jueves, 7 de noviembre de 2013

Alejandro Sanz meets Berklee

Una pasión que empezó siendo sólo una niña y que dura ya más de 20 años. Lejos de debilitarse, la ilusión se ha ido haciendo más intensa con el tiempo, prueba irrefutable de que sigo siendo la misma persona, por mucho que las circunstancias me hayan llevado a sitios diferentes. He crecido reconociéndome en muchas de sus letras, poniéndole banda sonora a los momentos más importantes de mi vida, hecho que provoca un revival inmenso cada vez que las mismas notas se cuelan en mi presente. Estas connotaciones son a veces una putada importante, ya que anclan los recuerdos con imágenes y sonidos con tal nitidez que eres incluso capaz de sentirlos a través del tiempo, siempre llenos de nostalgia. Ahora, dos décadas más tarde, me encuentro de frente con mis raíces españolas más profundas, Alejandro Sanz recibe el título de doctor Honoris Causa por la Berklee college of music, la escuela de música más importante del mundo, que se encuentra, para mi suerte, en Boston. Este verano, por primera vez, me perdí un concierto de Alejandro Sanz en Madrid, y aunque soy ya muy mayor para quinceañera, estos conciertos tienen la habilidad de transformarme como si fuera de plastilina; me unen a Lauri con unos lazos que nadie comprende, y me emocionan por ello más que cualquier otra música en el mundo. No es sólo poesía, que lo es, es historia de mi propia vida y de los caminos que he ido tomando, es sentir que tengo toda la vida por delante y potencialmente el mundo a mis pies; por eso cuando me siento en esa butaca y veo aparecer a mi ídolo tocado de toga y birrete, vuelvo a tener quince años y la vertiginosidad se apodera de mí.
Comienza un discurso que es poesía asonante, palabras que se van perdiendo entre la gente y que hacen que olvide lo que hago aquí, o que estoy aquí, porque en realidad en ese momento, estoy en España, estoy en las Ventas, o en el Palacio de los Deportes, con mis chicas, gritando como una loca e incapaz de sentirme ridícula. Y aunque la mayor parte de las fans de mi edad han ido desistiendo con los años, me niego a dejar de usar una herramienta que consigue transportarme a través del tiempo como si fuera posible y que me provoca sentimientos muy dispares, encontrados, algunos de ellos ya casi olvidados. Por eso me dejo llevar cuando suena el Corazón Partío, y no porque sea mi canción preferida, que lo es, sino porque es un idioma que conozco, que me da alas, que me recuerda que hace años tenía sueños, y que luché por cumplirlos, y que por eso estoy aquí. Y a veces me pregunto, como muchos, si todo tiene un final, si es verdad que los sentimientos no pueden ser eternos y acaban muriendo sin remedio, y la verdad es que no lo creo, creo que es increíble reilusionarse, apasionarse por las cosas y por las ideas, creo que es de valientes el no darse por vencido, incluso cuando todo parece perdido. En el fondo creo que la respuesta reside en cada uno de nosotros, y que no es el "sentidor", sino los mismos sentimientos los que deciden cuando terminan, y entonces ya no puedes hacer nada por retenerlos, por eso hay que cuidarlos con mucho mimo. Lo que pasa es que a veces es difícil, y lo fácil es desistir, pero no hay que olvidar que muy pocas cosas importantes se consiguen sin esfuerzo.
El maestro termina su discurso dejándome un vacío extraño, con palabras que saben agridulces y en las que, como siempre, me reconozco:  "Hay que prepararse para el ruido, la opinión, el juicio de terceros, que no te afecte. La duda es buena, la falta de carácter es el embrión del trueno. He atravesado desiertos de silencio para llegar aquí, he remado entre hojas secas para poder estar aquí, he lanzado al aire millones de latidos como bengalas para, finalmente, verme aquí... y mereció la pena".

