martes, 11 de junio de 2013

The frustreision

Si es que no hay idioma como el castellano para expresarse como Dios manda, cagoendiez... Es un idioma tan rico y extenso para faltar al respeto, para quejarse de los políticos, para manejarse en medio de un atasco, para dirigirse al que se pasa de listo, para hablar mal de tu jefe, para ser hipócrita y táctico... Sin olvidar lo bonito que es quererse en castellano, con ese amor que destilan las plumas de los poetas, con palabras que suenan a música sin ser cantadas, con esa rima compleja que se consigue sin esfuerzos. La gente cree que es el italiano, pero en realidad es en España donde se oye el amor silábico y morfosintáctico, es en el sur donde el alma es un arma y en el este donde todo es bonico, es en el norte donde ahivalahostia lo que t'estimo y en el oeste donde se dan besiños con eñe de España. ¿Qué otro país tiene tanta riqueza lingüística por metro cuadrado?
El problema viene cuando el país en el que te hallas a diario no es España. Es entonces cuando comprendes que  no eres tan hablador como creías, ni tan romántico ni elocuente, ni si quiera tienes tan mala hostia como pensabas. . . ¡era todo producto del lenguaje! Así, cuando algo te molesta muchísimo sientes que no estás siendo lo suficientemente explícito en tu cabreo, porque "fucking" no suena, ni de lejos, igual de bien que joder y joderse, así es el encanto altanero de la jota. Además, a esto se le suma el efecto abotargamiento, esto es, todas tus ideas quieren salir a la vez, a trompicones, pero están en castellano en tu cabeza y el cabreo no te deja traducirlas como es debido. Entonces pierden fuerza y te salen mucho más flojuchas de lo que en realidad deberían, y es ahí cuando te llega la frustración o "frustreision". A ver ¿por qué si todo me sale mal no puedo echar todas las pestes del mundo por la boca? ¡con lo que alivia! ¿por qué me tengo que limitar a "esto no me gusta", "esto no es justo", "esto me fastidia. . ." cuando lo que quiero decir en realidad sonaría tan fuerte en castellano que me salpicaría el blog de mierda?
Por otro lado, cuando algo te entusiasma también pierde fuelle en las formas. Tú quieres expresar, como lo harías en tu lengua materna, que algo te parece de puta madre, pero claro, limitado te hallas a decir que algo es genial o maravilloso. Y seamos realistas, la vida no es una teleserie, nada te parece maravilloso sino cojopendo. ¿Y cuál es el resultado de todo esto? que te vuelves una persona mucho más light, menos pasional, más plana y menos tajante... en resumen, menos española. Esto que así a primera vista puede parecer una exageración, te puede llevar a tener una crisis de identidad. Imagínate que cada vez que quisieras defender algo fehacientemente, o argumentar pros y contras con vehemencia, te encontraras con que te faltan términos, expresiones. . . con que te falta credibilidad. Lo que ocurre es que cada vez te vas conformando con menos y al final ya no rebates. Esa, señores, es la razón por la que los ingleses son tan educados, no es que no quieran ser groseros, es que no pueden serlo lo suficiente, y para ser a medias, no se es. También tienen palabras malsonantes, no creáis, el problema es que a mí no me suenan tan mal, o al menos no al nivel que deberían para ser representantes de mis pensamientos.
Qué bonito es sentarse en la terraza de un bar y despotricar contra todo, llenarse la boca de jotas y erres y afilarse las palabras con fuego del infierno. Qué bonito es forjar amenazas que nunca van más allá del aire que las recoge, que las mece recién salidas de tus entrañas para aflojarte las ganas antes de que lleguen a ser hechos. Qué bonito es conocer cada palabra en sus mil connotaciones, y jugar a ser su dueño inventándolas en frases malsonantes, descaradas, altaneras y rabiosas. Qué bonito es sentirse frustrado y poder recurrir a las letras para compartir con vosotros que hoy he tenido un mal día.

