domingo, 22 de enero de 2017
La era Trump
Un día después de la investidura de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el 21 de enero de 2017, más de 200.000 personas acudimos a una marcha pacífica en Boston, y otros muchos millones de personas lo hicieron por todo Estados Unidos y en cientos de ciudades alrededor del mundo.
¿Por qué esta marcha? Queremos reivindicar, no sólo nuestro desconcierto y nuestro descontento con este individuo que se erige ahora como mandamás del país más poderoso del mundo, sino nuestro desacuerdo con esa política retrógrada que clama que volverá a hacer América grande cuando, en realidad, yo la veo más empequeñecida que nunca. Marchamos por las minorías que van a sufrir esta política con la fuerza de una bofetada que nos retrocederá cien años en la historia, por las mujeres, los inmigrantes, los homosexuales, la gente de color, etc. Hemos perdido el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo, a alzar la voz para decir lo que pensamos, a sentirnos seguros al caminar hacia adelante.
Como mujer y como inmigrante, brindo mi pequeño gesto de útero gestante avanzando entre la multitud, sintiéndome segura entre todos esos cuerpos tocados con el gorro rosa de dos puntas más conocido como "pussyhat" (qué gran oportunidad para volver al crochet). Me sorprende la cantidad de niños y mayores que han salido a la calle, incluso en estos días donde el miedo a un camión desbocado armado de odio sin sentido puede encerrarte en casa con la fuerza de un toque de queda en medio de una dictadura. Pero lo que me sorprende aún más es que las fuerzas del estado colaboran para que esta marcha pacífica se desarrolle cómodamente. Esto significa urinarios portátiles, metro gratuito para poder acudir y abandonar el lugar de forma fluida y civilizada, puestos de comida, tráfico redirigido, calles cortadas, noticias al minuto para poder seguir el estado de la marcha en todo momento, altavoces para que se oigan los discursos desde todas partes. A veces siento mucha envidia sana de cómo se hacen las cosas en este país... Nadie empuja, nadie está de mal humor, al contrario, a todos nos mueve la misma causa.
¿A qué nos enfrentamos? ¿qué nos espera ahora? Luchar duro para mantener lo que nuestras antepasadas consiguieron a base de mucho esfuerzo y más lucha. Demostrar que no estamos de acuerdo, que no nos vamos a quedar de brazos cruzados, que no nos vamos a conformar. Toda la nación se echa las manos a la cabeza en un gesto de incomprensión infinita hacia lo que está aconteciendo... sin poder explicarse aún que esto haya dejado de ser una sátira o una viñeta de un cómic de pacotilla para convertirse en una realidad que empuja nuestros cimientos hasta hacer tambalearse los derechos más esenciales, los derechos humanos.
No hay fuerza más grande que la que hace la unión, y esta unión multitudinaria y pacífica es una lección inmensa hacia los que están en el poder. Poco más del 30% del país está a favor de Trump, eso deja la sociedad americana en un desequilibrio precario que sólo puede ayudarse mediante el apoyo de unos a otros. Por eso apostamos por los derechos humanos, la libertad religiosa, la justicia climática, racial, económica y reproductiva, apostamos por un futuro mejor, y por un país que se mueva hacia adelante, no hacia atrás arrastrado por la soga retrógrada de un individuo que parafrasea al villano de batman en su discurso de investidura.
sábado, 31 de diciembre de 2016
Adiós 2016
Te marchas habiendo dejado ese regusto dulce de las cosas bien hechas. De lejos, sin el jaleo de las voces de los que hablan todos a la vez, sin las caras frías de los que entran de la calle, con el ronroneo quieto de la tranquilidad a bajo consumo, descansada, sintiendo el burbujeo de la sirena que nada en mi vientre con sus ancas de juguete. Miro atrás de soslayo, ni si quiera he de darme la vuelta completa para verte marchar, porque aún estarás aquí por otras 6 horas, ya no allí, donde eres sólo un recuerdo y un obstáculo superado, pero aquí las estrellas conspiran en coordenadas diferentes.
