jueves, 21 de junio de 2012

¡¡Mi primera visita!!

Esperan con las manos inquietas, se abanican, charlan distraídamente entre ellos. Los leds van cambiando lentamente en el panel, demasiado lentos, fotogramas de segundos. Algunos ya han llegado, tomando tierra. . . las puertas automáticas no paran de abrirse y cerrarse. Salen cargados de maletas, buscan con la mirada entre la gente, sonríen con las pupilas dilatadas, han encontrado su objetivo. Abrazos, lágrimas, risas, carcajadas. . . El aeropuerto es un lugar mágico donde unas vidas empiezan y otras acaban. "Llegadas", futuro, posibilidades, regreso, alegría. . . Sonrío sin querer, una pareja se abraza infinitamente, muy prieto, como si no quisieran volver a dejarse ir nunca más. Se funden en uno solo, la gente aplaude. . . esto no deja de ser América. El tiempo se ha parado para ellos, yo aún sigo esperando, ansiosa, inquieta, paseo de un lado a otro. Y por fin, en ese abatir incansable de puertas automáticas, Amanda se materializa con la carita cansada. Han pasado ocho largos meses, el tiempo se estira o se encoge dependiendo de la perspectiva con la que lo mires. Desde Boston, el tiempo no ha pasado, ha sido un suspiro, una rutina que ha surgido sin pensar, como si hubiera estado ahí siempre. Desde Madrid, ha sido más de medio año, con todas sus semanas, días, minutos y segundos. Últimamente ya empiezo a notar el tiempo en forma de distancia, de añoranza. Cada día menciono a mi madre unas cincuenta veces, y a mis amigas, y a mis hermanos, a mi padre. . . Su ausencia, o la mía, según se mire, se va acrecentando de forma exponencial a medida que pasa el tiempo. Sin embargo, esta extraña propiedad que tiene el tiempo para convertirse en mucho o poco, depende de los recuerdos a los que estás recurriendo. El verano fue ayer, pero en realidad fue hace un año. . . Justo hoy ha llegado el verano, las hogueras de San Juan están en ciernes. . . será por eso que en Boston se ha establecido una especie de infierno húmedo y donde antes (hace dos días) había 11 grados, hoy hay casi 40. Amanda y Luis se han traído el sol de España, y el calor, y espero que lo dejen aquí por mucho tiempo. La primera visita, ¡qué emoción!, al principio estaba tan nerviosa que no daba pie con bola. Pero la confianza no se pierde con el tiempo y la distancia, los lazos que son verdaderos, son también irrevocables. Así que a pesar del jet lag y de la necesidad inminente de dormir tras 24 horas en pie, tuvimos que ponernos al día, hablar durante horas, reír, recordar, comentar. . . y lo que nos queda. 

En una intersección de lugar, me encuentro con mis amigos españoles hechos en España y los que he hecho aquí en Boston. Catalanes, italianos, alicantinos y madrileños acampando en temperaturas extremas en la primera noche veraniega de Boston. Se establece una conexión esotérica, hablamos, reímos, arreglamos el mundo, cenamos Tikka Masala para que el ardor de boca nos haga olvidar el calor insoportable. Los mapaches también adoran la comida hindú, se acercan como gatos gigantes por encima de la valla. El back yard de Susanna es un zoológico; zarigüellas, ratas, mapaches y lo que oímos pero no vemos. . . que no quiero ni pensarlo. Pero es tan genial tener un pedacito de España, de mi España, en Boston. . . Todo converge, como el tiempo y la distancia, como los viejos amigos y los nuevos. . . poquito a poco, en una evolución constante hacia otra vida, que a la vez es la misma vida, pero en distinto lugar. 