martes, 4 de junio de 2013

Verano a goterones

Repentino, chorreante, amedrentador, abundante, decidido, exagerado, exterminante, impaciente, churretoso, agobiante, pasajero. . . el verano ha llegado a Boston arrasando, sin preguntar, los Fahrenheit apretujándose contra el mercurio que dos días antes representaba a la perfección la temperatura de la nevera. Un día te acuestas con el nórdico subido hasta las cejas y a la mañana siguiente te despiertas en un charco de sudor salado, con la ropa de cama por el suelo y un sol destructor encargándose de arruinarte la retina. Ahí lo tienes, el verano, que llegó de noche y no pudo sentarse a esperar, insistente y avaricioso se dejó caer con el peso de veinte soles de helio comprimido agarrándose las manos para jugar al corro de la patata con la Tierra, aunque yo creo que aquí sólo participa Boston porque no sé si hay otro lugar en el mundo con temperaturas más extremas. 
Así que busca los shorts, las chanclas, guarda el abrigo. . . y sal a la calle porque la casa quema. Después de una ducha fría que de nada vale porque el dios de la humedad te putea todo lo que puede (gracias dios por este flequillo), por fin pones un pie en la calle y ese aire denso y pantanoso te da un abrazo gorilesco del que no puedes zafarte. Ir en bici puede parecer una buena idea por eso de la brisa y tal, pero el aire viene calentorro y grave, como el que sale de las rejillas del metro de la calle Preciados, y más que refrescar te produce sarpullido y una sensación de estar siendo lamido abruptamente por una lengua gigante. 
Las casas bostonianas no están preparadas para el verano, la madera acorrala todo el calor en su interior, y éste ebulle incontrolado ante la falta de persianas. La pobre Loli, que normalmente busca un rayito de sol en el suelo sobre el que acostarse, se arrastra vagamente de lado a lado buscando una corriente de aire que nunca llega. Así que la propia casa nos exocita hacia la playa, la playa! a unas pocas paradas de metro aguarda el mar, que aún no se ha enterado de que el verano está aquí y sigue empeñado en contener el agua a cero grados. Pero tal es el bochorno que se respira que uno no puede evitar bañarse, aunque la circulación se corta y los dedos de los pies se ponen azulitos, es agradable escapar del incendio tropical que espera fuera. 

De repente, los vigilantes de la playa (que no se parecen a Pamela Anderson ni nada), piden a todo el mundo que salga del agua, y lo sorprendente es que la gente obedece (esto no es España...). Convencida estaba de que había un tiburón, pero no, se había perdido un niño, así que en un abrir y cerrar de ojos el mar está vacío, un buzo amarrado a una boya se sumerge mar adentro para buscarlo y una cadena humana de espontáneos se organiza para peinar la playa a espera de lo peor. Nunca dejo de sorprenderme ante tanto americanismo, son unos peliculeros. . . pero eso sí, sus métodos son infalibles.

Dos días más tarde, contrito, el verano nos da la espalda y se larga igual que vino, sin más, dejando lluvias torrenciales y americanos en chanclas, espaldas rosas peladas y muchos comentarios en facebook. 
P.D. "Querido verano, haga usted el favor de volver que quiero recuperar el color que tenía en España. Aquí hasta la melanina se acongoja con el frío, ya vale hombre, que queremos ponernos ya las chanclas sin calcetines".

