martes, 17 de marzo de 2020

El Apocalipsis Coronado

Un escenario sin precedentes, se ha hecho el silencio en Madrid, no hay risas en los parques ni canciones en los patios de colegio, no hay bocinas en Recoletos, ni cacharreo en los bares, sólo sillas y mesas encadenadas a esas terrazas viudas de gente. Nadie puede tocarse, si acaso saludarse desde el otro lado de la calle, y no hablemos de los dos besos, ese tinte cultural que ha lacerado nuestras pieles con llagas minúsculas e invisibles que drenan nuestra vitalidad. Las visitas están prohibidas, sólo el miedo puede colarse y hacerse dueño de los pensamientos. Tanto ha calado que hasta las mentes ingeniosas de los españoles siempre ocurrentes han dejado de crear viñetas y memes sobre la marcha y cada vez hay menos chistes a costa de este virus coronado. El corazón de España contiene el latido mientras espera un milagro, ya van miles de contagiados y más de medio millar de muertos, muertos que no serán velados más que por unos pocos valientes, porque pertenecen al reino de los muertos que matan.  Muertos que se irán solos y con dudas de si era o no, porque no hemos querido mirar a tiempo a lo que ocurría en Asia. O quizás éramos demasiado orgullosos como para entender que no somos inmunes, qué ironía, a los problemas de aquel otro mundo, y que las barreras entre países no son más que psicológicas.

Nació en China como podía haber surgido en cualquier otra parte del mundo, lo digo para acallar los comentarios xenófobos que tanto me hieren el alma. Los virus recombinan, mutan y a veces saltan de una especie a otra; eso lo han hecho toda la vida porque es su manera de subsistir. Lo malo es que vivimos en un mundo globalizado, y los microorganismos no entienden de fronteras.Y en un golpe de mala suerte, un virus infecta a una persona, que tarda demasiado tiempo en saber que está infectada, y se ha dado la mano con muchos, y se ha abrazado con su pareja, y ha ido al colegio de sus hijos y ha tocado los carros del supermercado... y un amigo de aquellos que le dio la mano tenía previsto un viaje a Italia, y comió con unos cuantos que tenían familias numerosas, además allí se dan dos besos como dios manda, a la española, porque los mediterráneos somos muy cercanos tanto para saludarnos como para darnos de hostias. Y como el virus es retorcido, está sólo en fase de incubación y para cuando te quieres dar cuenta ya se ha extendido por los cinco continentes (seis, si aprendes geografía en USA).

Desde aquí vemos las barbas de la vecina Europa cortar, menguar, enredarse y morir... y tratamos de ser precavidos y nos encerramos en nuestras casas a remojar las nuestras propias. Y nos morimos de miedo... hasta los biólogos nos morimos de miedo. A mí me da miedo la desinformación y el desconocimiento, y me da miedo no poder predecir lo que va a pasar. Miedo de aquellos que piensan que como son jóvenes y sanos pueden permitirse estas vacaciones a la Costa del Virus, sin comprender que los abuelos que se quedaron con sus hijos una tarde, o esos amigos jóvenes pero con problemas de salud perecerán convencidos de que no pasaría nada. Las salas de urgencias se colapsan de insensatos, y el personal sanitario va cayendo, uno tras otro sin piedad, expuestos a multiplicidades de infección (permitidme esta palabra técnica que explica muy bien por qué la gente joven también es vulnerable) desorbitadas e innecesarias... Y en medio de este caos aun hay quien se pregunta si esto es real o es una maniobra de las grandes farmacéuticas... la gente ve demasiado la televisión (eso está claro) y será demasiado tarde cuando ya no podamos ni ir a darles un último adiós a nuestros seres queridos que pasarán a la historia como un número más que engordó la cifra de los ataúdes de plomo.