Se despiden con las manos temblorosas, los ojos templados de lágrimas por derramar, los labios cargados de promesas, la esperanza de volver, de regresar, los paneles anuncian las últimas llamadas, los rezagados que tardan en desatarse los zapatos, los abrazos infinitos de quien espera volver a verse pronto. . . "Salidas", ese otro lugar del aeropuerto donde unas vidas acaban y otras empiezan.

sábado, 16 de junio de 2012

Comisiones y aceptación

Actitud de una persona americana ante el cobro de una comisión: fase de interrogación, fase de entendimiento, fase de aceptación... Actitud de un español ante la misma situación: fase de cabreo/gritos, llamada a la compañía para continuar los gritos/insultos contra el currito correspondiente, pérdida total de papeles, fase de reclamación, fase de no respuesta, fase de aceptación...
Al otro lado del rin, la actitud de la compañía española comisionante: fase de contratación de ganado para aguantar insultos al teléfono, cobro de la comisión, fase recepción de hojas de reclamaciones, fase de reciclado de dichas hojas, fase de prescripción... Actitud de una compañía americana comisionante: fase de contratación de personal hiperamable rayando en lo empalagoso, cobro de la comisión, fase de recepción de reclamaciones por parte de usuarios españoles, fase de arrepentimiento, fase de devolución de la comisión más un plus por las molestias causadas, fase de adquisición de un nuevo cliente fiel.

En América aceptan civilizadamente todo tipo de comisiones, pérdidas, pagos o reclamaciones como si hubieran sido educados para ello. Los bancos cobran comisiones por casi todo; si no fuera porque soy española, les habría regalado ya más de 100 dólares porque sí. Sin embargo, no tienes más que acercarte al banco, argumentar tu desacuerdo, y voilà, te devuelven lo que te han cobrado ipso facto. Lo mismo ocurre en tiendas, compras por internet, supermercados y cualquier establecimiento público. Cabe pensar que son un país rico y por eso le dan menos importancia a ciertas cosas. Sin embargo, la mayoría de los americanos están hipotecados de por vida desde que salen de casa de sus padres, que suele ser a la tierna edad de 18 años. El coste de la universidad viene a ser unas diez veces superior al de una carrera en España. Eso que vemos en las películas de padres ahorrando para la universidad de sus hijos desde el mismo día en que nacen, no es producto de la ficción, es terriblemente real. Estudiar en Harvard cuesta la friolera de unos 50000 dólares al año... eso sin contar que la mayoría de los estudiantes vienen de otros estados y han de buscarse la vida fuera del arrullo familiar antes de tener claro lo que quieren ser en la vida. Su suerte consiste en pedir un préstamo para pagarse los estudios que irán devolviendo a plazos durante media vida. Y  así, uno de mis compañeros de laboratorio, con casi 40 años, una esposa médico, una tesis y una carrera brillante, aun las sigue pasando putas para llegar a fin de mes porque siguen pagando la suerte de haber podido estudiar lo que les gustaba.
En España la mayor parte de la población puede permitirse estudiar, sin embargo, no todo el mundo lo hace. En los últimos años, la mentalidad ha ido cambiando y poquito a poco, nos hemos ido convirtiendo en un país un poco más culto. Eso sí, la mayoría de la gente que estudia una carrera, y yo me incluyo entre ellos, viven con sus padres hasta los veinticinco años o más. A veces por comodidad y otras por necesidad. Cuando al fin superas la etapa de estudiante y te enfrentas a la realidad, te das cuenta de que para trabajar necesitas tener experiencia. ¿Y de dónde sacas la experiencia si acabas de salir de la facultad? Pues muy fácil, la adquieres trabajando gratis o como becario. Y aunque eso no te garantiza que vayas a tener un trabajo, tu ilusión es tan insólita que lo aceptas como si fuera el puesto de tu vida. Cuando te paras a mirar atrás, llevas años trabajando en condiciones precarias, realizando tareas para las que estás, muchas veces, más cualificado que tu propio jefe, pero como lo tuyo es vocación y sabes que es lo que toca, pues lo aceptas, y punto. ¿Por qué no seremos tan gallitos para pedir lo que nos corresponde a nivel laboral como para reclamar 5 euros de más a la compañía telefónica? Pues muy fácil, porque desde pequeños, lo que hemos aprendido es que somos unos afortunados, que hemos tenido la suerte de estudiar cuando nuestros padres a los diez años ya estaban hartos de trabajar. Encima trabajamos en lo que nos gusta... sí, yo una vez tuve que escuchar que si no tenía bastante con trabajar en lo que me gustaba que encima quería cobrar... Bueno, a lo mejor es que los licenciados están genéticamente preparados para vivir del aire, por no hablar de los doctores. Menos mal que España tiene una cosa genial que son las becas de doctorado, que hasta hace poco no te permitían cotizar, con lo que te plantabas con 28 años sin un número de la seguridad social, y tampoco te dejaban paro al terminar. Ahora al menos cotizas los dos últimos años y eso te da la friolera de 8 meses de paro al final del túnel. Después, lees la tesis y llega la etapa de las otras becas, las postdoctorales… con estas ya cotizas, ¿Qué más quieres? ¡no te creerás también con derecho a un trabajo digno! Pues nada, lo que tienes que hacer es, después de haber tenido la suerte de poder estudiar una carrera prácticamente pagada por el estado, después de haber ganado conocimientos y experiencia equivalentes al doble de años trabajados, puesto que tus jornadas laborales fueron de 12 horas, después de haber aprendido a amarrarte los machos para correr por encima de los charcos sin salpicarte… tienes que emigrar, y regalarle a América, ese país al que llaman el de las oportunidades, todo lo que España te ha dado a ti. Sin olvidar que muchos de los que están aquí, siguen cobrando un sueldo español mientras producen para otro país. Eso sí, lo hacemos con mucho gusto porque en España lo que sobran, al parecer, son jóvenes preparados, si no, échenle un ojo a la cola del paro o pregúntele a la secretaria de Estado que se lució en Nature.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Peluquerías

