martes, 14 de julio de 2015

Ruta 66 y Gran Cañón




En nuestro apasionante viaje a Las Vegas, no podíamos dejar de visitar el Gran Cañón del río Colorado. Eso sí, para llegar hasta allí, no hay mejor mapa que la famosa ruta 66. A pesar de que atraviesa el desierto, de que los pueblos que salpica son diminutos y olvidados, y de que da un pequeño rodeo para llegar hasta el cañón, merece la pena la magia de desordenar ese polvo de estrellas sobre el que tantas películas del Oeste han rodado.
Un sueño más, recorrer esta vía galáctica de carromatos y asfalto en compañía de mis hermanos, mis sisters y mi compañero de viaje. No se puede pedir más. ¿O sí? Alquilamos un coche de 7 plazas para no perdernos los chistes, las impresiones, las risas... y, como dice aquella que nos parió, para tener las mismas batallitas que contar cuando seamos viejos.
 Colgados de un sueño, dejamos Nevada y llegamos a Flagstaff, una ciudad en medio del desierto de Arizona. En principio un lugar en el que pasar la noche antes de partir para el gran Cañón, en la práctica, se convirtió en un viaje hacia el centro del universo. Visitamos el observatorio y nos quedamos ojipláticos cuando, a través de un gran telescopio, observamos Saturno ¡con sus anillos y todo! Venus, lucero del alba, es un punto brillante al lado del lejano Júpiter. Plutón lucha por no dejar de ser un planeta. Pero sin duda lo más apabullante, doña Catalina. Satélite de plata y sal que nos vigila señorial desde su cuna privilegiada. Nos asomamos a ese telescopio que es en realidad un abismo hacia la inmensidad, allí está la Luna cubierta de cráteres, que ahora sabemos que se deben a impactos de meteoritos... pobre luna, está hecha un Cristo. Si la miras a través de este tubo mágico, te aseguro que puede hechizarte.
Pero si creíamos haber visto cosas extraordinarias, aún nos quedaba por ver una de las 7 maravillas del mundo.

Amanecemos con ansias por ir a visitar el Meteor crater, el cráter causado por el impacto de un meteorito que cayó hace unos 50.000 años y que es el que mejor se conserva en toda la Tierra (por aquello de estar en medio del desierto, que ahí no crecen ni malas hierbas). Y aunque las fotos no hacen justicia a este enorme agujero de 140 metros de profundidad y más de 1 kilómetro de diámetro, es alucinante pensar lo que puede haber en el espacio exterior. Allí tienen también pedazos del meteorito culpable, los más grandes encontrados. ¿habéis tocado alguna vez algo procedente del espacio exterior? ¡¡¡YO SÍ!!!

Y ya por fin nos ponemos en camino hacia aquel lugar que he querido visitar desde que era pequeña, y que, sinceramente, no podía imaginarme cuánto merecería la pena. Por primera vez desde que escribo este blog, encuentro serias dificultades para definir una vivencia: inconcebible, magnánimo, impresionante, inmenso, sobrecogedor... Una magnitud que sin duda sólo puede medirse con unidades extraterrestres.
 No importa cuánto haya caminado, cuántos países haya visitado, cuántos años haya vivido ni cuántos recuerdos vengan a mi mente, esto es simplemente inexplicable. Hay que ir, hay que creer, hay que sentarse a mirar y darse cuenta de lo pequeño e insignificante que es el ser humano.   Una extensión de 500 kilómetros de largo y 30 de ancho. Tan inmenso que ni si quiera el eco encuentra dónde rebotar. Es tan tan irreal que cuando te haces una foto parece que estás delante de un póster. Es un croma, es ficticio, es imposible... es sobrenatural.


A pesar del calor y de los kilómetros que llevamos a las espaldas, la paz que sentimos encuentra un lugar para inundarnos. Mirar hacia abajo ni si quiera da vértigo porque no ves el final. Lo mismo ocurre con el horizonte, que se dibuja detrás de cada montaña pero, a la vez, no está ahí, sino detrás de la siguiente, y así hasta hacerse infinito.