Muchos son los que se vuelven aprisa para darte la espalda sin piedad, yo en cambio, agradecida, me requedo un poco más en tu regazo. Me trajiste un asa grande, para asirme a las raíces que, cuando quise mirar, ya se habían extendido más allá de lo que recordaba. Crecieron por debajo de las sábanas, de la tarima, bajaron por las escaleras y llegaron hasta el mar, enroscadas en la arena del fondo sin bombona ni escafandra, se adentraron con decisión hacia las profundidades del Atlántico. Cuando quise darme cuenta ya eran fuertes, ya podían sostenerme, incluso en esos días en que la duda aún me empujaba a tambalearme. Me abriste presto el escenario de una vida que ya estaba protagonizando, sin condicionales, sin supuestos, simplemente con el traje de estar por casa que va tan bien para sentirse seguro.
Así que me queda el regusto del agradecimiento, de la ilusión, de haber bailado intensamente todas las canciones que tocaste para mí. Por eso, con cierta nostalgia, y echando de menos a los míos, te despido y quedo agradecida por todo lo bueno que me diste. De paso, ensancho mis miras, y sigo llenando mis pulmones, cojo aire para lo que está por venir, todas las fuerzas serán pocas... Adiós 2016, un buen año en muchos sentidos, un recuerdo de purpurina y oro que guardaré celosa en el mejor espacio de mi memoria.
Feliz Año Nuevo a todos.
Muchos son los que se vuelven aprisa para darte la espalda sin piedad, yo en cambio, agradecida, me requedo un poco más en tu regazo. Me trajiste un asa grande, para asirme a las raíces que, cuando quise mirar, ya se habían extendido más allá de lo que recordaba. Crecieron por debajo de las sábanas, de la tarima, bajaron por las escaleras y llegaron hasta el mar, enroscadas en la arena del fondo sin bombona ni escafandra, se adentraron con decisión hacia las profundidades del Atlántico. Cuando quise darme cuenta ya eran fuertes, ya podían sostenerme, incluso en esos días en que la duda aún me empujaba a tambalearme. Me abriste presto el escenario de una vida que ya estaba protagonizando, sin condicionales, sin supuestos, simplemente con el traje de estar por casa que va tan bien para sentirse seguro.
Así que me queda el regusto del agradecimiento, de la ilusión, de haber bailado intensamente todas las canciones que tocaste para mí. Por eso, con cierta nostalgia, y echando de menos a los míos, te despido y quedo agradecida por todo lo bueno que me diste. De paso, ensancho mis miras, y sigo llenando mis pulmones, cojo aire para lo que está por venir, todas las fuerzas serán pocas... Adiós 2016, un buen año en muchos sentidos, un recuerdo de purpurina y oro que guardaré celosa en el mejor espacio de mi memoria.
Feliz Año Nuevo a todos.
lunes, 28 de noviembre de 2016
Acción de Gracias 6.0
Ya tocaba, digo yo, ser anfitriones de este día tan señalado en la cultura americana. Cinco pavos fueron asados en otros hornos, a la espera de que un buen día, medio americanizada ya, esta servidora se dignara a usar su propio horno para tan esperado asamiento. Gravy de tetra brick, mashed potatoes a mansalva, como si no costara, como si se nos hubiera ido de las manos y hubiéramos pelado unos 3 kilos de patatas... y claro, pues había de cocerlas, y aplastarlas, y sazonarlas... y mantequilla que no falte, ay de ti si piensas que el aceite de oliva tiene algo que hacer en esta receta. Para receta, la del pavo de Miquel, que consiste en apuñalar primero a la víctima ya expuesta de patejas hacia arriba, con ese agujero que lo hace parecer una vasija enorme dilatando. Después, por debajo de la piel, una buena friega de mejunje a base de cilantro, salsa perrins, azúcar y ajos como si fuera mi padre el que los pelara (vamos, ingencia infinita). Bien embadurnado entre músculo y pellejo, por dentro y por fuera, se dispone a pasar unas cuantas horas en el horno, llorando jugos, alimentando nuestras expectativas que mientras tanto se van nutriendo de aceitunas, paté de ídem, queso manchego, salsa de arándanos y otras delicias, que al fin y al cabo, en lo que consiste este día es básicamente en llenar el buche en un no parar de ir y venir con pizcas de todo un poco. Y para el que pueda, un buen Rioja de la otra tierra.