Córteme la melenita, me dijo mi mamaíta... y cantando el tico tico, le cortaron hasta el pico. Que parece que te han pelaoooo los borricos a bocaaaos. (¡¡Qué grande Gloria!!!) Allá donde las cabezas salen esquiladas, donde termina el día para muchos mechones rubios, allá donde los colores se salen del círculo cromático, donde las capas son para envolver lo que no puede adornarse... pongamos que hablo de una peluquería americana. Puede parecer superficial, un estereotipo mal defendido, una exageración de los europeos que presumimos de clase y estilo dudoso a veces... Pero no, los americanos pasan de su pelo bastante más que de su peso. Y punto. Hay cabezas como escarolas, albinez elevada a la enésima potencia, hay melenas de colores imposibles... Pero pocas, muy pocas, bien cortadas o peinadas. Esto no debería suponer un problema si no fuera porque el flequillo me viene creciendo más o menos un centímetro al mes. Lo mismo que el resto de la cabeza, también es verdad, sólo que la coletilla no impide la visión. Por eso, me he visto obligada a hacerme con unas tijeras semiprofesionales, fashion y pico, que me permiten la autoablación en un intento vano por alcanzar la perfección de Celeste, que sin escuadra ni cartabón es capaz de ponértelo exactamente paralelo al suelo.
Por otro lado, hay muchíiiisimos salones de manicura, pueden pintarte flores, un jardín japonés, el alfabeto egipcio y hasta el Quijote si se ponen. Es un arte poco reconocido, pero un arte al fin y al cabo. Todas llevan unas uñas de longitudes vergonzosas y acabados cuasimísticos. Eso sí, ni hablar del peluquín...
Algunas peluquerías tienen un pase, la mayoría son latinas o afroamericanas (para las cabezas ídem, claro), en muchas de ellas hasta hablan español... y todas, todas, son insultantemente caras.
Idefix salió de buena mañana, el sol brillaba como ya se ha hecho costumbre en las últimas semanas, un calor pegajoso y agobiante lo había invitado a deshacerse del jerseicito rojo hace ya tiempo. No obstante, nada es suficiente cuando 30 grados Celsius se alían con una humedad relativa de más del 70%. El pobre no podía conciliar el sueño con tanto abrigo. Así que decidió ir a la pelu... partió dejando atrás a su amigo el Husky, que lo miraba poco convencido y barruntando la catástrofe.
 




