de los muertos que matan.  Muertos que se irán solos y con dudas de si era o no, porque no hemos querido mirar a tiempo a lo que ocurría en Asia. O quizás éramos demasiado orgullosos como para entender que no somos inmunes, qué ironía, a los problemas de aquel otro mundo, y que las barreras entre países no son más que psicológicas.

Nació en China como podía haber surgido en cualquier otra parte del mundo, lo digo para acallar los comentarios xenófobos que tanto me hieren el alma. Los virus recombinan, mutan y a veces saltan de una especie a otra; eso lo han hecho toda la vida porque es su manera de subsistir. Lo malo es que vivimos en un mundo globalizado, y los microorganismos no entienden de fronteras.Y en un golpe de mala suerte, un virus infecta a una persona, que tarda demasiado tiempo en saber que está infectada, y se ha dado la mano con muchos, y se ha abrazado con su pareja, y ha ido al colegio de sus hijos y ha tocado los carros del supermercado... y un amigo de aquellos que le dio la mano tenía previsto un viaje a Italia, y comió con unos cuantos que tenían familias numerosas, además allí se dan dos besos como dios manda, a la española, porque los mediterráneos somos muy cercanos tanto para saludarnos como para darnos de hostias. Y como el virus es retorcido, está sólo en fase de incubación y para cuando te quieres dar cuenta ya se ha extendido por los cinco continentes (seis, si aprendes geografía en USA).

Desde aquí vemos las barbas de la vecina Europa cortar, menguar, enredarse y morir... y tratamos de ser precavidos y nos encerramos en nuestras casas a remojar las nuestras propias. Y nos morimos de miedo... hasta los biólogos nos morimos de miedo. A mí me da miedo la desinformación y el desconocimiento, y me da miedo no poder predecir lo que va a pasar. Miedo de aquellos que piensan que como son jóvenes y sanos pueden permitirse estas vacaciones a la Costa del Virus, sin comprender que los abuelos que se quedaron con sus hijos una tarde, o esos amigos jóvenes pero con problemas de salud perecerán convencidos de que no pasaría nada. Las salas de urgencias se colapsan de insensatos, y el personal sanitario va cayendo, uno tras otro sin piedad, expuestos a multiplicidades de infección (permitidme esta palabra técnica que explica muy bien por qué la gente joven también es vulnerable) desorbitadas e innecesarias... Y en medio de este caos aun hay quien se pregunta si esto es real o es una maniobra de las grandes farmacéuticas... la gente ve demasiado la televisión (eso está claro) y será demasiado tarde cuando ya no podamos ni ir a darles un último adiós a nuestros seres queridos que pasarán a la historia como un número más que engordó la cifra de los ataúdes de plomo.