El relleno, de dos tipos, porque las cosas o se hacen bien o no se hacen. El tradicional, hecho a base de pan y que viene preparado para abrir y remojar (no vayamos a venirnos arriba con la receta de todo hecho desde cero, ni que fuera esto Castilla). Y luego el otro, el exótico, a base de arroz, frutos secos y pasas (de las manzanas más bien nos olvidamos, aunque también llevaba en la receta original), todo cocido en los jugos del ave que, como no fueron suficientes, hubieron de adulterarse con vino blanco (que a mi madre siempre le ha funcionado con el pollo, y total, pollo y pavo debieron de ser lo mismo en algún momento ancestral). Este arroz quasicocinado se introduce por la trasera del ave dorada que empieza a oler que alimenta, y terminará de hacerse en aquel lugar que una vez ocuparon las entrañas y por donde ahora se le escapa la vergüenza a la pobre criatura. Vamos midiendo la temperatura en pechuga y muslos, sin tocar hueso, con un termómetro exactométrico que decide cuándo es el momento adecuado y álgido en combustión. Y mientras, regando con la megapipeta, no se nos vaya a secar el tema.
Por fin, a eso de las 5 de la tarde, llega la hora de la verdad: ¡El trinchamiento del pavo! ¡Qué nervios! Armados de cubertería recién estrenada y con más apetito que hambre, metemos mano al esperado manjar que empieza a tornarse del color del tizne por la vertiente externa.Cuchillos y tenedores contra platos: clic clic clic... nadie habla, un buen dictamen conlleva una gran responsabilidad... Un pedazo de composición artística vuela hasta mi boca pilotando un tenedor que se agita con regocijo: ooooh sí, este pavo sabe a experiencia nueva de esta madrileña en USA, a hogar, a amigos sentados a la mesa, sabe a razones por las que dar las gracias en este día tan señalado. Y de paso, gracias a la vida, que me ha dado tanto...
48 horas después ya estábamos recelebrando el Thanksgiving de las sobras, con la población multiplicada por 3 y aún así incapaces de dar fin a tanta pechuga y alas... ¡parece que hayamos cocinado un velociraptor! Hasta la Loli ha degustado este plato rebosante de carisma... si al final hasta la gata se me hace americana... Porque donde uno va, siempre ha de apropiarse de las buenas costumbres. Y de postre, ¡tarta de gin tonic! porque las buenas costumbres siempre pueden mejorarse con un poco de imaginación y buena voluntad ;)
jueves, 3 de noviembre de 2016
Un lustro muy lustroso
Era jueves también, me invadía una sensación de júbilo y miedo mezclada con esa angustia insidiosa de no tener el control de la situación. Atrás quedaban los días en que, a lo Escarlata O´Hara, solía pensar "mañana será otro día". De repente, había cumplido 31 años y tenía que enfrentarme al hecho de que iba a la deriva. La vida que se escribía sobre tinta indeleble había empezado a emborronarse y a resquebrajarse por los ejes. El papel gastado de mis diarios amarilleaba y se agrietaba sin piedad, a pasos agigantados, sin esperarme, sin dejar si quiera que me hiciera a la idea de que una parte de mí se estaba muriendo...