Este escenario apocalíptico, sin embargo, tiene una sola cosa buena, la UNIÓN. Por primera vez no importa quién seas, de qué color seas, dónde vivas o cuáles son tus ideales políticos... nadie está a salvo de COVID-19. Y en este caso la unión, pues sí que hace la fuerza, por eso cada uno hace lo que mejor sabe para llenar estas horas de soledad infinita. Los cantantes se reinventan y dan conciertos online, los padres se dan la vuelta para mirar a sus hijos aburridos y se retraen treinta años para recordar cómo se hacían aquellas manualidades de la EGB. De repente los espectros solapan mucho más que nunca y en una semana he hablado más tiempo con mis hermanos y amigos de España que en los últimos seis meses. Ya no importa en qué huso horario te despiertes porque no hace falta preguntar ¿a qué hora vas a estar en casa? El ritmo frenético en que vivimos se ha parado de golpe, y el teletrabajo no podrá mantener la economía a flote. Cerrarán negocios, quebrarán empresas, caerán las acciones, los precios de las casas, muchos irán a la ruina, aumentará el paro, la Seguridad Social (suerte de aquellos que la tengan) sufrirá un colapso y ojalá no se vean obligados a poner umbrales de edad para ver a quién no tratan... Señores, ¡quédense en casa! No vayan a los parques vacíos, ni al estanco, qué buen momento para dejar de fumar, no suban a comprar el periódico (vale, papa?, que hay suscripciones online), no hagan colas apretadas en el súper ni en el metro, no usen el transporte público si no es absolutamente imprescindible, y si lo hacen, guantes, distancia de un metro o más con el de al lado, bufanda, gafas, y lávense las manos como si hubieran matado a alguien.
Asumo la situación con dolor y rabia, pero ya en paz, sabiendo que no hay nada más que podamos hacer, sólo esperar, acurrucar nuestras mentes en la fe ciega de que será estacional, y ahora sí miramos a Oriente para creernos sus estadísticas, pues necesitamos garantías de que al cabo de un mes estaremos al otro lado de la mediana. El problema, señores, es que a diferencia de ellos, nosotros tendemos a no escuchar, a creernos que sabemos más que nadie, a adquirir la actitud pasota del que todo lo sabe y nada necesita, y pecamos del egoísmo que no se paga con la propia muerte, sino con un resfriado pasajero que viviendo en ti apaga las vidas de muchos otros, y ni si quieran tienen que estar cerca porque lo que tocas se convierte en un arma letal de largo alcance. Por favor, quédate en casa, todo puede esperar, tú que puedes asómate a la ventana para ver el cielo de Madrid, ése que los imbéciles nombran en vano para ser retwiteados. Yo miro el cielo de Boston y conjuro el momento de subirme a un avión para llegar a Barajas y besar el suelo madrileño.




