De la ilusión y las ganas de cambiar el mundo de los Españoles Científicos en USA, nace ECUSA, una asociación que se erige sobre las experiencias acumuladas de los que llegamos a esta tierra con un sueño por cumplir y que, cual cimiento, ha ido solidificando y expandiéndose hasta crear una base firme sobre la que construir los sueños de las generaciones venideras.
Con la primera sede establecida en Washington hace tan sólo un año, esta idea ya campaba tímidamente por los estates, y si embargo, siendo Boston uno de los focos más importantes de científicos españoles en USA, no ha sido hasta ahora que la gente se ha animado a aportar esa gran caja de herramientas que supone el tanto vivido.
El primer objetivo fundamental de ECUSA consiste precisamente en facilitar la integración de los que llegan con cara de susto y sacudiéndose España del abrigo. Tenderles la mano para encontrar un lugar en el que sentirse como en casa, y enseñarles a caminar por suelo americano, y compartir todo eso que en una cultura tan distinta a la nuestra es a menudo tan vital. ECUSA es una pista de aterrizaje esponjosa donde uno puede encontrar mucho más que profesionales; puede, de hecho, encontrar personas extraordinarias.
El segundo objetivo radica en la difusión, sobre todo a nivel social y divulgativo, de la investigación y el desarrollo llevado a cabo por científicos españoles. En España hay un desconocimiento generalizado de lo que es la I+D+i (Investigación, Desarrollo e innovación). La gente piensa que invertir en ciencia es un derroche del dinero público, y no señores, lo que pasa es que "sin ciencia no hay futuro". No hay mayor poder que el del conocimiento, y con él en ristre, uno puede enfrentarse a crisis y a pandemias. La ignorancia científica es un defecto muy español, muy inculcado, y que es necesario erradicar. La investigación es tan necesaria que si no fuera por ella aún seguiríamos muriendo de gripe y de apendicitis. Un país que no invierte en investigación es un país abocado al fracaso, a la pobreza, y al subdesarrollo. No hay más que hacer un repaso de las cifras de nuestros vecinos alemanes, o los suizos, o incluso los franceses, porque obviamente, con los americanos, ni si quiera podemos compararnos. La investigación no es sólo el cáncer, y no, no se puede encontrar la cura de un día para otro. Son años y vidas consagradas a estudiar, a aprender, a desafiar, a aceptar los mayores retos, a no conformarse y a levantarse una y otra vez, sabiendo que nunca se tendrán todas las respuestas. Y la pasión que nos mueve a los científicos es el mínimo logro, un avance minúsculo, una pequeña barrera que ayer nos bloqueaba el camino y hoy hemos encontrado el modo de saltarla. La ciencia no es una profesión, es un modo de vida, y por eso emigramos con las manos vacías y sabiendo que nunca vamos a ser ricos, no de bienes materiales, pero sí de la mayor riqueza que puede poseer el hombre, que es el conocimiento. Y con él, cada día, nos enfrentamos a un mundo lleno de dificultades y sin embargo, al final del día, siempre ha merecido la pena. Qué lástima que España no sea capaz de verlo, y que en la televisión nunca se vean los anuncios que se ven aquí, animando a la filantropía. Ay, los filántropos, esos que sólo se dan cuando un famoso cae en la ruleta y le diagnostican una enfermedad incurable. O ni si quiera hace falta irse tan lejos, a ver por qué Mercadona ha sido el primer supermercado en etiquetar alimentos sin gluten mostrando interés por los celíacos, que aunque puedan parecer unos pocos, son muchos y lo han sido siempre. España necesita filántropos, menos fútbol y merchandaising de a cien euros la camiseta y más concienciación de lo que es realmente importante de cara al futuro.