 

A la vuelta, apenas podía enfrentarse a las críticas, tenía un poco de frío en el cogote, allá donde antes colgaban unas sedosas lanitas blancas... Pero lo bueno del pelo, es que crece. y como dice el refrán "vaya yo caliente...". Pues eso, que quizás deberíamos aprender un poco de los americanos y dejar de darle tanta importancia a la corteza, profundizar un poco más en lo que hay debajo del pelo. Y sobre todo, conseguir que nos importe muy poco o más bien nada la opinión que los demás puedan tener sobre nuestro aspecto. Si te afectan los comentarios y las opiniones de los demás, vas listo, porque todo el mundo tiene siempre algo que decir, sobre todo cuando menos lo necesitas. En América todos saben que L'essentiel est invisible pour les yeux.

lunes, 21 de mayo de 2012

La temporalidad

¿Qué se necesita para que una casa deje de ser sólo una casa y se convierta en un hogar?
Temporalidad, una palabra que resulta abrumadora cuando se mira de cerca. ¿Qué se considera temporal? ¿Cuándo algo deja de ser temporal para convertirse en indefinido? Si hablamos de contratos laborales, la cosa está clara... nunca, uno siempre es temporal, sobre todo si la rama que ha elegido es la de la investigación. Para los ajenos al mundillo, la investigación funciona por proyectos que concede el ministerio, alguna entidad pública, hospital, fundación, etc. El investigador pide un proyecto con un presupuesto asociado y una duración estimada que suele oscilar entre uno y cuatro años. Si resulta que se lo conceden, esto se traduce en que al final de dicho periodo, el becario de turno tiene que empaquetar sus ilusiones y buscar un nuevo camino. Y así, los investigadores españoles nos convertimos en nómadas que aprenden a prescindir de muchas cosas excepto de las ganas de avanzar.
Llegas a un sitio nuevo, nuevas caras, una ciudad diferente, otro sistema de trabajo, un nuevo principio. Buscas una casa compartida o no, según las circunstancias, y tratas de hacerla tuya porque de lo contrario, tu condición de nómada te erradica del padrón de cada ciudad que te ve marchar. Al principio piensas que da igual, que como es temporal, no merece la pena esforzarse mucho en decoración, muebles, cortinas... todas esas cosas que le restan blanco a la pared. Sin embargo, cuando llegas cada día a una casa inmaculada, ausente sofá, te sientas en la única silla que tienes y miras alrededor, el vacío te absorbe. Entonces decides que tienes que colgar unas fotos de los amigos, de la familia... convertirlo en algo tuyo. Esto ya no te ocurre la segunda vez que llegas a una nueva casa, porque entonces ya vas preparado con unas cuantas fotos, tarjetas, dedicatorias, y pequeños tesoros que pueden colocarse descuidadamente en cualquier parte. Pero cuando la temporalidad empieza a estirajarse, el hueco de pared que asoma entre las fotos se hace cada vez más presente. Pasas de no querer comprar nada por no tener que cargar luego con ello, a comprender que el luego no ha llegado todavía. Comienzas a acumular cosas que no tienes dónde guardar porque no hay cajones. Y decides que es el momento de hacer un pacto con la temporalidad y cubrir los vacíos silenciosos. Para este propósito, los suecos han inventado la octava maravilla del mundo, y digo del mundo porque Ikea está por todas partes, y sí, en todas partes es lo mismo. Muebles que han llegado a un acuerdo con la vida itinerante y los espacios reducidos, que pueden montarse y desmontarse con tanta facilidad que hasta yo puedo hacerlo. Materiales ligeros y baratos que le dan tregua a tu bolsillo para montar un hogar allá donde vayas, aunque el núcleo del calor provenga de una lámpara de papel. Además, la ventaja de que en todas partes las cosas sean exactamente iguales es que puedes recrear tu casa una y otra vez, con diferentes efectos, fusión de temporalidades, y desde luego, haciendo que el lugar donde vives sea de verdad un hogar y no sólo un techo bajo el que pasas la noche. En Boston, cuando tu estancia llega a su fin, puedes poner un back yard o un email en la lista de Iberia y vender todas tus pertenencias para los que llegan en ese momento. Y mientras, tú, llegarás a otra ciudad, caras nuevas, un sitio distinto, una casa diferente... y vuelta a empezar. Construir un hogar es siempre una ilusión, y así ha de ser, porque si no, estaríamos perdidos, ¿quién puede guardar toda su vida en una maleta?