Este escenario apocalíptico, sin embargo, tiene una sola cosa buena, la UNIÓN. Por primera vez no importa quién seas, de qué color seas, dónde vivas o cuáles son tus ideales políticos... nadie está a salvo de COVID-19. Y en este caso la unión, pues sí que hace la fuerza, por eso cada uno hace lo que mejor sabe para llenar estas horas de soledad infinita. Los cantantes se reinventan y dan conciertos online, los padres se dan la vuelta para mirar a sus hijos aburridos y se retraen treinta años para recordar cómo se hacían aquellas manualidades de la EGB. De repente los espectros solapan mucho más que nunca y en una semana he hablado más tiempo con mis hermanos y amigos de España que en los últimos seis meses. Ya no importa en qué huso horario te despiertes porque no hace falta preguntar ¿a qué hora vas a estar en casa? El ritmo frenético en que vivimos se ha parado de golpe, y el teletrabajo no podrá mantener la economía a flote. Cerrarán negocios, quebrarán empresas, caerán las acciones, los precios de las casas, muchos irán a la ruina, aumentará el paro, la Seguridad Social (suerte de aquellos que la tengan) sufrirá un colapso y ojalá no se vean obligados a poner umbrales de edad para ver a quién no tratan... Señores, ¡quédense en casa! No vayan a los parques vacíos, ni al estanco, qué buen momento para dejar de fumar, no suban a comprar el periódico (vale, papa?, que hay suscripciones online), no hagan colas apretadas en el súper ni en el metro, no usen el transporte público si no es absolutamente imprescindible, y si lo hacen, guantes, distancia de un metro o más con el de al lado, bufanda, gafas, y lávense las manos como si hubieran matado a alguien.
Asumo la situación con dolor y rabia, pero ya en paz, sabiendo que no hay nada más que podamos hacer, sólo esperar, acurrucar nuestras mentes en la fe ciega de que será estacional, y ahora sí miramos a Oriente para creernos sus estadísticas, pues necesitamos garantías de que al cabo de un mes estaremos al otro lado de la mediana. El problema, señores, es que a diferencia de ellos, nosotros tendemos a no escuchar, a creernos que sabemos más que nadie, a adquirir la actitud pasota del que todo lo sabe y nada necesita, y pecamos del egoísmo que no se paga con la propia muerte, sino con un resfriado pasajero que viviendo en ti apaga las vidas de muchos otros, y ni si quieran tienen que estar cerca porque lo que tocas se convierte en un arma letal de largo alcance. Por favor, quédate en casa, todo puede esperar, tú que puedes asómate a la ventana para ver el cielo de Madrid, ése que los imbéciles nombran en vano para ser retwiteados. Yo miro el cielo de Boston y conjuro el momento de subirme a un avión para llegar a Barajas y besar el suelo madrileño.