El Gran Cañón se pinta de rayas como las tribus de indios americanos que todavía quedan por estas zonas. Es un dios tribal en forma de masa de tierra que se abre como desgarrada dejando a la vista todas sus capas, todos sus colores, toda la paleta de los cálidos que se difumina entre amarillos y rojos. Estratos de caliza, arenisca y arcilla que parecen arder cuando se pone el sol.
Mires donde mires, árboles, piedra, ramas, grietas, roca, cielo, tierra... organizado como si de una estructura cristalina se tratara.
El río Colorado, ahora tímido a su paso por esta garganta gigantesca, ha ido erosionando y excavando el terreno mientras que la meseta se ha ido elevando. Así, a lo largo de millones de años, ha terminado de pintar este óleo que firma como anónimo pero cuya autoría no puede negar. Una vez más, dudo de mi ateísmo porque esto me parece obra de los dioses.

Vimos el cañón desde su lado Sur, y luego fuimos conduciendo por la escarpada carretera que lo bordea hacia el este, hasta llegar a "desert view", donde, como su propio nombre indica, se puede ver todo el desierto.
Sólo que este desierto es un tanto especial, algo postinero, y por eso se llama "el desierto pintado". Los estratos en las montañas han creado ese efecto que hace que parezca que alguien las ha delineado.
Kilómetros y kilómetros de montañas con faldas a rayas que hacen del paisaje un recorrido sin igual hasta el estado de Utah, donde teníamos reservado el más pintoresco de los moteles de carretera para pasar la última noche de la expedición. 
Nos recibió la dueña con su sombrero de vaquera y sus botas de chúpame la punta. Cada habitación decorada en base a un tema, cada cual más rocambolesco... Y lo mejor, la caravana metálica que hace las veces de restaurante y donde sirven unas hamburguesas que saben a gloria bendita. Y para desayunar, huevos rancheros y frutas recogidas del paraíso. 
Todo sabe bueno en esta tierra, porque sabe a paz y a naturaleza.
El último día visitamos el Zion national park, que es también un cañón impresionante, pero claro, el hermano pequeño del otro... Y vuelta a las Vegas en nuestra caravana de los sueños donde he pasado algunos de los días más felices de mi vida. ¡Qué bien saben los viajes en familia!  





martes, 30 de junio de 2015

Las Vegas


Como la Meca, un lugar al que uno ha de peregrinar al menos una vez en la vida. En Las Vegas campan horteras y chonis por doquier, a veces incluso solapando en un solo individuo. La lycra viste músculos y celulitis que se pelean por escapar de ella entre pequeñas aberturas, dejando a su paso un cuadro devastador que compone lo que mi madre llamaría un hatajo de pajuelas y risiones. Lo del maquillaje ya es otro cantar, la purpurina, lejos de ser un fantasma del pasado ochentero, se hace materia y manteca y se aplica con llana en esas caras silicoides colgadas del opio de los neones. Así se disimulan las ojeras en la ciudad que sí que duerme, porque de día no hay quien pare.


¡Qué calor hace en Las Vegas, Dios Santo! Parece que está uno en plena ebullición. El caso es que es como pasear por la Gran Vía un dos de agosto a las 3 de la tarde, solo que da lo mismo que sean las 3 de la mañana, porque hace el mismo calor. Un aire caliente que al bajar del avión nos parecía que procedía de los tubos de escape y de los aires acondicionados, pero que nos acompañó durante todo el trayecto y nos requemaba los pulmones, las fosas nasales, el aliento y hasta las cuencas de los ojos. Hasta el pis sale quemando de lo calientes que se ponen los riñones. Por eso durante el día, el que no duerme la mona bajo el chorro del pingüino, se pone a remojo en esas megapiscinas de los grandes hoteles-casino donde, por supuesto, continúa la fiesta en un devenir infinito de fichitas de colores.


Pero mucho más allá de eso, Las Vegas es una Meca de neón y vinilo, un oasis de luces y música en medio del desierto de Nevada. Hoteles que parecen lingotes de oro, un flamenco, un circo... o ¡hasta una Venecia en miniatura!  Paseamos por el interior del Venezia como si fuese de día en plena noche.  Las nubes pintadas a lo Capilla Sixtina en los techos de este hotel, junto con los canales por los que (agárrense los machos...) ¡pasean góndolas! y el empedrado de calles recién llovidas por un efecto que si no lo hubiera tocado con mis propias manos me parecería photoshop...


