domingo, 23 de febrero de 2014

Aún es invierno


El conocimiento lo tenía, la valentía no. Amanecía entre la bruma y en la niebla, agazapada, esperaba la llegada de la primavera. Vislumbraba entre sueños el despertar de los almendros, los valles y las cabañas. El invierno lo tapa todo con su manto despiadado. Se esconde en las sombras de los días efímeros robados al sol, en la noche que desprende los ecos desgarradores del clamor de las tinieblas. Y sin embargo, cuando amanece, sigue gélido al contacto, emponzoñado bajo el hielo; no se rinde ante la aurora porque no ha conocido el sueño todavía. Se desplaza con el viento que se ha llevado el rocío, dejando carámbanos mágicos que no entienden el deshielo. Se alarga la sombra errante del invierno, alcanzando aquellas cotas que en otras tierras ya han florecido. Miro desde la ventana el haz de colores que persigue a la umbría, aún no escucho su latido pero sé que se acerca. Los estertores del invierno se acurrucan en febrero, pierden fuelle algunas veces y se olvidan de las nieves. La estela  glacial se atusa el frío, se le escapan unos copos despistados que se quedan hasta marzo.  Despídete de ellos vieja escarcha, ya casi no te tengo miedo.  

miércoles, 12 de febrero de 2014

En la playa también nieva

Querido diario:

Hoy es el sexagésimo día en que el mercurio se sitúa muy por debajo del menos diez, ya no del cero, que eso puede resultar hasta cálido en comparación, sino que siempre se presenta como un número negativo de dos cifras que me da los buenos días desde la pantalla de mi teléfono móvil cada mañana al despertar. Van ya dos meses de glaciación. Los carámbanos de los tejados ya casi tocan el suelo, formando columnas de hielo imposibles en otros lugares. La nieve se amontona en las aceras, cubriendo papeleras y aparcamientos para bicicletas, arropando a las susodichas con un manto escarchado que sólo deja a la vista el sillín en el mejor de los casos. Y aun así, sigo viendo algunos tronados pedaleando cada día sobre el pavimento helado, como si nada, como si no fuera cierto que se congelan las lágrimas y que duelen los globos oculares, con un dolor sordo como el de los pómulos cuando se quedan al descubierto y empiezan a resquebrajarse. . . no exagero, la piel se agrieta abriéndose en laceraciones casi sangrantes, sólo casi porque la sangre ya no es líquida y por tanto, permanece coagulada en un estado de latencia infinita en plan "si no hay sangre, no hay dolor". Eso la sangre que circula, porque la de las piernas, por ejemplo, desaparece, dejando una especie de roncha rosácea que siempre está ahí cuando te quitas los dos pares de pantalones y los leotardos que van debajo. Por no hablar de manos y pies, ésos ya sólo puedes salvarlos poniéndote una oveja o aliento de dragón de frasco. Pero siempre nos quedará la "tela de muerto", esa especie de papel albal en ocasiones dorado con el que cubren a las víctimas de accidentes en carretera. Ese material que es capaz de mantener el calor del cuerpo y que, adosado al interior de un abrigo, es lo que te permite ir al trabajo en esta nuestra Narnia.  No obstante, y por eso de que a todo se acostumbra uno, cada mañana disfruto del crujir de esa alfombra de copo-crispi inmaculada que recubre las aceras, menos cuando resbalo y se me acelera el corazón porque pienso que voy a romperme la crisma... entonces sólo doy gracias por llevar una oveja con neumáticos en cada pie.