jueves, 20 de febrero de 2020

Tu primer trienio

Ha volado el tiempo, ¿no? No hace tanto que abrías por primera vez los ojos al mundo, negros como la infinidad del miedo que se replegaba para no mostrarse en los míos. Y luego fueron pasando los días y eran fáciles, y nos reíamos de los errores de primerizos que no cometimos. Te incorporaste a nuestras vidas ocupándolo todo de repente, y nos parecía hasta injusto no darte un poco más de espacio. Nunca he sido de esas madres abnegadas, reconozco que aún hoy mi cabeza se recrea en los ratos de esparcimiento; pero es cierto que cada vez más te cuelas en ella a todas horas, en realidad, nunca te marchas. Has entrado a formar parte como un repliegue de mi cerebro que es vital y decisivo, que canta "How far I´ll go" y "Let it go" cuando menos me lo espero. El primer año pasó al tran-tran, como un tren de nueva generación recorriendo vías viejas, como haciéndose a la idea de los límites que lo contienen. En tu primer cumpleaños ya vivíamos en la casa nueva, y organizamos una fiesta con lo poco que podíamos permitirnos, muy a la española, con gusanitos rojos y patatas fritas y una tarta de galletas receta de la abuela Antonia. Eso sí, rodeados de la familia bostoniana, ya que la otra, la de verdad, quedaba un poco a desmano.
Tu segundo año de vida comenzó con tus "no a la comida", igual de vehemente que el "no a la guerra" pero menos saludable. Entonces se nos apagó un poco la sorna de la primerez, y comprendimos que la cabezonería también se hereda, y que íbamos listos. También empezaste a andar, a hablar, primero palabras sueltas que luego se cogieron de la mano, y al final no dejaban espacio para pasar entre ellas... a veces nos tiran de la impaciencia y otras veces, la mayoría, nos sacan esa carcajada que se cuelga de la realidad cuando comprendes que en la mente de un niño toda conjugación es posible.
Tu segundo cumpleaños fue otra meta ganada, un año más superado. Atrás se quedaron los pañales, el no pagar en los aviones, las peleas con la comida y el miedo a tragar piezas pequeñas. Esas pequeñas victorias que nos da la vida y que no pesan casi nada, pero en la balanza de la paternidad pueden imponer criterios, energía, somnolencia, y hasta ganas de vivir. ¿La edición genética? noooo, ¿crecer retinas en una placa petri? qué va, ¡lo difícil es criar un hijo! ahí sí, mi madre me gana en doctorados. Y cuando digo criar voy mucho más allá de los abrazos y el cariño infinito, voy a esas veces en las que estás molido, enfermo, deprimido, y te tienes que poner el traje de superhéroe porque nadie tiene la culpa de que ya no seas un niño. O esas otras veces en que no te da la vida para llegar a esa entrega, o a esa reunión que tantas horas invertiste en preparar sin contar con que el día D tu hija se pondría enferma y habría de pararse el mundo. Porque por mucho que corras, el mundo se para, se para cuando tienes fiebre, se para cuando pataleas, se para cuando son las diez y no me ha dado tiempo a sentarme, eso sí, se para sólo para mí, ahí fuera todo sigue como si nada... Pero también tienes poder sobre la fuerza centrífuga que lo mueve, y los días pueden durar mucho menos de 24 horas cuando tú te lo propones. También las semanas se acortan y se juntan los lunes con los viernes... Y así, en un par de zancadas, al fin ha llegado febrero otra vez, ese mes que te ilusiona tanto porque es tu cumpleaños, aunque tengas que esperar infinito hasta que por fin llega el día 20. Y el día 20 llega y casi no puedes dormir, revoloteas, estás atacada, y yo observo esta película de la que formo parte y no desde hace justamente tres años. Tres años que han durado tres siglos pero también tres minutos. Me siento 30 años más vieja pero 300 años más sabia. Mi energía se va pegada en las suelas de tus zapatos, y siento que estos tres años han sido, sin duda, los más productivos de toda mi vida. Qué curioso, Inés, que antes de ti creía que lo tenía todo. Qué equivocada estaba, Piti, si no sabía lo que era el regocijo de estar escondida esperando a que me encuentres, ni lo satisfecha que me siento cuando te encantan mis dibujos. En estos últimos meses me ha crecido la imaginación. Se me estaba quedando seca, ¿sabes? y tú me has regado los sueños. Y aunque a veces sienta que no puedo más, que no tengo batería en el alma, tú me recargas con esos besos que me das sin haberlos pedido, o cuando me abrazas con tus tequierodeaquialalunayvuelta. Me da la vida esa cara de felicidad cuando Loli te huele la mano, el sabor nuevo de las cosas viejas. Cuando escucho mis propias frases en esa lengua de trapo, y tengo que reírme a escondidas porque es mi deber educarte. Y qué difícil es educar, que no es criar, que no es abrazar, es negar muchas cosas fáciles, es corregir los errores con mano derecha, es hacer acopio de una paciencia que nunca he tenido, es templar, moderar, procurar, querer, deber, saber, enseñar, comprender, escuchar, elegir, llorar, reír, cantar, bailar, levantarse, arrastrarse, revolcarse, recordar, no rendirse, no claudicar, no ceder pero ceder, no desganar, dejarse ganar, luchar sin pelear... y todo ello sin descanso. Sólo espero que este trienio me conceda ciertas ventajas, que el sueldo me suba un veinte por ciento en besos, pero sobre todo que me ajusten los días mocosos porque en esta profesión uno no puede darse de baja. Felicidades Gitana, por un año más inventando cuentos.