domingo, 20 de octubre de 2013

Otoño en Rhode Island


Verdes que tímidamente se van vistiendo de amarillos, que a su vez son naranjas apagados que tiran a rojos de infarto, y así toda la gama del fuego hasta convertirse en llamaradas incandescentes que tiñen de manera efímera el otoño norteamericano. Un manto de tonos cálidos que van cambiando con los días y con los grados de latitud, dejando a su paso alfombras crujientes y mullidas que producen un extraño placer al ser pisadas. Hojas que caen haciendo reverencias al bajar de la pasarela donde cada otoño las ramas visten sus mejores galas antes de quedarse absolutamente desnudas, vulnerables al inclemente invierno que acecha ansioso para rasgarles las vestiduras. En Norteamérica llega entonces la época de recoger manzanas, de pasar un fin de semana en el bosque para ver el"foliage fall" o caída de la hoja, y por último, de empezar a recolectar calabazas para el próximo Halloween repleto de trucos y tratos esperando a la vuelta de la esquina. 
Por no ser menos y porque el otoño ha resultado ser la época más bonita del año en este país, nos dirigimos a Rhode Island, ese estado vecino donde el mapa hojarístico otoñal promete tonos candentes para este fin de semana. Tan apañados son estos yanquis que, efectivamente, tienen un mapa cromático que permite predecir con bastante exactitud dónde se podrán tomar las fotos más impresionantes cada día, para no perder un solo detalle de lo maravilloso que se pinta el paisaje en cada pueblo. Para esta aventura contamos con amigos portugueses, que uno no sabe lo parecidos que son a los españoles hasta que no te juntas con ellos tan lejos de ambas patrias que la distancia entre ellas es despreciable. Así, España y Portugal pasan a ser la Península Ibérica y nosotros pasamos a ser hermanos de raíces que se encuentran igual de exiliados. Compartir experiencias con nuestros vecinos ibéricos nos enriquece en lenguaje, en conocimientos, en risas y en puntos comunes, que curiosamente van apareciendo cada vez con más frecuencia. Es desconcertante que, una vez más, uno necesite encontrarse tan lejos para interesarse en conocer lo que siempre ha estado ahí al lado.

Alquilamos una cabaña en Burrillville, a nuestros pies, el maravilloso lago Spring que parece pintado a óleo en el cristal de la ventana. Llegamos de noche y sólo a la mañana siguiente fuimos conscientes del paraíso terrenal en el que habíamos dormido.
 Amanece y el sol ilumina las casitas del lago, que se miran en el espejo de agua peinándose árboles de todos esos colores que la madre naturaleza acarrea en su paleta, y yo quiero que todos estéis allí conmigo para poder ser testigos de algo tan maravilloso y tan simple a la vez. Me acuerdo mucho de mi padre en estos días, me gustaría que pudiera tocar este lienzo con sus propios dedos. El tiempo además se empeña en deleitarnos con la compañía del astro rey, que confiere a nuestra piel la temperatura idónea para ser los protagonistas de tan bello retrato, y además nos envalentona para salir a hacer senderismo por estos lares, que no se cansan de regalar paisajes inverosímiles que me saturan los sentidos. Nadie habla en nuestro paseo y sólo el chasquido constante de las hojas nos mece en una melodía de paz y relajación infinitas.
Olvido que existo, me fundo con la naturaleza y soy libre, no me hace falta pensar, sólo oler, respirar, llenar mis pulmones de oxígeno y mis oídos del sonido de la quietud, se me vierten las sonrisas por los lados de la cara, apenas puedo contener la excitación de tanta calma... Esto es vida.
Además de paseos el fin de semana se llenó de comilonas, beborroteo y juegos de mesa a tutiplén, carcajadas, chistes malos y juegos de palabras en "portuñol" que me recuerdan que sólo aquí puede conjurarse este tipo de magia holística.
Es curioso que la propiedad de la caducidad tenga connotaciones tristes y sin embargo, la hoja caduca es un evento paisajístico tan raro e inigualable, que es capaz de mover a las masas como si de la pasarela Cibeles se tratara. A veces la belleza está en lo que no apreciamos, en lo que no cuesta dinero o en lo que vemos cada día de camino al trabajo, y es una lástima que la cotidianidad nos deje tan indiferentes que no seamos capaces de comprender lo afortunados que somos por tenerlo.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Glaciar helado

