viernes, 13 de noviembre de 2020
Estados de COVID19-dos
pirueta,
me baja descalza
dando traspiés.
Me sube a las nubes
enfadada,
me suelta al vacío
y me escucha caer.
La quiero y la veo
cuando estoy sola.
Saca mi locura
rompiendo la piel.
Huye mi paciencia
de su diablura,
vuela la cometa
vuelta del revés.
Se esconde de mis ojos,
bruja despiadada,
roba mis silencios
y echa a correr,
conjura la noche
de miedo enredada,
salgo del letargo
tropezando en pies.
Grito a dentelladas
la boca cosida
derramando inercia
y echada a perder.
¿Dónde está mi escudo?
¿dónde mi coraza?
Si mi carne viva
carece de piel.
Pinta un pétalo
de luz violeta,
una tregua breve
en barcos de papel,
me besa los ojos
con tanta pureza
que hasta de amargura
me destila miel.
martes, 10 de noviembre de 2020
Estados de COVID19 -uno
Necesito alas
para irme de aquí
Necesito aire
nunca respirado
bocas descubiertas
besos amañados
labios de consuelo
brazos de descanso.
Necesito tiempo
que vuele Deprisa
que se vaya lejos
que me traiga vida.
lágrimas perdidas
que de mí no huyan
ríos de verano
noches de tres lunas.
Que vuelvan las bocas
a inventar sonrisas
fuera de las casas
entre las cortinas.
Llévate los ratos
vacíos de gente
déjame las noches
para convencerte
Márchate esta noche
con los pies descalzos
déjame que vuele
Aunque esté soñando.
miércoles, 28 de octubre de 2020
Cuarenta, Cuarentena
Hoy tocaban abrazos de ocho brazos, salir despeinada en las fotos con mi cara de sorpresa. Hoy tocaba mecerse en los meses recién robados, reírse a carcajadas hasta las tantas de la mañana. Hoy tocaba sonreír despacio, mirar a los lados, buscar la cámara, pellizcarse los brazos, dudar de los sentidos y dar gracias a la vida por haberme dado hermanos.
Hoy, en cambio, unos bracitos pequeños me apretujaron temprano, arrancándome de pesadillas donde un virus nos tenía atrapados. Me arroparon con una mantita suave de lunares que apenas me cubría el torso, lo justo para abrigarme el corazón. Los bracitos se apartaron y apareció una cabecita enmarañada, una sonrisa de ojos negros como un charquito del alma. Otros brazos más fuertes me sujetaron del otro lado... y sentí tanto calor que de repente me parecieron ocho brazos. Así empecé la mañana de mi cuarenta cumpleaños, sacándole luz a las sombras que desde hace tantos meses se empeñan en acecharnos. Para luz, la de mi móvil echando humo y cantando, recordándome que en España llevan horas levantados. Padres, hermanos, tíos, primos, amigos, allegados y despegados, palabras retroiluminadas que son tiempo al fin y al cabo. Tiempo que otros se despegan para acordarse de mí, para dedicar unos segundos a fabricar un querer, una sonrisa, una puntadita oculta de esa colcha que llevamos tejiendo tantos años que cubre toda la distancia con la que nos destapamos.
En la calle llovía, el cielo gris se drenaba dejándolo todo empapado, y sin embargo, a mí no me salía lamentarme. Ha sido un día especial, sin duda, de relajarme, de disfrutar, de sentirme feliz como hacía mucho tiempo que no me sentía. No he tenido un "party bus", ni a mis amigos, no he tenido una ceremonia multitudinaria con globos y muchos regalos. No he tenido música a tope, ni mojitos, ni retales de una fiesta que limpiar al día siguiente. No ha habido disfraces, ni cervezas, y sin embargo, ha habido un algo que por dentro se ha celebrado por todo lo alto. Celebro que estamos vivos, hace una década no podría haber soñado con estar donde estoy, con tener lo que tengo y con saber lo que sé. Recuerdo que al cumplir 30 pensé qué me depararía el futuro y cómo sería a los 40. Si un fantasma me hubiera traído al futuro en un DeLorean me habría parecido de película de ciencia ficción. ¿Por qué vamos todos con mascarillas? habría pensado, ¿por qué las casas no son de ladrillo? ¿por qué está todo tan bonito perdido de hojas naranjas? ¿quién es esa niña que me mira dentro del alma? Hoy celebro que ha llovido, que las flores se han abierto, que las hojas se han caído y que echo tanto de menos. Echo de menos las cosas que he tenido al cumplir 10, 20, 30... el beso de mi madre al despertar, el de mi padre recién duchado y repeinado mientras me tomo el desayuno, las risas con mis hermanos, que mis tíos suban a tomar café, que las chicas pasen a buscarme, que bailemos hasta desplomarnos. Pero tengo la suerte de que todo eso sigue ahí, a unos meses, a una vacuna, a una distancia transformable. Me desespero, me duelo, pero está. También están los abrazos virtuales, la gente que insiste, unas flores misteriosas sobre la mesa de la cocina. Empiezo a leer la nota casi con sorna y no puedo pasar de la primera frase: "hace 20 años celebramos tu primer cumpleaños juntas...", Inés me pregunta: "mamá, ¿por qué lloras?" y yo no sé cómo explicarle que me acaban de abrazar unos brazos infinitos desde España. Me siento a jugar a los legos porque me parece una forma estupenda de cumplir 40 años, y me acurruco en los bracitos y en esos otros brazos anchos, y me siento FELIZ porque los otros ocho llegarán el día menos pensado.