Y al lado, como en la misma Italia, se puede pasear por el Cesar Palace, un hotel que contiene todas esas millas de oro llenas de tiendas tan conocidas como Tiffanys o Prada, en las que me parece que los diamantes y los bolsos no son de imitación como los que había en en la Piazza de España en Roma. ¡Aquésta Roma es todavía más real que aquélla! Ver para creer... Y también hay un pequeño París, con su torre Eiffel y su arco del triunfo... si es que sólo les falta la Bastilla...
Y la fuente del Bellagio, que es tan grande que se podría hacer wind surf en ella y hasta ahogarse; cuyos chorros bailan grandiosos al compás de la voz de Celine Dion, hundiendo el Titanic cada 15 minutos ante cientos de ojos que son distintos cada vez y que siempre expresan el mismo asombro genuino. No caben las palabras para expresar la ostentosidad, la fanfarronería y a la vez la elegancia y majestuosidad que se respira en Las Vegas. Extrañamente, el lugar destila distinción. No sé si será por la cantidad de dinero que se mueve en esos casinos llenos de gente las 24 horas del día, los 365 días del año (incluidos nosotros que hicimos varios blackjacks y hasta acertamos un número a la ruleta); o si serán los miles de despedidas de solteros/as y cumpleaños que nacen y mueren en esta ciudad cada día, pero desde luego hay una especie de magia mística que te atrapa y que te pone los pelos de punta. Este trance en el que muchos llegan incluso al aeropuerto de vuelta a sus vidas cotidianas. En nuestro avión, la pajuela que vomitaba en la papelera de la puerta de embarque y que, de alguna manera, se las apañó para subir a bordo sin levantar la liebre, nos hizo dar media vuelta cuando estábamos ya a punto de despegar para ponerla de patitas en la calle en un ritual que, desgraciadamente, me parece que no ha de ser tan poco común. Aunque como dice el famoso cartel que recibe y despide a los turistas en esta tierra mítica: "Conduce con cuidado y vuelve pronto".  Quizás lo haga, pero sólo si cuento con la misma compañía.

jueves, 4 de junio de 2015

Richi



Ricardo es un padre coraje de esos que salen en las películas, de esos que al final cambiarán el mundo. Su hijo Richi fue diagnosticado con un meduloblastoma en el cerebelo que, tras 8 operaciones diferentes, llevó a los cirujanos de Barcelona a una rendición inevitable: el cáncer de Richi era incurable. Lejos de conformarse, sus padres trataron de buscar una segunda opinión, contactaron con el Dana Farber Cancer Institute en Boston y recibieron del otro lado de la línea algo del todo inesperado: esperanza. El único inconveniente… costear el tratamiento. Sin embargo, cuando la vida de un niño de 5 años se pone en una balanza con algo tan nimio como el dinero, los corazones se ablandan y el mundo entero se moviliza. Fueron a programas de televisión, de radio, abrieron un blog… y gracias a la ayuda de miles de personas, finalmente lo consiguieron. En abril de 2012 se mudaron a Boston y, tras una primera operación de 5 horas, el futuro de Richi volvía a existir. No obstante, los tratamientos de quimioterapia fueron durísimos, y las complicaciones llevaron al niño a la UCI en diversas ocasiones, difuminando de nuevo el contorno de ese futuro apenas recuperado. Pero las ganas de vivir de Richi son infinitas, la lucha por la supervivencia es una máxima y no tiene pensado rendirse. Richi es un superhéroe, pero desde luego sus padres son unos aliados extraordinarios. La lucha contra el cáncer es un proceso devastador, pero en un niño es todavía más duro e injusto. Ricardo pronto descubrió que, tristemente, los fondos que se dedican a investigar el cáncer pediátrico cubren un porcentaje ridículo del total destinado a investigación en EEUU. El problema es que la incidencia es demasiado baja como para que importe lo suficiente. Por este motivo, y por muchos más, decidieron poner en marcha la Fundación Richi. El objetivo de esta fundación va mucho más allá de la idea de recaudar dinero, se trata de expandir horizontes, de abrazar el futuro con los brazos del presente. La fundación Richi ha creado una partnership o colaboración entre el hospital Sant  Joan de Déu de Barcelona y el Dana Farber Cancer Institute en Boston, de esta fusión nacen las Richi fellowships para que cirujanos españoles puedan venir a formarse aquí, donde la experiencia en neurocirugía pediátrica oncológica es mucho mayor, y puedan luego adoctrinar a sus equipos en España. No hay mayor poder que el del conocimiento, y es injusto que sólo quien pueda costeárselo sea capaz de recibir un tratamiento. Por ello, es mucho más inteligente formar médicos en todo el mundo y llevar las sonrisas de vuelta a todas esas caras inocentes que no entienden de naciones ni de fronteras.