martes, 1 de octubre de 2019

Vetusta Morla



A veces los poetas también se paran en Boston, y cuando eso pasa, el español me crece al doscientos por cien dentro del corazón. Mis labios no conocen otro idioma que el de Cervantes, corrientes de energía que recorren mis cuerdas vocales zarandeándome los acentos, sin afonía y sin miedo, sin roturas, sólo llevándome lejos, arriba, desgañitándome en un instante para dejarme caer en un baile de fuego, de energía positiva que me recarga la vida y me vuelve a dejar a la deriva. Me refugio en esta guarida llamada Sonia que hoy es España, en la puerta unas cuantas caras amigas haciendo una cola ridícula para ver a Vetusta Morla. Les he visto llenar estadios en escenarios gigantescos, les he visto en festivales como cabeza de cartel... Pero en Boston las magnitudes son diferentes, los centímetros se miden en pulgadas y los metros en pies, y la distancia que me separaba del escenario y de sus habitantes se podía medir en palmos. Me he acordado de ti, Tania, sobre todo cuando me han susurrado que nunca sabes donde puedes terminar, o empezar... porque tú me diste esa canción y yo la hice mía, y aunque te parezca mentira, la canto cada mañana al salir de casa en mi bici, no me olvido dónde están los sueños. En España recorrí cientos de veces la ruta de la plata cantando Copenhague a voz en grito, tantos kilómetros Sevilla-Madrid que se me antojan ahora un suspiro inclemente. Allí fue donde descubrí a Vetusta Morla y muchas otras partes de mí misma, allí empecé.
También me he acordado de ti, María, que eres la más indie de mi familia política, y que te hubiera encantado saltar con nosotros en este pequeño festival de majaderos. ¡Te guardo el sitio para la próxima vez!
El momento más auténtico, sin duda, cuando Pucho se ha bajado a cantar entre el público como si fuera uno más, algo único que sin duda no puede permitirse en España. Como siempre, esa es la magia de Boston, donde las magnitudes se disfrazan de pequeñas o grandes a merced de quien esconde el alma o la expone para ser tocada. Y estos chavales de Tres Cantos han traído mucha humildad, mucho talento y mucha energía a esta parte del mundo colgando de sus guitarras. Esas letras tan difíciles de aprender para los que no tenemos espacio en el ocio, esa poesía tan sabia que nos baja a la tierra para pertenecer al momento, para no olvidar que las vidas que corren en paralelo en mundos diferentes, al final no son tan distintas.
El sabor agridulce viene cuando Pucho pregunta ¿cuántos residís aquí desde antes de 2012? y yo, junto a muchos otros, alzo la mano valiente, como para demostrar que a mí estos ocho años no me han cambiado nada. Y en cierto modo, casi es así, no me han cambiado del todo, por eso sigo sintiéndome viva dentro de la música española, que me pellizca el alma con tanta fuerza que se me olvida que aquí se habla otro idioma. Miro a mi alrededor y sólo veo amigos, los que he traído conmigo y los desconocidos que se me unen para cantar a coro unas letras que nos han pasado a todos. Por un instante estoy en casa, y olvido que cuando salga por esa puerta las palabras se volverán raras. Eso sí, podré volver a asomarme a ver a la gente en sus casas, porque aquí no usan persianas ni prejuicios. Y me inventaré historias que me llevarán lejos para ser contadas en otra parte, donde no hay más espejismos que los sueños que nos construimos, y qué bien se nos ha dado cumplirlos a rajatabla. Gracias por este ratito, Vetusta Morla, también os quieren los melómanos a este lado del mar.