Es el ciclo de la vida lo que acontece, la sombra que nos acecha a cada vuelta de cada esquina, es la certeza de saber que todo a la tierra ha de ser devuelto, que sólo estamos aquí de prestado, de paso. Hace días que su ausencia se agranda por todos los flancos, que no encuentro más excusas para justificar el sigilo... hace semanas que sé y que vivo extinguiendo la llama de la esperanza infinita. Me quedo con el recuerdo, me agarro fuerte a él y lo desordeno, puede que esté equivocada. Y es cierto que los recuerdos tienen ese poder de la eternidad, de conferir propiedades perpetuas a lo efímero, conexiones neuronales que generan esa imagen una y otra vez, capaces de evocar incluso el sentimiento de cada instante como si fuera repetible. Hace años que no hay cabriolas, yo ni si quiera las he conocido, lo conocí ya viejo, como a esos sabios ermitaños que se esconden del tumulto, en la montaña, donde a veces la vida pasa de largo sin ladear la cabeza para mirarlos. Pero uno no puede esconderse eternamente, y ya cansados, los pies se van arrastrando por el tramo final del camino casi sin prisa; la vida es todo eso que ha pasado, todas esas caras, los momentos, las caricias, los recuerdos... que se quedan sólo en eso, en recuerdos, y pueden seguir existiendo eternamente mientras haya conexiones neuronales, mientras algo permanezca ajeno al cambio que nos mueve, que nos empuja, que nos obliga a seguir adelante a pesar de todo. Hace días que en la calle Warren hace frío, el viento se desacelera, se concentra rezagado, como a la espera, da la vuelta, sube y baja y sigue encerrado. Hace frío y sin embargo, los ojos de glaciar se han apagado.  Me sobran caricias, ¿qué hago con ellas? casi no me ha dado tiempo a almacenarlas, y dejar de producirlas es complicado por ahora. Idefix sigue aquí, está como desorientado, aunque
 
tiene un nuevo amigo al que aún no me he acercado, sigo de luto, sigo esperando... Hace ya casi dos años que llegué, que sus ojos de glaciar me hicieron presa del fascinamiento, infinitos, gélidos y a la vez dueños de una mirada cálida hasta el extremo. Porque lo había visto todo, desde su confinamiento, desde su pequeño reino, había visto pasar la vida y a los transeúntes, había acaparado todas las miradas y todas las manos con un magnetismo inevitable hacia su pelaje invernal. El husky y yo éramos amigos, me dio mucho calor durante el primer invierno, me regaló muchos "bostonadas" que llevaron calor a otras partes del mundo, incluso a aquellas en donde la gente vive deprisa, incluso a aquellas donde se hace de noche cuando aquí todavía es de día. Supongo que cuando uno se hace viejo la prisa se ralentiza, pero algunos privilegiados hemos sido contagiados de un sentimiento "zen" al pasar por su lado, al acariciarlo, al sentir que lo demás no importa cuando su magna mirada se posa sobre tu tiempo. Nunca preguntó de dónde ni para qué ni por qué ni hasta cuándo, nunca le importó más que el momento en que nuestros presentes se cruzaron. Nunca olvidaré que la soledad se borró de cada una de mis tardes al pasar por su puerta, que las sonrisas se me resbalaban de los labios al mirarlo, nunca olvidaré que el primer amigo que tuve en Boston tenía los ojos de glaciar aunque se hayan apagado.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Domingos "en ca" la mama