También existen las Richi houses, que acogen a todas esas familias que bajan de un avión asustados y a menudo sin conocer si quiera el idioma del país al que acaban de llegar. En estas casas los niños están juntos, no se sienten diferentes, no son presa del aislamiento. Además, las familias se nutren de las experiencias de otros, comparten sus miedos y encuentran una verdadera familia que les ayuda a superar una situación que no puede comprenderse a menos que se haya vivido. La Richi house no es un hospital, sino un hogar.


La mejor de las noticias no es un milagro, sino la recta final de una carrera de fondo: en octubre del año pasado la última revisión de Richi fue positiva. Su familia sigue viviendo en Boston y han hecho de su causa un modo de vida. Buscan inversores para que la investigación en oncología pediátrica siga avanzando y ya han conseguido financiación para llevar a cabo algunos proyectos en el Dana Farber. Es una manera encomiable de contribuir al mundo, no todos podemos decir que hemos pasado por la vida pisando tan fuerte como Richi y su familia, pero en ECUSA aportamos nuestro granito de arena para que historias como esta den la vuelta al mundo.
web fundación Richi: http://www.richifoundation.org
vídeo del evento: https://www.youtube.com/watch?v=php3t5m7y7M

lunes, 25 de mayo de 2015

Votos robados

Porque es más sencillo acallar a las masas cuando no se les da la opción a rechistar. Porque es más fácil el recuento cuando hay miles de papeletas ausentes. Porque todo el mundo sabe que en el exilio nadie ha venido a llamar a nuestra puerta. Porque es obvio que si se nos da voz, nuestro voto no va a ser el que a ellos les conviene. Porque los hijos de la democracia que tuvimos la oportunidad de pensar por nosotros mismos, hemos descubierto lo engañados que están la mayoría. Y porque sabemos que hay que arrimar el hombro para que las cosas cambien, removeremos cielo y tierra para que nuestras voces se oigan. Por todas estas razones, son cientos los pasos a seguir para votar desde el extranjero. Partiendo de la base de que había que estar registrado en el consulado de España en Boston desde antes de finales del 2014 para poder rogar el voto en unas elecciones que aún no se habían ni convocado. Cuidado, que digo poder "rogar el voto", no hablo de recibir papeletas a domicilio como si a alguien le interesara hacernos campaña. En esta primera criba, ya muchos se quedaron fuera. Lo primero, porque nadie sabía que había que estar inscrito con tanta antelación (las cosas de palacio, van despacio, y las de administración, no van). Lo segundo, porque el horario del consulado de España en Boston es de 9 a 13.30. Y claro, todos los que estamos aquí, obviamente, trabajamos, si no a ver a qué hostias hemos venido aquí con el frío que hace. Además del horario escuetísimo del consulado, nos encontramos con que cogen las fiestas de España, sí, pero también las de aquí. Lo cual se traduce en que si tenemos un día libre que podríamos utilizar para hacer gestiones, pues ellos también lo tienen así que te va a tocar pedirte un día de los 10 que tienes de vacaciones para hacer estas cosas que se consideran derechos, si no quieres que la participación en las urnas vuelva a ser ridícula y, por supuesto, forzosa.
La segunda criba llega cuando sólo a la mitad de los inscritos en el consulado les llega la información sobre cómo rogar el voto. Las estadísticas no fallan, en mi casa, de dos, sólo uno lo ha recibido. Afortunadamente, eso levantó la liebre para que el otro se pusiera en marcha y llevara a cabo los trámites necesarios para proceder con el ruego al límite del tiempo. Todos los que no hayan tenido una liebre a mano van al montón de los votos robados.