jueves, 23 de mayo de 2013

Viejo

Ya sé que no puedo estar, no he pagado ese tributo todavía. Ya sé que los hospitales son fríos, huelen a enfermedad y a desinfectante, huelen a soledad y a muerte... huelen a ausencia. Ya sé que la recuperación es cada vez más dura, que cada día estás más cerca de ser viejo, y más lejos de ser nuevo. Has vivido mucho y claro, el desgaste, los achaques... ya sin suelas los zapatos, ya sin aceite los engranajes. Es lo malo, el desgaste. Pero lo bueno de ser viejo es que uno ha visto tantas cosas que no puede acordarse de todas. ¿Cuántas caras? ¿Cuántos nombres? ¿Cuántas manos? ¿Cuántos se acordarán aún de ti? Y si hubieras de olvidar por ahorrar espacio en la mente, entonces ¿a cuáles olvidarías? Obviamente, a los que llegaron después, porque los que estaban antes, desde el principio, esos se han arraigado con mucha más fuerza a tus recuerdos. Sin embargo, muchos ya se fueron, y no por ello se han marchado de tus historias, de tus anhelos, de todo lo que fue tu vida en un conjunto que hoy se reduce a una camita. Camita-camilla, pequeña y articulada, suficiente para sostenerte pero no para contenerte. Porque uno es mucho más que un cuerpo, que se avejenta, que se arruga, uno es mucho más que un nombre y una cara que se difuminan en la multitud. Uno es todo lo que quiere y lo que puede, uno es todo lo que queda cuando no estás. Cada día paso por delante de tu puerta, te busco sin pretenderlo porque en mi vida eres una rutina, los buenos días, los good morning, con tu aire señorial de recién pintado. Yo sigo mi camino absorbida por una vida que no me deja pararme a pensar, pero aun así, a veces me paro y te observo, y tú te acercas a por mis caricias, porque sabes que las tengo, y que aunque no te las de siempre por las prisas, están ahí guardadas para ti. Todos los que pasan, pagan tributo; todos sin excepción se rinden a los ojos de glaciar, toda una vida viendo pasar el mundo, los inviernos y las primaveras, los veranos y los otoños, que se suceden cada año sin excepción. El otro no está siempre, pero tú sí, como la familia, que está siempre, aunque no puedas verlos, ¿no lo sabías?
Hoy no tenías ganas de nada, ni si quiera de caricias, estabas como avergonzado de no poder ser un señor. Te he llamado pero no querías ni volver la mirada, la soberbia no te deja ser débil, no puedes permitirte ciertas cosas a tu edad. Te he robado pensamientos porque sé que aún tienes mucho que enseñar, no quiero que te los quedes todos para ti, quiero ver qué hay al otro lado de esta noche. Pronto, ya queda menos, pronto es casi ya, pronto llegará el verano, y las bicicletas, y las vacaciones... y para entonces ya te habrás recuperado y te llevaré más caricias. Puede que incluso quiera oír alguna de tus batallas, espérame, ya casi es tiempo.

miércoles, 24 de abril de 2013

Boston a media asta

Boston, la ciudad más segura del mundo, ha sido brutalmente sacudida por la peor de las amenazas, el terrorismo.
Miles de personas preparándose durante meses, durante años, para correr en la maratón más antigua e importante del mundo, la de Boston. Corredores de todos los países, de todas las nacionalidades y religiones vienen a nuestra ciudad para vivir el día del Patriota con el corazón latiendo a acelerones y kilómetros tatuados en las plantas de los pies. Muchos vienen acompañados por sus amigos, hermanos, padres, hijos... y la multitud se amplifica exponencialmente con los que viven por aquí cerca, que no quieren perderse un evento tan especial como éste que se convoca en Boston cada año. Todos los corazones llenos de energía positiva, de aliento y de ánimo para el que llega exánime a la meta. Por eso nadie puede comprender el ruido, el miedo, los trozos, los colgajos, la sangre, los gritos, las lágrimas, el silencio de los tímpanos reventados, el vacío de los huecos que dejan los miembros amputados, el consuelo inalcanzable de las manos que se extienden a la nada, el temblor de los principios, de la fe, la oscuridad infinita que atrapó a Martin, Krystle, y Lingzi para siempre.
No puede buscarse una explicación racional a lo que no es humano, sin embargo, hay quien intenta aferrarse a las diferencias raciales, a las religiones, al fanatismo. Es curioso que alguien que recibe una beca de los Estados Unidos, que ha vivido media vida en este país, que es un ciudadano americano, salga de pronto con panfletos antiyanquis proclamándose en contra de la mano que lo da de comer. Y yo pienso, bien, ¿dónde está la coherencia? Desde aquí es muy cómodo tomar partido en guerras ajenas, llenarse la cabeza de cuervos negros sedientos de sangre para vengar una película que ellos solos se han montado pero que no protagonizan ni de lejos. Así que deciden que un niño de ocho años que fue a animar a su padre, y dos chicas de 23 y 28, que se levantaron una mañana de lunes con ganas de vivir, no merecen volver a casa al caer la tarde. Tampoco lo merecía el chaval que patrullaba en el MIT, a unos metros de mi casa, ni ya puestos, cualquiera de las muchas víctimas del horror que salvaron la vida perdiendo mucho en el intento. Es complicado empatizar con lo que no siente, y desde luego es terrible haber vivido este atentado tan de cerca. Reminiscencias de aquel 11 de marzo en que me levanté temprano a pesar de que había huelga en la universidad, aquel jueves en que me sorprendió tanto que mi hermano me llamara de tan buena mañana preocupado pidiéndome que me quedara en casa. Similares imágenes a menor escala, el miedo en sus caras, la constante interrogante nunca respondida, ¿por qué? Y lo más curioso de todo es que después de décadas de sufrir terrorismo nacional, extremista o de cualquier tipo, uno como que se acostumbra. Lo primero que pensé al ver el vídeo de la explosión de Boylston street es que no había sido muy grande, que debía de ser algún tarado suelto. Conservo en la retina aquel tren de cercanías con un boquete que lo partía en dos como si fuera de juguete, los cuerpos amontonados, los apuntes repartidos descuidadamente por las vías, los objetos personales, doscientas vidas que se apagaron sin motivos aparentes, Madrid sacudido por la furia injusta que la semana pasada se detuvo en Boston.