lunes, 3 de agosto de 2020
Papel rasgado
sábado, 2 de mayo de 2020
Flamenco is a language
miércoles, 15 de abril de 2020
Mapas
martes, 17 de marzo de 2020
El Apocalipsis Coronado
Nació en China como podía haber surgido en cualquier otra parte del mundo, lo digo para acallar los comentarios xenófobos que tanto me hieren el alma. Los virus recombinan, mutan y a veces saltan de una especie a otra; eso lo han hecho toda la vida porque es su manera de subsistir. Lo malo es que vivimos en un mundo globalizado, y los microorganismos no entienden de fronteras.Y en un golpe de mala suerte, un virus infecta a una persona, que tarda demasiado tiempo en saber que está infectada, y se ha dado la mano con muchos, y se ha abrazado con su pareja, y ha ido al colegio de sus hijos y ha tocado los carros del supermercado... y un amigo de aquellos que le dio la mano tenía previsto un viaje a Italia, y comió con unos cuantos que tenían familias numerosas, además allí se dan dos besos como dios manda, a la española, porque los mediterráneos somos muy cercanos tanto para saludarnos como para darnos de hostias. Y como el virus es retorcido, está sólo en fase de incubación y para cuando te quieres dar cuenta ya se ha extendido por los cinco continentes (seis, si aprendes geografía en USA).
Desde aquí vemos las barbas de la vecina Europa cortar, menguar, enredarse y morir... y tratamos de ser precavidos y nos encerramos en nuestras casas a remojar las nuestras propias. Y nos morimos de miedo... hasta los biólogos nos morimos de miedo. A mí me da miedo la desinformación y el desconocimiento, y me da miedo no poder predecir lo que va a pasar. Miedo de aquellos que piensan que como son jóvenes y sanos pueden permitirse estas vacaciones a la Costa del Virus, sin comprender que los abuelos que se quedaron con sus hijos una tarde, o esos amigos jóvenes pero con problemas de salud perecerán convencidos de que no pasaría nada. Las salas de urgencias se colapsan de insensatos, y el personal sanitario va cayendo, uno tras otro sin piedad, expuestos a multiplicidades de infección (permitidme esta palabra técnica que explica muy bien por qué la gente joven también es vulnerable) desorbitadas e innecesarias... Y en medio de este caos aun hay quien se pregunta si esto es real o es una maniobra de las grandes farmacéuticas... la gente ve demasiado la televisión (eso está claro) y será demasiado tarde cuando ya no podamos ni ir a darles un último adiós a nuestros seres queridos que pasarán a la historia como un número más que engordó la cifra de los ataúdes de plomo.
Este escenario apocalíptico, sin embargo, tiene una sola cosa buena, la UNIÓN. Por primera vez no importa quién seas, de qué color seas, dónde vivas o cuáles son tus ideales políticos... nadie está a salvo de COVID-19. Y en este caso la unión, pues sí que hace la fuerza, por eso cada uno hace lo que mejor sabe para llenar estas horas de soledad infinita. Los cantantes se reinventan y dan conciertos online, los padres se dan la vuelta para mirar a sus hijos aburridos y se retraen treinta años para recordar cómo se hacían aquellas manualidades de la EGB. De repente los espectros solapan mucho más que nunca y en una semana he hablado más tiempo con mis hermanos y amigos de España que en los últimos seis meses. Ya no importa en qué huso horario te despiertes porque no hace falta preguntar ¿a qué hora vas a estar en casa? El ritmo frenético en que vivimos se ha parado de golpe, y el teletrabajo no podrá mantener la economía a flote. Cerrarán negocios, quebrarán empresas, caerán las acciones, los precios de las casas, muchos irán a la ruina, aumentará el paro, la Seguridad Social (suerte de aquellos que la tengan) sufrirá un colapso y ojalá no se vean obligados a poner umbrales de edad para ver a quién no tratan... Señores, ¡quédense en casa! No vayan a los parques vacíos, ni al estanco, qué buen momento para dejar de fumar, no suban a comprar el periódico (vale, papa?, que hay suscripciones online), no hagan colas apretadas en el súper ni en el metro, no usen el transporte público si no es absolutamente imprescindible, y si lo hacen, guantes, distancia de un metro o más con el de al lado, bufanda, gafas, y lávense las manos como si hubieran matado a alguien.
Asumo la situación con dolor y rabia, pero ya en paz, sabiendo que no hay nada más que podamos hacer, sólo esperar, acurrucar nuestras mentes en la fe ciega de que será estacional, y ahora sí miramos a Oriente para creernos sus estadísticas, pues necesitamos garantías de que al cabo de un mes estaremos al otro lado de la mediana. El problema, señores, es que a diferencia de ellos, nosotros tendemos a no escuchar, a creernos que sabemos más que nadie, a adquirir la actitud pasota del que todo lo sabe y nada necesita, y pecamos del egoísmo que no se paga con la propia muerte, sino con un resfriado pasajero que viviendo en ti apaga las vidas de muchos otros, y ni si quieran tienen que estar cerca porque lo que tocas se convierte en un arma letal de largo alcance. Por favor, quédate en casa, todo puede esperar, tú que puedes asómate a la ventana para ver el cielo de Madrid, ése que los imbéciles nombran en vano para ser retwiteados. Yo miro el cielo de Boston y conjuro el momento de subirme a un avión para llegar a Barajas y besar el suelo madrileño.