Llevaba días pensando en lo curioso que debe de ser ver la playa nevada, porque ese es uno de los muchos tesoros que esconde Boston y que en España es imposible de encontrar; así que abrigados cual cebolla de lana y albal, nos dirigimos a la bahía sur de Boston, una playa que hasta ahora sólo habíamos visitado en verano, cuando hace tiempo para recorrerla patinando. La sorpresa fue bastante grande cuando descubrimos que habíamos llegado a un lugar irreconocible, porque eso es lo que pasa con la nieve, que la ciudad se convierte en otra diferente, las aceras se estrechan, no recuerdas muy bien por dónde discurren los caminos, y todo parece distinto. Desde luego resulta imposible reconocer el parque en cuyos bancos nos sentamos a comer helado en otra era, a la sombra de unos árboles que ahora se encuentran desnudos y adormecidos esperando la primavera. El paseo marítimo no asoma por ninguna parte, entramos en la "playa", hundiéndonos hasta las rodillas en una nieve virgen que nadie hasta ahora ha considerado oportuno pisar. Una hilera de icebergs desordenados acampan en la arena con actitud intimidante. Sólo las gaviotas son lo suficientemente valientes como para poner sus patitas en unas aguas que no responden al nombre de hielo por la sal que las habita, porque de otro modo caminaríamos sobre ellas en plan mesías como si tal cosa.  

Es una postal espectacular que se dibuja casi a solas, vuelta hacia el público que componemos unos pocos privilegiados, los que pasean a sus perros y los que amamos la fotografía rocambolesca.  Esperaba encontrar una estampa curiosa, pero no doy crédito a lo que contemplo. 
Es un tipo de paraíso en cierto modo inverosímil; las piedras se achuchan elegantonas con sus sombreros y tocados de hielo, la arena sólo descubierta a medias por la baja marea, la playa completamente nevada imprimiéndose para siempre en mi retina, porque hasta ahora nunca me había parado a pensar que en la playa también nieva.


sábado, 1 de febrero de 2014

Raíces


¿Dónde se anclan nuestras raíces? Es difícil cuestionar que hayan de empezar o terminar en un sitio que no sea España, que no sea el país en el que nacimos, en el que nos criamos con la certidumbre de que viviríamos en él para siempre. Es complicado que otros entiendan por qué lo cuestionamos... Dominique me ha enseñado algo importante, y es que las raíces no se limitan a aquel país en el que nacimos, sino a todos esos lugares en los que vivimos alguna parte de nuestras vidas. Para él, un inglés de padre alemán y madre francesa, resulta que sus raíces se reparten por debajo de la tierra abarcando todos esos lugares, y ahora también Nueva York, Boston y cada uno de esos sitios en los que ha vivido en algún momento entremedias. Liliana, sin embargo, aboga por volver a Oporto. Después de cinco años en Boston la distancia adquiere cierta pendiente hacia arriba; volver a casa vuelve a ser eso, volver a casa, a pesar de que durante años el vuelo a casa era en el otro sentido. Pero ser madre ha cambiado esa ruta sin contemplaciones, y la soledad se ha hecho mucho más presente a este lado del mar. Y aun así, reconoce que una parte de su corazón pertenece a estas tierras, el tanto vivido se intensifica en el recuerdo hasta hacerse con un hueco considerable... al fin y al cabo ha traído al mundo a una pequeña americana.