Lo que no tiene nada que ver con España es la actuación policial, que si en las películas parece exagerada, es simplemente fiel a la realidad. Remover cielo y tierra es poco para lo que hacen estos tíos. El jueves a las 6 de la tarde aparecen publicadas en internet las primeras imágenes de los terroristas, y a eso de las 12 de la noche escuchamos helicópteros. En twitter contaban que había habido un tiroteo en el MIT, en principio sin conexión con el atentado. Cuando me levanté para ir al trabajo el viernes por la mañana tenía un correo del hospital, "código ámbar", no se puede salir de casa hasta nueva orden. el metro y tren no funcionan, los taxis tampoco, las universidades cerradas, el tráfico altamente restringido, la calle desierta. Pegada al televisor voy siguiendo en directo las breaking news... Uno de los terroristas de la maratón ha muerto en un tiroteo con la policía y tienen cercado al segundo en un barrio residencial de las afueras de Boston. Lo están buscando casa por casa, ¡puerta por puerta!, más de 7000 policías han pasado la noche en vela, más de un millón de personas nos quedamos todo el día en casa con orden expresa de no abrir la puerta a nadie que no sea un agente uniformado. Atrapados bajo lo que más tarde comprenderíamos es la mayor táctica jamás contada para el efecto jaula. Imposible escapar a los Swats, los troppers, la policía estatal, federal, el FBI y la Interpol trabajando codo con codo por una misma causa. Una auténtica película de acción con final feliz sólo a medias, Dzhokhar Tsarnaev es detenido dentro de un barco tapado con una lona en el patio trasero de una casa. Sólo tiene unos cuantos tiros pero está vivo, sus víctimas no han corrido la misma suerte... ahora toca esperar a la justicia, que por suerte, es bastante más justa que la de España.
Aún siguen a media asta todas las banderas, en Boylston un altar improvisado recuerda a las víctimas de la masacre. Caras serias, congoja, solemnidad y mucha América, es lo que se respira alrededor del recuerdo. Y como siempre, la vida sigue, ayer volvieron a abrir al público la zona muerta, dentro de poco se habrán borrado las manchas de sangre de la acera, y yo aún sigo sin comprenderlo.