Cocidito madrileño, de ese que se te saltan hasta las lágrimas de lo bien que le sienta al estómago y se le caen los palos del sombrajo al raciocinio... Lentejas con chorizo, con chorizo Palacios, sabor del sur, reminiscencias de una Andalucía que también fue mi casa por un tiempo. Asado al horno, salpimentado, con patatas a lo pobre o con pimientos asados al estilo rural; salmorejo, huevos rotos, arroz la cubana, riñones al jerez... y por supuesto, paella valenciana, bueno, alicantina, no vayan ustedes a creer que el arroz a la Candelaria, con sus ñoras y todo, tiene nada que envidiar a ese que nos comimos hace tan sólo unas semanas en la playa, cuando aún era verano. No pueden faltar tampoco los aperitivos, unas aceitunitas de manzanilla, una tortilla de patatas bien jugosa, queso manchego, cordobés o de donde se tercie, que para eso es legal pasarlo por la aduana sin mentir (no como con el jamón). Todo acompañado de un buen vino tinto, blanco o verde, dependiendo del menú, y claro está, de una buena rubia fresquita que es la única yankee permitida a la mesa. ¿Y dónde puedo encontrar este placer en Boston? Pues en los "domingos en ca la mama" que llevamos organizando ya unas cuantas semanas de cara al crudo invierno que se acerca tímidamente. Ya os he dicho muchas veces que los amigos en Boston se hacen familia, incluso algunos tenemos el mismo apellido, por esto de ser tan originales los Fernández. Esta familia se compone básicamente de dos madrileñas, uno de Alicante, un cordobés y un germano (este último en realidad es de nacionalidad getafense, aunque rubio, así que habrá que quererlo igual).
A veces contamos con algún otro patriota descarriado que necesita un buen puchero en un momento dado, pero básicamente nos sobramos para recrear esos domingos tan cálidos que se suceden en todas las casas de España donde haya una madre. Y sí, es cierto que madre no hay más que una, por eso cuando me toca a mí dar vida al cazo, trato de recrear (a duras penas) esos cocidos, ensaladilla rusa o croquetas que son la especialidad de mi querida madre y, por ende, también la mía, y que me transportan en cuestión de segundos a la cocina de la plaza del Azulejo... me siento en la esquina, junto a la nevera, a la izquierda mi madre, para llegar a las cacerolas y echarnos más cuando no miramos, luego mi padre, presidente de la mesa por autoelección unánime, Luli, que se pone cerca de mi padre por si en algún momento le parece que la sopa está muy caliente y decide bañarlo con agua fresca, luego Victor y por último Ángel, siempre al borde porque claro, ser zurdo le supone un suplicio de codazos al que se siente a su izquierda y por eso lo desterramos al extremo de la mesa... He comido tanto, reído tanto, discutido tanto y disfrutado tanto en las comidas de los domingos en casa de mi madre que no podía menos que traerme un pedacito de ese mantel que en verdad es un hule, igual que son de calidad de hule algunos ingredientes porque no queda otra. Eso sí, la calidad no merma en cuanto a la compañía, que aunque no es la misma, es igual de buena en estas nuestras circunstancias.

Después de comer hasta reventar como manda la norma, hacer la pregunta más madre de todas: ¿te has quedao con hambre?¿te frío un huevo?, de haber arreglado el mundo y haberlo vuelto del revés... entonces vienen las sobremesas de los domingos en ca la mama. Éstas consisten en un abanico de posibilidades según la necesidad. Aproximadamente cada mes y medio hay que montar el salón de peluquería en Q-Chari Style, porque cuando no es uno es otro, las greñas y las puntas abiertas no perdonan... otras veces, nos preparamos un buen café y nos sentamos a jugar a algún juego de mesa, o simplemente una peli de las que dan sueño. Cualquiera de ellas suele convertirse con bastante facilidad en una tarde elástica, de las que se estiran hasta las 9 de la noche, donde ya apremia la necesidad de ir devolviendo cada mochuelo a su olivo. Y así, uno tras otro, se suceden los domingos más especiales que he vivido en esta vida, la de América, porque está claro que las cosas que no tenemos siempre podemos crearlas, inventárnoslas, que es mucho mejor que añorarlas. Por eso, y aunque el otoño nos traiga el frío y nos tire a dar con hojas anaranjadas, sabemos ponerle nombre a todo esto que sentimos, se llama FELICIDAD, y por eso nos gusta quedar los domingos en ca la mama para compartirla.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Vivir fuera

