Hoy he leído una noticia en la que rememoraban que hace 19 años que salió el disco "Más" de Alejandro Sanz. Sin duda este disco ha sido la banda sonora de mi vida, y aunque ya sé que lo he mencionado hasta la saciedad, no me canso de contemplar mi historia ligada a todas esas canciones como si fuera un montaje de fotos que pasan aprisa al ritmo de los acordes.
Quizás porque estoy viviendo la etapa más feliz de mi vida, o quizás porque el hoy siempre es mejor que el ayer, me encuentro una y otra vez haciendo balance de lo vivido. Comprendo que en España vivía demasiado deprisa, y sin embargo, demasiado despacio. En el fondo los días se perseguían con el mismo traje de faena, las responsabilidades colgando a modo de bandolera y dirigiéndose siempre hacia el mañana, como si el mañana guardase algo diferente. Y vaya si lo guardaba... miro atrás y veo a aquella alumna del colegio Hermanos Tora, las tardes en los columpios con el bocata de chóped en la mano, las canciones, la plazoleta, el Hono... qué poco me preocupaba el siguiente paso, el instituto. Cada día durante cinco largos años (que por supuesto a esa edad, me parecieron eternos) asistí a las clases del Dolores Ibarruri (excepto si huelga, que era a menudo, y sólo ahora entiendo la falta que hacía), un centro con unos profesores alucinantes en medio de uno de los peores barrios de Fuenlabrada. Tiempo de incomprensión, de lucha, la adolescencia de una niña que, ahora comprendo, vivía la transición generacional de empezar a trabajar con 14 años vs la formación académica superior. Guardo con un cariño enorme los días vividos entre aquellas paredes de baldosines rosas, Tatiana y Maite, los recreos cuando aún se podía salir a la calle y, sobre todo, muchas horas de estudio que al principio no es que dieran muchos frutos, pero que acabaron dándome alas. Lo que ocurre es que uno evoluciona, a favor o en contra de la corriente, y al final, aquella chavala que fue la tercera de una familia de currantes incansables, fue la primera en ir a la Universidad, esa institución imponente que nadie en mi familia había conocido hasta entonces. Otros cinco años infinitos que, sin embargo, se iban acortando imperceptiblemente a medida que iban pasando. Aquel primer día de curso en el que conocí a las que luego serían mis amigas para toda la vida, todas aquellas jornadas de comer en el suelo, entre las pelusas, de pasar frío en esas aulas gigantescas que te hacían sentir diminuta. Aquellos maravillosos años de mi vida en rosa y sombras. Eso sí, rebozados en miles de horas de estudio y aplicación enfermiza... ¡ay si volviera a vivir! igual alguna asignatura más me habría quedado y alguna juerga más habría corrido. Todos esos libros y toneladas de apuntes almacenados en mi cabeza, organizados, como si de un archivo centenario se tratara. Y sin embargo, qué poco sabía. Incluso cinco años después, con un doctorado y muchas tablas para salir del fango que me llegaba siempre hasta el cuello, qué poco seguía sabiendo. Resulta extraño que a medida que van pasando los años tengo la sensación de que sé menos, o acaso soy mucho más consciente de todo lo que desconozco. Este síndrome del impostor me persigue día y noche y me hace replantearme, aproximadamente un par de veces al año, que todas mis hipótesis son producto de una mentira edificada sobre un artefacto explosivo que el día menos pensado estallará y me mandará de vuelta a la plazoleta. Pero de alguna manera, contra todo el pronóstico que se auguraba en mi partida de nacimiento, sigo aquí, evoluciono, a saber, que la vida va poniendo a cada uno donde le toca. Pero cada vez soy más consciente de que me queda tanto por aprender que es imposible en una vida abarcar todo ese desconocimiento. Y sin embargo, por otro lado, creo que este es el fin único que perseguía, el hacerme preguntas, el hacer preguntas, el plantearme opciones y tener que tomar decisiones continuamente. El que los días hayan dejado de ser predecibles para ser totalmente lo contrario, esta canción es diferente. Creo que he llegado pues a ese momento en el que uno acepta su mediocridad, y casi la asume, y precisamente ahora es cuando Harvard ha decidido que me quieren para ellos. Así que punto y seguido, me quedo, otra canción, una nana.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
viernes, 19 de agosto de 2016
Agosto, ¿aún sigues aquí?