Corría también el principio de la crisis, una crisis que se había presentado ya de muchas formas a las puertas de mi casa: primero vestida de prisas con la tesis como lastre, luego con distancias cortas cruzando Despeñaperros, y finalmente, con la fuerza impertérrita de todas esas manos que me empujaban con los ojos cerrados y los oídos llenos de cieno. De algunos consejos hice mi lema, y con mis sueños por bandera, comencé con paso inseguro un largo recorrido que aun hoy no deja de parecerme un suspiro que alguien me ha contado con mucho detalle. Cinco años caminando en esta tierra llamada Nueva Inglaterra, cinco inviernos y con las botas amarradas a la espera de comenzar el sexto. No se me ha hecho tan corto en realidad, más bien intenso si pienso en los detalles, en las caras que se marcharon hace ya tanto tiempo y que se han ido llenando de arrugas en la distancia; si pienso en las sonrisas nuevas que se pintan con gloss deslumbrante en un primer plano de mi vida que, sin embargo, apenas roza mi consciencia... no, no ha sido corto, ni fácil. Por no hablar de la muñeca interna que llegó aquí desinflada, casi sin vida, sintiéndose diminuta y tonta en un ambiente donde los doctorados se daban más que por sentado. Me hacía pequeña ante mi propio desconocimiento, yo, que siempre había sido tan soberbia, tan segura, tan sobrada que no arrojaba ni sombra para no hacerme sombra a mí misma. Y sin embargo, desinflada y rota, tardé mucho tiempo en aceptarme, en quererme, en admirarme de nuevo y en volver a aceptarme como soy dentro de una nueva piel.
Mi madre, que es la mejor persona que conozco, siempre me ha lanzado aliento henchido de orgullo primitivo, ese orgullo que sólo los padres pueden sentir y que, sin embargo, también llegó a tambalearse con el viento que soplaba en ráfagas desordenadas. Mi padre, que se hace el duro, es más como yo, más de la exigencia extrema y de no dejarse vapulear, aun así, apretaba el nudo con sus manos fuertes de maestro que todo lo puede, incluso cuando no lo comprendes. Pero es que hay veces en la vida que uno se cansa de ser fuerte, y a mí las fuerzas se me habían diezmado sin darme tregua para recuperarme. En estos cinco años, sin embargo, he crecido mucho, he aprendido a pintar mi escala de valores y a mantenerme fiel a ella por encima de todas las cosas. Por eso, aunque el tiempo y la distancia cambian mucho a las personas, en el fondo ese cambio es una construcción secuencial. No soy la misma persona que se marchó de España un 3 de noviembre de 2011, ¡claro que no! ¡menos mal! Soy en cambio el producto de todos los retos que esa otra persona ha ido enfrentando y superando. También el producto de todo ese cariño que me lanzaban certero desde el otro lado del océano, mis viejas amigas, mis hermanos, algunas personas cuyo aliento aún guardo en mis cajas de colores. Con el tiempo, las lágrimas se han ido secando sobre ellos y ahora, cuando las abro, la nostalgia frágil se ha transformado en un recuerdo entrañable, como el motor de ese viejo coche que guardas en el garaje porque un día todos tus sueños viajaron en él. Mis sueños se esparcieron por el mundo, muchos se quedaron olvidados en Madrid, otros se extinguieron en la arena de Sevilla, y otros tantos se montaron conmigo en aquel avión. Ésos, multiplicados, han ido invadiendo la casa, han pintado unos cuadros con tulipanes de colores, algunos se han ido quedando apoltronados en el sofá, sin ganas de moverse, como la Loli, haciendo la nada tan a gusto, pero cerquita. Muchos se han ido cumpliendo y transformándose en verdades, en objetos, en materia, en abrazos distraídos, en fotos en blanco y negro... se han colado por las rendijas de la madera, crujen durante la noche y se ríen mucho en verano, viven aquí, llenan el espacio, calientan las sillas y se esconden entre las páginas de mis libros. Pero hay uno de ellos muy especial, que aunque se asomó tímido al principio, volvió a España para hacerse esperar y para que yo volara sola lejos de mi aridez. Y un día llegó para quedarse, de eso hace ya cuatro años, desde entonces no tengo que preocuparme por el futuro, porque ya estoy en él, ya no pienso en las consecuencias de las palabras, porque las palabras tienen una vida secreta que sólo descubres si las cantas. Aquel día cogió mi mano y supe que todo iría bien, y sin embargo, al contrario de como había sido siempre, las expectativas se quedaron muy cortas cuando por fin encajaron en su realidad. El viernes pasado celebré mi quinto cumpleaños en esta casa, pero fue un cumpleaños muy especial. Esa mano que me sostiene ahora lleva una alianza, un pequeño símbolo del viajero en el tiempo, un token que nos permite dar vueltas infinitas en el carrusel.
