Me levanto por última vez de esta silla, salgo por la puerta del despacho sin echar la llave, echo un vistazo rápido a todo aquello que construí con tanto esfuerzo: mi laboratorio con sus estanterías viejas pero limpias y colocadas, pobladas de icebuckets rosas y morados y gradillas de todos los colores. Atravieso por última vez esa puerta, dejando atrás mis cabinas bautizadas con nombres de grandes científicas: Margarita Salas, Marie Curie y Barbara Mcclintock, y mis incubadores homónimos de lugares cálidos: Hawai, Florida, Ibiza y mi querida Sevilla. Bajo por última vez los cinco pisos de escaleras, salgo a la calle y me recibe el viento un poco cabreado: adiós Mass Eye and Ear, adiós Harvard.
Lo nuestro ha sido una historia preciosa, diez años de hacer ciencia de calidad, de aprender culturas, de construir abismos para luego saltarlos, de crecer por dentro y por fuera. Diez años de conocer gente maravillosa de todas partes del mundo, una década de risas y lágrimas en un lugar que me ha visto quitarme las coletas, casarme, cambiar los tacones por unos crocs cómodos, gestar a mi gitana hasta el día en que salí de cuentas, volver sólo dos meses después renovada y seguir peleando, caer, volver a levantarme, ascender, convertirme en Assistant Professor, conseguir tener mi propio laboratorio, conseguir premios, y pasar de cero a cien y sigue contando. Ahora, ya sin resuello, me paro sólo un instante para echar la vista atrás y me sonríen los huesos, porque hay que ver cuánto nos hemos querido.viernes, 7 de mayo de 2021
Fin de una era
martes, 4 de mayo de 2021
Puerto Rico: Un lugar para quedarse
"Puerto Rico es un lugar para quedarse a vivir", por eso el burri se quedó rezagado en el arco de seguridad del aeropuerto y nunca cruzó al otro lado. Se soltó de la cadena como un escapista jugando a "fuga" en la plazoleta. En Puerto Rico se está calentito, hablan nuestro idioma, tienen las mejores playas del mundo y se come de maravilla. Arepas, tostones, pastelillos, mofongos, chicharrones, alcapurrias, mero con salsa criolla, chillo frito, mango jugoso, aguacate gigante... Si lo riegas con piña colada ya no querrás irte jamás, sobre todo si lleva ron y te lo estás tomando en una terraza del viejo San Juan que bien podría estar en La Latina (pero con playa...). Ponle horas al reloj, salsa a las palabras, ritmo a las calles y alma a las personas. Cercanos, familiares, amables, cariñosos, sin complejos... así son los puertorriqueños, y entre gente así me gustaría quedarme.
Por suerte, las sirenas trajeron muchos más a adornar las orillas, y pudimos compensar la torpeza con mimo renovado. Nunca vi conchas de colores sin ser artificiales. Conchas rosas, moradas, blanquísimas impecables con sus crestas onduladas como las rufles. Se abandonan en la arena tomando el último rayo de sol, algunas tiroteadas por los picos de las aves pescadoras. Son tan chiquitas que parece que en este mar sólo hubiera juventud. Sin duda aquí está la fuente de la eterna juventud, porque a mí se me cayeron unas cuantas arrugas y el cansancio de los ojos. Puerto Rico me ha devuelto la energía que se llevó el COVID, las vacaciones en familia, el sabor de la felicidad.
Aunque sin duda el lienzo que me hizo pensar en quedarme fueron las playas paradisíacas de Vieques, una de las Islas Vírgenes que salpican el Caribe. La Chiva se abrió entre palmeras sólo para nosotros, y nos regaló cien tonos de azul haciendo honor a su nombre anglosajón "The Blue Beach". Y vaya si mereció la pena el ferry y el paseo en fregoneta, todo por verme los pies como en una vitrina de aguas cristalinas. Así que aunque ya se acabó y volvimos al frío primaveral de Boston, en Puerto Rico se quedó el cansancio, la frustración y el miedo pasados, se quedó la incertidumbre y las paredes sin ventanas, y al volver se abrió la puerta a una nueva etapa, aquella en la que los inmunizados somos cada vez más y estamos un poquito más cerca de tocarnos.
martes, 16 de febrero de 2021
Estados de COVID19-cuatro
Sangran los endometrios
llorando ausencia,
me devoran las entrañas
y la conciencia,
tensan las cuerdas vocales
de mi tormento
doliéndome a voz en grito
de puro miedo.