Me derrito, me baja la tensión, me suda la ropa hasta colgada en el armario, el agua no sacia mi sed y encima me despierto dos veces por la noche para evacuar todo lo bebido durante el día... nunca pensé que diría esto, pero echo de menos el invierno. Y aquí es donde muere un poco de la española que llevo dentro y gana terreno la guiri de mierda en que me estoy convirtiendo... ¿qué será lo siguiente? ¿ponerme rosa y pelarme?
No sin cierta vergüenza, admito que no he podido con el calor de Madrid y que me he sentado en el interior de un bar a las 9 de la noche porque no soportaba los 40 grados que se disfrutaban en la terraza. ¿Cómo era yo antes que podía irme de compras por pleno centro de Madrid a las 3 de la tarde en el mes de agosto? ¿qué genes se me expresaban para poder disfrutar de tomar el sol al mediodía untada de aceite hasta las trancas? Una de dos, o Boston me está robando aguante y regulación genética o me estoy haciendo mayor. No obstante, este año está siendo el más caluroso de todos los tiempos, ya apuntaba maneras con la ausencia de nieve invernal. Y aunque en el fondo es agradable que agosto siga siendo verano, cosa que es inusual, a mí me choca demasiado pensar que hay gente que se acaba de coger las vacaciones. Para mí, que llevo ya un mes trabajando, las vacaciones son aquello que pasó hace un siglo. Por eso sigue siendo extraño pisar la playa los fines de semana y que la casa nos exocite cada dos días por miedo a salir ardiendo (combustión espontánea, véase). Hemos tenido que poner de moda lo de salir a tomar el fresco a la puerta, ni si quiera al patio, porque los aires acondicionados lo recalientan más si cabe y parece que estás en medio de un atasco en la M-30 a la hora de la siesta. Así que ni cortos ni perezosos, nuestras sillas al asfalto y los pinrreles en la acera, el ordenador haciendo las veces de aquellas teles portátiles que tenían nuestros padres y dejando al personal con cara de extrañeza cuando pasan por nuestro pequeño rincón de españoles al fresco y ahí estamos nosotros viendo la serie de turno. Qué gran cosa son las costumbres, lo que a nosotros nos resulta de lo más normal, aquí desde luego sorprende. Sin embargo, a mí me sorprende que prefieran refrigerar sus casas de madera con esos aires acondicionados del infierno que hacen un ruido espantoso y encima ocupan toda la ventana. El fresco de toda la vida, ah, eso es otro cantar. Y eso que no está Loreto con sus historias de la guerra, ni Pinocho tirándose aquellos pedos que rajaban la silla cada noche. Aquello sí que eran noches de verano en la plazoleta, jugando a las cartas hasta la medianoche y sin prisa por irse a dormir. Los móviles y las tabletas se han llevado esa magia, y ahora, como mucho, puedes encontrar algún cazador de pokemons despistado.
Pero mientras va llegando el otoño, y para disfrutar de lo que la vida nos ofrece en Boston, hoy hemos hecho una escapada con todo el laboratorio a Spectacle Island, bautizada así por su forma de binocular. Es una de las 34 islas que componen las Harbor Islands de la bahía de Boston, y que son, en invierno y en verano, un lugar maravilloso desde el que divisar la ciudad. Para llegar, un ferri como el de "Los lunes al sol" sale desde el acuario de Boston y en 20 minutos escasos te deposita en la isla que durante décadas fue utilizada como vertedero y que aún conserva la basura compactada en algún lugar bajo la tierra. Oler, no huele, pero no quiero saber cómo se las han apañado para limpiar décadas de desperdicios sin haber eliminado más allá de lo que se prendió en un incendio que, según cuenta la leyenda, estuvo ardiendo durante 10 años.