Muchas cosas han crecido en mí, también un nuevo corazón que late con ganas de salir a comerse el mundo, aunque para eso aún habrá que esperar otros tres meses. Y será porque tengo dos corazones que siento que la vida me ha dado mucho más de lo que esperaba. Cinco años de vida concentrados como una pastilla de avecrem, tengo para hacer caldo de historias de sustancia inagotable. Por eso el balance es que este ha sido, sin duda alguna, el lustro más maravilloso de toda mi vida.
jueves, 6 de octubre de 2016
Hiroshima, donde las almas aún se duelen de radiación
Jirones, sólo jirones, a eso se redujeron las pieles de los niños, de los hombres y mujeres que tuvieron la mala suerte de encontrarse a menos de un kilómetro de la clínica quirúrgica de Shima aquel 6 de agosto de 1945. Jirones sanguinolentos de piel fundiéndose con los ídem de uniformes escolares y kimonos, pedazos de vida arrancados de cuajo como de pasada, como si nada, como si el valor de una vida humana pudiera medirse en Roentgens desperdigados en el viento.
A 600 metros de altura sobre la ciudad de Hiroshima, explotaba la primera bomba atómica de la historia, lanzada por un bombardero americano, el Enola Gay, cuyo piloto se suicidó cuando tuvo conocimiento de la barbarie en la que había participado. En un principio Little Boy, así bautizaron a la bomba, tenía como objetivo el puente Aioi, pero el viento y las circunstancias desviaron el artefacto, que terminó cayendo cerca del hospital.
El hecho de hallarse en el hipocentro de la catástrofe hizo que sus paredes se mantuvieran en pie, y aún puede verse la cúpula, hoy conocida como "la cúpula de la bomba atómica", erguida a orillas del río sobre los escombros tiznados por el fuego de hace 70 años.
Es sobrecogedor cuando uno se coloca frente a este edificio que parece que han golpeado con una enorme maza de hierro, y piensas que hace exactamente 70 años el haber estado en ese mismo lugar te habría causado una muerte inmediata. Mirar las sombras requemadas de los ladrillos y no alcanzar a comprender cómo es posible que las huellas no se hayan borrado a pesar de las numerosas lluvias que llora este cielo casi a diario. Y no para de venir a mi mente una y otra vez la imagen de la nube de polvo levantándose hacia el cielo, visible desde kilómetros de distancia, y que fue fotografiada, entre otros, por el avión que acompañaba al bombardero y cuya función era precisamente esa, dejar prueba gráfica de la devastación producida por este experimento demoniaco.

Pero lo peor no fue la muerte instantánea de los que estaban allí mismo, sino la muerte a corto, medio y largo plazo de los que recibieron la radiación. El espeluznante museo de la zona cero cuenta las historias, recompuestas a partir de objetos personales, de esos niños que fueron capaces de volver a su casa desde el colegio, con la espalda en carne viva para morir al día siguiente en brazos de sus padres. De esos hombres y mujeres que se encontraban trabajando en la demolición de un edificio y que se arrastraron hasta sus domicilios para agonizar durante horas o minutos antes de morir achicharrados.

O los que tardaron meses, o incluso años, como la pequeña de dos años que sobrevivió para enfermar de leucemia y morir a los 9, convencida de que si hacía 1000 pajaritas de papel, se curaría; apenas llegó a 600. Desde entonces los niños japoneses hacen pajaritas de colores y las llevan al parque memorial situado en la zona cero. También están los conocidos como hibakusha (persona bombardeada), que son los supervivientes cuyas secuelas físicas son menores, como uñas que nunca volvieron a crecer bien, o pelo que se cayó como frito por un rayo, o cánceres recurrentes que fueron superando para volver a caer. Éstos, además, eran esquivados como leprosos y por si fueran pocas las secuelas psicológicas, les era casi imposible encontrar un trabajo o una pareja.