sábado, 5 de mayo de 2012

Felicidades mama

¿Qué quiero ser de mayor? Pues yo de mayor quiero ser como tú, quiero ser capaz de subirme a la vida cada día sin miedo, quiero saber administrar mi tiempo para poder ser todo de todos, y al cien por cien. De mayor quiero tener la capacidad de mantenerme firme ante la adversidad, de querer sin límites, de entregar sin límites, de superarme cada día sin ni si quiera proponérmelo. Quiero tener un doctorado en la escuela de la vida, como ese que tú y yo sabemos que tienes...
A veces me gustaría poder parar el tiempo, transportarme de puntillas hasta sentarme a tu lado y verte dormir, como aquellas veces en que el dolor de oídos me sorprendía en plena noche... Y tu mano, mi calor, mi vigilia, tu vigilia... un devenir infinito de amor henchido en paciencia. Tantas curas malagradecidas en la ignorancia de la juventud, que con la edad te van enseñando tu propia historia como una viñeta. Y así, ahora, a veces me sorprendo parafraseándote como si fueras un diccionario enciclopédico... chascarrillos que componen un lenguaje que también mis hermanos conocen, y mi padre, ese oasis que se ha quedado para siempre en la plaza del azulejo, en esa parcela tan grande que reservo en mi corazón para vosotros. Si puedo hacerme a mí misma, entonces quiero hacerme fiel a mis principios, como tú me has enseñado. Gracias por haberme dado siempre la oportunidad de elegir, gracias por haberme enseñado a apreciar la vida y a no conformarme, gracias por haberme sostenido todas aquellas veces que mis fuerzas flaqueaban, sobre todo estas veces que ya he sido un poco mayor para reconocerlo. Gracias por haber forjado mi trampolín de los sueños, por haberme dado la seguridad que me ha abierto tantas puertas y que me ha dado fuerzas para no desistir ante aquellas que se cerraban. Gracias por escucharme, a veces incuso sin entender, como cuando fuiste mi primera oyente de una charla en inglés, o cuando te tragaste los ensayos de mis tesis con cara de entusiasmo ¡y hasta me hacias preguntas! (eso sí, mientras te pintabas las uñas...). Eres un gran modelo de mujer, aquella en la que me fijé cuando aún no tenía ni idea de lo que quería ser. Y hoy sé que quiero ser la causa de tu orgullo, de tu sonrisa... quiero devolverte a plazos todo lo que te debo, pues al fin y al cabo, te debo lo que soy. Soy consciente de que cada gota de tu frente ha contribuido a colmar el vaso de mi éxito, y te aseguro que jamás voy a olvidar quién soy, porque estoy tan orgullosa de mi linaje que no podría entender el mundo de otro modo.
Y aunque hoy te parezca que estoy demasiado lejos, en realidad estoy aquí mismo, porque compones una parte tan esencial de mí que no puedo dar un paso sin que formes parte de él. Y aunque me gustaría abrazarte con la fuerza que dan cuatro meses ya sin vernos, pues guardaré esta energía para la próxima vez.
No porque hoy sea tu día, me consta que se basa en razones comerciales y lucrativas, pero qué buena excusa para decirte lo que te quiero.