Llegamos a la isla bajo la premisa de que hoy "el agua está caliente", pero la realidad es que el agua está fría como hielo recién derretido... Además, las "playas" son de rocas y caminar sobre ellas es como hacerlo sobre una cama de clavos. Yo me he remojado los pies y he decidido que tampoco hacía tanto calor fuera. Eso sí, nos hemos reído mucho jugando a frisbee golf, hemos estrechado un poco más los lazos que hacen que desde hace un tiempo los del lab seamos como una gran familia, y sobre todo, hemos disfrutado de esta panorámica espectacular que nos recuerda que vivimos en un lugar maravilloso, tanto a -20 como a 35 grados.
domingo, 5 de junio de 2016
Acadia, un tesoro escondido en Maine
El parque nacional Acadia es aquel punto donde se juntan el cielo y el mar, donde convergen la tierra y el océano Atlántico en su vertiente más norte, bañando las costas de Maine con sus gélidas aguas encantadas, donde la tierra yace partida en cientos de pequeños fragmentos que, a vista de pájaro, forman un archipiélago de islas minúsculas que un día encajaron en un gran puzzle geográfico. Verde en todas sus tonalidades visten pinos y abetos centenarios con los pies a remojo; mar y montaña en una combinación imposiblemente hermosa, increíblemente cierta.
Llegamos en medio de la bruma, en ascensión hasta el monte Cadillac, el punto álgido de este paraíso desde el que se puede enfocar, conteniendo el aliento y la vida, una postal salpicada de magia, rocas, naturaleza y, por supuesto, la inmensidad del mar. Ese mar que entra y sale airoso entre todas esas islas habitadas por gaviotas, zorros, algún oso pardo y por un sinfín de animales salvajes que en su mayoría ni si quiera conocemos. Por suerte para nosotros, vamos a ser público de palco, testigos de una pareja de zorros blancos, mamá y cachorro, que se dejan ver al pie del camino con una presa entre las fauces; miran a ambos lados antes de cruzar mientras el pequeño zorrillo baila la danza del contento dando brinquitos alrededor de su madre, quien vigila cauta nuestra presencia ante la posibilidad de perder su cena. Grandioso espectáculo de paz al que asistimos por un precio nimio y que penetra en nuestras venas desoxigenando estrés, sacudiéndonos la urbe e invadiéndonos de una sensación de tranquilidad y sosiego infinitos, no hay prisa, no pienso moverme, sólo quiero absorber toda esta vida para no olvidar que, a pesar de lo que pensemos, el hombre es un ser diminuto pintado en una micra de la historia.
Las innumerables rutas de senderismo tejen una red de arterias que suben y bajan temerosas dibujando llanos y precipicios, laderas que, a trompicones, van construyendo un valle y luego una cima, el hábitat de los halcones peregrinos que anidan en ellas en estos días. Allí abajo, Sand Beach, una playa con una arena tan fina que parece artificial en semejante paisaje, tallada en un entrante de tierra como por antojo de los dioses, con sus aguas cristalinas y absolutamente hirientes de tan frígida dulzura. Nos sentamos a respirar en este oasis, a recuperar las fuerzas para seguir caminando. Aunque por mucho que uno camine, se necesitarían meses para recorrer cada palmo de este parque natural, años para vagar entre una extensión de árboles tan tupidos que algunas zonas parecen verdaderamente impenetrables.

Para rematar, uno no puede marcharse sin degustar la famosa langosta de Maine en Bar Harbor, un pueblecito de pescadores donde uno se siente como dentro de una película. Casitas bajas de madera de todos los colores a ambos lados de unas calles que parecen sacadas de la imaginación de los hermanos Grimm. Hansel y Gretel no sé, pero una caperucita bien entrada en carnes sí que está dispuesta a guiarte por las calles de la ciudad con un candil de aspecto tenebroso y su capa XXL.
