miércoles, 21 de agosto de 2013
Volver a casa
Llegando al final de los días estivales, aún con las maletas a medio deshacer, o a medio hacer, según se mire, voy escribiendo el balance de mis segundas vacaciones en España. Más por necesidad anímica que económica, mi destino favorito últimamente viene a ser La Mata, Torrevieja, esa costa donde el mar Mediterráneo se cabrea a veces en forma de levante y donde otras veces, por eso de que aquellas son las mejores playas del mundo, la quietud de sus aguas se me antoja un lugar perfecto para quedarme. . . Si no fuera porque soy una aventurera y me encanta estar lejos de mi país y de mi gente, si no fuera porque en España sobran científicos, si no fuera porque Boston está empezando a ser un hogar al que volver. . . me plantearía seriamente el prestarme como reo de algún amarre, y quedarme flotando para siempre acariciada por la brisa, por las olas, bailando esa danza infinita con trazas de sal y turquesa. No obstante, no quiero ser presa de España, de una España torpe y analfabeta, no quiero ser presa de una España bonita y tonta, donde hemos vendido a precio simbólico nuestras almas y nuestros principios. No quiero ver cómo la España por la que lucharon nuestros abuelos retrocede a pasos de gigante para volver a ser un nido de caciques ignorantes. Me dan vergüenza las esquirlas que salpican nuestro país con mierda de todos los colores, y cómo esa materia infame está vistiendo nuestra piel de toro con un grotesco disfraz de putilla. Cada vez que alguien me dice la suerte que tengo de vivir en Estados Unidos, o lo que es peor, cada vez que alguien sugiere el dineral que estaré ganando viviendo en la tierra de las oportunidades, me dan ganas de abrirme el gas (como diría la gran Rosa de España que ahora es de Boston). Señores, vivir a más de 5000 km de tu país no es una suerte, tampoco es una condena, no nos llevemos a engaños, pero no siempre es una opción. Y lo que desde luego no es, es la panacea. Lo que pasa es que visto desde la perspectiva laboral, pues sí, es mucho mejor que lo que se ofrece en España, pero también es verdad que los propios españoles aceptamos esta premisa como ineludible y lo llegamos a ver hasta normal. Lo que no vemos es que, de la misma forma que ahora muere la investigación, y poquito a poco la educación, y de forma encubierta la sanidad pública, mueren también las ganas de cambiar el mundo que heredamos en los genes de los que sufrieron el franquismo y con ellas, el futuro de las nuevas generaciones que nacerán fuera de España fruto de los cerebros exocitados, que no fugados. Qué suerte tengo de vivir en USA, donde sacarte una muela cuesta 700 dólares y tener un hijo 20.000, donde estudiar una carrera cuesta más de cien mil dólares y el aceite de oliva es importado de Italia. La ignorancia es demasiado a menudo la falta de interés por el conocimiento.
domingo, 28 de julio de 2013
Cape Cod ("Cabo Bacalao")
A 100 kilómetros al sur de Boston se extiende hacia el océano una lengua de tierra llamada Cape Cod (Cabo Bacalao). Una especie de "Manga" gigante que quedó al descubierto durante la última glaciación y que permite a los bostonianos plantarse en el paraíso tras una horita y media de coche. Este cabo se enrosca sobre sí mismo dando cobijo a las únicas playas cuya temperatura puede considerarse similar a la de nuestro Mediterráneo (bueno, eso no es del todo cierto, pero habrá que conformarse).
Cuando baja la marea, unos doscientos metros de arena desnuda cubierta de conchas y cangrejos rezagados se despejan para que pongamos nuestras toallas y neveras. El viento azota con ala magna y no hace falta sombrilla ni abanico. . . esto es vida. La cara sur es otro cantar, gélidas aguas y playas vírgenes flanqueadas por parques naturales, una conjunción de elementos cuanto menos curiosa y cuanto más, maravillosa. A este lado se acercan hostiles los tiburones, en busca de algo que echarse a la boca y sin mucho respeto por la sangre humana. Cada año hay unos cuantos mordiscos y de vez en cuando alguno no lo cuenta. . . Pero en general este es un lugar digno de visitar, de disfrutar y, por supuesto, de compartir en Bostonadas.
La costa este de Estados Unidos es conocida por sus grandes urbes: Boston, Nueva York, Philadelphia, Washington... y a menudo nos olvidamos de los parques naturales de Maine, de las costas de Carolina del Norte y del Sur y de la cálida Florida. Incluso viviendo al norte, donde el frío azota más de lo que me gustaría, el clima permite también a veces disfrutar de regalos como Cabo Bacalao, que por cierto, debe su nombre a la gran cantidad de homónimos peces que nadan por estos lares ajenos a las redes que los llevarán a parar a la pescadería...