Luego llega el tercer filtro, el más amargo de todos, las papeletas no llegan, o peor, llegan tarde. Impotencia máxima. ¿Qué curioso, no? habiéndome inscrito hace seis meses, habiendo rogado el voto hace más de un mes, y con la velocidad que se gasta hoy día el correo internacional, y resulta que las papeletas llegan sistemáticamente dos días después de las elecciones. Permítanme que sea malpensada, pero me parece que a algunos nos les interesa que votemos los exiliados... Pero es que la cosa no acaba ahí, si estás inscrito en el consulado como no residente (lo que te permite votar también en elecciones municipales), entonces sólo puedes votar por correo, lo que conlleva que la fecha límite para enviar el voto era aún más temprana, el 19 de mayo. ¿Por qué? si las elecciones son el 24, ¿en serio hacen falta 5 días para que el correo llegue a mi pueblo? Vuelvo a pecar de incrédula, pero me suena a mamoneo... Además, lo de que sólo puedes votar por correo no está claro ni mucho menos, muchos más bien se enteraron cuando hicieron acto de presencia entre los días 20 y 22 de mayo en el consulado (días establecidos para votar en persona), con sus papeles preparados para votar (escritos a mano, para más inri, que para las elecciones municipales no se envían papeletas, así luego podrán considerar el voto nulo cuando convenga porque no se entiende la letra), y se quedaron con tres palmos de narices porque ya no era posible hacerlo. ¡¡Bieeeen, más votos robados para la saca!! Y señores, así es como se roba el voto. Es un arte, casi como el de robar de las arcas del Estado o tener contabilidades paralelas, un arte que además consigue que el culpable se quede impune. Los votos robados indignan, pero la impotencia mata.
Por último, para los que nos inscribimos antes de final de 2014, recibimos la información para rogar el voto, rogamos el voto antes del 20 de abril, recibimos las papeletas a tiempo y nos leímos la letra pequeña unas cuantas veces: había que preparar el sobre sepia con la papeleta escogida dentro. Este sobre, meterlo dentro de otro sobre dirigido a la junta central, este otro sobre había de contener un certificado de inscripción en el consulado más una fotocopia del DNI o pasaporte. Si esto se iba a enviar por correo (antes del 19 de mayo), entonces había que rellenar un apartado para la devolución del franqueo. Y aquí llega lo más cachondo de todo, había que enviarlo "por correo certificado" cosa que en USA ¡NO EXISTE! El sistema de correos aquí no funciona como en España, y no me quedaba claro si lo que ellos consideran correo certificado lo iban a dar por válido cuando llegase con un sello yanqui. Así que la menda, que otra cosa no, pero desconfiada es un rato, prefirió personarse en las dependencias del consulado con todos los papeles y votar en persona. Así que quitándome tiempo de trabajo (afortunada yo, que puedo, otros no pueden decir lo mismo) y puesto que trabajo a unos 20 minutos del consulado, me persono allí con mi sobre sepia, mi papeleta, mi sobre blanco, mis dos certificados, mi DNI, mi fotocopia del DNI, mis pepinillos en vinagre, y hago el trámite más importante del año. La chica de la ventanilla (muy maja, por cierto), me ofrece la posibilidad de entrar y depositar yo misma mi voto en la urna. Sí señorita, porque, me va a perdonar, pero es que yo no me fío ni de mi padre. Así que se abre esa puerta arrojando luz celestial, me aproximo con paso seguro a aquella urna transparente que ya cuenta con un montoncito de otros sobres color sepia repletos de ganas de cambio, y por fin, ejerzo mi tan merecido derecho como ciudadana española-madrileña: VOTO A LA ASAMBLEA DE MADRID. Hasta las lágrimas están a punto de saltarse, ha sido un proceso tan largo y costoso que creí que nunca llegaría el momento. Cuatro días después, la alegría llega hasta este lado del océano, las cosas empiezan a parecer posibles, a pesar de que aún hay muchos que tienen los ojos cerrados, España abre los brazos al cambio. Siento que una luz se ha encendido en algún lugar recóndito de mi ser, por primera vez presiento que existe una pequeña posibilidad de que algún día pueda volver a España.