Volvemos a nuestra cabaña en medio del bosque a disfrutar del descanso y los juegos de cartas. Siento el verano de mi niñez abriéndose paso entre los recuerdos, escribo para no olvidar que de momentos como éste se nutrirán mis recuerdos mañana.
Llegamos en medio de la bruma, en ascensión hasta el monte Cadillac, el punto álgido de este paraíso desde el que se puede enfocar, conteniendo el aliento y la vida, una postal salpicada de magia, rocas, naturaleza y, por supuesto, la inmensidad del mar. Ese mar que entra y sale airoso entre todas esas islas habitadas por gaviotas, zorros, algún oso pardo y por un sinfín de animales salvajes que en su mayoría ni si quiera conocemos. Por suerte para nosotros, vamos a ser público de palco, testigos de una pareja de zorros blancos, mamá y cachorro, que se dejan ver al pie del camino con una presa entre las fauces; miran a ambos lados antes de cruzar mientras el pequeño zorrillo baila la danza del contento dando brinquitos alrededor de su madre, quien vigila cauta nuestra presencia ante la posibilidad de perder su cena. Grandioso espectáculo de paz al que asistimos por un precio nimio y que penetra en nuestras venas desoxigenando estrés, sacudiéndonos la urbe e invadiéndonos de una sensación de tranquilidad y sosiego infinitos, no hay prisa, no pienso moverme, sólo quiero absorber toda esta vida para no olvidar que, a pesar de lo que pensemos, el hombre es un ser diminuto pintado en una micra de la historia.
Las innumerables rutas de senderismo tejen una red de arterias que suben y bajan temerosas dibujando llanos y precipicios, laderas que, a trompicones, van construyendo un valle y luego una cima, el hábitat de los halcones peregrinos que anidan en ellas en estos días. Allí abajo, Sand Beach, una playa con una arena tan fina que parece artificial en semejante paisaje, tallada en un entrante de tierra como por antojo de los dioses, con sus aguas cristalinas y absolutamente hirientes de tan frígida dulzura. Nos sentamos a respirar en este oasis, a recuperar las fuerzas para seguir caminando. Aunque por mucho que uno camine, se necesitarían meses para recorrer cada palmo de este parque natural, años para vagar entre una extensión de árboles tan tupidos que algunas zonas parecen verdaderamente impenetrables.
Para rematar, uno no puede marcharse sin degustar la famosa langosta de Maine en Bar Harbor, un pueblecito de pescadores donde uno se siente como dentro de una película. Casitas bajas de madera de todos los colores a ambos lados de unas calles que parecen sacadas de la imaginación de los hermanos Grimm. Hansel y Gretel no sé, pero una caperucita bien entrada en carnes sí que está dispuesta a guiarte por las calles de la ciudad con un candil de aspecto tenebroso y su capa XXL.
Volvemos a nuestra cabaña en medio del bosque a disfrutar del descanso y los juegos de cartas. Siento el verano de mi niñez abriéndose paso entre los recuerdos, escribo para no olvidar que de momentos como éste se nutrirán mis recuerdos mañana.domingo, 8 de mayo de 2016
Seattle, un lugar para perderse
Pike street desciende hasta los infiernos para llegar a Pike Market, un mercado que me trae aromas de Madrid, de Fuencarral, incluso de Candem market en Londres; aromas de la Europa moderna donde las calles se salpican de música y arte libertino. Un pasadizo mágico donde se amontonan los cuadros de Linnea Lundmark, una mujer con un pasado apasionante que se desglosa en diversos países para construir una vida llena de momentos que se han quedado plasmados en sus pájaros regordetes, sus elefantes de colores y mil líneas entrecruzadas que esconden historias en las aristas. Un poco más adelante me atrapan esos pendientes, los mismos que hace tres años ya me lanzaron un hechizo cuando vine a Seattle por primera vez. Nadie puede resistirse a esos destellos de cobre, a lucir como una Cleopatra del siglo XXI las joyas que alguien diseña a base de fuego y alta presión. Cientos de frutas de colores me transportan a la Boquería, como si estuviera en plenas Ramblas y en cualquier momento pudiera tocar Barcelona.