Seguimos hacia "Race Point Beach" para ver el atardecer, gracias al pico enroscado que contiene a Provincetown (ver mapa), podemos sorprender al sol escondido en el horizonte, sumergiéndose falsamente en el océano, porque en realidad detrás se encuentra la costa. Hacia las ocho de la tarde nos colocamos en primera línea de playa para contemplar, una vez más, las maravillas de las que la Tierra nos hace partícipes sin pretenderlo. Ahí está, quemando las nubes que se habían empeñado en amenazarnos todo el día, el mismo sol que en España ya se ha puesto hace seis horas. El mismo sol que broncea la piel de mis hermanos, y de mi gente, este que se asoma ahora por detrás de las nubes de colores. El sol que pronto veré nacer a orillas del Mediterráneo, principio y fin, amanecer y atardecer, puntos opuestos de un mismo ciclo maravilloso que nos pinta el cielo de colores en todas las partes del mundo, sin importar qué estamos haciendo en ese momento, a dónde nos dirigimos o cuál es nuestro destino final, sólo es seguro que allí volverá a estar mañana.
Sin embargo, hay algo con lo que no contábamos, aproximándose por la derecha divisamos unas cabecitas en el agua. ¿Son señoras que no quieren mojarse el pelo? ¿son perros chapoteando saltándose las normas de la playa? NOOOO, ¡SON FOCAS! qué maravilla, familias enteras de focas que se sumergen reaparecen, bucean y pasan por delante de nuestras narices ¡¡¡como si tal cosa!!! y no son focas de las del zoo, de esas que aplauden humilladas para que el cuidador les lance un pescado, estas son focas salvajes, con sus bigotitos y sus ojitos vivarachos saliendo y entrando del agua en un juego que es su propia vida y que a mí me resulta un espectáculo sublime.
Ahora sí puedo volver a casa, ir a trabajar, madrugar durante unos cuantos días más y seguir tachando atardeceres en el calendario. Se acerca, ya puedo olerlo, cada vez menos deseo y más realidad, cada vez más próximo, cada día un día menos para subir a ese avión, cada minuto un minuto menos para ver a mi padre esperando en el aeropuerto de Barajas, cada segundo un segundo más cerca de volver a abrazaros a todos. ¡Ya voy España!
Cuando baja la marea, unos doscientos metros de arena desnuda cubierta de conchas y cangrejos rezagados se despejan para que pongamos nuestras toallas y neveras. El viento azota con ala magna y no hace falta sombrilla ni abanico. . . esto es vida. La cara sur es otro cantar, gélidas aguas y playas vírgenes flanqueadas por parques naturales, una conjunción de elementos cuanto menos curiosa y cuanto más, maravillosa. A este lado se acercan hostiles los tiburones, en busca de algo que echarse a la boca y sin mucho respeto por la sangre humana. Cada año hay unos cuantos mordiscos y de vez en cuando alguno no lo cuenta. . . Pero en general este es un lugar digno de visitar, de disfrutar y, por supuesto, de compartir en Bostonadas.
La costa este de Estados Unidos es conocida por sus grandes urbes: Boston, Nueva York, Philadelphia, Washington... y a menudo nos olvidamos de los parques naturales de Maine, de las costas de Carolina del Norte y del Sur y de la cálida Florida. Incluso viviendo al norte, donde el frío azota más de lo que me gustaría, el clima permite también a veces disfrutar de regalos como Cabo Bacalao, que por cierto, debe su nombre a la gran cantidad de homónimos peces que nadan por estos lares ajenos a las redes que los llevarán a parar a la pescadería...
Cuando cae la tarde, subimos hacia Provincetown, un pueblecito situado en la punta de Cape Cod poniendo punto y final a la Tierra, a orillas del mundo, bañado por las aguas del Atlántico Norte y guardándose los secretos de los seres que lo habitan. Un pueblo conocido por sus playas pero también por su ambiente gay, que disfruta de una marcha nocturna poco propia de los estates y de una mentalidad abierta poco usual en esta zona.
En nuestro recorrido hacia Provincetown paramos para ver el faro que sale en las patatas fritas Cape Cod, que en España no las conocéis pero están buenísimas!! Detrás de este faro hay un acantilado que termina en una playa preciosa, solitaria, de las que ya casi no pueden encontrarse en nuestra explotada Península Ibérica.
Ahora sí puedo volver a casa, ir a trabajar, madrugar durante unos cuantos días más y seguir tachando atardeceres en el calendario. Se acerca, ya puedo olerlo, cada vez menos deseo y más realidad, cada vez más próximo, cada día un día menos para subir a ese avión, cada minuto un minuto menos para ver a mi padre esperando en el aeropuerto de Barajas, cada segundo un segundo más cerca de volver a abrazaros a todos. ¡Ya voy España!
lunes, 8 de julio de 2013
The Harbor Islands: Bumpkin Paradise
Un secreto que Boston guarda con cierto recelo, un paraíso terrenal que jugó un papel principal en diversas guerras, desde la Guerra Civil hasta la Segunda Guerra Mundial, por encontrarse estratégicamente situado en las frías aguas de la bahía de Boston a las que deben su nombre, las "Harbor islands".