Últimamente se repite este tema como una vaga discusión que argumentamos, ya sin fuerzas, puesto que al final uno acaba sucumbiendo al pensamiento ambiguo e inconexo del que no quiere sacarse a sí mismo de contexto. ¿Qué define nuestra personalidad, nuestra forma de pensar, nuestra ideología? En gran parte nuestra educación, lo que uno ha conocido en casa, lo que aceptas como dogma y no cuestionas hasta que eres muy mayor o estás muy lejos, o a veces ni si quiera eso. Por otra parte, están los genes, muy sobrevalorados en este sentido, puesto que creo que depende muchísimo más de cualquier otro factor externo que de la química del ADN. Y por último, para mí lo más importante, las circunstancias. Tanto es así que uno podría incluso cambiar su ideología religiosa o política dependiendo de las mismas. Otro tanto ocurre con los argumentos en los que te apoyas a la hora de defender o castigar un hecho o idea que hoy es un pilar fundamental en tu vida y mañana no comprendes cómo podías aferrarte a ello con tanta vehemencia. Cuando vives con tus padres, la idea abstracta de emancipación y de libertad (ambas a menudo sinónimas) tienen un color fosforito y muy delimitado. Después, cuando la vida te va enseñando otras cosas, otros signos, otras vivencias y otros colores, aprendes a valorar lo que es hacerse a uno mismo. Y  en un momento dado te encuentras con que has de pensar por ti mismo, vaya, sin un respaldo acolchado e incluso a veces a contracorriente... Es en ese momento y no antes, cuando la personalidad aflora y te planteas qué eras antes, y lo que es peor, qué vas a ser en el futuro.
Este verano me he encontrado sin quererlo una y otra vez en la misma tesitura, la de defender y a la vez apedrear la idea de "vivir fuera" que todos tenemos a priori. Hace poco leí un post en el que alguien decía que a veces para conocerse a uno mismo, hay que vivir fuera. Y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Cuando vives en una casa que va a ser para siempre, rodeado de gente que va a estar ahí siempre, en un trabajo que es para siempre (si no ese, otro parecido, en un radio de 50 kilómetros a la redonda) es muy fácil decir "me gustaría vivir fuera". Todos alguna vez hemos pensado eso, mucha gente sueña con ello, otros lo dicen pero con la boca muy pequeña, como para formar parte de un pensamiento cool generalizado. Yo también fui de esas, por mucho tiempo, cuando el futuro estaba escrito con tinta permanente. Pero entonces la tortilla da la vuelta y te encuentras viviendo fuera. Lo primero que comprendes es que no es tan fácil como parecía, porque hay cosas que no había considerado, como por ejemplo que estás solo para tomar todas esas decisiones que antes acompañabas de padres, amigos, hermanos o cualquier otro aditivo. También lo estás para estar enfermo, sano, feliz, triste, deprimido o alegre. Así que el espacio de compartir se achica un poco, sólo un poco. Luego está lo del idioma, bueno, uno no puede ser la misma persona en un idioma que no es el suyo, y esto no lo digo sólo yo, que ya lo he preguntado. Es agotador pensar y hablar todo el tiempo en otro idioma, y además, hay cosas que no adquieren el cien por cien del significado que tú les quieres dar, así que hablas menos que antes. Luego están los amigos y demás, esos que en España están porque han estado ahí siempre, pero aquí has de hacerlos de nuevo casi todo el tiempo. Lo malo es que sabes que son temporales, y entonces creas amistades por capas: la primera y más superficial para aquellos que sólo estarán aquí de uno a tres meses, la segunda para los que se quedarán un año... Irás a sus fiestas de despedida, jajaja y ya está, al cabo de un tiempo si te he visto no me acuerdo. Luego están los de las capas profundas, eso es más complicado, porque también se van, y entonces dejan un vacío como ese del que hablaban "Los Cantores de Hispalis"... Esto se traduce en una pereza horrible para hacer amigos de verdad, aunque es verdad que los que haces, da igual en la capa que se encuentren, son mucho más intensos que mucha gente de esa que conoces desde siempre.
Viviendo fuera aprendes a valorar el día a día, porque mañana va a ser otra cosa muy distinta, eso seguro, y aprovechas el estar aquí por si acaso. La gente que se queja siempre por la vida que tiene y que ansía vivir fuera como si de la panacea se tratara, no puede ni figurarse lo que es. Tampoco pueden, eso es cierto, imaginar lo genial que es, con toda esa gente nueva que hace capas y más capas, sobre todo los que después permanecen al menos una vez al año. Y también todas esas visiones diferentes del mundo, incluso de España. Qué diferente era España cuando yo vivía en ella, yo creo que era más fea... Ahora me parece tan bonita, tan auténtica, tan paradisíaca... Incluso vista desde el punto de vista de la crisis, España siempre es un lugar al que volver, aunque sólo sea por vacaciones. Porque al final del día, la vida es la que te construyes por ti mismo, la que te ganas a base de lucha y de esfuerzo. En muchos casos tu profesión es el núcleo alrededor del cual giras todo lo demás; en mi caso, es una forma de vivir que me da muchas satisfacciones, sobre todo desde que estoy en Boston, o casi sólo desde que estoy aquí. Por eso, y aunque aún sigo intentando definir mi personalidad en este país, sé que la felicidad está aquí, en este presente cierto y no sólo en el futuro escrito, más que nada porque el mío lo escribo a lápiz, afortunadamente, así siempre podré cambiar lo que me de la gana.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Volver a casa