Saltan las alegrías
por la ventana
goteando en las compuertas
como navajas
heridas de luna nueva
siempre encerradas
adsorbidas en la noche
presa de calma.
Quitáronse los disfraces
de majaderas
dibujando puñaladas
embusteras,
salieron de su escondite
de primaveras
mostráronme los colmillos
con que laceran.
Ríos carmesí dibujan
yo soy el lienzo
emborronan los bocetos
sobre mi cuerpo,
y me dejan extinguida
drenando savia,
imprimiendo mi agonía
sobre la almohada.
jueves, 19 de noviembre de 2020
Estados de COVID-tres (After Dark)
Sola,
devastada,
ensordecida,
superada,
destruida,
desolada,
empequeñecida,
callada.
Perdida está la paloma
entre volantes vacíos
y lunares descoloridos
en la oscuridad del nido.
Quiere gritar y no hay aire,
ni garganta, ni pulmones,
ni la llave de esa puerta
que ha encerrado los colores.
Quiere acallar todas las voces,
y los miedos,
y los gritos,
que al bailar de sus tacones
se ensordezcan los oídos.
Pero no tiene la fuerza,
sólo lluvia,
sólo anhelo,
el espejo de unos ojos
que le miran sin consuelo.
Le fabrica algunas risas
disfrazadas de jaleo
y tapizado de volantes
el dolor se rinde al miedo.
Es un duelo a vida o muerte
una máscara en un sueño,
un cielo azul infinito
en un lienzo muy pequeño.
Poco a poco la paloma
abre infinitas sus alas.
Poco a poco su lamento
abandona la mirada.
Poco a poco sus lunares
se colorean y baila
y abraza la nueva vida
poco a poco y sin palabras.
After Dark es un cortometraje dirigido y protagonizado por Laura Sánchez en el que vuelca su alma vapuleada por el COVID-19 de una forma artística que pone los pelos de punta. He tenido el privilegio de ver el corto en primicia, y este poema es mi sinopsis personal. El corto ya ha sido premiado en varios festivales y Laura está realizando una campaña de "crowdfunding" para poder financiar los gastos que acarrea. Si queréis colaborar en su campaña, aquí está el link. Todos los que contribuyan, aunque sea con el mínimo, recibirán una invitación para asistir (virtualmente) a la premier que tendrá lugar en diciembre. ¡Suerte Laura!
viernes, 13 de noviembre de 2020
Estados de COVID19-dos
pirueta,
me baja descalza
dando traspiés.
Me sube a las nubes
enfadada,
me suelta al vacío
y me escucha caer.
La quiero y la veo
cuando estoy sola.
Saca mi locura
rompiendo la piel.
Huye mi paciencia
de su diablura,
vuela la cometa
vuelta del revés.
Se esconde de mis ojos,
bruja despiadada,
roba mis silencios
y echa a correr,
conjura la noche
de miedo enredada,
salgo del letargo
tropezando en pies.
Grito a dentelladas
la boca cosida
derramando inercia
y echada a perder.
¿Dónde está mi escudo?
¿dónde mi coraza?
Si mi carne viva
carece de piel.
Pinta un pétalo
de luz violeta,
una tregua breve
en barcos de papel,
me besa los ojos
con tanta pureza
que hasta de amargura
me destila miel.
martes, 10 de noviembre de 2020
Estados de COVID19 -uno
Necesito alas
para irme de aquí
Necesito aire
nunca respirado
bocas descubiertas
besos amañados
labios de consuelo
brazos de descanso.
Necesito tiempo
que vuele Deprisa
que se vaya lejos
que me traiga vida.
lágrimas perdidas
que de mí no huyan
ríos de verano
noches de tres lunas.
Que vuelvan las bocas
a inventar sonrisas
fuera de las casas
entre las cortinas.