Pequeños fragmentos de tierra que se alejan sólo tímidamente de la ciudad. Cuando baja la marea, incluso pueden verse algunos de los cordones umbilicales que las anclan a la tierra madre. Durante tiempos bélicos, unas sirvieron de prisión como una diminuta Australia, otras fueron hospitales de campaña reutilizados y otras, simplemente, lugares perfectos desde los que recibir al enemigo que llegaba en barco surcando el océano Atlántico. De aquellos días, afortunadamente, sólo queda lo que los americanos llaman su historia, su orgullo armado como siempre hasta los dientes, colgando unas cuantas medallas de unos árboles que en Europa compondrían un parque natural. Aquí también, por supuesto, pero sólo como apellido, porque el nombre propio lo conforman fortaleza y bandera, barras y estrellas engalanadas con lazos rojos y azules. No obstante, esto es América y las cosas se cuidan, y en lugar de explotarlas minándolas de chiringuitos y hoteles como se haría en Europa, aquí las mantienen vírgenes y acondicionadas para campistas controlados. Unas cuantas parcelas que pueden reservarse por el módico precio de 15 dólares la noche y que tienen una mesa con bancos, baños y hasta barbacoa (cómo no) perfectamente pulcros como si de un resort de cinco estrellas se tratara. Así que, para los que tenemos la suerte de haber reparado en estas masas de tierra que se alzan tímidas y verdes entreteniendo a las aguas a lo largo de toda la costa, se abre un nirvana secular con todas las comodidades. En media hora escasa, el primer ferri nos deposita en Georges island, donde hay poco más que un fuerte orientado ahora para turistas y un bar que abre demasiado tarde para los españoles hambrientos que se han levantado a las seis de la mañana. Esperamos al segundo ferri que nos llevará hasta Bumpkin island, una isla tan pequeña que puede rodearse paseando en menos de una hora. Pero su tamaño es inversamente proporcional al placer que produce habitar en ella, aunque sólo sea durante veinticuatro horas y las playas sean de piedras. Impensable pero cierto, un trozo de playa para nosotros solos... claro que gracias a Rosa, que se pinta sola para abrirse paso a codazos y coger una de las mejores parcelas de toda la isla, con vistas al mar y sombra para contener dos tiendas de campaña y mucha siesta . Después de un calor sofocante que no hacía sino acrecentar nuestras ansias por llegar, al fin ponemos los pies (con chanclas, eso sí, porque las piedras se clavan como la madre que las parió...) en las gélidas aguas isleñas. Es tanta la temperatura y humedad que se concentran afuera, que casi puedo sentir unas enormes manos pegajosas empujándome al chapuzón. Nirvana, ¡sí señor!
Creía estar ya en el paraíso y sin embargo, aún me quedaba por contemplar uno de los espectáculos más grandiosos que puede proporcionar esta bola azul en la que vivimos... el atardecer. Al oeste queda Boston, con sus rascacielos desperdigados haciéndose pasar por ciudadona, y siendo, sin embargo, un pedacito de Europa fundida en tierras norteamericanas. Desde Bumpkin vemos caer el sol sobre el Downtown, pintando fuego sobre las antenas que se aúpan rabiosas para alcanzarlo. El cielo se vuelve incandescente y doy gracias por estar viva, por tener ojos, por tener amigos con los que compartir este momento y una mano que coger mientras Boston se incendia en un oasis de llamas.
Creía estar ya en el paraíso y sin embargo, aún me quedaba por contemplar uno de los espectáculos más grandiosos que puede proporcionar esta bola azul en la que vivimos... el atardecer. Al oeste queda Boston, con sus rascacielos desperdigados haciéndose pasar por ciudadona, y siendo, sin embargo, un pedacito de Europa fundida en tierras norteamericanas. Desde Bumpkin vemos caer el sol sobre el Downtown, pintando fuego sobre las antenas que se aúpan rabiosas para alcanzarlo. El cielo se vuelve incandescente y doy gracias por estar viva, por tener ojos, por tener amigos con los que compartir este momento y una mano que coger mientras Boston se incendia en un oasis de llamas.