Para mí, que tardé casi 30 años en salir de Madrid, o mejor, de Humanes, es todavía más intensa la sensación de enajenamiento. Ese interior que se agranda y que engloba otras cosas, nuevas siempre, distintas siempre, y que hace que tu visión del mundo se extienda y se estire, y nunca se vea limitada. Resulta muy difícil de explicar para quien no ha tenido nunca esta sensación, resulta que hoy he empezado a entender por qué Boston ya forma parte de mis raíces, al igual que Sevilla, y aunque no con tanta intensidad como mi ciudad natal, estas dos ciudades han aportado mucho a la persona que soy ahora. Y otras veces, cuando pienso no es el lugar sino el cómo, las personas con las que compartes experiencias, mis padres, mis hermanos, mis amigos de aquí y de allí, mi pareja, todos ellos han ido haciendo pedacitos de una historia que ha ido cambiando con las circunstancias. En los últimos tiempos he tenido que aprender algunas cosas casi a marchas forzadas, pero ese conocimiento me ha dado ahora esta paz, y he aprendido que es mejor equivocarse que nunca actuar. He recorrido caminos que muchos pudieron juzgar de equivocados, y hoy, desde el otro lado de las consecuencias, comprendo que si no los hubiera tomado, me habría perdido mi vida, me habría perdido quién soy en realidad, me habría quedado viviendo en una piel que sólo habitaba por costumbre. Pero lo peor es que me habría quedado sin saber lo que puedo dar de mí misma, incluso a pesar de mí. Habría sido feliz, sin duda, porque el que no conoce algo tampoco puede añorar su falta, y apenas puede comprender que otros lo busquen. Por otro lado, tampoco tengo intención de volver a ser una persona diferente, me costó mucho hacerme a puntadas cortas y apretadas, superar los miedos y la barrera de la costumbre, analizarme el alma y ver que no era como otros la veían, y sobre todo me costó aceptarlo. Luché contra sueños rotos cuyos pedazos me desgarraban desde adentro, y contra la ira de aquellos jueces que se atrincheraban en la rabia con los ojos cerrados y las manos en los oídos. Afortunadamente, he aprendido y ahora sé que no es malo el cambio, que no es malo ser diferente, que lo malo, en realidad, es ser lo que no deseas, aunque no lo sepas, lo malo es no querer averiguarlo siquiera. Por eso ya no tengo miedo, he superado la pena y la decepción, he aprendido a valorar los regalos de esta tierra a veces demasiado gélida, y a no dejar de sorprenderme a pesar de todo. He aprendido que de todo se aprende y que no es necesario que otros lo entiendan, pero sobre todo, he aprendido a aceptar lo que venga, incluso cuando viene desde adentro. ¿Dónde se anclan mis raíces? En lo más profundo de mí, donde nacen las decisiones y la pasión, la duda y las risas, donde residen  los sentimientos y cada pensamiento que genero. Mis raíces se anclan en lugares inamovibles, pero ilimitados, donde siempre hay sitio para evolucionar hacia una nueva persona, la misma, pero más completa.