Es triste que los estudiantes de las carreras de ciencias que están llegando ahora a su primera meta, digan convencidos que en España no se puede investigar, y que hay que marcharse, o dedicarse a otra cosa. De ahí nace el tercer objetivo de ECUSA, que aboga por poner en contacto a las instituciones españolas y americanas y crear colaboraciones y caminos que sirvan para que esos estudiantes tengan una luz que les guíe por el largo túnel. Un túnel que une España con USA y que se ha bautizado con el nombre de International Mentor Program (Programa de mentores internacionales o programa internacional de asesoramiento). El IMP no es más que la más brillante de las ideas engendrada en una sola persona que quería cambiar el mundo, Zafira ...
Para más info: http://www.ecusa.es
sábado, 13 de diciembre de 2014
domingo, 7 de diciembre de 2014
Los niños
Diego es Paula, y Paula es Diego, y los dos son María del Mar. Y en esas caritas risueñas apenas hay espacio para los hoyuelos de Juan Carlos, que aún así gobiernan sus sonrisas con esa gracia simétrica y cautivadora. Están lejos, en España, y aun así los veo crecer en esos vídeos donde Paula, a lo chica Almodóvar, me cautiva con su artisteo y su perfecta dicción del castellano. Sonríen con los ojos, inocentes, aún no tienen necesidad de sonreír sólo con los labios.
Paula tiene unos abrazos guardados que son especiales, y que sólo me da cuando voy a marcharme y a las dos nos entra la tristeza. Será porque algunas veces, aunque lo intente, no puedo evitar que note el nudo de pena que se transmite en la fuerza con que la abrazo. Luego pasa la vida y las tallas, las frases se van haciendo cada vez más complejas y el entendimiento aumenta. Se van haciendo mayores. Como Pablo, que nunca ha sido pequeño en realidad, pero que se ha hecho mayor demasiado deprisa, sobre todo para haberme perdido tanto. Ya resulta complicado adivinar su altura, que se alarga por momentos como un día lo hiciera mi hermano, que había que alimentarlo con premura y sin mesura... como ahora también Pablo devora crecimiento. Todo le está pequeño, y si no, mañana le estará. No como Enzo, que es un mico, que es sólo ojos y boca como un día lo fue su madre, reproducida en esa cara chiquita como si la hubieran copiado a propósito. En cambio Enzo es grande por dentro, y apasionado por muchas cosas que ahora también desconozco, la evolución no perdona. Enzo también tenía abrazos XL que pronto le dará vergüenza entregarme, así que mientras tanto haré por robárselos sin contemplaciones.
De todos ellos, sin duda el más pequeño es Lucas, casi desconocido, su vida aún se cuenta en días y su medida en centímetros. Una vida que se acaba de encender, lejos también, éste aún más lejos. Y esa es la vida que más se transforma mientras estamos exiliados. Crecen y moldean sus recuerdos, y olvidan porque es natural olvidar. Y en cambio en mi memoria los recuerdos parecen fosilizarse, y les congelan en esos momentos de la vida en que tenían dos o tres años, cuando las cosas eran tan distintas que ya ni si quiera se acuerdan. Me gusta contemplar en mi memoria esas viejas películas de hace tres años. Como cuando fui a ver a Víctor por primera vez y era tan pequeño que casi cabía en la palma de una mano, y ahora es el hermano mayor de Lidia y ambos han corrido tanto que ya me han dejado atrás. Aunque el más aventajado es David, porque esa una vez al año que nos vemos, este año nos la hemos saltado. Y aunque es fácil predecir sus rasgos porque no es más que un Kike en miniatura, pues al final también se difuminan atrapados en los de otro niño más pequeño.
Pero Boston no sólo quita, también regala... en Liliana trajo a Matilde, en Kinga trae algo grande que va engordando por momentos y en Teresa trae la alegría de un sobrino postizo para ir tirando. El día a día es más intenso porque se reparte entre menos gente, y así, al final es un sentimiento amplificado y extraño que igualmente acelera el paso del tiempo sin piedad por los meses arrebatados. Sigo pensando que aquí el tiempo encoge, igual que la ropa en estas lavadoras de mierda que tienen. No sé si sólo me lo parece a mí, o si son las largas jornadas de trabajo las que disfrazan los meses de semanas; pero desde luego aquí hay algo que hace que los años vuelen, a ver si no cómo es posible que se me hayan pasado estos tres años tan intensamente deprisa.