Y pensar que esto ocurre todos los días, y que yo a veces vuelvo a casa preocupada por tontunas. Todos los días sale el sol, todos los días se pone, todos los días sin excepción la Tierra gira sobre su eje mostrándonos cuán maravilloso es el Universo en el que vivimos. Qué suerte que para este lujo no se necesite dinero; qué lástima que nos distraigamos con nubarrones tan a menudo.
martes, 11 de junio de 2013
The frustreision
Si es que no hay idioma como el castellano para expresarse como Dios manda, cagoendiez... Es un idioma tan rico y extenso para faltar al respeto, para quejarse de los políticos, para manejarse en medio de un atasco, para dirigirse al que se pasa de listo, para hablar mal de tu jefe, para ser hipócrita y táctico... Sin olvidar lo bonito que es quererse en castellano, con ese amor que destilan las plumas de los poetas, con palabras que suenan a música sin ser cantadas, con esa rima compleja que se consigue sin esfuerzos. La gente cree que es el italiano, pero en realidad es en España donde se oye el amor silábico y morfosintáctico, es en el sur donde el alma es un arma y en el este donde todo es bonico, es en el norte donde ahivalahostia lo que t'estimo y en el oeste donde se dan besiños con eñe de España. ¿Qué otro país tiene tanta riqueza lingüística por metro cuadrado?
El problema viene cuando el país en el que te hallas a diario no es España. Es entonces cuando comprendes que no eres tan hablador como creías, ni tan romántico ni elocuente, ni si quiera tienes tan mala hostia como pensabas. . . ¡era todo producto del lenguaje! Así, cuando algo te molesta muchísimo sientes que no estás siendo lo suficientemente explícito en tu cabreo, porque "fucking" no suena, ni de lejos, igual de bien que joder y joderse, así es el encanto altanero de la jota. Además, a esto se le suma el efecto abotargamiento, esto es, todas tus ideas quieren salir a la vez, a trompicones, pero están en castellano en tu cabeza y el cabreo no te deja traducirlas como es debido. Entonces pierden fuerza y te salen mucho más flojuchas de lo que en realidad deberían, y es ahí cuando te llega la frustración o "frustreision". A ver ¿por qué si todo me sale mal no puedo echar todas las pestes del mundo por la boca? ¡con lo que alivia! ¿por qué me tengo que limitar a "esto no me gusta", "esto no es justo", "esto me fastidia. . ." cuando lo que quiero decir en realidad sonaría tan fuerte en castellano que me salpicaría el blog de mierda?
Por otro lado, cuando algo te entusiasma también pierde fuelle en las formas. Tú quieres expresar, como lo harías en tu lengua materna, que algo te parece de puta madre, pero claro, limitado te hallas a decir que algo es genial o maravilloso. Y seamos realistas, la vida no es una teleserie, nada te parece maravilloso sino cojopendo. ¿Y cuál es el resultado de todo esto? que te vuelves una persona mucho más light, menos pasional, más plana y menos tajante... en resumen, menos española. Esto que así a primera vista puede parecer una exageración, te puede llevar a tener una crisis de identidad. Imagínate que cada vez que quisieras defender algo fehacientemente, o argumentar pros y contras con vehemencia, te encontraras con que te faltan términos, expresiones. . . con que te falta credibilidad. Lo que ocurre es que cada vez te vas conformando con menos y al final ya no rebates. Esa, señores, es la razón por la que los ingleses son tan educados, no es que no quieran ser groseros, es que no pueden serlo lo suficiente, y para ser a medias, no se es. También tienen palabras malsonantes, no creáis, el problema es que a mí no me suenan tan mal, o al menos no al nivel que deberían para ser representantes de mis pensamientos.
Qué bonito es sentarse en la terraza de un bar y despotricar contra todo, llenarse la boca de jotas y erres y afilarse las palabras con fuego del infierno. Qué bonito es forjar amenazas que nunca van más allá del aire que las recoge, que las mece recién salidas de tus entrañas para aflojarte las ganas antes de que lleguen a ser hechos. Qué bonito es conocer cada palabra en sus mil connotaciones, y jugar a ser su dueño inventándolas en frases malsonantes, descaradas, altaneras y rabiosas. Qué bonito es sentirse frustrado y poder recurrir a las letras para compartir con vosotros que hoy he tenido un mal día.
El problema viene cuando el país en el que te hallas a diario no es España. Es entonces cuando comprendes que no eres tan hablador como creías, ni tan romántico ni elocuente, ni si quiera tienes tan mala hostia como pensabas. . . ¡era todo producto del lenguaje! Así, cuando algo te molesta muchísimo sientes que no estás siendo lo suficientemente explícito en tu cabreo, porque "fucking" no suena, ni de lejos, igual de bien que joder y joderse, así es el encanto altanero de la jota. Además, a esto se le suma el efecto abotargamiento, esto es, todas tus ideas quieren salir a la vez, a trompicones, pero están en castellano en tu cabeza y el cabreo no te deja traducirlas como es debido. Entonces pierden fuerza y te salen mucho más flojuchas de lo que en realidad deberían, y es ahí cuando te llega la frustración o "frustreision". A ver ¿por qué si todo me sale mal no puedo echar todas las pestes del mundo por la boca? ¡con lo que alivia! ¿por qué me tengo que limitar a "esto no me gusta", "esto no es justo", "esto me fastidia. . ." cuando lo que quiero decir en realidad sonaría tan fuerte en castellano que me salpicaría el blog de mierda?