martes, 19 de mayo de 2015

Sol

Se anunció con claveles púrpura que brotaban de las entrañas de su madre en un goteo impertinente que apostaba por drenarse antes de tiempo. Tres semanas antes de lo marcado en el calendario lunar decidió que ya era hora de dejar el techo angosto de mamá, que era hora de plegar membranas y partir. Apoyó sus pequeñas manitas sobre la bolsa que la contuvo y que fue creciendo con ella durante los meses previos, mientras sus células se dividían y se diferenciaban; apretó con fuerza y se empeñó en ver mundo, ¡qué jodida, cómo sabía que el invierno se había acabado! La alborada sorprendió a Teresa de piernas cruzadas en el sofá, sintió la caída al vacío de aquel ramo de claveles arrojados con torpeza desde adentro. Susto, miedo, preocupación, prisas... cediéndole el paso a un pánico que se apoderó del color de sus mejillas. Sola en casa, teléfono en mano, primero el futuro papá, luego el médico... Esa extraña burocracia americana que dicta una llamada de teléfono de minutos infinitos cuando uno siente que la vida pasa demasiado deprisa. Conexión con un agujero negro al otro lado de la línea, voces sin rostro que encima hablan en otro idioma, ese que en este momento ocupa un lugar minúsculo en tu cerebro. Aún así, por algún extraño motivo, salen las palabras y hasta puedes deletrear tus apellidos, siempre conveniente, suerte si corto. En esa tribanda interurbana que conecta a la familia bostoniana, recibimos la llamada de teléfono. Corre, vuela, deja todo, la casa se queda en pausa como si nos hubieran abducido, todo en suspensión, la sangre no deja de brotar. Tras quince minutos eternos cruzamos las puertas de urgencias. Javi pilota la silla sobre la que Teresa vuela por los pasillos y luego de una planta a otra, liviana, pálida, sujetando su gestación contenida a duras penas y sin rastro de contracciones. Las horas se niegan a correr, ahora el tiempo parece estirarse... todavía quedan 24 horas, pero eso aún no lo sabemos. Al fin la rodean con esas tiras elásticas y le ponen los monitores, el corazón de Sol bate alas y Teresa recupera el color.
Finalmente, y ante la insistencia de la pequeña estrella que se empeña en emerger, inducen el parto y ella sale como una exhalación, le falta el tiempo, ya viene a comerse el mundo. Eso sí, al filo de la medianoche, como buena española, que aunque haya nacido en América viene con las costumbres castizas bien aprendidas. Formada del todo, con todas sus piezas encajando a la perfección en su pequeño cuerpecito de muñeca. Sobrepasa los 3 kilos, como para demostrar que tenía sus razones para querer salir ya, y mama como si se hubiera leído el manual de instrucciones antes de llegar. Esta niña apunta maneras, acepta retos sin despeinarse. Es suave, delicada, huele a nuevo y a vida. Y también lleva alarma antirrobo, sí, rodeando su diminuto tobillito lleva una alarma al más puro estilo "zara" que pita cuando se corta o se arranca... Corroborado por la enfermera, que cuando la cortó para darles el alta la lió parda y un pitido alarmante resonó en toda la planta. Confirmado, aquí niños robados, los justos.
Sol, una letra en cada casilla y sobrará espacio en todos los formularios. Sin lugar a diminutivos, reina de helio, tocaya del astro rey, . Sol abre mucho los ojos para ver bien el mundo, se empapa de vida, acaba de llegar y lo tiene todo por aprender. Lejos de los abuelos, que tuvieron que reprogramar el tiempo para venir a conocerla, Sol y sus padres se encontraron rodeados de todo el calor que genera nuestra pequeña familia bostoniana. Un montón de tíos y tías con acento madrileño, cordobés, alicantino, gallego, catalán, sevillano y ¡hasta de la Alcarria!  que orbitarán en torno a ella para que la niña crezca en un pedacito de España; para que no se sienta nunca extranjera en ninguna parte, para que tenga siempre abrigo en esta tierra gélida donde la gente se rodea de una burbuja invisible tipo Super Pang. Este pequeño trozo de tierra que también gira en torno al Sol, pero que no tarda 365 días, ¡qué va! cinco minutos son suficientes para rodearla de achuchones. Y la luz de esta estrella peculiar que acaba de nacer es una energía renovable que nunca se agota, porque es la energía que mantiene en funcionamiento nuestro Sistema Solar particular. Bienvenida al mundo, Sol.

