domingo, 16 de junio de 2019

La Gira

He recorrido 5000 kilómetros para verte, podría haberlos recorrido a pie, a nado, o a rastras, y también habría valido la pena. Al igual que "ya quisiera el oro ser tiempo", ya quisiera la distancia ser olvido. Hace 7 meses, Lauri me envió una captura de pantalla con una fecha y un destino: 15 de junio, Madrid. No dudé, acepté el trato: "consigue la entrada y me compro un vuelo". Siete meses después le dije a Inés al cerrar la puerta: "Adiós cariño, mamá se va a España a ver a Alejandro Sanz", y ella, feliz, contestó: "¡Adiós mami!". Aunque aún no comprende lo que significan las distancias, a sus dos años de edad ya sabe quién es Alejandro Sanz y lo importante que es para su madre. Asistió a su primer concierto con sólo 4 meses, y aunque es pronto para comprender magnitudes, ya sabe que algo muy grande crece dentro de mamá cuando escucha tus canciones. No espero que nadie lo comprenda, pero creo que ella lo hace, por eso no ha derramado una sola lágrima en estos 4 días sin su mamá.
Llego a Madrid que también es mi cicatriz, al igual que la tuya, la ciudad por la que entré al mundo y que meció mis años de niña, la ciudad donde nos hemos citado tantas veces desde aquel Viviendo deprisa en el parque de atracciones. Durante los últimos 25 años, mi vida ha sido una evolución constante, gradual o abrupta dependiendo del cuándo. Sin embargo, mi lealtad hacia tu música ha permanecido estoica, inamovible, sólo haciéndose más fuerte y cabezota cuando tus canciones se volvieron oscuras y los jueces necios despreciaban el arte sin comprender que la vida es cambio, y que al igual que Sorolla, tú también tuviste tus épocas de luz y sombras. Luego vinieron las mías, y tantas veces me refugié en tus letras que a menudo fueron cosidas a mis álbumes de recuerdo anímico, actuando como banda sonora de un largometraje que un día se prendió fuego y hubo que reconstruir con mimo y cuidado. Nos cantamos a grito pelado en las Ventas de Madrid, también en el Vicente Calderón muchísimas veces, en el Palacio de los Deportes, en Córdoba, y hasta en Boston, cuando ya mi nombre no figuraba entre los empadronados en España. Comprendí que no es lo mismo ser que estar y que la vida hay que conducirla como un tren de alta velocidad que transporta explosivos. No sería la primera vez que hago coincidir mis vacaciones con uno de tus conciertos, pero esta vez el algoritmo de la maternidad y el trabajo no me ha permitido tanto, así que me he limitado a embarcar mi corazón en un viaje de fin de semana que ha resultado ser fascinante. Creí que venía a un concierto, pero en realidad he venido a arrancar lágrimas futuras, a abrazar el trozo de mi alma que se quedó con mis padres, y que tú me has dedicado sin saberlo en la portada de tu disco y de mi corazón.