Paula tiene unos abrazos guardados que son especiales, y que sólo me da cuando voy a marcharme y a las dos nos entra la tristeza. Será porque algunas veces, aunque lo intente, no puedo evitar que note el nudo de pena que se transmite en la fuerza con que la abrazo. Luego pasa la vida y las tallas, las frases se van haciendo cada vez más complejas y el entendimiento aumenta. Se van haciendo mayores. Como Pablo, que nunca ha sido pequeño en realidad, pero que se ha hecho mayor demasiado deprisa, sobre todo para haberme perdido tanto. Ya resulta complicado adivinar su altura, que se alarga por momentos como un día lo hiciera mi hermano, que había que alimentarlo con premura y sin mesura... como ahora también Pablo devora crecimiento. Todo le está pequeño, y si no, mañana le estará. No como Enzo, que es un mico, que es sólo ojos y boca como un día lo fue su madre, reproducida en esa cara chiquita como si la hubieran copiado a propósito. En cambio Enzo es grande por dentro, y apasionado por muchas cosas que ahora también desconozco, la evolución no perdona. Enzo también tenía abrazos XL que pronto le dará vergüenza entregarme, así que mientras tanto haré por robárselos sin contemplaciones.
De todos ellos, sin duda el más pequeño es Lucas, casi desconocido, su vida aún se cuenta en días y su medida en centímetros. Una vida que se acaba de encender, lejos también, éste aún más lejos. Y esa es la vida que más se transforma mientras estamos exiliados. Crecen y moldean sus recuerdos, y olvidan porque es natural olvidar. Y en cambio en mi memoria los recuerdos parecen fosilizarse, y les congelan en esos momentos de la vida en que tenían dos o tres años, cuando las cosas eran tan distintas que ya ni si quiera se acuerdan. Me gusta contemplar en mi memoria esas viejas películas de hace tres años. Como cuando fui a ver a Víctor por primera vez y era tan pequeño que casi cabía en la palma de una mano, y ahora es el hermano mayor de Lidia y ambos han corrido tanto que ya me han dejado atrás. Aunque el más aventajado es David, porque esa una vez al año que nos vemos, este año nos la hemos saltado. Y aunque es fácil predecir sus rasgos porque no es más que un Kike en miniatura, pues al final también se difuminan atrapados en los de otro niño más pequeño.
Pero Boston no sólo quita, también regala... en Liliana trajo a Matilde, en Kinga trae algo grande que va engordando por momentos y en Teresa trae la alegría de un sobrino postizo para ir tirando. El día a día es más intenso porque se reparte entre menos gente, y así, al final es un sentimiento amplificado y extraño que igualmente acelera el paso del tiempo sin piedad por los meses arrebatados. Sigo pensando que aquí el tiempo encoge, igual que la ropa en estas lavadoras de mierda que tienen. No sé si sólo me lo parece a mí, o si son las largas jornadas de trabajo las que disfrazan los meses de semanas; pero desde luego aquí hay algo que hace que los años vuelen, a ver si no cómo es posible que se me hayan pasado estos tres años tan intensamente deprisa.