No conformes con las miles de víctimas de Hiroshima, la historia se repetía apenas tres días después en Nagasaki. En total, unas 250.000 personas han muerto debido a la explosión de las bombas o por cánceres posteriores. Aunque el número real de víctimas se desconoce, y nunca llegaremos a saber el alcance de aquella barbarie, ni mucho menos el agujero emocional que dejó en muchas otras personas que salieron "ilesas" de los bombardeos.
A esto se reduce la guerra, a que seis días después Japón se rendía ante los aliados, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial. A mí a lo único que me sabe la historia es a metal corrompido, a uranio radiactivo y a mucho sufrimiento, a desentendimiento intencionado de los que no quieren escuchar ni razonar ni dialogar ni comprender, porque las guerras las diseñan señores con traje desde sus despachos, lejos de los frentes sangrientos donde los cuerpos caen como fardos sobre la arena mojada. Y lo malo es que el hombre es tan ignorante que no es capaz de aprender de su propia historia, y seguimos matándonos a bombazos por unos ideales que muchos ni si quiera se replantean. Hiroshima es un lugar para meditar, no para temer, la ignorancia me hacía pensar que esta ciudad estaría devastada, como Chernobyl, abandonada y gris, hecha pedazos. Sin embargo es una ciudad llena de vida, de turistas, de gente que ha reescrito su vida sobre las cenizas de la historia, y mejor no olvidar. En un momento dado tuvieron que decidir si derruían la cúpula de la bomba atómica, signo de debilidad y devastación, o si la dejaban en pie, como símbolo de esperanza y de la paz mundial. Ahora patrimonio de la UNESCO, esta ruina envenenada nos recuerda por qué las armas nucleares deberían ser erradicadas, por qué no existe justificación para ninguna guerra, por qué todas las vidas humanas valen lo mismo, sean de la raza que sean.
A 600 metros de altura sobre la ciudad de Hiroshima, explotaba la primera bomba atómica de la historia, lanzada por un bombardero americano, el Enola Gay, cuyo piloto se suicidó cuando tuvo conocimiento de la barbarie en la que había participado. En un principio Little Boy, así bautizaron a la bomba, tenía como objetivo el puente Aioi, pero el viento y las circunstancias desviaron el artefacto, que terminó cayendo cerca del hospital.
El hecho de hallarse en el hipocentro de la catástrofe hizo que sus paredes se mantuvieran en pie, y aún puede verse la cúpula, hoy conocida como "la cúpula de la bomba atómica", erguida a orillas del río sobre los escombros tiznados por el fuego de hace 70 años.
Es sobrecogedor cuando uno se coloca frente a este edificio que parece que han golpeado con una enorme maza de hierro, y piensas que hace exactamente 70 años el haber estado en ese mismo lugar te habría causado una muerte inmediata. Mirar las sombras requemadas de los ladrillos y no alcanzar a comprender cómo es posible que las huellas no se hayan borrado a pesar de las numerosas lluvias que llora este cielo casi a diario. Y no para de venir a mi mente una y otra vez la imagen de la nube de polvo levantándose hacia el cielo, visible desde kilómetros de distancia, y que fue fotografiada, entre otros, por el avión que acompañaba al bombardero y cuya función era precisamente esa, dejar prueba gráfica de la devastación producida por este experimento demoniaco.

Pero lo peor no fue la muerte instantánea de los que estaban allí mismo, sino la muerte a corto, medio y largo plazo de los que recibieron la radiación. El espeluznante museo de la zona cero cuenta las historias, recompuestas a partir de objetos personales, de esos niños que fueron capaces de volver a su casa desde el colegio, con la espalda en carne viva para morir al día siguiente en brazos de sus padres. De esos hombres y mujeres que se encontraban trabajando en la demolición de un edificio y que se arrastraron hasta sus domicilios para agonizar durante horas o minutos antes de morir achicharrados.