Llegando al final de los días estivales, aún con las maletas a medio deshacer, o a medio hacer, según se mire, voy escribiendo el balance de mis segundas vacaciones en España. Más por necesidad anímica que económica, mi destino favorito últimamente viene a ser La Mata, Torrevieja, esa costa donde el mar Mediterráneo se cabrea a veces en forma de levante y donde otras veces, por eso de que aquellas son las mejores playas del mundo, la quietud de sus aguas se me antoja un lugar perfecto para quedarme. . . Si no fuera porque soy una aventurera y me encanta estar lejos de mi país y de mi gente, si no fuera porque en España sobran científicos, si no fuera porque Boston está empezando a ser un hogar al que volver. . . me plantearía seriamente el prestarme como reo de algún amarre, y quedarme flotando para siempre acariciada por la brisa, por las olas, bailando esa danza infinita con trazas de sal y turquesa. No obstante, no quiero ser presa de España, de una España torpe y analfabeta, no quiero ser presa de una España bonita y tonta, donde hemos vendido a precio simbólico nuestras almas y nuestros principios. No quiero ver cómo la España por la que lucharon nuestros abuelos retrocede a pasos de gigante para volver a ser un nido de caciques ignorantes. Me dan vergüenza las esquirlas que salpican nuestro país con mierda de todos los colores, y cómo esa materia infame está vistiendo nuestra piel de toro con un grotesco disfraz de putilla. Cada vez que alguien me dice la suerte que tengo de vivir en Estados Unidos, o lo que es peor, cada vez que alguien sugiere el dineral que estaré ganando viviendo en la tierra de las oportunidades, me dan ganas de abrirme el gas (como diría la gran Rosa de España que ahora es de Boston). Señores, vivir a más de 5000 km de tu país no es una suerte, tampoco es una condena, no nos llevemos a engaños, pero no siempre es una opción. Y lo que desde luego no es, es la panacea. Lo que pasa es que visto desde la perspectiva laboral, pues sí, es mucho mejor que lo que se ofrece en España, pero también es verdad que los propios españoles aceptamos esta premisa como ineludible y lo llegamos a ver hasta normal. Lo que no vemos es que, de la misma forma que ahora muere la investigación, y poquito a poco la educación, y de forma encubierta la sanidad pública, mueren también las ganas de cambiar el mundo que heredamos en los genes de los que sufrieron el franquismo y con ellas, el futuro de las nuevas generaciones que nacerán fuera de España fruto de los cerebros exocitados, que no fugados. Qué suerte tengo de vivir en USA, donde sacarte una muela cuesta 700 dólares y tener un hijo 20.000, donde estudiar una carrera cuesta más de cien mil dólares y el aceite de oliva es importado de Italia. La ignorancia es demasiado a menudo la falta de interés por el conocimiento.

domingo, 28 de julio de 2013

Cape Cod ("Cabo Bacalao")