martes, 3 de septiembre de 2019

Te voy a seguir siempre

Los posts de este blog siempre han salido de un tirón, nunca he reescrito casi nada, pero sobre todo, nunca he dudado ante la primera frase. Ésa es una frase que pide nacer, que suele cocerse a fuego lento mientras hago la colada, voy en bici al trabajo o le cambio el medio a mis células. Hoy, por primera vez, he reescrito la primera frase hasta cuatro veces, antes de decidir que lo mejor sería usar la sinceridad. Quizás porque cuando escribo no busco un público, ni un destino, sólo busco caminar para ir descubriéndome a mí misma. Desde aquí me acerco a los corazones que ya duermen en España, a las sonrisas somnolientas que habrán de formarse mañana. Es también mi idioma, ya sabes. Sin embargo hoy es distinto, porque si tus ojos alguna vez acarician estas letras, podrás ponerles una cara, una historia, el calor efímero de quien te abraza como si te conociera de toda la vida. ¿Pero es que acaso no es así? Cuando gritas el alma a los cuatro vientos, con o sin canción, te expones a ser admirado y querido, te expones a ser analizado y comprendido. Tu poesía es el guión de la vida de muchas personas, que sin ser lo mismo se adapta fiel a todas ellas como una historia que se narrase a posteriori, y sin embargo, todas esas personas somos diferentes, a veces diametralmente opuestas, ¿no te parece maravilloso? Es una melodía consenso que no se escribe una sola vez, sino que se reescribe en cada momento que vivimos, en cada error que cometemos, en cada vuelta atrás que ya no hay. Mi distancia con España me ha brindado el privilegio de comprender esas otras historias que se narran con otro tipo de nostalgia, que quien no ha vuelto a su ciudad no puede comprender lo que es volver a estar entre tu gente. A este lado del mar la gente también se identifica con tus letras, y me embarga la emoción cuando se alzan miles de voces de todos los colores para cantar al unísono el Corazón Partío en el Madison Square Garden de Nueva York. ¿Pero qué hago yo allí? Empecemos la historia por el principio:
"Hay alguien que te quiere conocer", podría haber sido el título de un programa de televisión de esos malos, podría haber sido spam, podría haber sido una broma pesada... pero resultó que era verdad. De todas las formas en las que me había imaginado conociéndote (y fueron muchas), ninguna contemplaba la posibilidad de que fueras tú el que quisiera conocerme a mí. Supongo que es la magia de las redes sociales, y aunque llevo toda la vida admirándote, es en esta era donde las palabras viajan más lejos y más deprisa. Así llegó a ti como un boomerang la emoción de ese concierto que diste en junio en Madrid. Y como una cola estelar, también la emoción que arrastraba de todas aquellas veces en que me escribí la vida con tu música. Mis viajes en el tiempo son cada vez más necesarios, porque la vida corre demasiado deprisa y yo quiero aferrarme a las camisetas de los conciertos, a los viajes en el Renault Clio de Lauri con tus discos a toda pastilla, volviendo del Vicente Calderón en una nube de energía positiva que le restaba importancia a todo. En España he recorrido los kilómetros a cientos, después he volado miles de millas atlánticas en un solo fin de semana, y por último he conducido seis horas en un tráfico infernal para volver a verte de nuevo en Nueva York, eso sí, si las otras veces merecieron la pena, ¡qué te voy a contar de la vez en la que iba a conocerte! No llegué a creerme del todo que aquello estaba ocurriendo hasta que se abrieron las puertas y te vi al otro lado, tan cerca que eras alcanzable, con el semblante cansado que te hizo humano de repente. Extraño y a la vez natural, porque te conozco de siempre (ya sabes), igual que te conoce Inés, que lleva escuchándote desde la 16 semana de gestación (antes no porque no tenía oídos). Por eso, a sus dos años y medio, esa pequeña endorfina del chupachups de fresa, se pasó las dos horas de concierto bailando sin parar y al día siguiente decía que ella quería ir otra vez "a oír cantar a ese señor"... Un día comprenderá que el primer concierto al que asistió (segundo, si contamos el streaming de +es+ cuando tenía cinco meses) fue un día inolvidable en la vida de su madre, y el poder compartirlo con ella y con Daniel fue simplemente maravilloso. Gracias por eso también. 
Como todo era irreal y no quería hacerme ilusiones, ni si quiera había planeado qué te diría. Por otro lado, tampoco habría sido yo si hubiera enjaulado mi espontaneidad. Fue un instante de aire y calor, y me quedé con ganas de decirte muchas cosas, ¡y de invitarte a una paella la próxima vez que pases por Boston! Pero la felicidad se me derramó a borbotones, así que estoy segura de que te llevaste parte pegada en las suelas de los zapatos. Veintisiete años, se dice pronto, esperando que se pare el mundo y caigamos en la misma casilla. Pero es verdad que tu cercanía anuló mi máquina del tiempo, no volví a tener once años, ni si quiera quince, qué va, me quedé en mis treinta y ocho para saber apreciar la suerte de conocerte por fin, a este lado del mundo donde se cumplen los sueños, donde el abrazo se deshizo por fuera pero te sigue abrigando de lejos, donde mi alma rezagada se escapó para rezarte como a un dios pagano: "te voy a seguir siempre".