Por otro lado, cuando algo te entusiasma también pierde fuelle en las formas. Tú quieres expresar, como lo harías en tu lengua materna, que algo te parece de puta madre, pero claro, limitado te hallas a decir que algo es genial o maravilloso. Y seamos realistas, la vida no es una teleserie, nada te parece maravilloso sino cojopendo. ¿Y cuál es el resultado de todo esto? que te vuelves una persona mucho más light, menos pasional, más plana y menos tajante... en resumen, menos española. Esto que así a primera vista puede parecer una exageración, te puede llevar a tener una crisis de identidad. Imagínate que cada vez que quisieras defender algo fehacientemente, o argumentar pros y contras con vehemencia, te encontraras con que te faltan términos, expresiones. . . con que te falta credibilidad. Lo que ocurre es que cada vez te vas conformando con menos y al final ya no rebates. Esa, señores, es la razón por la que los ingleses son tan educados, no es que no quieran ser groseros, es que no pueden serlo lo suficiente, y para ser a medias, no se es. También tienen palabras malsonantes, no creáis, el problema es que a mí no me suenan tan mal, o al menos no al nivel que deberían para ser representantes de mis pensamientos.
Qué bonito es sentarse en la terraza de un bar y despotricar contra todo, llenarse la boca de jotas y erres y afilarse las palabras con fuego del infierno. Qué bonito es forjar amenazas que nunca van más allá del aire que las recoge, que las mece recién salidas de tus entrañas para aflojarte las ganas antes de que lleguen a ser hechos. Qué bonito es conocer cada palabra en sus mil connotaciones, y jugar a ser su dueño inventándolas en frases malsonantes, descaradas, altaneras y rabiosas. Qué bonito es sentirse frustrado y poder recurrir a las letras para compartir con vosotros que hoy he tenido un mal día.
martes, 4 de junio de 2013
Verano a goterones
Repentino, chorreante, amedrentador, abundante, decidido, exagerado, exterminante, impaciente, churretoso, agobiante, pasajero. . . el verano ha llegado a Boston arrasando, sin preguntar, los Fahrenheit apretujándose contra el mercurio que dos días antes representaba a la perfección la temperatura de la nevera. Un día te acuestas con el nórdico subido hasta las cejas y a la mañana siguiente te despiertas en un charco de sudor salado, con la ropa de cama por el suelo y un sol destructor encargándose de arruinarte la retina. Ahí lo tienes, el verano, que llegó de noche y no pudo sentarse a esperar, insistente y avaricioso se dejó caer con el peso de veinte soles de helio comprimido agarrándose las manos para jugar al corro de la patata con la Tierra, aunque yo creo que aquí sólo participa Boston porque no sé si hay otro lugar en el mundo con temperaturas más extremas.
Así que busca los shorts, las chanclas, guarda el abrigo. . . y sal a la calle porque la casa quema. Después de una ducha fría que de nada vale porque el dios de la humedad te putea todo lo que puede (gracias dios por este flequillo), por fin pones un pie en la calle y ese aire denso y pantanoso te da un abrazo gorilesco del que no puedes zafarte. Ir en bici puede parecer una buena idea por eso de la brisa y tal, pero el aire viene calentorro y grave, como el que sale de las rejillas del metro de la calle Preciados, y más que refrescar te produce sarpullido y una sensación de estar siendo lamido abruptamente por una lengua gigante.
Las casas bostonianas no están preparadas para el verano, la madera acorrala todo el calor en su interior, y éste ebulle incontrolado ante la falta de persianas. La pobre Loli, que normalmente busca un rayito de sol en el suelo sobre el que acostarse, se arrastra vagamente de lado a lado buscando una corriente de aire que nunca llega. Así que la propia casa nos exocita hacia la playa, la playa! a unas pocas paradas de metro aguarda el mar, que aún no se ha enterado de que el verano está aquí y sigue empeñado en contener el agua a cero grados. Pero tal es el bochorno que se respira que uno no puede evitar bañarse, aunque la circulación se corta y los dedos de los pies se ponen azulitos, es agradable escapar del incendio tropical que espera fuera.

De repente, los vigilantes de la playa (que no se parecen a Pamela Anderson ni nada), piden a todo el mundo que salga del agua, y lo sorprendente es que la gente obedece (esto no es España...). Convencida estaba de que había un tiburón, pero no, se había perdido un niño, así que en un abrir y cerrar de ojos el mar está vacío, un buzo amarrado a una boya se sumerge mar adentro para buscarlo y una cadena humana de espontáneos se organiza para peinar la playa a espera de lo peor. Nunca dejo de sorprenderme ante tanto americanismo, son unos peliculeros. . . pero eso sí, sus métodos son infalibles.