viernes, 12 de abril de 2013

Precarios por el mundo

"Estudia, para que puedas asegurarte un buen futuro". ¿Cuántas veces habremos oído este consejo de boca de nuestros padres, tíos, de cualquier generación lo suficientemente anterior a la nuestra como para creerlo ciegamente? Siempre tuve claro que quería estudiar una carrera, y aunque la preparación que recibí en el colegio dejaba mucho que desear, supongo que debido a que algunos profesores sabían más bien poco de la materia que impartían, eso no me desalentó para desafiar al bachillerato. Recuerdo perfectamente las lecciones de los "dones" del Hermanos Torá, que la mayoría de ellos se había ganado el "don" más por la edad que por merecerlo, y en cambio los que rezumaban sabiduría por los cuatro costados, como don Fermín, pasaban desapercibidos por falta de carisma. Los otros, los que vivían a la sopa boba por haber tenido la suerte de estar en el lugar y momento indicados, se las daban de lo que no eran ni de lejos, y se consentían cachetes y sornas como si de la época de Franco se tratara. Es lo que tienen los pueblos, que el respeto se lo vienen ganando los que mejor se disfrazan. Qué diferencia ahora, que ser profesor es un hito que muy pocos pueden alcanzar, y después de años de estudiar y presentarse a una oposición detrás de otra, la oferta es tan insignificante que la mayoría hace cola en el paro con su taco de títulos bajo el brazo.
Sin embargo, poquito a poco y gracias a muchos empujones sobre todo de mis padres, fui capaz de entrar en LA UNIVERSIDAD. La primera de mi familia en zascandilear por una facultad, la de Biología, nada menos... con todos esos hippies, rastafaris y perroflautas fumando porros y bebiendo tercios a las doce de la mañana. Porque bueno, eso es lo que somos en general los biólogos, aparte de homólogos de Ana Obregón, claro. Cinco años (los mejores de mi vida, también he de decirlo) viviendo entre esas cuatro paredes que olían a moho y a frío polar, comiendo de un tupper sentada en el suelo volando de un aula a otra con la carpeta cada día más poblada de apuntes. Fines de semana infernales de levantarse un viernes para estudiar y seguir estudiando cuando ya es lunes por la mañana, callos en los dedos, tiempo de ocio ausente, estrés por los inminentes exámenes que nunca te habías preparado lo suficiente... en fin, cinco años tan intensos que parecía que no iban a acabar nunca, y mire usted, ya han llovido nueve abriles. Cuando llegas a la meta sientes un vacío inmenso por lo que ya nunca volverá, sólo entonces, con las manos apoyadas en las rodillas, detienes un momento el jadeo para levantar la vista y comprender que esto no ha hecho más que empezar. Que la universidad sólo te da unas herramientas que habrás de utilizar como mejor te parezca, y que desde luego, distan bastante de resolverte el futuro como tus padres pensaban... 
No conforme con eso, decides hacer el doctorado, porque para masoca yo... y otros cinco años a pico y pala haciendo horarios incomprensibles para la gente que no es del gremio, desviviéndote por esos actos de fe que crecen en un frasco e intentando explicarles a los demás por qué esto es un poco importante para ti. Las lágrimas te rondan aproximadamente una vez al mes, llegados al cuarto año se convierten en semanales, y cuando estás en la recta final sólo quieres que estamierdaseacabedeunavezpordios. Pero luego llega el gran día, el tribunal reconoce el trabajo de todos estos años y a tí se te caen las bragas y olvidas todos los juramentos que hiciste y quemaste en la hoguera. 
Todos y cada uno de nosotros hemos querido alguna vez dejar la ciencia y no volver a oír hablar de un laboratorio nunca más, en mi caso, yo perjuré que dejaba la investigación académica, que jamás haría un postdoc y que mucho menos me iría fuera de España ¡ja!, menos mal que no juré que nunca votaría a Rajoy. Y eso que yo tuve la suerte de cotizar durante mi tesis, cosa que el 99% de los doctores no puede compartir. Las becas españolas suelen ser por cuatro años, en los que sólo los dos últimos cuentan en cuanto a desempleo y cotización a la seguridad social, por lo que cuando se termina, que en general aún no has defendido la tesis, tienes que cobrar esos ocho meses de paro para poder terminar lo que has empezado, hay que joderse... El caso es que cuando definitivamente acabas, ¿qué toca? pedir más becas. Las becas las conceden por currículum, o sea que si no tienes publicaciones suficientes o mucha suerte como yo, olvídate de seguir en esto. Ahora en España las becas te las dan en diferido, así que hay muchos esperando a que llegue el momento en que los políticos decidan dejar de robar y reírse del populacho y se sienten a hacer los deberes. Pero bueno, como las cosas de palacio van despacio, pues ya te buscas tú la vida por otro lado. ¿Al final que haces? pues tirar por el camino fácil, dejar tu casa, tus amigos, tu familia, tus aficiones y tu orgullo, y donde dijiste digo dices Diego y cruzas la frontera, eso suponiendo que puedas hacerlo, que no siempre la moneda cae de cara, ¿y si no? 
Sueños rotos, una pared llena de diplomas, mucho tiempo y esfuerzo invertidos en vano, ilusiones adelgazadas que luchan por volver a tener un lugar en tu corazón, sobredosis de realidad, impotencia, y un montón de cosas aprendidas. Eso es lo que queda después del doctorado, lo cual es una putada porque cuanto más sabes más quieres y cuanto más quieres, más te importa, y cuanto más te importa, más te duele, y cuanto más te duele, más rabia te da la estoicidad con la que España deja marchar a todos esos jóvenes que estudiaron porque tenían un futuro asegurado. Lo llaman fuga de cerebros, pero ignoran que con ellos, también se fugan los corazones.