martes, 28 de octubre de 2014
28 de Octubre de 2014
Amanece mi tercer 28 de octubre en esta ciudad, hace ya algunas horas que es mi cumpleaños, muchas, en realidad, si vives en España. Las primeras felicitaciones colgaban en mi muro de Facebook hacia las 12 de la noche en este lado del mar. El primer abrazo cumpleañero y calentito lo recibí antes de irme a dormir, afortunadamente no todo es distancia. También las rosas, mis primeras rosas en plural, siempre estás en todo, llenando esos huecos... desde hace unos años vas cambiando mis nuncas por primeras veces, mis anhelos por cotidianidad, mis vacíos por plenitud infinita, y por eso me has ganado en todo y no me importa. Por la mañana me tocan el alma los ojos de chocolate, esos que me esperaban agazapados en el descansillo al abrir la puerta para ir a trabajar, y un cupcake con velita (que acabo de soplar con su respectivo deseo) ¡y un globo! y hasta una biblia envuelta en papel de colores que probablemente nunca leeré y que sin embargo me ha hecho más ilusión que un Nature. Porque Rosa también sabe a qué saben las tartas tristes, y los días señalados en que uno está lejos de casi todo. El día ha sido agridulce, a pesar de todos vuestros abrazos telemáticos, y cariño enwassapado, y pintadas en el muro de los comienzos felices. Y skype en una botella, y mensajitos enlatados, pero la distancia pesa un poco más en estos días. Será por eso que al volver a casa con la voz ya quebrada y sin ganas, me esperaban los brazos de Amanda en un paquetito tímido que se ha agrandado nada más mirarlo. Y en su interior he encontrado mis lágrimas en el fragor de los recuerdos, y he comprendido cuánto os echo de menos, cuánto cuesta mirar hacia adelante en los días señalados, y no hacia atrás donde correría el riesgo de quedar atrapada en los ratos felices. Y sobre todo he comprendido cuánto se revalorizan los amigos con los años, cuánto más vales ahora y cómo eres capaz de tocarme el corazón a cinco mil kilómetros de distancia con un solo gesto. Esas cosas que sólo consigue el amor, y que a mí me han venido regaladas por correo. Te quiero es poco, porque lo que pasa es que te necesitaba y ahí estuviste.Pero entonces llegaron los que ahora son mi familia, los de aquí, y me acompañaron un martes cualquiera, que hacía frío, que no apetecía la bici ni el metro. Me acompañaron porque es lo que hacen los amigos, y me demostraron lo importante que es sentirse querido, arropado, olvidar que durante un momento me había parecido un día triste, olvidar que los cumpleaños son ahora esos días durillos que uno pasa haciéndose el fuerte. Y son en cambio días felices de compartir risas y unas cervezas, de hacernos más cercanos, más nuestros... más amigos.
Hoy siento que en todos estos años, si de verdad he hecho algo bien, ha sido manteneros a todos a mi lado, haber merecido que hoy os hayáis acordado de mí aunque sea por un segundo. Suerte tener todo eso que sabe tan bien, tan a lo de siempre, tan necesario, con la capacidad de crecer en mi interior y agrandarse a medida que van pasando los años, y que va incluyendo también esas caras nuevas que también cuelgan sonrisas, y que son tan necesarias para que cada día sea el primer día del resto de mi vida.
domingo, 19 de octubre de 2014
Que viene el virus
Un virus nos acecha, un virus mortal para el que no tenemos anticuerpos, ni experiencia, ni preparación, ni protocolo, ni medidas profilácticas, ni si quiera trajes semipermeables con los que enfrentarnos a él mientras entramos en contacto con las miles de personas que se encuentran ya infectadas. No es el Ébola, no vayan a creerse, el Ébola es un virus mortal que tratamos de mantener recluido lejos de nuestras fronteras, allá en África, donde las vidas valen mucho menos que en Europa o en América. El Ébola nos viene grande, nos aterra, nos pone a expensas de un sistema inmune deficiente y perecedero, pero sin embargo es visible, al menos al microscopio, o con una PCR. Podemos demostrar que existe y aun con gran esfuerzo, combatirlo. Sin embargo el otro virus, ese cuyos síntomas son la desvergüenza generalizada, la desfachatez sin límites, el egoísmo infinito y la falta de moral, ése no somos capaces de reconocerlo ni aunque se ponga un traje de flamenca o nos