Felicidades mama (sin acento en la última a, porque así es mucho más nuestro).



lunes, 30 de abril de 2012

Vivir en el futuro

La tecnología avanza a pasos de gigante. De un día para otro, los ordenadores se quedan obsoletos, los reproductores de música reducen su tamaño hasta la mínima expresión... por no hablar de los teléfonos móviles, cuyos saltos generacionales dejan al abuelo en el olvido en cuestión de meses. Si a esta evolución que ya es vertiginosa en sí misma, se le suma, además, vivir en territorios donde la primera potencia mundial siempre es pionera en nuevos gadgets, ultimísimas versiones y tecnología i-loquesea que no importa el apellido que lleve porque habrá de venderse como churros por el simple hecho de logarse bajo una manzana mordida, el resultado es una fiebre domótica de electroduendes que caminan por la calle parapetados bajo sus headphones, caminando en una extraña danza al son de la música que sólo ellos escuchan, conectados a cualquier suerte de pantalla táctil y conexión chupibanda, que les teletransporta a otra dimensión donde sólo sus congéneres pueden alcanzarles o ponerse en contacto con ellos, a través de un wasapp, mensaje de texto o chat de turno.

En USA la imaginación nunca duerme, y es aquí donde el futuro abre sus puertas en forma de avance a tropel para presentarnos el movimiento en conexiones inmejorables. Así como en Sevilla teníamos la maravillosa Sevici, que permitía recorrer la ciudad en estos caballos de plomo imposibles de levantar del suelo, en Boston existe el Zipcar. Viene a ser un servicio de alquiler de coches (coches de todo tipo, eso sí, lo mismo un turismo que una pick-up auténtica de película) en el que te das de alta por un módico precio anual, tengo que decir que más barato aún que el Sevici, y recibes en casa la tarjeta que te transportará en modo automático a cualquier sitio donde el GPS te pueda llevar. Entras en la web, reservas un coche en el área Zipcar más cercana a tu casa, estimas el tiempo que tardarás en devolverlo y voilà, cuando llegas a la hora H al punto P, tu coche te espera limpio y reluciente. Puedes abrirlo con tu tarjeta de socio y, por si esto fuera poco, también desde el teléfono móvil. Encima del parasol puedes encontrar la tarjeta para echar gasolina, que no es más que una tarjeta de crédito que usarás en caso de que el coche tenga menos de un cuarto de depósito, que es lo mínimo que has de dejar cuando te marchas. El precio del zipcar puede ser por horas o por todo el día, incluye el seguro y la gasolina, y la adrenalina que produces cuando te encaramas a uno de estos monstruos y sales a una carretera de seis carriles tan ancha como el Guadalquivir. Y se me ocurre preguntarme qué tal funcionaría el sistema Zipcar en España... para autoresponderme que, probablemente, la flota se vería drásticamente afectada por los casos de alunizaje, botelloning, carreras ilegales y otros méritos, por no mencionar los recambios gratuitos para coches del mismo modelo a los que se les han desgastado los neumáticos, estropeado la radio, la batería, el radiador y hasta los asientos si están un poco más limpios, cosa que sería impensable, por otro lado. La mentalidad americana no es la del pillaje ni la del aprovechamiento. Al contrario, me sorprende lo limpios y nuevos que están estos coches, lo bien que funcionan, no hacen ni un ruido raro, ni les falta un detalle, hasta llevan un cablecito para conectarlo al móvil y escuchar tu propia música durante el trayecto. Pero lo que más me sorprendió fue comprobar que el usuario anterior había dejado el depósito lleno, cuando la ley no obliga a más de un cuarto del mismo...
Y esto, que puede parecer lejano, ajeno, imposible o inventado, no es más que una pequeña muestra de lo que significa vivir en el futuro. Eso sí, la mentalidad social no avanza tan deprisa como la electricidad vestida en cobre, y aún les sigue pareciendo normal tener que pagar 200 dólares por asistir a urgencias incluso teniendo seguro médico. Pero eso ya os lo cuento otro día ;)

jueves, 12 de abril de 2012

La "españolidad"