jueves, 20 de febrero de 2020

Tu primer trienio

Ha volado el tiempo, ¿no? No hace tanto que abrías por primera vez los ojos al mundo, negros como la infinidad del miedo que se replegaba para no mostrarse en los míos. Y luego fueron pasando los días y eran fáciles, y nos reíamos de los errores de primerizos que no cometimos. Te incorporaste a nuestras vidas ocupándolo todo de repente, y nos parecía hasta injusto no darte un poco más de espacio. Nunca he sido de esas madres abnegadas, reconozco que aún hoy mi cabeza se recrea en los ratos de esparcimiento; pero es cierto que cada vez más te cuelas en ella a todas horas, en realidad, nunca te marchas. Has entrado a formar parte como un repliegue de mi cerebro que es vital y decisivo, que canta "How far I´ll go" y "Let it go" cuando menos me lo espero. El primer año pasó al tran-tran, como un tren de nueva generación recorriendo vías viejas, como haciéndose a la idea de los límites que lo contienen. En tu primer cumpleaños ya vivíamos en la casa nueva, y organizamos una fiesta con lo poco que podíamos permitirnos, muy a la española, con gusanitos rojos y patatas fritas y una tarta de galletas receta de la abuela Antonia. Eso sí, rodeados de la familia bostoniana, ya que la otra, la de verdad, quedaba un poco a desmano.
Tu segundo año de vida comenzó con tus "no a la comida", igual de vehemente que el "no a la guerra" pero menos saludable. Entonces se nos apagó un poco la sorna de la primerez, y comprendimos que la cabezonería también se hereda, y que íbamos listos. También empezaste a andar, a hablar, primero palabras sueltas que luego se cogieron de la mano, y al final no dejaban espacio para pasar entre ellas... a veces nos tiran de la impaciencia y otras veces, la mayoría, nos sacan esa carcajada que se cuelga de la realidad cuando comprendes que en la mente de un niño toda conjugación es posible.
Tu segundo cumpleaños fue otra meta ganada, un año más superado. Atrás se quedaron los pañales, el no pagar en los aviones, las peleas con la comida y el miedo a tragar piezas pequeñas. Esas pequeñas victorias que nos da la vida y que no pesan casi nada, pero en la balanza de la paternidad pueden imponer criterios, energía, somnolencia, y hasta ganas de vivir. ¿La edición genética? noooo, ¿crecer retinas en una placa petri? qué va, ¡lo difícil es criar un hijo! ahí sí, mi madre me gana en doctorados. Y cuando digo criar voy mucho más allá de los abrazos y el cariño infinito, voy a esas veces en las que estás molido, enfermo, deprimido, y te tienes que poner el traje de superhéroe porque nadie tiene la culpa de que ya no seas un niño. O esas otras veces en que no te da la vida para llegar a esa entrega, o a esa reunión que tantas horas invertiste en preparar sin contar con que el día D tu hija se pondría enferma y habría de pararse el mundo. Porque por mucho que corras, el mundo se para, se para cuando tienes fiebre, se para cuando pataleas, se para cuando son las diez y no me ha dado tiempo a sentarme, eso sí, se para sólo para mí, ahí fuera todo sigue como si nada... Pero también tienes poder sobre la fuerza centrífuga que lo mueve, y los días pueden durar mucho menos de 24 horas cuando tú te lo propones. También las semanas se acortan y se juntan los lunes con los viernes... Y así, en un par de zancadas, al fin ha llegado febrero otra vez, ese mes que te ilusiona tanto porque es tu cumpleaños, aunque tengas que esperar infinito hasta que por fin llega el día 20. Y el día 20 llega y casi no puedes dormir, revoloteas, estás atacada, y yo observo esta película de la que formo parte y no desde hace justamente tres años. Tres años que han durado tres siglos pero también tres minutos. Me siento 30 años más vieja pero 300 años más sabia. Mi energía se va pegada en las suelas de tus zapatos, y siento que estos tres años han sido, sin duda, los más productivos de toda mi vida. Qué curioso, Inés, que antes de ti creía que lo tenía todo. Qué equivocada estaba, Piti, si no sabía lo que era el regocijo de estar escondida esperando a que me encuentres, ni lo satisfecha que me siento cuando te encantan mis dibujos. En estos últimos meses me ha crecido la imaginación. Se me estaba quedando seca, ¿sabes? y tú me has regado los sueños. Y aunque a veces sienta que no puedo más, que no tengo batería en el alma, tú me recargas con esos besos que me das sin haberlos pedido, o cuando me abrazas con tus tequierodeaquialalunayvuelta. Me da la vida esa cara de felicidad cuando Loli te huele la mano, el sabor nuevo de las cosas viejas. Cuando escucho mis propias frases en esa lengua de trapo, y tengo que reírme a escondidas porque es mi deber educarte. Y qué difícil es educar, que no es criar, que no es abrazar, es negar muchas cosas fáciles, es corregir los errores con mano derecha, es hacer acopio de una paciencia que nunca he tenido, es templar, moderar, procurar, querer, deber, saber, enseñar, comprender, escuchar, elegir, llorar, reír, cantar, bailar, levantarse, arrastrarse, revolcarse, recordar, no rendirse, no claudicar, no ceder pero ceder, no desganar, dejarse ganar, luchar sin pelear... y todo ello sin descanso. Sólo espero que este trienio me conceda ciertas ventajas, que el sueldo me suba un veinte por ciento en besos, pero sobre todo que me ajusten los días mocosos porque en esta profesión uno no puede darse de baja. Felicidades Gitana, por un año más inventando cuentos.