domingo, 10 de mayo de 2015

"Martha´s Vineyard": Isla paraíso

Ya habíamos visitado Cape Cod  (Cabo Bacalao), esa lengua de tierra que se adentra en el mar formando una península arqueada, de forma que queda frente a Boston y engaña a la puesta de sol, que se esconde majestuosa detrás de la masa de mar donde se bañan las focas, y que es elegida como destino vacacional o escapada de fin de semana por muchos bostonianos. A tan sólo una hora y media en coche de Boston, y partiendo de la base de Cape Cod, se coge el ferry que te transporta a ese otro paraíso, Martha´s Vineyard, una isla de 260 kilómetros cuadrados y que fue el escenario escogido para rodar la archifamosa película Jaws (mandíbulas), más conocida en España como "Tiburón". Un paraíso rodeado de agua donde se concentran las mansiones más exquisitas de Massachusetts y las playas preferidas por los dueños de los yates. Aunque algún que otro tiburón se deje caer por allí de vez en cuando, Martha´s vineyard sigue siendo el lugar preferido por muchos para pasar sus vacaciones.
A pesar de llevar ya en Boston más de 3 años y medio, aún no había tenido el tiempo -o el espacio- para hacer una escapada a este lugar tan singular. Aprovechando que por fin ha llegado la primavera (verano, si tenemos en cuenta que la temperatura ha subido 20 grados en una semana...) decidimos a última hora que nos escapamos de finde. Empaquetamos lo necesario en una mochila, preparamos el rack de las bicis y las transportamos en coche hasta el ferry, que nos espera entre la bruma para zarpar rumbo a la isla de tiburón. La mañana no era fría, pero la niebla se agazapaba sobre nosotros llenándolo todo con su espesura. Primer recorrido, desde el parking hasta el ferry, mochilas y bicicletas como único equipaje. Apenas 45 minutos y desembarcamos en esa orilla donde hasta las olas se adornan con puntillas. Carril bici por doquier, maravillas de vivir en América. Enfilamos por uno de ellos, el que va junto al mar, un privilegio que a menudo olvidamos, ¡qué cerca tenemos el mar!. Hacemos mil paradas para tomar fotos, las casas, la fauna...¿eso es un cuervo?
Nos alojamos en una casa victoriana, decorada con papel de flores pintado y con el techo abuhardillado, me siento Escarlata O´Hara... De nuevo en bici rumbo a la playa, ahora desierta pero barruntando el ruido de los pies descalzos de dentro de un mes. Nos sentamos a escuchar el mar, un ronroneo embriagador que me transporta a Guardamar, ese olor tan familiar, tan marinero, que me trae tantos recuerdos de los que están al otro lado de ese horizonte azul.
Los perros aquí sí que son felices, nos los encontramos por docenas correteando por todas partes, pero su cosa favorita, por supuesto, es la playa, también la nuestra.

Seguimos la excursión hacia el faro de Edgartown, el más famoso de todos los que tiene la isla. Engalanado y solitario se alza al final de una pasarela de madera, esperando a que los novios vengan a hacerse fotos a sus faldas.
En esta isla todo es de colores vivos, hasta los árboles que apenas se han quitado el abrigo nacen ya con flores nuevas y vistosas. La humedad es una venus fértil de grandes pechos redondeados, que acuna este pequeño trozo de tierra y le sopla la nieve sacudiéndola del recuerdo. El invierno quedó atrás, ahora sólo hay turistas, y perros, y locos en bici que se quieren. Kilómetros de carril maravilla de baldosas de caramelo... de caramelo no, ¡de jengibre!
Busco las migas de pulgarcito, las huellas de Hansel y Gretel, porque estoy segura de que esos cuentos se inspiraron en estas casitas, las "Gingerbred cottages". Las hay de todos los colores, con sus ventanitas pintadas y sus mecedoras de madera en el porche. Porches que son poco más altos que yo y que parecen miniaturas propias del país de las maravillas. Como diminutas mansiones encogidas que se hayan lavado con agua caliente, estas casitas de muñecas están habitadas por personas de tamaño normal. Y cuidadas, ¡por supuesto!, a golpe de brocha las mantienen impolutas (casi todas). Encontramos una que se vende, y sólo por curiosidad, cotilleamos el precio... na! medio millón de dólares de nada... teniendo en cuenta que necesita una reforma de arriba a abajo... claro que la podrían reformar los currys de Fraggle Rock. 
Son una atracción turística más, pero tan reales como la gente que vive en ellas.
Y ya para terminar, picnic en la playa ¿puede haber algo mejor? Los primeros rayos de sol acariciando una piel árida que casi había olvidado esa sensación. Me descalzo y camino sobre la arena, está fresca, pero suave, esto sí que es vida. Camino hacia la orilla y mojo mis pies en unas aguas que están frías como su puta madre pero que a mí me da igual, me vale con que no estén congeladas. Me arrullan las olas, observo esa línea donde se juntan los horizontes, dos tonos de azul que se tocan en una ilusión óptica que aplasta mi tierra en partículas diminutas. Sé que estáis ahí, al otro lado de este mar, y que esa línea es infinita en lo relativo, pero absolutamente finita. Y pienso en lo afortunada que soy porque puedo tocar este lado del paraíso, y también aquél, una vez al año, cuando el sol está más cerca y todo huele a vacaciones.
Me subo en mi bici, de vuelta al ferry, y otra vez rumbo a casa, con polvo de edén cubriendo mis zapatos y ese buen sabor de boca que dejan las tartas de nirvana.

martes, 14 de abril de 2015

Escena Latina Teatro: "Entre Mujeres"