Dos días más tarde, contrito, el verano nos da la espalda y se larga igual que vino, sin más, dejando lluvias torrenciales y americanos en chanclas, espaldas rosas peladas y muchos comentarios en facebook.
P.D. "Querido verano, haga usted el favor de volver que quiero recuperar el color que tenía en España. Aquí hasta la melanina se acongoja con el frío, ya vale hombre, que queremos ponernos ya las chanclas sin calcetines".
jueves, 23 de mayo de 2013
Viejo
Ya sé que no puedo estar, no he pagado ese tributo todavía. Ya sé que los hospitales son fríos, huelen a enfermedad y a desinfectante, huelen a soledad y a muerte... huelen a ausencia. Ya sé que la recuperación es cada vez más dura, que cada día estás más cerca de ser viejo, y más lejos de ser nuevo. Has vivido mucho y claro, el desgaste, los achaques... ya sin suelas los zapatos, ya sin aceite los engranajes. Es lo malo, el desgaste. Pero lo bueno de ser viejo es que uno ha visto tantas cosas que no puede acordarse de todas. ¿Cuántas caras? ¿Cuántos nombres? ¿Cuántas manos? ¿Cuántos se acordarán aún de ti? Y si hubieras de olvidar por ahorrar espacio en la mente, entonces ¿a cuáles olvidarías? Obviamente, a los que llegaron después, porque los que estaban antes, desde el principio, esos se han arraigado con mucha más fuerza a tus recuerdos. Sin embargo, muchos ya se fueron, y no por ello se han marchado de tus historias, de tus anhelos, de todo lo que fue tu vida en un conjunto que hoy se reduce a una camita. Camita-camilla, pequeña y articulada, suficiente para sostenerte pero no para contenerte. Porque uno es mucho más que un cuerpo, que se avejenta, que se arruga, uno es mucho más que un nombre y una cara que se difuminan en la multitud. Uno es todo lo que quiere y lo que puede, uno es todo lo que queda cuando no estás. Cada día paso por delante de tu puerta, te busco sin pretenderlo porque en mi vida eres una rutina, los buenos días, los good morning, con tu aire señorial de recién pintado. Yo sigo mi camino absorbida por una vida que no me deja pararme a pensar, pero aun así, a veces me paro y te observo, y tú te acercas a por mis caricias, porque sabes que las tengo, y que aunque no te las de siempre por las prisas, están ahí guardadas para ti. Todos los que pasan, pagan tributo; todos sin excepción se rinden a los ojos de glaciar, toda una vida viendo pasar el mundo, los inviernos y las primaveras, los veranos y los otoños, que se suceden cada año sin excepción. El otro no está siempre, pero tú sí, como la familia, que está siempre, aunque no puedas verlos, ¿no lo sabías?Hoy no tenías ganas de nada, ni si quiera de caricias, estabas como avergonzado de no poder ser un señor. Te he llamado pero no querías ni volver la mirada, la soberbia no te deja ser débil, no puedes permitirte ciertas cosas a tu edad. Te he robado pensamientos porque sé que aún tienes mucho que enseñar, no quiero que te los quedes todos para ti, quiero ver qué hay al otro lado de esta noche. Pronto, ya queda menos, pronto es casi ya, pronto llegará el verano, y las bicicletas, y las vacaciones... y para entonces ya te habrás recuperado y te llevaré más caricias. Puede que incluso quiera oír alguna de tus batallas, espérame, ya casi es tiempo.
miércoles, 24 de abril de 2013
Boston a media asta
Boston, la ciudad más segura del mundo, ha sido brutalmente sacudida por la peor de las amenazas, el terrorismo.
Miles de personas preparándose durante meses, durante años, para correr en la maratón más antigua e importante del mundo, la de Boston. Corredores de todos los países, de todas las nacionalidades y religiones vienen a nuestra ciudad para vivir el día del Patriota con el corazón latiendo a acelerones y kilómetros tatuados en las plantas de los pies. Muchos vienen acompañados por sus amigos, hermanos, padres, hijos... y la multitud se amplifica exponencialmente con los que viven por aquí cerca, que no quieren perderse un evento tan especial como éste que se convoca en Boston cada año. Todos los corazones llenos de energía positiva, de aliento y de ánimo para el que llega exánime a la meta. Por eso nadie puede comprender el ruido, el miedo, los trozos, los colgajos, la sangre, los gritos, las lágrimas, el silencio de los tímpanos reventados, el vacío de los huecos que dejan los miembros amputados, el consuelo inalcanzable de las manos que se extienden a la nada, el temblor de los principios, de la fe, la oscuridad infinita que atrapó a Martin, Krystle, y Lingzi para siempre.