Como doce horas de aviones y escalas no me parecieron suficientes, hice otras cuatro horas de cola a las puertas del Wanda Metropolitano para poder acompañarte un poco más cerca. Cuando por fin llegó el momento de volver a verte en el escenario, se me escurrieron dos décadas y lloví recuerdos por dentro, como si tuviera una copia de seguridad de todos aquellos momentos que creía perdidos cuya clave se esconde secretamente entre tus letras. Esa es la magia que me embarga desde niña, y que sólo la sensatez y la realidad de la madurez envuelven en el marco perfecto que me eleva a un nirvana privado. Porque ahora soy adulta y puedo darme cuenta de que es un privilegio poder sentir como siento, poder viajar en el tiempo subida a tus partituras, poder defender la letra de TODAS tus canciones, y sentir orgullo y no vergüenza al reconocer que he recorrido diez mil kilómetros en un fin de semana para volver a vivir veinticinco años comprimidos en dos horas y media.
Los científicos buscamos respuestas de forma empírica, elaboramos teorías y pretendemos comprender el porqué racional de todas las cosas; pero cuando se trata de ti, para mí es como una fe contra la que no puedo luchar, una religión poética que tiene sus propios mandamientos, y me obliga a reconocer que en realidad no he viajado en el espacio sino en el tiempo. Vuelvo a Boston con la satisfacción de haber vivido una noche mágica e imborrable que me abrocha otro poco a Lauri y a mi propia alma. Nos miramos con ese reconocimiento inexplicable y sincero para grabar en nuestra memoria otro recuerdo más. Pero estos recuerdos no se guardan en imágenes ni en palabras, sino en sentimientos que aflorarán una y otra vez cuando escuchemos de nuevo los acordes de tu guitarra y mi emoción se descodifique en un torrente de sensaciones maravillosas. Esta energía renueva mi luz interior y no permitirá que me quede a oscuras, ni si quiera cuando lleguen las sombras de la nostalgia que quieran llevarse mi fe. Al contrario, bailaremos juntas en la reminiscencia del miedo que se ha ido quedando pequeño, y que al pasar por delante de puntillas y ver lo que hemos conseguido, sólo puede darse media vuelta y replegarse hacia el pasado, allí volveremos a buscarlo siempre que queramos, siempre que necesitemos sentirnos vivos, pero allí lo dejaremos luego para seguir mirando hacia delante.

domingo, 9 de junio de 2019

Mi Mantón

Mi mantón estaba dormido en un rincón de Madrid. Tocado con mimo y magia, replegado y hambriento de luz; tímido azul escondido entre arrogantes rojos y negros, suspirando por ver el mundo y desplegarse con el viento. Mi mantón tarareaba en su estante alegrías de otro tiempo, sintiendo el cielo infinito reflejado en la vitrina. Era diciembre y Madrid se había vestido de luces, como una gitana sencilla a punto de ir a casarse. Mares de miles de pies desgastaban el asfalto, pero sólo unos llevaban tacones con lunares rojos pintados a mano. A su paso, los adoquines de la Plaza Mayor se iban engalanando, transmitiendo esa corriente continua que me va enhebrando al suelo, cosiéndome un sentimiento que ningún país o ciudad ha conseguido replicar. Mi corazón ya bailaba en su jaula de alegrías, latiendo en simples compases, como de una voz que goteara derramándose dentro de mí: un dos, un dos-tres, cuatro-cinco-seis, siete-ocho, nueve-diez... un-dos.... su latir se aceleraba atraído por una fuerza magnética, sin saber que estaba a punto de enamorarse perdidamente.
Entré en aquella tienda y mis ojos se clavaron en él. Se miraron, se reconocieron, y supe que estaba perdida. Otros fueron apareciendo, menos hilo, menos seda... pero mi corazón ya no quería mirar a ningún otro lado. Pedí verlo y fui advertida: que si estaba segura de poder pagarlo. En realidad me hice un poco la fuerte, dije que seguiría buscando, y hasta yo misma lo creí. Fue entonces cuando me lo acercaron... y lo abrí, y se desplegó como una orquídea rara que florece una sola vez en medio de la selva. Entonces comprendí que el mar puede contenerse en un retal de seda bordado, que la primavera efímera acababa de hacerse eterna. Comprendí que el azul ya nunca sería otra cosa para mí, porque aquella obra de arte la habían creado los dioses. Lo escuché, me susurró con su seda y me abrazó el alma desde fuera. Yo ya estaba tan débil que apenas podía negarme, así que abrí mis brazos y me cubrí con sus flecos. Caí al vacío, me crecieron alas, me sentí volar, y los dos supimos que nos habíamos encontrado.
Cruzó el mar como un ave migratoria que se refugia del frío (sólo que al contrario), y conquistó esta tierra con tanto arte que todas las bocas se abrían al revelar su envergadura. La primera vez que bailamos me sentí como una reina guerrera: poderosa, magna, imparable. Fuimos dos alumnos torpes durante algún tiempo, sólo hasta que nos cogimos la medida. Después dejamos de pisarnos y enredarnos para volar en armonía. Laura compuso esa danza que nos llenaba de voz, nos permitía abrazarnos en público, exponernos, desnudarnos, recorrernos hasta el infinito. Bailábamos los dos solos aun rodeados de gente, mirándonos, midiéndonos, en el ritual íntimo de una pasión que pocos pueden entender. Los acordes de guitarra nos han ido dando un destino, y hasta el viento nos ha rodeado celoso y con el orgullo herido. Al Paraíso de la Alegría llegué bailando contigo, y con el alma arropada ya nunca más tendré frío.