martes, 1 de octubre de 2019

Vetusta Morla



A veces los poetas también se paran en Boston, y cuando eso pasa, el español me crece al doscientos por cien dentro del corazón. Mis labios no conocen otro idioma que el de Cervantes, corrientes de energía que recorren mis cuerdas vocales zarandeándome los acentos, sin afonía y sin miedo, sin roturas, sólo llevándome lejos, arriba, desgañitándome en un instante para dejarme caer en un baile de fuego, de energía positiva que me recarga la vida y me vuelve a dejar a la deriva. Me refugio en esta guarida llamada Sonia que hoy es España, en la puerta unas cuantas caras amigas haciendo una cola ridícula para ver a Vetusta Morla. Les he visto llenar estadios en escenarios gigantescos, les he visto en festivales como cabeza de cartel... Pero en Boston las magnitudes son diferentes, los centímetros se miden en pulgadas y los metros en pies, y la distancia que me separaba del escenario y de sus habitantes se podía medir en palmos. Me he acordado de ti, Tania, sobre todo cuando me han susurrado que nunca sabes donde puedes terminar, o empezar... porque tú me diste esa canción y yo la hice mía, y aunque te parezca mentira, la canto cada mañana al salir de casa en mi bici, no me olvido dónde están los sueños. En España recorrí cientos de veces la ruta de la plata cantando Copenhague a voz en grito, tantos kilómetros Sevilla-Madrid que se me antojan ahora un suspiro inclemente. Allí fue donde descubrí a Vetusta Morla y muchas otras partes de mí misma, allí empecé.
También me he acordado de ti, María, que eres la más indie de mi familia política, y que te hubiera encantado saltar con nosotros en este pequeño festival de majaderos. ¡Te guardo el sitio para la próxima vez!
El momento más auténtico, sin duda, cuando Pucho se ha bajado a cantar entre el público como si fuera uno más, algo único que sin duda no puede permitirse en España. Como siempre, esa es la magia de Boston, donde las magnitudes se disfrazan de pequeñas o grandes a merced de quien esconde el alma o la expone para ser tocada. Y estos chavales de Tres Cantos han traído mucha humildad, mucho talento y mucha energía a esta parte del mundo colgando de sus guitarras. Esas letras tan difíciles de aprender para los que no tenemos espacio en el ocio, esa poesía tan sabia que nos baja a la tierra para pertenecer al momento, para no olvidar que las vidas que corren en paralelo en mundos diferentes, al final no son tan distintas.
El sabor agridulce viene cuando Pucho pregunta ¿cuántos residís aquí desde antes de 2012? y yo, junto a muchos otros, alzo la mano valiente, como para demostrar que a mí estos ocho años no me han cambiado nada. Y en cierto modo, casi es así, no me han cambiado del todo, por eso sigo sintiéndome viva dentro de la música española, que me pellizca el alma con tanta fuerza que se me olvida que aquí se habla otro idioma. Miro a mi alrededor y sólo veo amigos, los que he traído conmigo y los desconocidos que se me unen para cantar a coro unas letras que nos han pasado a todos. Por un instante estoy en casa, y olvido que cuando salga por esa puerta las palabras se volverán raras. Eso sí, podré volver a asomarme a ver a la gente en sus casas, porque aquí no usan persianas ni prejuicios. Y me inventaré historias que me llevarán lejos para ser contadas en otra parte, donde no hay más espejismos que los sueños que nos construimos, y qué bien se nos ha dado cumplirlos a rajatabla. Gracias por este ratito, Vetusta Morla, también os quieren los melómanos a este lado del mar.