O los que tardaron meses, o incluso años, como la pequeña de dos años que sobrevivió para enfermar de leucemia y morir a los 9, convencida de que si hacía 1000 pajaritas de papel, se curaría; apenas llegó a 600. Desde entonces los niños japoneses hacen pajaritas de colores y las llevan al parque memorial situado en la zona cero. También están los conocidos como hibakusha (persona bombardeada), que son los supervivientes cuyas secuelas físicas son menores, como uñas que nunca volvieron a crecer bien, o pelo que se cayó como frito por un rayo, o cánceres recurrentes que fueron superando para volver a caer. Éstos, además, eran esquivados como leprosos y por si fueran pocas las secuelas psicológicas, les era casi imposible encontrar un trabajo o una pareja.No conformes con las miles de víctimas de Hiroshima, la historia se repetía apenas tres días después en Nagasaki. En total, unas 250.000 personas han muerto debido a la explosión de las bombas o por cánceres posteriores. Aunque el número real de víctimas se desconoce, y nunca llegaremos a saber el alcance de aquella barbarie, ni mucho menos el agujero emocional que dejó en muchas otras personas que salieron "ilesas" de los bombardeos.
A esto se reduce la guerra, a que seis días después Japón se rendía ante los aliados, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial. A mí a lo único que me sabe la historia es a metal corrompido, a uranio radiactivo y a mucho sufrimiento, a desentendimiento intencionado de los que no quieren escuchar ni razonar ni dialogar ni comprender, porque las guerras las diseñan señores con traje desde sus despachos, lejos de los frentes sangrientos donde los cuerpos caen como fardos sobre la arena mojada. Y lo malo es que el hombre es tan ignorante que no es capaz de aprender de su propia historia, y seguimos matándonos a bombazos por unos ideales que muchos ni si quiera se replantean. Hiroshima es un lugar para meditar, no para temer, la ignorancia me hacía pensar que esta ciudad estaría devastada, como Chernobyl, abandonada y gris, hecha pedazos. Sin embargo es una ciudad llena de vida, de turistas, de gente que ha reescrito su vida sobre las cenizas de la historia, y mejor no olvidar. En un momento dado tuvieron que decidir si derruían la cúpula de la bomba atómica, signo de debilidad y devastación, o si la dejaban en pie, como símbolo de esperanza y de la paz mundial. Ahora patrimonio de la UNESCO, esta ruina envenenada nos recuerda por qué las armas nucleares deberían ser erradicadas, por qué no existe justificación para ninguna guerra, por qué todas las vidas humanas valen lo mismo, sean de la raza que sean.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Kyoto, la ciudad de las Geishas y los templos
Primera parada, el Castillo de Nijo, construido allá por el 1600 y uno aún puede apreciar su majestuosidad. Lo primero que me llama la atención es la austeridad del lugar, a diferencia de los castillos feudales y reales a los que estamos acostumbrados en Europa, en Japón la primera sala del castillo suele ser una estancia dedicada a las visitas, para que esperen ahí con sus regalos tomando el té. Como de costumbre, salas vacías con un tatami y las paredes decoradas con motivos florales y animales como los tigres, que son a su vez puertas correderas que pueden abrirse dejando un enorme espacio diáfano.
Seguimos nuestra ruta hacia los 3 templos situados más al noroeste de Kyoto. Primero el famoso templo de Kinkaku-ji o Templo Dorado, que no sólo es impresionante por ser precisamente eso, dorado, sino por los imponentes jardines que lo rodean y a sus pies, un lago en cuyas aguas este templo se mira relucir con orgullo cada mañana.
El segundo templo, Ryoan-ji, destaca por un jardín zen impolutamente peinado que inspira verdadera paz a quien se toma un momento para sentarse a contemplarlo. Seguimos la senda de la UNESCO como privilegiados que pueden tocar aquello que pertenece a toda la humanidad para recorrer el tercer templo, el de Ninna-ji, que empezó a construirse en el año 886 con el fin de propagar la enseñanza budista, y que fue destruido por el fuego y reconstruido 150 años después. Éste cuenta con una pagoda de 5 pisos que poco tiene que envidiar a su hermana mayor, la del templo Toji, que es la estructura de madera más alta de todo Japón, y que, por supuesto ¡también visitamos!.