sábado, 16 de marzo de 2019

Retruécano

Y cuando pienso en España pienso en vosotros, rodeados de esa luz cálida que tiende al rojo incluso en invierno. Pienso en todas esas horas que no os dedico, en todas esas caricias que se secan a la espera de chocar con vuestras pieles, demasiado lejos, demasiado tarde. Y sin embargo en el presente puedo coger vuestras manos que me saludan en la distancia, y agarrándome fuerte a ellas puedo volar,  en círculos de un tiovivo que se acelera con mis latidos, grita loco, gira eterno, y me lleva hacia ese limbo que vuestras sonrisas me fabrican.
A veces quiero vivir para siempre en España, pero sólo en la España que dibujan vuestras manos, esa que hemos dejado entre acordes de "El último de la fila", porque es en esa España donde vuestra mano es cálida y está hecha de primaveras, y no tengo que llorar los inviernos que han ido quedando atrás. En realidad creo que España se ha reducido a eso, a vuestro calor, a un abrazo, a un vaso al otro lado de la mesa, a un baile, a una sonrisa, a un truco de magia malísimo... se ha quedado entre los dedos que chasquean en el pasado, trayéndome a este presente un racimo de piruletas. Os quiero tanto que me sale de donde brotan los miedos, los sueños y la mala suerte. Os quiero tanto que sois España y mi mundo en pasado y en presente. Os quiero tanto que a veces duele abrazaros en el presente, sabiendo que el futuro aguarda vestido de ausencias y recuerdos. Os quiero tanto que he decidido no pensar en ello para no caerme, para poder seguir mirando hacia adelante sin deslumbrarme con vuestras sonrisas. Me acompañáis, por supuesto, en cada pasito pequeño, como antes, como siempre, como no podía ser de otra forma. Y quien no tiene hermanos no puede comprender lo que es tener tres corazones, a mí me laten tan fuerte que a veces me saltan las lágrimas.

martes, 22 de enero de 2019

He vuelto a jugar

He vuelto a jugar al escondite. He vuelto a hacer panecillos y gatos de plastilina. He vuelto a dibujar perros con alas de mariposa. He vuelto a subir en los columpios, a cantar a grito pelado, a andar a la pata coja y a vestir a las muñecas. He vuelto a reír por nada y a revolcarme por los suelos. He vuelto a ver el mundo desde medio metro de altura, de rodillas, sin expectativas, abierta a la posibilidad de poder volar bajo si cojo buen impulso, incluso a poder caerme si no mantengo los brazos estirados. He vuelto a ponerme de puntillas para mirar al otro lado, a bailar sin música, a inventarme historias de protagonistas conocidos. He vuelto a cantar canciones con mímica que me vienen a la cabeza en cuanto bajo la guardia en medio de una reunión.
Con Inés, la vida ha vuelto a empezar desde el principio, han vuelto las primeras veces, en otros ojos, desde otra perspectiva. Pero no todas repetidas, porque creo que nunca antes había jugado en los columpios con mis dos hermanos, nunca habíamos sido niños de la misma edad, y sobre todo, nunca habíamos tenido edad de saber apreciarnos como ahora.
Gracias a Inés no sólo los he conocido a ellos, sino a mis cuñadas, a mis padres... una nueva puerta se ha abierto hacia un mundo que ni si quiera ellos conocían. Si me dicen hace años que iba a ver a mi padre jugando a las muñecas no me lo hubiera creído, y mira ahora, acunando y dando el biberón entre peinado y peinado. Es un ciclo mágico que te guarda la vida, que se queda con el tiempo de los padres y se lo devuelve a los abuelos, en forma de ratos relajados que no tienen comida pitando en el horno, ni ropa en la lavadora, ni el despertador dándoles codazos por la mañana temprano. Ellos pueden pararse más rato, saborearlo, y comprender cuánto se gana del tiempo que no se empuja, que se requeda, que se empeña en expandirse y desperdigarse por la alfombra. Empiezo a vivir otra vez.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Lo que fui es lo que soy