martes, 3 de septiembre de 2019

Te voy a seguir siempre

Los posts de este blog siempre han salido de un tirón, nunca he reescrito casi nada, pero sobre todo, nunca he dudado ante la primera frase. Ésa es una frase que pide nacer, que suele cocerse a fuego lento mientras hago la colada, voy en bici al trabajo o le cambio el medio a mis células. Hoy, por primera vez, he reescrito la primera frase hasta cuatro veces, antes de decidir que lo mejor sería usar la sinceridad. Quizás porque cuando escribo no busco un público, ni un destino, sólo busco caminar para ir descubriéndome a mí misma. Desde aquí me acerco a los corazones que ya duermen en España, a las sonrisas somnolientas que habrán de formarse mañana. Es también mi idioma, ya sabes. Sin embargo hoy es distinto, porque si tus ojos alguna vez acarician estas letras, podrás ponerles una cara, una historia, el calor efímero de quien te abraza como si te conociera de toda la vida. ¿Pero es que acaso no es así? Cuando gritas el alma a los cuatro vientos, con o sin canción, te expones a ser admirado y querido, te expones a ser analizado y comprendido. Tu poesía es el guión de la vida de muchas personas, que sin ser lo mismo se adapta fiel a todas ellas como una historia que se narrase a posteriori, y sin embargo, todas esas personas somos diferentes, a veces diametralmente opuestas, ¿no te parece maravilloso? Es una melodía consenso que no se escribe una sola vez, sino que se reescribe en cada momento que vivimos, en cada error que cometemos, en cada vuelta atrás que ya no hay. Mi distancia con España me ha brindado el privilegio de comprender esas otras historias que se narran con otro tipo de nostalgia, que quien no ha vuelto a su ciudad no puede comprender lo que es volver a estar entre tu gente. A este lado del mar la gente también se identifica con tus letras, y me embarga la emoción cuando se alzan miles de voces de todos los colores para cantar al unísono el Corazón Partío en el Madison Square Garden de Nueva York. ¿Pero qué hago yo allí? Empecemos la historia por el principio:
"Hay alguien que te quiere conocer", podría haber sido el título de un programa de televisión de esos malos, podría haber sido spam, podría haber sido una broma pesada... pero resultó que era verdad. De todas las formas en las que me había imaginado conociéndote (y fueron muchas), ninguna contemplaba la posibilidad de que fueras tú el que quisiera conocerme a mí. Supongo que es la magia de las redes sociales, y aunque llevo toda la vida admirándote, es en esta era donde las palabras viajan más lejos y más deprisa. Así llegó a ti como un boomerang la emoción de ese concierto que diste en junio en Madrid. Y como una cola estelar, también la emoción que arrastraba de todas aquellas veces en que me escribí la vida con tu música. Mis viajes en el tiempo son cada vez más necesarios, porque la vida corre demasiado deprisa y yo quiero aferrarme a las camisetas de los conciertos, a los viajes en el Renault Clio de Lauri con tus discos a toda pastilla, volviendo del Vicente Calderón en una nube de energía positiva que le restaba importancia a todo. En España he recorrido los kilómetros a cientos, después he volado miles de millas atlánticas en un solo fin de semana, y por último he conducido seis horas en un tráfico infernal para volver a verte de nuevo en Nueva York, eso sí, si las otras veces merecieron la pena, ¡qué te voy a contar de la vez en la que iba a conocerte! No llegué a creerme del todo que aquello estaba ocurriendo hasta que se abrieron las puertas y te vi al otro lado, tan cerca que eras alcanzable, con el semblante cansado que te hizo humano de repente. Extraño y a la vez natural, porque te conozco de siempre (ya sabes), igual que te conoce Inés, que lleva escuchándote desde la 16 semana de gestación (antes no porque no tenía oídos). Por eso, a sus dos años y medio, esa pequeña endorfina del chupachups de fresa, se pasó las dos horas de concierto bailando sin parar y al día siguiente decía que ella quería ir otra vez "a oír cantar a ese señor"... Un día comprenderá que el primer concierto al que asistió (segundo, si contamos el streaming de +es+ cuando tenía cinco meses) fue un día inolvidable en la vida de su madre, y el poder compartirlo con ella y con Daniel fue simplemente maravilloso. Gracias por eso también. 
Como todo era irreal y no quería hacerme ilusiones, ni si quiera había planeado qué te diría. Por otro lado, tampoco habría sido yo si hubiera enjaulado mi espontaneidad. Fue un instante de aire y calor, y me quedé con ganas de decirte muchas cosas, ¡y de invitarte a una paella la próxima vez que pases por Boston! Pero la felicidad se me derramó a borbotones, así que estoy segura de que te llevaste parte pegada en las suelas de los zapatos. Veintisiete años, se dice pronto, esperando que se pare el mundo y caigamos en la misma casilla. Pero es verdad que tu cercanía anuló mi máquina del tiempo, no volví a tener once años, ni si quiera quince, qué va, me quedé en mis treinta y ocho para saber apreciar la suerte de conocerte por fin, a este lado del mundo donde se cumplen los sueños, donde el abrazo se deshizo por fuera pero te sigue abrigando de lejos, donde mi alma rezagada se escapó para rezarte como a un dios pagano: "te voy a seguir siempre".