PD. Para mi Rosi, ella ya sabe por qué.

martes, 7 de enero de 2014

Emigrantes del Insalud

Otro año que se marcha dejando balance... ¿positivo?. Boston nos escupió hacia España con las primeras nieves del invierno y el río ya congelado,  pasados por gripe forzosa y muchas horas de trabajo para poder disfrutar de unas merecidas vacaciones en tierras más cálidas... O eso creía yo, hasta que Madrid me recordó con sorna que durante todos los inviernos de mi infancia mi madre me forraba de cuello de cisne y leotardos sobaqueros rematando con pasamontañas y bufanda indesatable por encima de la capucha del abrigo... y claro, por algo sería.
Lo malo es que ahora enfermar es un lujo que no puedo permitirme. En USA, obviamente, porque es caro hasta pisar la puerta del hospital, y en España, a partir de ahora, porque se me considera indigna de la Seguridad Social que he venido pagando religiosamente durante años y de la que he hecho un uso más bien justo y a menudo escaso. Determinan los dones y doñas sentados en sus tronos de nogal, que a los hijos del proletariado, aventureros todos ellos, que hemos decidido largarnos del país que nos vio luchar por tener un título, se nos ha de aplicar un castigo directamente proporcional a la patada en el culo que ya nos dieron para largarnos, y excluirnos también así del derecho de la Sanidad Pública. Y aunque últimamente la pobre Sanidad Pública española es una especie de fulana que ha visto crecer y crecer su clientela pero nunca sus recursos, sigue siendo uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo.
Y qué pena, oigan, que esos señoritos afiliados a las aseguradoras de sus primos, esos que construyen los hospitales con dinero público para luego cederlos a la gestión privada, esos que intentan convencer al mundo de que abortar un embrión genéticamente defectuoso es un asesinato, esos que aceptan dinero en sobres de papel manchado de babas y que salen al mundo montados en un corcel ganador cuando apenas han aprendido a andar, qué pena que no sufran nunca un revés de la vida, de esos que sufren los cincuentones que se van al paro y ya nadie quiere contratarlos, o los jóvenes que terminan sus estudios después de toda una vida estudiando y no saben hacer otra cosa y mucho menos enfrentarse a una sociedad desempleada y en crisis. Y qué pena que esas niñas ricas que abortan en secreto en las clínicas más selectas no se vean obligadas a cargar con la vergüenza de la deshonra para sus familias artificiales. Qué pena que los que toman estas decisiones tan desacertadas nunca tengan que decidir entre cenar marisco en Nochebuena o comprar los Reyes para sus hijos. Qué pena que vivamos en una sociedad tan necia que muchos piensan que la sanidad privada es mejor que la pública simplemente porque no tiene listas de espera. Pero vamos a ver insensatos, que una clínica privada la pone quien tiene dinero, no necesariamente quien tiene conocimientos, y en muchas de ellas trabajan los hijos de los que tienen dinero, no los que se han chupado cinco años de residencia más una especialidad para luchar por una plaza que han de ganarse a base de esfuerzo. A excepción de los médicos de la Seguridad Social que complementan su salario con horas extras privadas y que son, por tanto, exactamente lo mismo pero más caro. La mayoría, además, carecen de medios para operaciones complicadas, sobre todo en niños pequeños. Y en algunos de esos otros "hospitales" se ocultan cosas, y se miente, y os sorprendería descubrir cuánta ineptitud se tapa a golpe de talonario. Y encima no somos conscientes de la suerte que tenemos por no tener que pagar los 500 euros que vale hacerse una radiografía o los 300.000 que cuesta una cirugía cardíaca. Somos afortunados porque en España uno se rompe una pierna y no necesita tener 20.000 euros en el banco para poder costearse el arreglo, y encima puedes tener hijos "gratis", sin pagar los más de 60.000 euros que costaría si fuera privado. Eso no lo sabemos, porque creemos que la sanidad es gratis, y ponemos el grito en el cielo porque hemos de esperar en la consulta de un médico de familia que a menudo tiene cinco veces más pacientes de los que dicta la ley; y encima muchos de ellos van al médico porque les duele el pelo o porque quieren un justificante para faltar al trabajo al día siguiente. Quizás hay otras soluciones, como generar más puestos de trabajo para llenar todos esos edificios nuevos y vacíos con nombres de infantas que tanta prisa se dieron en inaugurar. Esta es la España en la que vivís, la España que exocita a sus hijos cultivados y vapulea a los librepensadores para quedarse con dos clases, ricos y pobres, y pobre de aquellos pobres que se crean ricos.












martes, 3 de diciembre de 2013

New Orleans, alma de Blues

En el extremo más sureño de los Estados Unidos de América, allá donde las razas se segregaban impunemente hace tan sólo doscientos años, pone los pies a remojo en las aguas del Mississippi la ciudad más grande del estado de Louisiana, Nueva Orleans, donde arraigan las raíces negras de la historia americana. Lo que el viento se llevó en el 2005 bajo el alias de Katrina no fue el amor de Scarlett O´Hara, sino la mitad de la población de Nueva Orleans, donde las bajas se repartieron entre defunciones y evacuaciones, dejando a su paso una ciudad completamente arrasada.