Cumplidos los 38, siento el peso de mi vida como una mochila de viaje que no para de llenarse. Algunas veces me aprieta, la deposito en el suelo y vacío algunas cosas, pero en general todo se queda conmigo, al menos durante unos años. Cuando pienso en ello me parece que no puede ser, que es imposible que haga 20 octubres que empezaba mi último curso de instituto, que es imposible que sea mayor de edad desde hace tanto tiempo... Que hace 20 años de demasiadas cosas.
Acabo de ver la película documental "Lo que fui es lo que soy", del gran Alejandro Sanz, y me he quedado llena y vacía. Llena de luz, de buen rollo, de paz, de emociones... pero también de melancolía, de recuerdos, de momentos que ya nunca volverán. Vacía de pequeñas cosas, de lágrimas viejas, de las ganas de desgañitarme a grito pelado contra el mundo. Y me da vértigo pensar que me hago mayor. He vivido en los mismos acordes durante muchos años, y aunque para mí no han cambiado tanto, resulta que las nanas que luego fueron lentas y más tarde bulerías, se han convertido en rock y música clásica ausentes de poesía. Los años se han ido llevando esos ratos de papel y lápiz, ese derramarme en ríos de tinta que se fueron plegando como aviones de papel. Las obligaciones han ido ocupando los renglones vacíos (casi todos en inglés), y ya casi no queda espacio para las palabras nuevas. La vida no me deja tiempo para parar, para degustar, paladear, para escuchar las notas antiguas. Demasiado ocupada en aprender, con el listón siempre un poco por encima de lo que puedo tocar con la punta de mis dedos, hasta de puntillas...  empiezo a dolerme del recuerdo y a temer perder la memoria.
Cuando era pequeña y mi madre contaba sus historias del colegio, a mí me parecía que aquello había debido de ocurrir en otra era, y ahora veo a mi hija que pronto pensará lo mismo de mí y pienso "pero si fue ayer, si yo jugaba con Lauri a las muñecas el otro día, y paseábamos a mi gato Honorato en el carro con su gorro y sus manoplas". Es imposible que mi Hono lleve 25 años enterrado, no me creo que los años sigan teniendo las mismas semanas que entonces. ¿Qué fue de aquellos veranos que duraban infinito? ¿tanto que se te quedaban pequeños los zapatos de invierno?... ¿Qué fue de aquellos cursos académicos que parecían no tener fin? Si a mí ahora me parece que no puedo entregar a tiempo los trabajos de enero porque resulta que está a la vuelta de la esquina. Pero es que me he dado cuenta que el tiempo se normaliza por décadas. En la mía, ya más cerca de los 40 que de los 30, los lunes pasan a ser viernes con la misma rapidez con la que antes llegaba sólo el miércoles.
Me consuela pensar que el tiempo ha sido bien empleado, que probablemente se hace más corto cuanto más se rellena de momentos vividos. Sin embargo, en el fondo sigo intentando retenerlo, andar más lento, requedarme por las noches para alargar las horas del día como si la Tierra pudiera girar un poco más despacio... De noche abro los ojos en medio de la oscuridad y me abruman quince ideas que no se conforman con mañana, me quitan el sueño durante horas y me dejan un rastro de ojeras que me acompaña todo el día. Pues mira, esto tampoco ayuda, la verdad, que la edad no pasa de largo por mi epidermis insomne... Y a pesar de todo, sigo pensando que estoy en el pico de la campana, y que Gauss estaría de acuerdo en que esto volverá a ralentizarse el día menos pensado. Probablemente cuando pueda volver a sentarme a hacer la nada en el sofá, o coger una hoja en blanco y empezar a vaciarme sobre ella, como siempre, como ahora, porque es la única herramienta que me permite controlar el tiempo, traer el pasado, sentarme a vuestro lado en un recuerdo y volver a sentir exactamente lo mismo, con perspectiva, con menos dolor, también con menos alegría, pero con una nostalgia infinita que me recuerda que he vivido. Y sí, todo eso que fui está aquí, formando parte de lo que soy ahora, recordándome que hace falta espacio y tiempo para todo, que sólo hace falta invocarlo.