lunes, 26 de agosto de 2019

Viejo


Te debo un libro, ya lo sé… pero justo después de leer las primeras páginas del libro de Pérez-Reverte que me he apropiado en tu cumpleaños, me ha venido la inspiración… De repente he pensado que sería mejor utilizar esta suerte de arte literario con que me dotó la genética para largar un poco de amor en prosa, como si nada, como el que se acerca a una librería y pide el libro más leído del año. Ya sabes que a mí me gusta llevar el paso cambiado, “hacer lo que no hace nadie”, reírme hasta de mi sombra desde la seriedad del semblante y esconderme del sistema que dicta que los mejores libros son aquellos que están publicados por una editorial. Mi libro se teje dentro de mis entrañas, lleva años alimentándose de mis emociones, de mis manías, de mis recuerdos, de mis alegrías… pero sobre todo de mis miedos. Recuerdo aquella vez que volví de Boston, habían pasado ocho meses desde la última vez que te vi, y te habías hecho viejo, sí, así te lo digo, sin paños calientes porque ya sabes que así soy. Vaya si te habías hecho viejo, tu caminar se encorvaba hacia el suelo como buscando los palillos que se fueron escapando de tus labios al quedarte dormido en el sofá, la colonización de las canas había avanzado de las sienes a la nuca pasando entrevelada por todos los meridianos de tu cabeza… Las petequias de las manos se habían multiplicado sin piedad, y se veían borrosas bailando en un ligero tembleque que no soy capaz de decir cuándo empezó, pero que ha ido haciéndose un poco más notable con el paso del tiempo. 
Pero no te habías hecho viejo sólo por fuera, que al final es ley de vida, sino también por dentro, que es bastante más sorprendente. No de repente, me consta que ha sido gradual, pero la rabia ya no te gana con tanta facilidad, el genio se te ha templado hasta pasar desapercibido en ocasiones en las que tú y yo sabemos que podías haber entrado en Troya en lugar de aquel caballo. Desde entonces, te he observado muchas veces, sólo para tener constancia científica con muchas repeticiones, y efectivamente, se te ha suavizado el carácter. Por un lado pensé, “mira, pues es un buen presagio, seguro que a mí también me pasa algún día”, por otro lado pensé, “hay que joderse, ahora que por fin tengo réplicas adultas para casi todos tus peros y manías…”. 
El balance, sin embargo, es con creces positivo. Me di cuenta de que te habías convertido en abuelo, y puede que en parte esa certeza ayudara a poner pesitas en la balanza incierta que existía dentro de mí y que no acababa de virar hacia la idea de ser madre. Lo que me atrevo a asegurar es que desde el día de tu investidura como abuelo, aquel escalón de tiempo que te puso años tan deprisa, se ha ralentizado, manteniéndose aletargado, ciego y mudo, y ahora avanza mucho más despacio. Por eso, aunque al principio me dio vértigo pensar que mi padre ya no podía solucionar todos mis problemas, enseguida me di cuenta de que ese trabajo en realidad ya estaba hecho. Ese genio físico y químico que te encendía ante mi ignorante incomprensión había sido un ingrediente esencial para forjar un carácter que me ha conducido muy lejos. Quizás demasiado lejos en la distancia, eso no puedo negarlo, pero también hacia arriba en la escalera que asciende despiadada hacia el éxito y la autosuficiencia. Por otro lado, el karma paga la tranquilidad con la que te tomas la vida ahora con dosis de felicidad y de disfrute inesperado. La vida te ha devuelto paz interior y por fin te ha dado alas para jugar al escondite, a las muñecas, a peinarte hacia delante y a nadar en aguas abiertas. Es increíble lo que puede evolucionar el ser humano en una sola vida, en unas pocas décadas, y aunque hay cosas que nunca cambian, hay cambios que le dan sentido a la vida.
A fin de cuentas no está mal, cumplir 71 años y que te canten “Happy birthday, abuelo”. Así que bueno, como aquellas veces en que me cambiabas cinco duros por cien pesetas, yo te cambio un buen libro de Pérez-Reverte por esas lágrimas que tú y yo sabemos que te estás aguantando desde hace un rato. Felicidades papa (no pongamos acentos nuevos a palabras demasiado viejas), que cumplas muchos más, y que podamos celebrarlos juntos como éste.