Esculturas hechas a mano por esos artistas desconocidos que se ganan el pan bajo la lluvia, en una ciudad donde, a pesar de la mala fama, aún no he oído llover. Al contrario, decenas de perroflautas se acodan en el césped con sus guitarras y su aura, fumando marihuana legal y tomando el sol a orillas del Pacífico. Seattle se rodea de un montón de trozos de pequeñas islas entre las que nadan orcas y leones marinos. A un paso de Canadá, esta ciudad es, indudablemente, un lugar único en el mundo. Sus calles empinadísimas dejan atrás al mismo Toledo, me ponen los gemelos en forma y me hacen pensar en coches manuales... no quisiera verme en ésas. Cuesta abajo, rodando de risa, llego corriendo hasta el mar, que aunque varado entre un montón de naves industriales y puertas cerradas, ronronea feliz a los pies del monte Rainier. Éste, todavía guarda nieve a pesar de que aquí ya es verano y los termómetros pasan con creces los veinte grados a mediodía.Me encanta Seattle, aquí las personas no vienen cortadas por el patrón de Harvard o MIT, son más bien almas libres de muchos colores. Sin embargo, ésta es, con diferencia, la ciudad en la que más vagabundos he visto en toda mi vida. Son jóvenes, la mayoría de ellos no creo que tengan ni mi edad, pero caminan agachados con ropas andrajosas, o se sientan a las puertas de los restaurantes a ablandar el corazón de los turistas. Las drogas han diezmado esta ciudad. Críos que deberían estar en el colegio duermen amontonados en un portal junto a su madre. Chicas que podrían haber sido modelos sonríen sin dientes balbuceando algo ininteligible. Ebrios transeúntes vagan por las calles de la ciudad, convirtiendo "Fuencarral" en "La Cañada Real" cuando cae la noche. Me pregunto qué ha pasado para desembocar en esta versión triste de Walking Dead. En qué momento uno decide echar su vida por la borda para vagabundear bajo la lluvia sin rumbo ni horizonte. Entonces decido investigar un poco y no doy crédito cuando comprendo que muchos de ellos son "sincasas" porque no han podido pagar sus facturas del hospital. En un país donde la salud es un privilegio, una enfermedad crónica como la diabetes o un problema cardiovascular pueden ponerte a dormir entre cartones de la noche a la mañana.
A pesar del sabor metálico de la incomprensión atragantada, me voy de Seattle con un regusto familiar a churros y pan tumaca, no es que éstos puedan encontrarse en el primer Starbucks de la historia, pero paladeo en sueños mis recuerdos cocinados a fuego lento. Y con angustia me pregunto por qué Europa quiere parecerse a América, con lo bonito que es ser libre y estar más cerca del sol.
domingo, 10 de abril de 2016
Un pasito p´alante, María
Tus botas rojas se alejan con paso firme
hacia la playa, se detienen a duras penas para girar sobre su tacón; es mucho
lo que dejan atrás. Atrás quedan los años de luchar en el Nuevo Mundo, los días
de bata blanca que tanto alientan y desalientan. Atrás queda la distancia que
interpusiste con el amor, que si bien ya no es ingente, sigue cursando con
teleconferencia. Atrás quedan los días infinitos de la incertidumbre profesional.
Atrás quedan las fiestas en la famosa River
House, que antes de ti era sólo un lugar para bailar toda la anoche, y que
ahora me dibujará nostalgia en los ojos cada vez que pase por delante de su
emblemática puerta roja. Roja como las pisadas que has ido dejando por toda la
casa, por sus habitantes, por sus almas, por todos los que alguna vez fuimos
invitados.