A 100 kilómetros al sur de Boston se extiende hacia el océano una lengua de tierra llamada Cape Cod (Cabo Bacalao). Una especie de "Manga" gigante que quedó al descubierto durante la última glaciación y que permite a los bostonianos plantarse en el paraíso tras una horita y media de coche. Este cabo se enrosca sobre sí mismo dando cobijo a las únicas playas cuya temperatura puede considerarse similar a la de nuestro Mediterráneo (bueno, eso no es del todo cierto, pero habrá que conformarse).
Cuando baja la marea, unos doscientos metros de arena desnuda cubierta de conchas y cangrejos rezagados se despejan para que pongamos nuestras toallas y neveras. El viento azota con ala magna y no hace falta sombrilla ni abanico. . . esto es vida. La cara sur es otro cantar, gélidas aguas y playas vírgenes flanqueadas por parques naturales, una conjunción de elementos cuanto menos curiosa y cuanto más, maravillosa. A este lado se acercan hostiles los tiburones, en busca de algo que echarse a la boca y sin mucho respeto por la sangre humana. Cada año hay unos cuantos mordiscos y de vez en cuando alguno no lo cuenta. . . Pero en general este es un lugar digno de visitar, de disfrutar y, por supuesto, de compartir en Bostonadas.
La costa este de Estados Unidos es conocida por sus grandes urbes: Boston, Nueva York, Philadelphia, Washington... y a menudo nos olvidamos de los parques naturales de Maine, de las costas de Carolina del Norte y del Sur y de la cálida Florida. Incluso viviendo al norte, donde el frío azota más de lo que me gustaría, el clima permite también a veces disfrutar de regalos como Cabo Bacalao, que por cierto, debe su nombre a la gran cantidad de homónimos peces que nadan por estos lares ajenos a las redes que los llevarán a parar a la pescadería...

Cuando cae la tarde, subimos hacia Provincetown, un pueblecito situado en la punta de Cape Cod poniendo punto y final a la Tierra, a orillas del mundo, bañado por las aguas del Atlántico Norte y guardándose los secretos de los seres que lo habitan. Un pueblo conocido por sus playas pero también por su ambiente gay, que disfruta de una marcha nocturna poco propia de los estates y de una mentalidad abierta poco usual en esta zona. 
En nuestro recorrido hacia Provincetown paramos para ver el faro que sale en las patatas fritas Cape Cod, que en España no las conocéis pero están buenísimas!! Detrás de este faro hay un acantilado que termina en una playa preciosa, solitaria, de las que ya casi no pueden encontrarse en nuestra explotada Península Ibérica.
Seguimos hacia "Race Point Beach" para ver el atardecer, gracias al pico enroscado que contiene a Provincetown (ver mapa),  podemos sorprender al sol escondido en el horizonte, sumergiéndose falsamente en el océano, porque en realidad detrás se encuentra la costa. Hacia las ocho de la tarde nos colocamos en primera línea de playa para contemplar, una vez más, las maravillas de las que la Tierra nos hace partícipes sin pretenderlo. Ahí está, quemando las nubes que se habían empeñado en amenazarnos todo el día, el mismo sol que en España ya se ha puesto hace seis horas. El mismo sol que broncea la piel de mis hermanos, y de mi gente, este que se asoma ahora por detrás de las nubes de colores. El sol que pronto veré nacer a orillas del Mediterráneo, principio y fin, amanecer y atardecer, puntos opuestos de un mismo ciclo maravilloso que nos pinta el cielo de colores en todas las partes del mundo, sin importar qué estamos haciendo en ese momento, a dónde nos dirigimos o cuál es nuestro destino final, sólo es seguro que allí volverá a estar mañana. 
Sin embargo, hay algo con lo que no contábamos, aproximándose por la derecha divisamos unas cabecitas en el agua. ¿Son señoras que no quieren mojarse el pelo? ¿son perros chapoteando saltándose las normas de la playa? NOOOO, ¡SON FOCAS! qué maravilla, familias enteras de focas que se sumergen reaparecen, bucean y pasan por delante de nuestras narices ¡¡¡como si tal cosa!!! y no son focas de las del zoo, de esas que aplauden humilladas para que el cuidador les lance un pescado, estas son focas salvajes, con sus bigotitos y sus ojitos vivarachos saliendo y entrando del agua en un juego que es su propia vida y que a mí me resulta un espectáculo sublime.


Ahora sí puedo volver a casa, ir a trabajar, madrugar durante unos cuantos días más y seguir tachando atardeceres en el calendario. Se acerca, ya puedo olerlo, cada vez menos deseo y más realidad, cada vez más próximo, cada día un día menos para subir a ese avión, cada minuto un minuto menos para ver a mi padre esperando en el aeropuerto de Barajas, cada segundo un segundo más cerca de volver a abrazaros a todos. ¡Ya voy España!