sábado, 1 de septiembre de 2018

La dicotomía del emigrante


"¿Ya te vas? pero si acabas de llegar". . .  sí, yo también me he dado cuenta, al fin y al cabo, éstas son mis vacaciones. La pregunta se repite en diferentes bocas, en distintas fórmulas gramaticales. . . pero siempre viene a ser lo mismo, un retórico reproche tocado por la decepción. A mí no me toca ensayar mis caras de póker, porque a estas alturas de la vida yo ya no tengo tiempo para quedar bien. Las jornadas de trabajo son intensas, la rutina en general, con todas esas cosas por hacer desde las 7 de la mañana: prepara el desayuno, los tuppers, la comida de Inés, vistámonos todos, corre que te corre, hala, a la bici, sudando la gota gorda, déjala en la guardería, vuela al trabajo, recorre a toda prisa los cinco pisos de escaleras aprovechando tu minuto de gimnasio gratuito. . .  sécate todo el sudor porque el día no ha hecho más que empezar. Las responsabilidades han ido engordando hasta apretarme los huesos, eso sí, henchida de ellas y de gratitud, nunca olvido dónde está mi lugar. Por eso me gusta mi vida llena de tareas y tuercas. Engrano como puedo mis horas libres para poder seguir dando clases de baile, hacer teatro, seguir con el mentorazgo, salir con los amigos, y no olvidar que quiero disfrutar al máximo de cada minuto de Inés; aunque a veces me gustaría darle al pause, tirarme en el sofá y disfrutar de no hacer absolutamente nada. . .  ¿Cuándo fue la última vez de eso? Pero las vacaciones son otra cosa, ya en enero empieza el sorteo de la búsqueda de vuelo, a ver si este año puede ser que no necesitemos el sueldo de un mes para poder volar a España. En los últimos años se ha convertido para nosotros en un destino comparable a las islas Caimán, eso sí, no es exactamente un lugar de merecido descanso. El día antes de volar, por no decir la semana antes, las jornadas de trabajo parecen parir más horas, y nunca me parece suficiente lo que dejo terminado. Hacer las maletas pensando en llevar todo y a la vez dejar espacio para todo eso que me tengo que traer sin pecar de sobrepeso. Volamos de noche sin pegar ojo y aterrizamos a primera hora de la mañana, con todas las vacaciones por delante y unas ojeras que nos llegan hasta los pies. Si logras no dormirte hasta las 12 de la noche, habrás vencido al jet lag y sólo habrás perdido una noche de sueño. Tengo tantas ganas de ver a todo el mundo que el primer día suele pasarse tan rápido como la sensación de sueño. Primera tarea: desayuno ibérico.
Consulto la agenda para ver con quién me toca comer hoy, a quién tengo que ver sin falta, cuántos niños han nacido y no he conocido aún, a cuántos amigos no pude ver el año pasado. Sobre todo este año, que llevábamos casi 400 días sin pisar territorio español. Quiero ver a mis hermanos, quiero abrazarlos desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo de cómo huelen. Quiero también ver a mis amigas, ponernos al día, abrazarlas fuerte, reírnos de tontunas, arreglar el mundo como solíamos hacer. Sólo que ahora estoy sujeta a los horarios de Inés, a sus siestas y sus comidas, a que no puedo tenerla todo el día de bar en bar y rodeada de adultos. . .  Pero es que en España hace tanto calor en agosto, ¡queman los columpios! en serio, los parques se vacían de risas y carrerillas porque ahí no hay quien respire sin abrasarse los pulmones. ¿Fui yo una vez capaz de ignorar esta sensación de quemazón tan grande? Pues va a ser que sí, que yo solía andar por la calle a las 3 de la tarde para disgusto de mi madre, que ya gozaba de este sentido del calor que me ha crecido a mí ahora, me hago mayor.