No puede buscarse una explicación racional a lo que no es humano, sin embargo, hay quien intenta aferrarse a las diferencias raciales, a las religiones, al fanatismo. Es curioso que alguien que recibe una beca de los Estados Unidos, que ha vivido media vida en este país, que es un ciudadano americano, salga de pronto con panfletos antiyanquis proclamándose en contra de la mano que lo da de comer. Y yo pienso, bien, ¿dónde está la coherencia? Desde aquí es muy cómodo tomar partido en guerras ajenas, llenarse la cabeza de cuervos negros sedientos de sangre para vengar una película que ellos solos se han montado pero que no protagonizan ni de lejos. Así que deciden que un niño de ocho años que fue a animar a su padre, y dos chicas de 23 y 28, que se levantaron una mañana de lunes con ganas de vivir, no merecen volver a casa al caer la tarde. Tampoco lo merecía el chaval que patrullaba en el MIT, a unos metros de mi casa, ni ya puestos, cualquiera de las muchas víctimas del horror que salvaron la vida perdiendo mucho en el intento. Es complicado empatizar con lo que no siente, y desde luego es terrible haber vivido este atentado tan de cerca. Reminiscencias de aquel 11 de marzo en que me levanté temprano a pesar de que había huelga en la universidad, aquel jueves en que me sorprendió tanto que mi hermano me llamara de tan buena mañana preocupado pidiéndome que me quedara en casa. Similares imágenes a menor escala, el miedo en sus caras, la constante interrogante nunca respondida, ¿por qué? Y lo más curioso de todo es que después de décadas de sufrir terrorismo nacional, extremista o de cualquier tipo, uno como que se acostumbra. Lo primero que pensé al ver el vídeo de la explosión de Boylston street es que no había sido muy grande, que debía de ser algún tarado suelto. Conservo en la retina aquel tren de cercanías con un boquete que lo partía en dos como si fuera de juguete, los cuerpos amontonados, los apuntes repartidos descuidadamente por las vías, los objetos personales, doscientas vidas que se apagaron sin motivos aparentes, Madrid sacudido por la furia injusta que la semana pasada se detuvo en Boston.
Lo que no tiene nada que ver con España es la actuación policial, que si en las películas parece exagerada, es simplemente fiel a la realidad. Remover cielo y tierra es poco para lo que hacen estos tíos. El jueves a las 6 de la tarde aparecen publicadas en internet las primeras imágenes de los terroristas, y a eso de las 12 de la noche escuchamos helicópteros. En twitter contaban que había habido un tiroteo en el MIT, en principio sin conexión con el atentado. Cuando me levanté para ir al trabajo el viernes por la mañana tenía un correo del hospital, "código ámbar", no se puede salir de casa hasta nueva orden. el metro y tren no funcionan, los taxis tampoco, las universidades cerradas, el tráfico altamente restringido, la calle desierta. Pegada al televisor voy siguiendo en directo las breaking news... Uno de los terroristas de la maratón ha muerto en un tiroteo con la policía y tienen cercado al segundo en un barrio residencial de las afueras de Boston. Lo están buscando casa por casa, ¡puerta por puerta!, más de 7000 policías han pasado la noche en vela, más de un millón de personas nos quedamos todo el día en casa con orden expresa de no abrir la puerta a nadie que no sea un agente uniformado. Atrapados bajo lo que más tarde comprenderíamos es la mayor táctica jamás contada para el efecto jaula. Imposible escapar a los Swats, los troppers, la policía estatal, federal, el FBI y la Interpol trabajando codo con codo por una misma causa. Una auténtica película de acción con final feliz sólo a medias, Dzhokhar Tsarnaev es detenido dentro de un barco tapado con una lona en el patio trasero de una casa. Sólo tiene unos cuantos tiros pero está vivo, sus víctimas no han corrido la misma suerte... ahora toca esperar a la justicia, que por suerte, es bastante más justa que la de España.
Aún siguen a media asta todas las banderas, en Boylston un altar improvisado recuerda a las víctimas de la masacre. Caras serias, congoja, solemnidad y mucha América, es lo que se respira alrededor del recuerdo. Y como siempre, la vida sigue, ayer volvieron a abrir al público la zona muerta, dentro de poco se habrán borrado las manchas de sangre de la acera, y yo aún sigo sin comprenderlo.
Miles de personas preparándose durante meses, durante años, para correr en la maratón más antigua e importante del mundo, la de Boston. Corredores de todos los países, de todas las nacionalidades y religiones vienen a nuestra ciudad para vivir el día del Patriota con el corazón latiendo a acelerones y kilómetros tatuados en las plantas de los pies. Muchos vienen acompañados por sus amigos, hermanos, padres, hijos... y la multitud se amplifica exponencialmente con los que viven por aquí cerca, que no quieren perderse un evento tan especial como éste que se convoca en Boston cada año. Todos los corazones llenos de energía positiva, de aliento y de ánimo para el que llega exánime a la meta. Por eso nadie puede comprender el ruido, el miedo, los trozos, los colgajos, la sangre, los gritos, las lágrimas, el silencio de los tímpanos reventados, el vacío de los huecos que dejan los miembros amputados, el consuelo inalcanzable de las manos que se extienden a la nada, el temblor de los principios, de la fe, la oscuridad infinita que atrapó a Martin, Krystle, y Lingzi para siempre.