domingo, 16 de junio de 2019

La Gira

He recorrido 5000 kilómetros para verte, podría haberlos recorrido a pie, a nado, o a rastras, y también habría valido la pena. Al igual que "ya quisiera el oro ser tiempo", ya quisiera la distancia ser olvido. Hace 7 meses, Lauri me envió una captura de pantalla con una fecha y un destino: 15 de junio, Madrid. No dudé, acepté el trato: "consigue la entrada y me compro un vuelo". Siete meses después le dije a Inés al cerrar la puerta: "Adiós cariño, mamá se va a España a ver a Alejandro Sanz", y ella, feliz, contestó: "¡Adiós mami!". Aunque aún no comprende lo que significan las distancias, a sus dos años de edad ya sabe quién es Alejandro Sanz y lo importante que es para su madre. Asistió a su primer concierto con sólo 4 meses, y aunque es pronto para comprender magnitudes, ya sabe que algo muy grande crece dentro de mamá cuando escucha tus canciones. No espero que nadie lo comprenda, pero creo que ella lo hace, por eso no ha derramado una sola lágrima en estos 4 días sin su mamá.
Llego a Madrid que también es mi cicatriz, al igual que la tuya, la ciudad por la que entré al mundo y que meció mis años de niña, la ciudad donde nos hemos citado tantas veces desde aquel Viviendo deprisa en el parque de atracciones. Durante los últimos 25 años, mi vida ha sido una evolución constante, gradual o abrupta dependiendo del cuándo. Sin embargo, mi lealtad hacia tu música ha permanecido estoica, inamovible, sólo haciéndose más fuerte y cabezota cuando tus canciones se volvieron oscuras y los jueces necios despreciaban el arte sin comprender que la vida es cambio, y que al igual que Sorolla, tú también tuviste tus épocas de luz y sombras. Luego vinieron las mías, y tantas veces me refugié en tus letras que a menudo fueron cosidas a mis álbumes de recuerdo anímico, actuando como banda sonora de un largometraje que un día se prendió fuego y hubo que reconstruir con mimo y cuidado. Nos cantamos a grito pelado en las Ventas de Madrid, también en el Vicente Calderón muchísimas veces, en el Palacio de los Deportes, en Córdoba, y hasta en Boston, cuando ya mi nombre no figuraba entre los empadronados en España. Comprendí que no es lo mismo ser que estar y que la vida hay que conducirla como un tren de alta velocidad que transporta explosivos. No sería la primera vez que hago coincidir mis vacaciones con uno de tus conciertos, pero esta vez el algoritmo de la maternidad y el trabajo no me ha permitido tanto, así que me he limitado a embarcar mi corazón en un viaje de fin de semana que ha resultado ser fascinante. Creí que venía a un concierto, pero en realidad he venido a arrancar lágrimas futuras, a abrazar el trozo de mi alma que se quedó con mis padres, y que tú me has dedicado sin saberlo en la portada de tu disco y de mi corazón.

Como doce horas de aviones y escalas no me parecieron suficientes, hice otras cuatro horas de cola a las puertas del Wanda Metropolitano para poder acompañarte un poco más cerca. Cuando por fin llegó el momento de volver a verte en el escenario, se me escurrieron dos décadas y lloví recuerdos por dentro, como si tuviera una copia de seguridad de todos aquellos momentos que creía perdidos cuya clave se esconde secretamente entre tus letras. Esa es la magia que me embarga desde niña, y que sólo la sensatez y la realidad de la madurez envuelven en el marco perfecto que me eleva a un nirvana privado. Porque ahora soy adulta y puedo darme cuenta de que es un privilegio poder sentir como siento, poder viajar en el tiempo subida a tus partituras, poder defender la letra de TODAS tus canciones, y sentir orgullo y no vergüenza al reconocer que he recorrido diez mil kilómetros en un fin de semana para volver a vivir veinticinco años comprimidos en dos horas y media.
Los científicos buscamos respuestas de forma empírica, elaboramos teorías y pretendemos comprender el porqué racional de todas las cosas; pero cuando se trata de ti, para mí es como una fe contra la que no puedo luchar, una religión poética que tiene sus propios mandamientos, y me obliga a reconocer que en realidad no he viajado en el espacio sino en el tiempo. Vuelvo a Boston con la satisfacción de haber vivido una noche mágica e imborrable que me abrocha otro poco a Lauri y a mi propia alma. Nos miramos con ese reconocimiento inexplicable y sincero para grabar en nuestra memoria otro recuerdo más. Pero estos recuerdos no se guardan en imágenes ni en palabras, sino en sentimientos que aflorarán una y otra vez cuando escuchemos de nuevo los acordes de tu guitarra y mi emoción se descodifique en un torrente de sensaciones maravillosas. Esta energía renueva mi luz interior y no permitirá que me quede a oscuras, ni si quiera cuando lleguen las sombras de la nostalgia que quieran llevarse mi fe. Al contrario, bailaremos juntas en la reminiscencia del miedo que se ha ido quedando pequeño, y que al pasar por delante de puntillas y ver lo que hemos conseguido, sólo puede darse media vuelta y replegarse hacia el pasado, allí volveremos a buscarlo siempre que queramos, siempre que necesitemos sentirnos vivos, pero allí lo dejaremos luego para seguir mirando hacia delante.