Llévate los ratos
vacíos de gente
déjame las noches
para convencerte
Márchate esta noche
con los pies descalzos
déjame que vuele
Aunque esté soñando.
miércoles, 28 de octubre de 2020
Cuarenta, Cuarentena
Hoy tocaban abrazos de ocho brazos, salir despeinada en las fotos con mi cara de sorpresa. Hoy tocaba mecerse en los meses recién robados, reírse a carcajadas hasta las tantas de la mañana. Hoy tocaba sonreír despacio, mirar a los lados, buscar la cámara, pellizcarse los brazos, dudar de los sentidos y dar gracias a la vida por haberme dado hermanos.
Hoy, en cambio, unos bracitos pequeños me apretujaron temprano, arrancándome de pesadillas donde un virus nos tenía atrapados. Me arroparon con una mantita suave de lunares que apenas me cubría el torso, lo justo para abrigarme el corazón. Los bracitos se apartaron y apareció una cabecita enmarañada, una sonrisa de ojos negros como un charquito del alma. Otros brazos más fuertes me sujetaron del otro lado... y sentí tanto calor que de repente me parecieron ocho brazos. Así empecé la mañana de mi cuarenta cumpleaños, sacándole luz a las sombras que desde hace tantos meses se empeñan en acecharnos. Para luz, la de mi móvil echando humo y cantando, recordándome que en España llevan horas levantados. Padres, hermanos, tíos, primos, amigos, allegados y despegados, palabras retroiluminadas que son tiempo al fin y al cabo. Tiempo que otros se despegan para acordarse de mí, para dedicar unos segundos a fabricar un querer, una sonrisa, una puntadita oculta de esa colcha que llevamos tejiendo tantos años que cubre toda la distancia con la que nos destapamos.
En la calle llovía, el cielo gris se drenaba dejándolo todo empapado, y sin embargo, a mí no me salía lamentarme. Ha sido un día especial, sin duda, de relajarme, de disfrutar, de sentirme feliz como hacía mucho tiempo que no me sentía. No he tenido un "party bus", ni a mis amigos, no he tenido una ceremonia multitudinaria con globos y muchos regalos. No he tenido música a tope, ni mojitos, ni retales de una fiesta que limpiar al día siguiente. No ha habido disfraces, ni cervezas, y sin embargo, ha habido un algo que por dentro se ha celebrado por todo lo alto. Celebro que estamos vivos, hace una década no podría haber soñado con estar donde estoy, con tener lo que tengo y con saber lo que sé. Recuerdo que al cumplir 30 pensé qué me depararía el futuro y cómo sería a los 40. Si un fantasma me hubiera traído al futuro en un DeLorean me habría parecido de película de ciencia ficción. ¿Por qué vamos todos con mascarillas? habría pensado, ¿por qué las casas no son de ladrillo? ¿por qué está todo tan bonito perdido de hojas naranjas? ¿quién es esa niña que me mira dentro del alma? Hoy celebro que ha llovido, que las flores se han abierto, que las hojas se han caído y que echo tanto de menos. Echo de menos las cosas que he tenido al cumplir 10, 20, 30... el beso de mi madre al despertar, el de mi padre recién duchado y repeinado mientras me tomo el desayuno, las risas con mis hermanos, que mis tíos suban a tomar café, que las chicas pasen a buscarme, que bailemos hasta desplomarnos. Pero tengo la suerte de que todo eso sigue ahí, a unos meses, a una vacuna, a una distancia transformable. Me desespero, me duelo, pero está. También están los abrazos virtuales, la gente que insiste, unas flores misteriosas sobre la mesa de la cocina. Empiezo a leer la nota casi con sorna y no puedo pasar de la primera frase: "hace 20 años celebramos tu primer cumpleaños juntas...", Inés me pregunta: "mamá, ¿por qué lloras?" y yo no sé cómo explicarle que me acaban de abrazar unos brazos infinitos desde España. Me siento a jugar a los legos porque me parece una forma estupenda de cumplir 40 años, y me acurruco en los bracitos y en esos otros brazos anchos, y me siento FELIZ porque los otros ocho llegarán el día menos pensado.