No puede buscarse una explicación racional a lo que no es humano, sin embargo, hay quien intenta aferrarse a las diferencias raciales, a las religiones, al fanatismo. Es curioso que alguien que recibe una beca de los Estados Unidos, que ha vivido media vida en este país, que es un ciudadano americano, salga de pronto con panfletos antiyanquis proclamándose en contra de la mano que lo da de comer. Y yo pienso, bien, ¿dónde está la coherencia? Desde aquí es muy cómodo tomar partido en guerras ajenas, llenarse la cabeza de cuervos negros sedientos de sangre para vengar una película que ellos solos se han montado pero que no protagonizan ni de lejos. Así que deciden que un niño de ocho años que fue a animar a su padre, y dos chicas de 23 y 28, que se levantaron una mañana de lunes con ganas de vivir, no merecen volver a casa al caer la tarde. Tampoco lo merecía el chaval que patrullaba en el MIT, a unos metros de mi casa, ni ya puestos, cualquiera de las muchas víctimas del horror que salvaron la vida perdiendo mucho en el intento. Es complicado empatizar con lo que no siente, y desde luego es terrible haber vivido este atentado tan de cerca. Reminiscencias de aquel 11 de marzo en que me levanté temprano a pesar de que había huelga en la universidad, aquel jueves en que me sorprendió tanto que mi hermano me llamara de tan buena mañana preocupado pidiéndome que me quedara en casa. Similares imágenes a menor escala, el miedo en sus caras, la constante interrogante nunca respondida, ¿por qué? Y lo más curioso de todo es que después de décadas de sufrir terrorismo nacional, extremista o de cualquier tipo, uno como que se acostumbra. Lo primero que pensé al ver el vídeo de la explosión de Boylston street es que no había sido muy grande, que debía de ser algún tarado suelto. Conservo en la retina aquel tren de cercanías con un boquete que lo partía en dos como si fuera de juguete, los cuerpos amontonados, los apuntes repartidos descuidadamente por las vías, los objetos personales, doscientas vidas que se apagaron sin motivos aparentes, Madrid sacudido por la furia injusta que la semana pasada se detuvo en Boston.Lo que no tiene nada que ver con España es la actuación policial, que si en las películas parece exagerada, es simplemente fiel a la realidad. Remover cielo y tierra es poco para lo que hacen estos tíos. El jueves a las 6 de la tarde aparecen publicadas en internet las primeras imágenes de los terroristas, y a eso de las 12 de la noche escuchamos helicópteros. En twitter contaban que había habido un tiroteo en el MIT, en principio sin conexión con el atentado. Cuando me levanté para ir al trabajo el viernes por la mañana tenía un correo del hospital, "código ámbar", no se puede salir de casa hasta nueva orden. el metro y tren no funcionan, los taxis tampoco, las universidades cerradas, el tráfico altamente restringido, la calle desierta. Pegada al televisor voy siguiendo en directo las breaking news... Uno de los terroristas de la maratón ha muerto en un tiroteo con la policía y tienen cercado al segundo en un barrio residencial de las afueras de Boston. Lo están buscando casa por casa, ¡puerta por puerta!, más de 7000 policías han pasado la noche en vela, más de un millón de personas nos quedamos todo el día en casa con orden expresa de no abrir la puerta a nadie que no sea un agente uniformado. Atrapados bajo lo que más tarde comprenderíamos es la mayor táctica jamás contada para el efecto jaula. Imposible escapar a los Swats, los troppers, la policía estatal, federal, el FBI y la Interpol trabajando codo con codo por una misma causa. Una auténtica película de acción con final feliz sólo a medias, Dzhokhar Tsarnaev es detenido dentro de un barco tapado con una lona en el patio trasero de una casa. Sólo tiene unos cuantos tiros pero está vivo, sus víctimas no han corrido la misma suerte... ahora toca esperar a la justicia, que por suerte, es bastante más justa que la de España.
Aún siguen a media asta todas las banderas, en Boylston un altar improvisado recuerda a las víctimas de la masacre. Caras serias, congoja, solemnidad y mucha América, es lo que se respira alrededor del recuerdo. Y como siempre, la vida sigue, ayer volvieron a abrir al público la zona muerta, dentro de poco se habrán borrado las manchas de sangre de la acera, y yo aún sigo sin comprenderlo.
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