pase por encima con un Jaguar. Ese que, fíjense bien, es el virus que acabará asolando la humanidad, que terminará con todas nuestras esperanzas, con nuestros principios, con la educación que a base de mucho esfuerzo recibimos a lo largo de los años, ese virus que viste de Armani y lleva un taco de tarjetas negras en la cartera, que desconoce el significado de la palabra sacrificio, que no entiende de intereses tanto como de interesados, cuya carga no disminuye con el tiempo sino que incrementa, y se reproduce, y se contagia, y nos rodea, y nos vapulea, y nos mea y nos caga porque al fin y al cabo, no somos capaces de reconocerlo; se encuentra en todos aquellos políticos que obvian que la corrupción es un delito, en todos aquellos hijos de papá que no han tenido nunca que enfrentarse a una entrevista de trabajo, ni a un examen, ni a una factura a la que no pueden hacer frente. Se encuentra en todos esos jueces que se venden en mercadillos, que están de oferta para los que llevan el traje de Armani comprado con las preferentes que otros ahorraron durante años. Y bien mirado, este virus se alimenta de la mediocridad de los humanos, de la ignorancia de los analfabetos, del cinismo de los banqueros, del descaro de los ricos, de la salud de los pobres, de la inteligencia de los exiliados. Se replica a tal velocidad que cada día salen nuevos infectados de debajo de las piedras, contaminan ayuntamientos, asambleas, concejalías, pequeñas y medianas empresas... y aun así, siguen paseándose de lado a lado del mundo sin necesidad de mutaciones, porque a diferencia de nuestro sistema inmune, nuestro sistema judicial no sabe reconocerlo, ni defenderse, ni defendernos, sino que más bien tiene un extraño efecto sinérgico mediante el cual, cuanto más infectado se está, más posibilidades tiene uno de salir adelante.
Pobres de aquellos que temen lo que no es, pobres de aquellos que repudian a los vecinos de Teresa Romero porque les creen portadores de un virus que no puede contagiarse a través de las paredes. Pobres de aquellos que ponen el grito en el cielo ante de la llegada de un virus que lleva años acechando a la humanidad en otras regiones, pero que no son capaces de huir de la epidemia que nos acecha desde hace tanto o más tiempo en nuestro país. Pobres de los que se lavan las manos después de tocar a un perro y no después de tocar el dinero con el que otros se limpian el culo.
Pobres de aquellos que temen lo que no es, pobres de aquellos que repudian a los vecinos de Teresa Romero porque les creen portadores de un virus que no puede contagiarse a través de las paredes. Pobres de aquellos que ponen el grito en el cielo ante de la llegada de un virus que lleva años acechando a la humanidad en otras regiones, pero que no son capaces de huir de la epidemia que nos acecha desde hace tanto o más tiempo en nuestro país. Pobres de los que se lavan las manos después de tocar a un perro y no después de tocar el dinero con el que otros se limpian el culo.
martes, 30 de septiembre de 2014
Septiembre
Crecer por dentro, hacerse grande, como cantaban Alejandro Sanz y Paolo Vallesi, lo quieras o no, imponer la voluntad de poco vale. Los días y las noches se persiguen, Lorenzo y Catalina y su trajín por no quedars; las plantas se marchitan, las células envejecen, lo que es polvo vuelve al polvo y el agua sube a las nubes. Y así un ciclo infinito de vida que nunca se para, ni ralentiza, que sólo conoce un camino y nunca lo recorre dos veces. Aunque yo imagino el año como un calendario circular que vuelve a empezar en septiembre, que no en enero, no me importa lo que digan los astrónomos. En septiembre vuelve el cole, se acaba el verano, llega la depre post vacacional, empiezan las colecciones, y las nuevas temporadas de las series... en septiembre vuelven a subir los precios de la moda, y de los libros, y del abono transporte (bueno, éste a veces también en enero). En septiembre se conocen nuevos amigos, se firman nuevos contratos de alquiler, te apuntas a nuevas actividades (extraescolares o de nuevos propósitos, según la edad). En septiembre se empiezan las dietas para recuperar la línea de antes del verano que se ha desdibujado un poco por aquello de las cañitas fresquitas con sus tapas veraniegas...