Sin duda dejas una huella en Boston que
tardará mucho tiempo en borrarse, quizás cuando otras generaciones vengan a
hacerse cargo de nuestros deberes y vean las fotos en las que sonríe tu boca
roja siempre tímida detrás del micrófono. De ti nacieron cosas enormes, como
muchos ladrillos IMP. Has trabajado tanto en este sueño que lo has hecho mío
también. Mío y de muchos, que nos hemos subido a vuestro carro de las ilusiones
como si fuerais un Santa Claus improvisado, repartiendo motivación,
autoconfianza y ganas de cambiar el mundo.
Ahora, sin embargo, toca mirar hacia
delante, al otro lado del mar. Pisa fuerte, como siempre, que con tu sonrisa de
fresa el Reino Unido caerá pronto rendido a tus pies. Enséñales a bailar zumba
y ese trocito de España que siempre viaja contigo, sigue siendo embajadora de
lo mejor de nuestro país, esa mujer a la que Julio Romero de Torres pintó sin saber
que eras tú. ¡Mucha suerte, María!
lunes, 14 de marzo de 2016
¿Tú sueñas?
Llegué hasta aquí persiguiéndote. Un
sueño que se escondía detrás de las olas, en los ratos, en las risas
contagiosas de los unos y los otros. Llegué hasta aquí porque no creía ser
capaz de ello, porque no creía que hubiese nada tan a este lado, tan tan lejos,
y mucho menos algún sueño que abrazar. Corrí por eso, para llegar y demostrar
que no se podía. Desde pequeña he sido bastante incrédula, de ahí lo del
empirismo, de ahí lo de las preguntas debajo de las preguntas. De esa materia
se hizo mi crisálida y de hilos de seda se fue decorando. Dejé atrás mi vestido
sin mucha intención, en realidad fue más bien un ahora vuelvo y lo recojo. Pero
no, porque fuera hay demasiadas preguntas, demasiadas incógnitas. Aún no he
encontrado el momento de volver a desandar.
Persigo sueños porque aún no he aprendido
a conformarme, porque me siguen tentando las alas curiosas que desflecan hilos
de seda en cascadas de volantes. Abrazo la vida para no caerme de ella, porque a veces suena una música
y me pongo triste, o muy alegre, y no puedo controlar el color del alma que la
baila.
Persigo sueños para aprender a mantenerme
en equilibrio, procuro no tropezar con respuestas definitivas. Procuro siempre
tejer ilusiones que tiendan a infinito, sin pinzas que las agarren cuando sople
el viento de levante o de poniente. Respiro despacio para no saturar el corazón de oxígeno,
pero a veces galopa sin control y se escapa de su caja. Sólo vuelve si me
encuentra distraída, pensando en mis cosas, respirando si acaso. A veces cuando ya estoy dormida.
Persigo sueños porque de sueños se narran
los días, de extrañas angustias que se descomponen para rearmarse en historias
de hadas con cabellos de anémona y cola de pez.
A veces me siento para ver pasar a los
duendes que se bañan en el río, flotando en sus diminutas barquitas, ajenos a
ser observados. Ya no pierdo el tiempo preguntándome si aún existen, por
supuesto, las cosas sólo dejan de existir cuando se deja de creer en ellas.
¿Ves Amanda? He metido la mano en el agua y al sacarla has salido tú.
domingo, 6 de marzo de 2016
Sonic life of a giant tortoise
"Sonic life of a giant tortoise" va de la historia de aquellos que son espectadores de su propia vida. Toshiki Okada, joven dramaturgo japonés, concibió esta historia a partir de la leyenda de la tortuga rescatada que se convierte en princesa para vivir en un mundo inmortal. En una especie de paranoia cognitiva, los actores se desdoblan para ser oníricos en realidades paralelas. Así, mientras que la vida pasa, y conscientes de que aún les quedan unos 40 años por delante, se limitan a soñar con lo que podrían hacer si pudieran. Tecleando mudos frente a un ordenador mientras el tiempo discurre sordo y se aleja, las horas que están despiertos las pasan como un ser plano, indiferente, mientras que la vida parece más interesante y en tres dimensiones cuando están dormidos.