A Madrid este año no le hemos robado mucho, porque al final es cierto que se queda vacío en agosto, que todo el mundo sale por patas huyendo de este asfalto de lava, y que hasta las 8 de la tarde no hay un sitio donde ir sin arder. Que esa es casi la hora de dormir de Inés en Boston, y que por eso Spain is different.  Al caer la noche, despiertan los bares, y cada día toca visitar uno distinto, o el mismo, pero no nos podemos permitir quedarnos en casa descansando, aunque en realidad sea lo que más nos apetezca, porque si hacemos eso, habremos perdido una oportunidad estupenda de vivir lo que tanto echamos de menos desde que nos fuimos. Pero es que también me apetece estar hasta las 3 de la mañana hablando con mis mejores amigos, discutiendo de todo, siendo laísta y chula y empezando la casa por el tejado. Me mata mirar el reloj y decir: "tenemos que irnos, hemos quedado para cenar". Pierdo entonces el poder de decidir sobre mi propia voluntad, porque yo me quedaría donde estoy, con mis amigos, con mis risas, para una vez que nos vemos. Lo malo es que los días son contados, y ese pensamiento alimenta la maquinaria que mueve mi cuerpo de forma involuntaria. Empiezo a sufrir una división cardíaca que me ahoga, esa que me obliga a sentir cosas tan discordantes como querer volver a casa, a Boston, en mitad de las vacaciones. Lucho con el sentimiento de ahogo y tiro para adelante, porque aún queda lo mejor, la playa, el descanso, las cañas a la orilla del mar, el placer de leer un libro. . .  sólo que en realidad no es así. Allí nos espera otra rutina adaptada a que Inés pueda disfrutar de sus abuelos y viceversa. Hay que dejar el egoísmo a un lado y mirar por ella, por ellos, y adaptarnos a lo que toca porque no podemos hacer otra cosa. Al menos con los abuelos es un poco más fácil, porque vienen a vernos a Boston una vez al año y pueden disfrutar de nieta durante más rato. El resto del mundo sólo tendrá una tarde con un bebé de cinco meses que de repente tiene año y medio y corre y balbucea, para seguir con un rato futuro de niña bilingüe y desconocida que parece crecer veinte centímetros de un día para otro.
Y a pesar de tener ya ganas de volver a casa, me voy de España con tanta pena que me dejo un trozo del corazón allí olvidado, y eso hará que durante los días que quedan hasta navidad, la eche de menos a rabiar, a dentelladas, a un nivel que algunos días tirará mis lágrimas por el lavabo. Los que hablan de depresión post-vacacional no saben lo que se agravan los síntomas cuando además eres emigrante. Sin embargo, Boston es ahora mi casa, y me recibe siempre con calor en lo que se anuncia como los últimos coletazos del verano. Llego al lab y me encuentro una perla en mi mesa, sonrío y pienso "qué suerte tengo".