Ya recuperada de tamaña catástrofe, Nueva Orleans nos recibe el día de Acción de Gracias, de noche. Nuestro primer contacto, una compatriota malagueña en la recepción del hotel, buscando fortuna por estos lares desde hace un par de meses, otra aventurera, a saber. Al olor de los pasteles de cangrejo y las gambas "a la barbacoa" (que aunque suene extraño están de muerte), nos dirigimos hacia Bourbon street, la calle que nunca duerme...  que se nos antoja repleta sólo porque aún no habíamos visto ¡¡cómo se pone los fines de semana!! A cada paso, un bar, en cada bar, música en directo tocada con la gracia de las voces negras, cantantes y músicos que probablemente tengan un segundo empleo, a pesar de ser harto mejores que muchos de los que suenan en cualquier emisora de radio del mundo, qué gran legado el de Louis Armstrong. A las puertas de los pubs, los relaciones públicas más atípicos que puedas echarte a la cara, bailongos con carteles invitando a entrar, ¡granadas de mano!, anuncian a bombo y platillo (unos brebajes contenidos en un plastiquete verde con forma de granada), el cocktail Hurricane que es sólo coincidencia con su homónimo Katrina, ya que se inventó durante la guerra, y es tan dulce que te garrapiña hasta el alma. Por fin, uno de ellos atrajo nuestra atención sobre todos los demás: ¡duelo de pianos! armados de canciones hasta los dientes, se baten en duelo dos pianistas magnánimos y elocuentes, al más puro estilo mosquetero con teclado por florete... Simplemente, ¡me encanta esta ciudad!, y aún no habíamos visto nada...
Por la mañana las calles se abarrotan de gente, turistas, sí, pero sobre todo locales, artistas de poca a mucha monta que se instalan en Royal Street y alrededor de la catedral de San Luis ofreciendo su mercancía al mejor postor. No faltan músicos callejeros con sus atriles y sillas plegables, mimos convertibles, perroflautas, pintores... todo es arte en esta ciudad. Galerías de arte en el patio de las casas, colgando cuadros de cientos de dólares como el que cuelga tiestos. Pienso en mi hermano Víctor, y en lo que disfrutaría teniendo un patio y una sillita plegable de libertad. El mayor espectáculo, un grupo de chicos negros que congregan a docenas de personas alrededor de la escalinata en un anfiteatro improvisado. Saltan, bailan, hacen cabriolas... pero sobre todo, entretienen. Destilan alegría y buen rollo, tienen algo que comentar de absolutamente todo el que pasa, y no se cortan en decírselo, lo que provoca la carcajada unánime incluso del que es diana del asunto. Resulta curioso el humor entre blancos y negros tomado tan a la ligera en una ciudad donde hace tan solo dos generaciones no podían ir montados en el mismo autobús. En Nueva Orleans, así a bote pronto, calculo que tres cuartas partes de la población son negros, muchos de ellos descendientes de esclavos. Por muy acostumbrados que estemos a todas las razas, y sobre todo ahora que vivo en Estados Unidos, es chocante encontrarse de pronto en minoría racial. Sin embargo, teniendo en cuenta la historia de este lugar, y volviendo la vista hacia las grandes mansiones señoriales que aún se yerguen orgullosas en el plano urbanístico de la ciudad, es perfectamente comprensible encontrar estas estadísticas.  Durante el fin de semana, el mar de gente que nos arrastra por la calle Bourbon es, en su inmensa mayoría, del color del azabache. Y aunque pueda no parecerlo, es seguro, eso sí, sin salirse del French Quarter ni frecuentar calles solitarias... Hay mucha policía (montada en caballos que se hacen caca casi encima de la gente) y mucho control, mucho adolescente y mucho alcohol en una ciudad libertina pero consecuente. La marea de gente nos arrastra hasta el jardín del jazz, donde un grupo de ángeles toca batería, piano y contrabajo, arropados por la voz rasgada del trompetista que sigue las partituras de su propia memoria. Un espontáneo oriental se acerca al escenario/escaloncillo donde tocan, y nos quedamos ojipláticos cuando se arranca a cantar "Bésame mucho" sin una gota de acento y con un vozarrón de tenor de los que te envuelven en terciopelo. No paro de repetir en mi interior lo mucho que me gusta esta ciudad. Se te pone alma de blues y envidias un poco a los endémicos, que se mueven como si no tuvieran hueso y parecen estar siempre felices.
De esta ciudad me llevo esa sensación, que son felices. Un sentimiento que extienden hacia los recién llegados y que riegan con cafés románticos, jazz a raudales, cocina créole y arte salvaje... Las calles son de atrezo de cuento con casitas de colores, ventanas que recuerdan a la Francia de Napoleón y callecitas estrechas, como en casa. En un plano superior miles de plantas que se asoman lánguidas y chulescas por encima de los balcones, enredadas en la forja y sujetándose con gracia, engalanan las calles de la ciudad que siempre está lista para un desfile. Eso sí, tendremos que volver en primavera para ver el "Mardi Grass",  un carnaval cristiano que atrae cada año a miles de turistas y que por lo que cuentan, es la guinda del pastel. Personajes de cartón piedra tipo ninots, caras pintadas, disfraces, sonrisas, confeti, bailes y mucha, mucha música.