En septiembre se queda vacía la playa (o como diría mi suegro, pasa el caballo blanco que se lleva a los madrileños), cierran las heladerías, se recogen las terrazas, se adopta un perro, y llegan los primeros días de ponerse manga larga. En septiembre buscas un nuevo trabajo, empiezas una carrera, te apuntas a un curso para emprendedores, o emprendes a tu manera, por internet, aunque sea menos serio.
Septiembre es prometedor, porque en septiembre todo está por llegar, hasta el frío. Incluso en Boston, donde aunque pueda parecer extraño, el domingo hicieron 32 grados como 32 soles que sacaron a la calle todos esos pies rositas subidos en sus chancletas, directos a las terrazas, a los parques... ¡a la playa!
Y ahora septiembre se marcha una vez más, verano muerto, y lo echaré de menos, sobre todo porque nos dirigimos sin tregua hacia esa zona del círculo que se representa pintada de azul con un copito de nieve a modo de advertencia. Pero ¡eh! que aún nos queda el otoño con sus hojas anaranjadas y sus calabazas.
Adiós septiembre, no podemos quedarnos en ti, los días se han ido acortando y ya casi es de noche cuando salimos del trabajo. No obstante, quédate aquí, volveremos en un año, queramos o no, volveremos a pasar por aquí de camino al nuevo ciclo que nos toque.
En septiembre se queda vacía la playa (o como diría mi suegro, pasa el caballo blanco que se lleva a los madrileños), cierran las heladerías, se recogen las terrazas, se adopta un perro, y llegan los primeros días de ponerse manga larga. En septiembre buscas un nuevo trabajo, empiezas una carrera, te apuntas a un curso para emprendedores, o emprendes a tu manera, por internet, aunque sea menos serio.
Septiembre es prometedor, porque en septiembre todo está por llegar, hasta el frío. Incluso en Boston, donde aunque pueda parecer extraño, el domingo hicieron 32 grados como 32 soles que sacaron a la calle todos esos pies rositas subidos en sus chancletas, directos a las terrazas, a los parques... ¡a la playa!
Y ahora septiembre se marcha una vez más, verano muerto, y lo echaré de menos, sobre todo porque nos dirigimos sin tregua hacia esa zona del círculo que se representa pintada de azul con un copito de nieve a modo de advertencia. Pero ¡eh! que aún nos queda el otoño con sus hojas anaranjadas y sus calabazas.
Adiós septiembre, no podemos quedarnos en ti, los días se han ido acortando y ya casi es de noche cuando salimos del trabajo. No obstante, quédate aquí, volveremos en un año, queramos o no, volveremos a pasar por aquí de camino al nuevo ciclo que nos toque.
viernes, 19 de septiembre de 2014
Adiós papás
Se fueron, al minuto de llegar, o eso me pareció este lapso de tiempo tan egoísta. Apenas habían superado el jet lag... si es que no me da tiempo a más. Casi no he tenido tiempo de mostrarles la ciudad, sólo unos pocos rincones de los más especiales. De puntillas por Harvard square al fin conocieron a Rosa, algo es algo, menos es nada, ahora mayor tranquilidad. Los días han menguado sin duda, han tenido menos horas y las noches se han encogido descaradamente. Si no, ¿cómo es posible que me levante con tanto sueño?
En esta segunda visita, sólo ellos, el tiempo se ha concentrado de otra manera, y donde antes se amontonaban mantas y colchones y anidaban los zapatos, ahora sólo amanecían cuatro pares de zapatillas bien colocados, listos para un paseo no agotador, para hacer la compra, días de siempre, tardes de trufa, un par de pases aquí y allá. Fuimos a ver el Rey León, hablaban y cantaban en inglés, pero ¡ay! como los ángeles, así que en el fondo es como si hubiera sido Esperanto. Mi madre toma su decisión de aprender inglés como sea, para que la próxima vez mi jefa y ella puedan comentar a gusto quién me quiere cómo y cuánto, sin tener que perder intensidad en medio de modestas traducciones. Nos tomamos unos mojitos en el cielo de Boston, en el Top of the hub, donde se concentra la magia de las luces. Y luego, alitas de búfalo, que mi padre tenía antojo, a saber, que estaba harto de comer jamón ibérico. Sorprendentemente deliciosas, qué tontería, que se equivocan los que dicen que en América se come mal, esos no han venido a Boston. ¡Se comen todo las ardillas!