Siempre he oído a mi madre contar que su padre, o sea, mi abuelo, hacía teatro allá por los años 40. De eso ya hace muchos, muchos años; se hacían disfraces con ropas viejas y representaban obras de teatro amateur. Cada vez tengo menos dudas de que el arte también se hereda. En algún lugar recóndito de mi ADN siempre estuvo escrito, cual rúbrica sobre pergamino antiguo, que un día terminaría subiéndome a un escenario. Una tía mía solía decir que desde pequeñita me gustaba apuntarme a todo lo que implicara un disfraz. Y es cierto, supongo que me gusta jugar a ser otra persona, perder mi necesidad de autocontrol y dar rienda suelta a una imaginación que siempre ha tenido cierta tendencia al desbordamiento.
Hace unos años asistí a una obra de teatro de Escena Latina, "Los de la mesa 10", por pura casualidad, y por quitarme un poco el mono de teatro en español que tantas tardes de domingo he disfrutado en Madrid. Aquel día debí de dejar mi email para recibir información de las obras que hacían y demás. Hace un par de meses recibí un email en el que pedían actrices para representar "Entre mujeres" de Santiago Moncada. Al final del mensaje, una luz, una frase en la que animaban a participar en la audición incluso sin tener ningún tipo de experiencia. Sólo había que prepararse un monólogo cómico de 1 o 2 minutos y leer algunos pasajes de la obra. Desde aquel momento deseé con todas mis fuerzas formar parte de aquella aventura. La audición fue fenomenal, se rieron mucho con mi monólogo y se sorprendieron de que no hubiese actuado nunca. La verdad es que ya me dio buenas vibraciones. Por aquel entonces había unos dos metros de nieve y muuucho frío, pero ni la una ni el otro achantaron mis ganas de volar. Cuando Christina me llamó para decirme que quería que hiciera de Elena, no podía imaginar lo mucho que mi vida estaba a punto de cambiar. Todas esas caras nuevas descolgaban sonrisas cálidas, español de América del Sur aprendido en los Estados Unidos que me sonaba a música celestial. En los dos primeros ensayos ni si quiera pudimos estar todas por las tormentas de nieve imposibles que nos acechaban. Pero luego fuimos cogiendo ritmo y aprendiendo el bloqueo, adentrándonos en el personaje... Cinco amigas de la infancia que se reencuentran en casa de una de ellas después de más de 25 años. En el salón de la casa de Elena se van rememorando los viejos tiempos, aquellas colegialas, las vidas pasadas y futuras, y poco a poco se va desvelando el verdadero motivo de la reunión. Las idas y venidas de cinco niñas que se fueron haciendo mujeres a veces a favor de la corriente, y a veces muy en contra. El dolor, el amor... una historia salpicada de homofobia que coquetea con el machismo y el pensamiento con el que las mujeres hemos tenido que pelear durante años. Una tragicomedia que destila mucha risa y un trasfondo harto dramático.
Ser Elena me ha permitido reflexionar acerca de muchas cosas, y comprender la necesidad del cambio en la actitud hacia las otras mujeres. Las mujeres castigamos más duramente, si cabe, que los hombres, y es difícil enajenarse de esta sociedad en la que nacimos y nos educamos para poder ver más allá, sin prejuicios, y aprender a construir un pensamiento crítico y no gratuito.
Más allá de Elena, Amelia, Luisa, Hortensia y Carlota, cinco mujeres interesantes y atrapadas en sus propias vidas, he conocido a Christina, Carmen, Inés, Jecenia y Paola, cinco mujeres increíbles con las que he compartido mucho en un tiempo que ha sido corto pero intensísimo. También a Victor Hugo y Juanpe, mejicanos de México y de Bilbao, que han sido un gran apoyo durante todo este tiempo. Juntos hemos derribado las fronteras que separan España y México, Boston y Puerto Rico, Madrid y Barcelona... y hemos fundido sus ladrillos para construir un cimiento sobre el que crecer como una gran familia. Casi por primera vez desde que me mudé a Boston, he conocido gente que no es científica ni tiene nada que ver con la ciencia. Gente con la que además comparto cultura en español, y risas, y confidencias, y que me han traído a la memoria a mis chicas de siempre, tan distintas y tan iguales. Al fin he encontrado ese ancla que va más allá del trabajo, una afición, una ilusión... un refugio para esos días en que la añoranza de España me resulta insoportable. Una razón más para creer que aún me queda mucho por conocer de mí misma, y para comprender que uno sólo llega a conocerse bien cuando se marcha y empieza de cero en otro lugar.