para ver el vídeo completo, clickad aquí http://www.precarios.org/article291

sábado, 30 de marzo de 2013

Embriones siderales 2.0

¿Cuánto cuesta una sonrisa? Esperanza que no se pierde, ganas que no se agotan, ilusión que va y viene y se escapa por la ventana de vez en cuando... ¿Cuánto cuesta vencer a las estadísticas? ¿ser materia? ¿Cómo valorar un todo que ha venido a quedarse para siempre? Probablemente no importa lo que cueste porque, una vez conseguido, olvidarás las lágrimas derramadas que intercedían con el consuelo; olvidarás incluso que esas manitas que agarran tu dedo con fuerza fueron un día un amasijo de membranas apoptóticas programadas para cogerte el corazón. Veintitrés parejas de cromosomas, la suerte estaba echada, una y otra vez bailando al son de esa danza tribal que es a veces vida de corto alcance, pero que otras veces, cuando te mira la suerte, se hace materia infinita. Cinco deditos en cada mano, y cinco en cada pie, con sus uñitas pequeñas y frágiles en su nueva queratina. Cierra los ojos anestesiado por ese arrullo de amor que unos padres empezaron a construir con hilos de su propia vitalidad, embriagado por las luces que parpadean por doquier en este mundo, lejos de la calma que reinaba en el interior de Carolandia. Rubén se ha hecho materia y ya está aquí, ha venido para quedarse y para colgar sonrisas en labios ajenos; es altruista ignorante del hecho de serlo, feliz en la serenidad que implica enfocar los ojos a las sonrisas diferentes. Rubén fue concebido como un sueño casi imposible, producto de intentos fallidos, de genes rotos, producto de las fuerzas necesarias para no rendirse. Por eso es un niño fuerte, por eso hará grandes cosas y nunca aceptará imposible como resultado de sus ecuaciones. De sus padres aprenderá por qué no dejar de intentarlo, por qué cuando puedes rozar el cielo con las puntas de los dedos, no puedes aceptar el hecho de que sea impalpable. ¿Cuánto cuesta no rendirse? ¿cuánto cuesta una sonrisa regalada? ¿cuánto cuesta ser feliz? Pongamos el precio en besos, en sueños, en ilusiones... porque desde luego que hay cosas que el dinero no puede comprar. Y pensar que hace unos años lo imposible era imposible... qué suerte haber nacido en esta era, donde unos brujos de bata blanca conjuran amor y cromosomas, donde la lucha se vence sólo a fuerza de cariño, donde los números son sólo eso, números, para ser contados con deditos pequeños en el futuro, donde las sonrisas pueden pagarse con calor humano, donde el azar dispone a dos corazones a estar juntos, a fusionarse. . . donde los embriones siderales se convierten en Rubenes.