Ha salido el sol, ha venido el veranillo de San Miguel, bueno, aquí será de Saint Mike, pero el calorcito mola igual. Pero ni con esas, igualmente se fueron, al minuto de llegar, si es que están mal puestas las fechas. Voy a ver si rebobino, a ver si puede ser que este jueves sea el otro, y así en vez de aparcar en salidas hubiera aparcado en llegadas, y en lugar de sentir el vacío estaría sintiendo regocijo. Aunque me quedan resquicios, y fotos, y croquetas, y cansancio... que me administraré en todos estos meses que se empeñan en ponerse por delante. Maldito espacio, maldito tiempo, ¿cuándo inventarán el teletransporte? Voy a hablar con los del MIT que lo inventan todo, a ver si puede ser que se den prisa y me traigan abril, o mayo, y ya veré yo si puedo aguantarme hasta el verano, y si no, pues que vengan otra vez, que se jubilen, ¡que se queden!, que se dejen de maletas y de rollos y que vengan a sentarse en el sofá, que se enfría la cena y además, tenemos una peli a medias.
En esta segunda visita, sólo ellos, el tiempo se ha concentrado de otra manera, y donde antes se amontonaban mantas y colchones y anidaban los zapatos, ahora sólo amanecían cuatro pares de zapatillas bien colocados, listos para un paseo no agotador, para hacer la compra, días de siempre, tardes de trufa, un par de pases aquí y allá. Fuimos a ver el Rey León, hablaban y cantaban en inglés, pero ¡ay! como los ángeles, así que en el fondo es como si hubiera sido Esperanto. Mi madre toma su decisión de aprender inglés como sea, para que la próxima vez mi jefa y ella puedan comentar a gusto quién me quiere cómo y cuánto, sin tener que perder intensidad en medio de modestas traducciones. Nos tomamos unos mojitos en el cielo de Boston, en el Top of the hub, donde se concentra la magia de las luces. Y luego, alitas de búfalo, que mi padre tenía antojo, a saber, que estaba harto de comer jamón ibérico. Sorprendentemente deliciosas, qué tontería, que se equivocan los que dicen que en América se come mal, esos no han venido a Boston. ¡Se comen todo las ardillas!
Ha salido el sol, ha venido el veranillo de San Miguel, bueno, aquí será de Saint Mike, pero el calorcito mola igual. Pero ni con esas, igualmente se fueron, al minuto de llegar, si es que están mal puestas las fechas. Voy a ver si rebobino, a ver si puede ser que este jueves sea el otro, y así en vez de aparcar en salidas hubiera aparcado en llegadas, y en lugar de sentir el vacío estaría sintiendo regocijo. Aunque me quedan resquicios, y fotos, y croquetas, y cansancio... que me administraré en todos estos meses que se empeñan en ponerse por delante. Maldito espacio, maldito tiempo, ¿cuándo inventarán el teletransporte? Voy a hablar con los del MIT que lo inventan todo, a ver si puede ser que se den prisa y me traigan abril, o mayo, y ya veré yo si puedo aguantarme hasta el verano, y si no, pues que vengan otra vez, que se jubilen, ¡que se queden!, que se dejen de maletas y de rollos y que vengan a sentarse en el sofá, que se enfría la cena y además, tenemos una peli a medias.
jueves, 18 de septiembre de 2014
La Cataratas del Niágara, ahora en Canadá.