A mí el drama me encuentra cuando comprendo que la vida de muchas personas es igual de átona que la de estos personajes, gente que pasa por la vida de puntillas, sin hacer ruido, sin producir cambios, sin generar si quiera una onda en el agua del gran océano que les rodea. Y me da pena, me da mucha pena la gente que espera. Cuando uno es pequeño, o adolescente, se pasa la vida esperando: a que llegue un verano, una navidad, un cumpleaños... a tener la edad adecuada para poder hacer todas esas cosas prohibidas. Pero después, cuando tu altura es suficiente para subir en todas las atracciones del parque, cuando ya puedes entrar a los pubs sin que te pidan el carné, cuando puedes conducir, cuando puedes salir... entonces tienes también otras responsabilidades, y es más o menos cuando descubres el valor del dinero. Entonces esperas a conseguir un trabajo, a que llegue el sueldo a final de mes, a que llegue el verano, las vacaciones, ese viaje que un día harás, todos esos países que alguna vez visitarás... pero entonces "te llega la edad" y toca casarse y tener hijos. Y oh, mierda, ahora tienes otras responsabilidades y otras cosas en las que pensar, y postpones los sueños hasta que se hagan un poco mayores...
Ese lapso que es una vida se va en un pestañear, y es entonces cuando descubres el valor del tiempo. Ese tiempo que ha pasado, ese tiempo que ya no va a volver. Y es difícil encontrar el momento adecuado para hacer las cosas, porque la edad no coincide casi nunca con la razón social o económica. Aun así, hay personas que no se inquietan, que no se hacen preguntas, o si se las hacen, se meten en la cama a esperar a que se les pasen las ganas de obtener respuestas. Porque es fácil mirar lo que hacen los otros y decir que no te parece bien, porque lo difícil es, en realidad, admitir que es mejor equivocarse que no intentar nunca nada. De esa forma en realidad sufre más el que tiene sueños, porque anhela. El que no ha visto más allá de la punta de su nariz, nunca va a echar de menos el olor del mar, ni el calor del sol en la piel, ni la sensación de pisar un país por primera vez. La máxima de viajar pertenece a muchas personas, pero un pequeño porcentaje de éstas lo posee de forma genuina, los otros sólo se suben al tren de las tendencias, de la palabra, de lo fácil que resulta decir una frase que podría cambiarlo todo para después seguir con sus vidas.
"Si yo pudiera, me encantaría vivir fuera". ¿Cuántas veces habré oído esta frase en los últimos 4 años? Y es curioso, porque luego también oigo mucho esta otra "Me encantaría volver". Y aunque es mucho más difícil lo segundo que lo primero, son pocas las personas que me darán la razón. Me explico, antes de irte, todo es posible, todo son sueños, es una realidad que aún no ha ocurrido y que, en tu imaginación, es perfecta. Pero después te enfrentas a la verdad, has tomado la decisión de hacer cosas y ahora tienes que hacerlas. Pero pobre de ti si llegas a descubrir que te gusta lo que has encontrado, despídete de quien fuiste porque ya no volverá. Se rompe el cascarón para bien y para mal, y ya no puedes volver dentro porque te asfixias, y además, eso, está roto.
También ocurre con los famosos propósitos de cada principio de año, que nunca sobreviven más allá del mes de enero. Es porque el hombre es un animal de costumbres. Son pocos los que se paran a elaborar un pensamiento autónomo, desde cero, sin condicionantes, sin medir las consecuencias más allá de las ganas de sentirse diferentes. Son aún menos los que toman el mando del rumbo de su propia vida. Y llegados a ese punto, son muy pocos los que consiguen que ese rumbo sea el que alguna vez soñaron. No obstante, los intentos son tan válidos como los éxitos, al menos para no sentir que te has pasado la vida esperando a que llegase el día de tu muerte.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