Es un hecho que nada más traspasar las fronteras de nuestra piel de toro, a todos nos invade de repente la "españolidad", un fenómeno que te arraiga de forma inexorable a la madre patria y que produce una serie de conexiones neuronales que hacen que sientas un calor distinto en las venas... La sangre bombea al son del fandango, y de repente, hasta el más macarra descubre una vocación flamenca escondida que aflora desde su estado de latencia para poseer tus cuerdas vocales en la ducha, o tus pies mientras pipeteas... y que te obliga a escuchar a los habituales de radiolé mientras improvisas un cajón en la mesa de trabajo. ¿A qué se debe este extraño fenómeno? Existen diversas hipótesis, pero la más aceptada es aquella que nos sitúa a la suficiente distancia como para temer por la pérdida de nuestras raíces. Y así, de repente, ser español supone un orgullo, aun con todo lo que tenemos en España, que da para escribir una enciclopedia de despropósitos. 
 
La suerte ha traído a Paco de Lucía a la Opera House de Boston, donde, por supuesto, no podíamos faltar el Spanish team dando aliento a nuestro compatriota. Supongo que si no hubiera estado aquí, probablemente nunca habría ido a un concierto suyo. Sin embargo, el deleite que sentí al envolverme en ese arrullo de notas, apenas puede compararse a otros conciertos a los que he asistido en España. ¿Cómo se le puede arrancar luz a una guitarra? Bailan los dedos sobre las cuerdas, hábiles, incansables, en bajo vuelo, ávidos de regalar calma al público que escucha complacido. Sólo puedo concentrarme en la melodía, en el calor que me llega desde una guitarra que apenas puede contenerlo. La magia se extiende por encima de las cabezas, entre los asientos, puedo notarla bajo las plantas de mis pies... esto debe de ser lo que llaman el "duende", que ha venido a Boston a enseñarnos tímidamente la antesala del Olimpo. Lerele en ristre, la voz rasgada del Duquende se bate en duelo con la de David de Jacoba, tan gitano como Camarón, y casi tan grande como él. Hay una tercera silla, un joven que da palmas con el semblante muy serio, aún no se ha movido apenas y ya se le adivina el arte. Por eso, cuando salta sobre las tablas en una danza imposible, siento un escalofrío de la cabeza a los pies. Me pregunto si es humano mover los pies de ese modo, quizás le falte algún hueso, una falange seguro. . . Si no lo estuviera viendo, no creería que el flamenco se puede tocar, se puede oler, se puede sentir y se puede ser. No soy dueña de mi pierna derecha que zapatea al son de la música, no soy dueña de la sangre que me corre por las venas a borbotones, y mucho menos de los ojos que se han quedado abiertos como platos, pasmados ante el taconeo más espectacular que hayan presenciado jamás. Más tarde descubrimos que se trata de Farruco, el nieto del ídem y hermano menor del archiconocido Farruquito. Pero ahí no acaban las sorpresas, Antonio Serrano saca su armónica y yo descubro que de este pequeño instrumento puede salir un genio como si de una lámpara maravillosa se tratara. Desde este momento decido que soy fan de la armónica, yo que sólo había escuchado a mi hermano tocar su escala personal, dando la vara como los críos chicos más que otra cosa, de repente me encuentro extasiada respirando las notas que salen enmarañadas por los orificios de la paz. La magia existe. . . cierro los ojos y estoy en España, estoy de nuevo en Sevilla. Las letras de las canciones, que apenas se adivinan en lo profundo del rasgueo, convocan a la Giralda y al Guadalquivir. Y ahí me transporto esta noche, a Triana, a la Plaza Nueva, a mi querida Alameda de Hércules. . . el maestro Paco de Lucía se ha traído puñaos de España en los bolsillos, hasta Boston, donde su arte se ha quedado resonando en mis oídos para siempre.