miércoles, 1 de agosto de 2018

San Francisco arriba y abajo

Como Toledo, pero "volcao", cogido por el extremo y sacudido hacia abajo unos 45 grados (con respecto a Toledo, que ya tiene lo suyo en pendientes). Así se me antoja San Francisco cuando me quita el aliento subiendo la cuesta arriba, no sólo por el espectáculo, que es digno de cortar la respiración, sino por el efecto asfixiante del ejercicio mal traído empujando un carrito de niño. Y el premio al desaliento se lo lleva Lombard Street, esa calle en la que los niños no pueden jugar a la pelota, al menos no más allá de la primera patada, en la que irremediablemente el esférico rodará zigzagueando unos 200 metros y suma y sigue conectando con las calles que empalman colina abajo hasta llegar al mar.

Allí se parará inseguro, justo en aquel lugar desde el que puede divisarse Alcatraz,  la famosa prisión en la que permanecieron cautivos personajes tan famosos como el mismísimo Al Capone. Una atracción turística un tanto curiosa, una isla en medio del Pacífico, separada de la bahía de San Francisco por la distancia justa para morir pelado de frío si intentabas escapar de ella.
Claro que cuenta la leyenda que tres presos lo consiguieron... Para el que no haya visto la película "La fuga de Alcatraz", es un retrato fiel a la historia de tres reclusos extremadamente listos que ingeniaron un plan maestro para escapar, utilizando papel maché para hacer caretas de sus propias caras y fingir que dormían mientras escapaban por el conducto de ventilación. Puesto que la prisión cerró sólo unos meses después de esta aventura, las celdas (caretas incluidas) son ahora objeto de admiración de turistas, que se fotografían entre rejas frivolizando la privación de la libertad, el bien más preciado del ser humano.Yo, para no ser menos, también me hago la foto, pero más por el efecto del boli bic y la escala que por frívola, que también. Y así comprendo que esos hombres pasaban sus días encerrados en apenas dos metros cuadrados, excepto cuando eran castigados a permanecer en las celdas de máxima seguridad, aún más pequeñas y sin luz, y encima sin poder salir al patio. La visita guiada a Alcatraz es, sin duda, una de las cosas más curiosas que he visto nunca. Es curioso que una cárcel esté en una isla, en toda la isla. Cuentan los presos que aún siguen vivos que cuando el aire soplaba en el sentido correcto podían oír las risas de la gente festejando al otro lado de la bahía.

Desde los agujeros mal llamados ventanas de los muros del presidio puede verse el Golden Gate Bridge, el famoso puente rojo que Mapfre iconizó hace años y que es, sin duda, el sello de esta ciudad. También paseamos por él, lejos de cruzarlo... es bastante largo y hacía demasiado viento. Me hace pensar en su hermano pequeño, el Paquito (guiño a mi Sevilla del alma). Lo más sorprendente de este puente es su arquitectura, ¡que permite que oscile 8 metros de lado a lado cuando sopla el viento! Parece mentira que una estructura de hierro tan pesada pueda moverse como una pluma. Desde allí, pequeñita, también puede verse Alcatraz.
Pero sobre todo San Francisco es una ciudad para pasear, con muchos parques, con terrazas, sobre todo en la zona del puerto, donde hay un mercado parecido al de San Miguel que vende "tapas" artesanas en medio de un ambiente hipster. Desde allí nos paseamos orilla arriba hasta el Fisherman´s Wharf, un lugar repleto de gente donde puede comprarse pescado fresco para comer allí mismo. Junto a él, el Pier 39, un lugar estupendo para viajar con niños, ya que tiene un tiovivo, tiendas de golosinas, espectáculos callejeros y un sinfín de actividades y colores.

Pero no todo es color y vida en San Francisco, también hay una cantidad ingente de indigentes, borrachos y gente de extraños principios campando por todas las calles. Eso hace que huela rancio y dé un poco de repelús en según qué zonas, sobre todo el centro.
Imagino que el buen clima favorecen este estilo de vida como ya advertí en Seattle... Sin embargo, a mí me parece que éstos están un poco más idos de la cabeza, mucho loco gritando al mundo y jurándole distancia eterna al agua y al jabón.
Y por último, pero sin duda lo más carismático de esta ciudad, ¡los tranvías! Arriba y abajo sorteando grados de ángulos imposibles, estas máquinas viejas pero exquisitamente preservadas se pasean por toda la ciudad. Y no sólo los turistas, ojo, aquí los sanfranciscanos también van a trabajar en tranvía. Probablemente no tanto en Cable car, cuyo precio es algo más elevado pero puedo asegurar que merece la pena, aunque sólo sea por ver cómo lo cambian de sentido manualmente cada vez que llega al final de la ruta. Por no hablar de la gente colgando por fuera como si estuviéramos en la India... ¡Me encanta esta ciudad!




Todo esto y más, en una ciudad en la que, sin duda, podría venirme a vivir, si no fuera porque está tan lejos de España y separada de ella por 9 husos horarios. Así que, de momento, mejor nos quedamos en Boston, que no tiene tantas terrazas ¡pero sí el mismo sol en verano!