Llegaron con el final del verano, aún con los pantalones cortos y las chancletas, procedentes de una España que sigue asándose a la hora de la siesta. Aquí se nublaba el cielo, sin muchas nueces, sólo amedrentando al pensamiento de las tardes de paseos por la playa. La playa que en mi recuerdo se sitúa tan lejana allá hace un mes y que en el suyo, en cambio, aún se adivina en esos tonos canela de la piel curtida. Por primera vez iban a pasar el control de aduanas ellos solos, sin mis hermanos los chapurreadores de inglés, eso me preocupaba un poco, pero poco, porque ya sé yo que a mi madre no le hacen falta las lenguas para hacerse entender cuando quiere. Así que tras una hora de larga espera ante ese ya familiar batir de puertas de la Terminal E, al fin aparecen con la risa pintada, tan frescos como si acaso se acabaran de bajar del AVE. Y empieza nuestra aventura de otros mundos, donde los márgenes son siempre elásticos y cundideros, donde a la mañana siguiente nos esperaban 750km hacia las cataratas del Niágara en Canadá. En principio eran 750... pero acabaron siendo casi mil. Es que se me olvidó un papel, uno que es imprescindible para poder entrar otra vez en USA, así que a la hora y media de camino, vueeelta para atrás. En fin, que prisa tampoco había, así que por si no era suficiente la paliza de avión, otra por carretera... ¡Mereció la pena! por algo se consideran una de las 7 maravillas naturales del mundo.

Y en ese barquito nos dimos un baño de gloria debajo de la herradura, y contemplamos el Olimpo desde abajo, donde la magnitud de las cataratas se hace inmensa. Una experiencia más, eso sí, única. Me quedo con la frase estelar de mi madre: "Las cataratas son como cuando se te sale el agua de lavadora"... eso sí, esta debe de ser la de lavar la capa de ozono. Me quedo también con el rumor del agua cayendo, y la falta de silencio, con el sonido de las gotas infinitas en movimiento, siempre cayendo, siempre arrastradas, incapaces de quedarse un segundo en el mismo lugar. Y como el agua hacia el lago Erie, nosotros también regresamos a USA, con la mente limpia, los recuerdos nuevos, y un montón de risas que nos guardamos para luego, para todas esas veces en que recordaremos lo maravilloso que es estar juntos, donde sea, pero juntos.

Llegamos de noche, chispeaba, hacía bastante fresco y estábamos cansados, pero desde la ventana del hotel teníamos una panorámica de lujo, ¡¡las cataratas iluminadas!! De frente la herradura, nada menos, con toda esa agua que nunca se extingue, hora tras hora, día tras día, año tras año, llenando un millón de bañeras por minuto. Eso sí, disminuyendo por la erosión a una velocidad de unos 30cm por década... así que quién sabe, igual un día nos encontramos con un paisaje diferente. Amanecimos en ese paraíso terrenal apenas descriptible, que si es precioso con sol es aún más alucinante con nubes. Es entonces cuando las aguas son de color turquesa y si no fuera porque mojan, parecerían irreales. Como dirían los galos, esto es cosa de dioses. Y como dioses pasamos un fin de semana inolvidable, pintando nuevos lienzos en esas retinas gastadas por los años, pero que aún no han visto todo, ni mucho menos.
Y en ese barquito nos dimos un baño de gloria debajo de la herradura, y contemplamos el Olimpo desde abajo, donde la magnitud de las cataratas se hace inmensa. Una experiencia más, eso sí, única. Me quedo con la frase estelar de mi madre: "Las cataratas son como cuando se te sale el agua de lavadora"... eso sí, esta debe de ser la de lavar la capa de ozono. Me quedo también con el rumor del agua cayendo, y la falta de silencio, con el sonido de las gotas infinitas en movimiento, siempre cayendo, siempre arrastradas, incapaces de quedarse un segundo en el mismo lugar. Y como el agua hacia el lago Erie, nosotros también regresamos a USA, con la mente limpia, los recuerdos nuevos, y un montón de risas que nos guardamos para luego, para todas esas veces en que recordaremos lo maravilloso que es estar juntos, donde sea, pero juntos.
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