jueves, 7 de noviembre de 2013

Alejandro Sanz meets Berklee

Una pasión que empezó siendo sólo una niña y que dura ya más de 20 años. Lejos de debilitarse, la ilusión se ha ido haciendo más intensa con el tiempo, prueba irrefutable de que sigo siendo la misma persona, por mucho que las circunstancias me hayan llevado a sitios diferentes. He crecido reconociéndome en muchas de sus letras, poniéndole banda sonora a los momentos más importantes de mi vida, hecho que provoca un revival inmenso cada vez que las mismas notas se cuelan en mi presente. Estas connotaciones son a veces una putada importante, ya que anclan los recuerdos con imágenes y sonidos con tal nitidez que eres incluso capaz de sentirlos a través del tiempo, siempre llenos de nostalgia. Ahora, dos décadas más tarde, me encuentro de frente con mis raíces españolas más profundas, Alejandro Sanz recibe el título de doctor Honoris Causa por la Berklee college of music, la escuela de música más importante del mundo, que se encuentra, para mi suerte, en Boston. Este verano, por primera vez, me perdí un concierto de Alejandro Sanz en Madrid, y aunque soy ya muy mayor para quinceañera, estos conciertos tienen la habilidad de transformarme como si fuera de plastilina; me unen a Lauri con unos lazos que nadie comprende, y me emocionan por ello más que cualquier otra música en el mundo. No es sólo poesía, que lo es, es historia de mi propia vida y de los caminos que he ido tomando, es sentir que tengo toda la vida por delante y potencialmente el mundo a mis pies; por eso cuando me siento en esa butaca y veo aparecer a mi ídolo tocado de toga y birrete, vuelvo a tener quince años y la vertiginosidad se apodera de mí.
Comienza un discurso que es poesía asonante, palabras que se van perdiendo entre la gente y que hacen que olvide lo que hago aquí, o que estoy aquí, porque en realidad en ese momento, estoy en España, estoy en las Ventas, o en el Palacio de los Deportes, con mis chicas, gritando como una loca e incapaz de sentirme ridícula. Y aunque la mayor parte de las fans de mi edad han ido desistiendo con los años, me niego a dejar de usar una herramienta que consigue transportarme a través del tiempo como si fuera posible y que me provoca sentimientos muy dispares, encontrados, algunos de ellos ya casi olvidados. Por eso me dejo llevar cuando suena el Corazón Partío, y no porque sea mi canción preferida, que lo es, sino porque es un idioma que conozco, que me da alas, que me recuerda que hace años tenía sueños, y que luché por cumplirlos, y que por eso estoy aquí. Y a veces me pregunto, como muchos, si todo tiene un final, si es verdad que los sentimientos no pueden ser eternos y acaban muriendo sin remedio, y la verdad es que no lo creo, creo que es increíble reilusionarse, apasionarse por las cosas y por las ideas, creo que es de valientes el no darse por vencido, incluso cuando todo parece perdido. En el fondo creo que la respuesta reside en cada uno de nosotros, y que no es el "sentidor", sino los mismos sentimientos los que deciden cuando terminan, y entonces ya no puedes hacer nada por retenerlos, por eso hay que cuidarlos con mucho mimo. Lo que pasa es que a veces es difícil, y lo fácil es desistir, pero no hay que olvidar que muy pocas cosas importantes se consiguen sin esfuerzo.
El maestro termina su discurso dejándome un vacío extraño, con palabras que saben agridulces y en las que, como siempre, me reconozco:  "Hay que prepararse para el ruido, la opinión, el juicio de terceros, que no te afecte. La duda es buena, la falta de carácter es el embrión del trueno. He atravesado desiertos de silencio para llegar aquí, he remado entre hojas secas para poder estar aquí, he lanzado al aire millones de latidos como bengalas para, finalmente, verme aquí... y mereció la pena".