sábado, 23 de marzo de 2013

Challenge 4: Añoro

Añoro nuestro banco a la vuelta del instituto, añoro soplar las velas con los niños, añoro ver sus pasitos sobre la alfombra, sus deditos minúsculos haciendo nudos en mi pelo... aunque esos datos me hagan más vieja y a ti más madre, y a las dos más lejos... aunque sólo físicamente.
Cuando eres niño los días tienen muchas horas, los meses duran mil semanas y los cursos escolares, una eternidad. El tiempo no se percibe de la misma forma, se mide por etapas separadas por periodos vacacionales. Del verano a Navidad pasando por el puente de diciembre, de ahí a los Carnavales, Semana Santa, luego el puente de mayo y las fiestas de Humanes, que cuando eres niño te encantan porque puedes quedarte andorreando hasta las tantas en la calle sin broncas ni ¿sepuedesaberdondeestabas? al volver a casa. Luego el verano otra vez, un siglo después, y has crecido tanto que las sandalias del año pasado ya no te valen, la piscina en la que antes no hacías pie ahora no te cubre más allá del cuello y las vacaciones se van llenando de actividades diferentes que cada vez tienen menos que ver con las del año anterior. Lo único que  persiste son los amigos. Lo bueno de no haberme mudado nunca (qué ironía) es que he conservado estos tesoros a lo largo de más de treinta años. Lauri, Vane, Mar... las he visto ser y hacerse, caer y volver a levantarse, pasar por todas esas experiencias en la vida que te hacen adulto a marchas forzadas. Ahora, tomando distancia para ser partícipe de sus vidas, me doy cuenta de lo rápido que han pasado los últimos quince años. Y me pregunto si este estirajamiento que sufría el calendario cuando éramos niños volverá a producirse algún día, quizás cuando entremos en la tercera edad y la cotidianidad se ralentice. Quizás cuando nuestras agendas no estén tan repletas de cosas por hacer y nuestros códigos postales dejen de estar a cinco mil kilómetros de distancia en google maps.
El instituto, esa época de tu vida en la que piensas que todo es para siempre, reinas el mundo. Cada día en aquel semáforo, el del estanco, frente a la tienda de Candelas, que alternaba del verde al rojo más de veinte veces antes de que nos despidiéramos de regreso a casa. A veces incluso venían a abrir la tienda y seguíamos allí plantadas, muertas de hambre pero con miedo a dejarnos algo sin comentar. Había tanto que contarse, cada día, no importaba que no hiciera ni veinticuatro horas que nos habíamos visto. Arreglábamos el mundo y sus habitantes, nos regalábamos el tiempo, hacíamos planes de futuro, no de este futuro, por supuesto. Y al día siguiente todo otra vez patas arriba...
Añoro las probabilidades de encontrarte por la calle cuando salgo a comprar pan. Añoro el saber que puedo caminar cien pasos y llamar a tu puerta, añoro levantar el teléfono a la misma hora en que tú contestas al otro lado. Añoro que la conversación pueda durar tres horas sin prisa por hacer otras cosas, añoro ver crecer a Paula hasta entrar en ese vestidito made in USA que le estaba enorme el año pasado.
Pero el presente tiene otras cosas muy valiosas, como la experiencia, la desnecedad, el haber averiguado tantas cosas que ya no son enigmas, el poder mirar atrás y decir que somos amigas desde siempre. Me inunda la nostalgia cuando comprendo que cada vez nos quedan menos primeras veces y más batallas para contar; pero los libros de historia están llenos de pasado, los cuadros antiguos son más valiosos que los nuevos, los monumentos emblemáticos son los que están hechos de piedra, de ese material tan resistente que el paso del tiempo no lo merma, ni lo destruye, sólo le añade valor, como nuestro banco, donde podremos volver a sentarnos a ver pasar la vida y cambiar el semáforo cuando no tengamos toda esta prisa.

P.D. Para Mar, que me retó a echarle de menos aún con más intensidad, sobre todo hoy, dos años después de aquella llamada: ¨estoy de parto¨.