Desde este lugar privilegiado vemos caer el atardecer sobre Kyoto, sin duda una de las luces más bellas para contemplar esta mágica ciudad. De esta belleza se pinta también el santuario Fushimi-Inari, famoso por sus miles de columnas rojas o Toriis, que son donados por familias o empresas en aras de conseguir prosperidad en sus negocios o proteger sus cosechas de arroz. No existe lengua que pueda pintar en palabras esta obra de arte sacro, sin duda, la más impresionante de todas las maravillas que le robamos al desconocimiento. Un paseo por un túnel infinito de silencio y cantar de cigarras, la noche nos sorprende a la salida de Fushimi-Inari, ¿qué más nos quedará por ver mañana?
Ubicación:
Kyoto, Kyoto Prefecture, Japan
domingo, 25 de septiembre de 2016
Descálzate. Bienvenido a Japón.
Alineo mis zapatos en la entrada de la
casa, junto a todos esos diminutos pares de sandalias y zapatitos que parecen
pertenecer a una clase de alumnos de 5º de EGB. Piso el tatami y,
automáticamente, las plantas de mis pies desnudos me transmiten, junto a mis tímpanos
anonadados por la quietud, esa sensación de paz y zen infinitos que sólo pueden
encontrarse en Japón, un país donde el bienestar del cuerpo y la mente son un
derecho fundamental.
Aunque resulta relativamente fácil
moverse por este país sabiendo inglés, puesto que la información principal
también aparece en este idioma, es cierto que los kanjis son el primer y único
lenguaje de la mayor parte de los japoneses. Claro que me parece más que
suficiente, ya que me imagino a mí misma intentando retener todas esas formas
que involuntariamente se me antojan iconos semi-incomprensibles y decido que no
sería capaz de aprender a diferenciarlas ni en una década. Con todo y eso, esta
cultura autodefinida por el extremo respeto y la amabilidad hacia el prójimo me
inspira ternura y simpatía desde el primer minuto. Hacen colas para todo, para
subir al tren, al autobús, para entrar en los templos…. ¡hasta para andar por
la calle van ordenados! Eso sí, por el lado británico, el primer choque cultural
que me golpea cuando el taxista llega por la derecha y me abre automáticamente
la puerta de un coche que parece sacado de una peli de Alfredo Landa, con
tapetes de ganchillo incluidos. Los coches aquí están como a medias, como si
les faltara el maletero o algo así, son muy cuadrados y en su mayoría no miden
más de dos metros de largo, claro que si no, no cabrían en esos garajes de pin
y pon.


Las casas japonesas, preciosas, todo hay
que decirlo, son estancias diáfanas divididas por puertas correderas de papel y
bambú. Los muebles, sobran todos, los cuadros, mejor pintar paredes y puertas, la
luz, ciertamente sobrevalorada en el mundo occidental, y las cerraduras resultan
superfluas en el país más seguro del mundo. Tonos marrones y grisáceos, color
madera, monocromo en tonalidades que se van tostando con la humedad, pero nada
chillón, nada llamativo, no encajaría en esta cultura de austeridad humana y
divina (excepto la publicidad y el manga, pero ahí ya llegaremos).
Segundo choque cultural, el mayor de mi
vida; cuando uno cree haberlo visto todo, llegas a Japón y conoces ¡el váter!
¿Pero qué es esto? ¡Si tiene centralita! Un botón para tirar de la cadena a
medio depósito, otro a depósito lleno (hasta ahí bien), luego uno para calentar
la taza (esto no me gusta, me recuerda a cuando vivía en casa de mis padres y
entraba al baño después de mi hermano…), otro que emite un sonido para “darte
intimidad”, otro con hilo musical, otro que echa un chorro de agua por detrás (¡certero
como si llevase una mira de francotirador incorporada!) y otro para el chorro
por delante (eso sí, ambos chorros puede ser regulados en intensidad y
temperatura…). No sé si habrá templo en Japón que me marque tanto como el del
“señor Toto” (que es el “señor Roca” japonés), pero ya os iré contando.
Continuará…
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