domingo, 20 de octubre de 2013

Otoño en Rhode Island


Verdes que tímidamente se van vistiendo de amarillos, que a su vez son naranjas apagados que tiran a rojos de infarto, y así toda la gama del fuego hasta convertirse en llamaradas incandescentes que tiñen de manera efímera el otoño norteamericano. Un manto de tonos cálidos que van cambiando con los días y con los grados de latitud, dejando a su paso alfombras crujientes y mullidas que producen un extraño placer al ser pisadas. Hojas que caen haciendo reverencias al bajar de la pasarela donde cada otoño las ramas visten sus mejores galas antes de quedarse absolutamente desnudas, vulnerables al inclemente invierno que acecha ansioso para rasgarles las vestiduras. En Norteamérica llega entonces la época de recoger manzanas, de pasar un fin de semana en el bosque para ver el"foliage fall" o caída de la hoja, y por último, de empezar a recolectar calabazas para el próximo Halloween repleto de trucos y tratos esperando a la vuelta de la esquina. 
Por no ser menos y porque el otoño ha resultado ser la época más bonita del año en este país, nos dirigimos a Rhode Island, ese estado vecino donde el mapa hojarístico otoñal promete tonos candentes para este fin de semana. Tan apañados son estos yanquis que, efectivamente, tienen un mapa cromático que permite predecir con bastante exactitud dónde se podrán tomar las fotos más impresionantes cada día, para no perder un solo detalle de lo maravilloso que se pinta el paisaje en cada pueblo. Para esta aventura contamos con amigos portugueses, que uno no sabe lo parecidos que son a los españoles hasta que no te juntas con ellos tan lejos de ambas patrias que la distancia entre ellas es despreciable. Así, España y Portugal pasan a ser la Península Ibérica y nosotros pasamos a ser hermanos de raíces que se encuentran igual de exiliados. Compartir experiencias con nuestros vecinos ibéricos nos enriquece en lenguaje, en conocimientos, en risas y en puntos comunes, que curiosamente van apareciendo cada vez con más frecuencia. Es desconcertante que, una vez más, uno necesite encontrarse tan lejos para interesarse en conocer lo que siempre ha estado ahí al lado.

Alquilamos una cabaña en Burrillville, a nuestros pies, el maravilloso lago Spring que parece pintado a óleo en el cristal de la ventana. Llegamos de noche y sólo a la mañana siguiente fuimos conscientes del paraíso terrenal en el que habíamos dormido.
 Amanece y el sol ilumina las casitas del lago, que se miran en el espejo de agua peinándose árboles de todos esos colores que la madre naturaleza acarrea en su paleta, y yo quiero que todos estéis allí conmigo para poder ser testigos de algo tan maravilloso y tan simple a la vez. Me acuerdo mucho de mi padre en estos días, me gustaría que pudiera tocar este lienzo con sus propios dedos. El tiempo además se empeña en deleitarnos con la compañía del astro rey, que confiere a nuestra piel la temperatura idónea para ser los protagonistas de tan bello retrato, y además nos envalentona para salir a hacer senderismo por estos lares, que no se cansan de regalar paisajes inverosímiles que me saturan los sentidos. Nadie habla en nuestro paseo y sólo el chasquido constante de las hojas nos mece en una melodía de paz y relajación infinitas.
Olvido que existo, me fundo con la naturaleza y soy libre, no me hace falta pensar, sólo oler, respirar, llenar mis pulmones de oxígeno y mis oídos del sonido de la quietud, se me vierten las sonrisas por los lados de la cara, apenas puedo contener la excitación de tanta calma... Esto es vida.
Además de paseos el fin de semana se llenó de comilonas, beborroteo y juegos de mesa a tutiplén, carcajadas, chistes malos y juegos de palabras en "portuñol" que me recuerdan que sólo aquí puede conjurarse este tipo de magia holística.
Es curioso que la propiedad de la caducidad tenga connotaciones tristes y sin embargo, la hoja caduca es un evento paisajístico tan raro e inigualable, que es capaz de mover a las masas como si de la pasarela Cibeles se tratara. A veces la belleza está en lo que no apreciamos, en lo que no cuesta dinero o en lo que vemos cada día de camino al trabajo, y es una lástima que la cotidianidad nos deje tan indiferentes que no seamos capaces de comprender lo afortunados que somos por tenerlo.