domingo, 9 de junio de 2019

Mi Mantón

Mi mantón estaba dormido en un rincón de Madrid. Tocado con mimo y magia, replegado y hambriento de luz; tímido azul escondido entre arrogantes rojos y negros, suspirando por ver el mundo y desplegarse con el viento. Mi mantón tarareaba en su estante alegrías de otro tiempo, sintiendo el cielo infinito reflejado en la vitrina. Era diciembre y Madrid se había vestido de luces, como una gitana sencilla a punto de ir a casarse. Mares de miles de pies desgastaban el asfalto, pero sólo unos llevaban tacones con lunares rojos pintados a mano. A su paso, los adoquines de la Plaza Mayor se iban engalanando, transmitiendo esa corriente continua que me va enhebrando al suelo, cosiéndome un sentimiento que ningún país o ciudad ha conseguido replicar. Mi corazón ya bailaba en su jaula de alegrías, latiendo en simples compases, como de una voz que goteara derramándose dentro de mí: un dos, un dos-tres, cuatro-cinco-seis, siete-ocho, nueve-diez... un-dos.... su latir se aceleraba atraído por una fuerza magnética, sin saber que estaba a punto de enamorarse perdidamente.
Entré en aquella tienda y mis ojos se clavaron en él. Se miraron, se reconocieron, y supe que estaba perdida. Otros fueron apareciendo, menos hilo, menos seda... pero mi corazón ya no quería mirar a ningún otro lado. Pedí verlo y fui advertida: que si estaba segura de poder pagarlo. En realidad me hice un poco la fuerte, dije que seguiría buscando, y hasta yo misma lo creí. Fue entonces cuando me lo acercaron... y lo abrí, y se desplegó como una orquídea rara que florece una sola vez en medio de la selva. Entonces comprendí que el mar puede contenerse en un retal de seda bordado, que la primavera efímera acababa de hacerse eterna. Comprendí que el azul ya nunca sería otra cosa para mí, porque aquella obra de arte la habían creado los dioses. Lo escuché, me susurró con su seda y me abrazó el alma desde fuera. Yo ya estaba tan débil que apenas podía negarme, así que abrí mis brazos y me cubrí con sus flecos. Caí al vacío, me crecieron alas, me sentí volar, y los dos supimos que nos habíamos encontrado.
Cruzó el mar como un ave migratoria que se refugia del frío (sólo que al contrario), y conquistó esta tierra con tanto arte que todas las bocas se abrían al revelar su envergadura. La primera vez que bailamos me sentí como una reina guerrera: poderosa, magna, imparable. Fuimos dos alumnos torpes durante algún tiempo, sólo hasta que nos cogimos la medida. Después dejamos de pisarnos y enredarnos para volar en armonía. Laura compuso esa danza que nos llenaba de voz, nos permitía abrazarnos en público, exponernos, desnudarnos, recorrernos hasta el infinito. Bailábamos los dos solos aun rodeados de gente, mirándonos, midiéndonos, en el ritual íntimo de una pasión que pocos pueden entender. Los acordes de guitarra nos han ido dando un destino, y hasta el viento nos ha rodeado celoso y con el orgullo herido. Al Paraíso de la Alegría llegué bailando contigo, y con el alma arropada ya nunca más tendré frío.