Nos llenamos los bolsillos de esperanza, de ganas de construir, de sueños por cumplir, de todo por hacer. . . Pesaban tanto que pagamos el extra por exceso de equipaje, sobrepeso desmesurado para lo austero del viaje que emprendíamos. El frío congeló el recuerdo desde el principio, dejando unas gafas amables que sólo nos permitían mirar hacia adelante. Seguían pesando los sueños, pero ya menos, achicados por el conocimiento de lo cierto y lo engañoso, lo que desde lejos brilla y de cerca es sólo cuarzo tallado por la erosión. Es más pequeño el infinito de lo que pensamos, es más ligero el olvido que la esperanza, aunque no lo parezca. Y sin embargo, cuando menos te lo esperas, descubres un pequeño agujero entre las costuras, esos por donde siempre se te escapan las monedas. Se va el dinero también, porque el dinero tiene esa facilidad para marcharse. Coso mis bolsillos rotos con unos hilos que me ha prestado la dicha, los dichosos hilos contentos de color verde, el de la esperanza, que sigue presa en la entretela y actúa como lastre empeñada en aliarse con las fuerzas gravitatorias. Me paro a veces a coger aliento, sobre todo cuando llueve, porque es entonces cuando más me cuesta recordar cómo era el sol, cómo era eso que brillaba siempre aunque fuera de mentira, hasta la madera brilla allá donde yo nací. Trola, es todo trola, que lo que brilla siempre es cuarzo, a veces alambre, y casi siempre una gota de agua de nada, un troyano, un trocito que se cayó del descosido bolsillo de otro. Me apresuro a recogerlo porque a menudo los céntimos vienen cargados de chispas, sobre todo cuando están de cara y no está Franco, hay otro tío, o no hay nadie, hay construcciones de esas que otros trajeron plegadas en un papel finito en el bolsillo de otro tiempo, del tiempo donde la queja tenía fundamento y sin embargo se ausentaba casi siempre. Miro en un libro gordo cómo era ese tiempo, cómo es que si está todo ahí escrito volvemos a caer una y otra vez en las mismas vicisitudes. Será la condición humana que también trajimos haciendo bulto, más que las otras cosas y siendo ésta una puñetera cualidad defectuosa que nos lleva a escoger mal a la hora de hacer el equipaje. Escoge tu tiempo, las vivencias y todo eso, lo otro, lo que cabe en los bolsillos y que se va cayendo por el camino, eso ya viene solo, y al igual que viene, también se va, y se olvida, y vuelves a coserte el roto para poder empezar de nuevo la historia de la humanidad.
domingo, 6 de abril de 2014
martes, 11 de marzo de 2014
11-M
Me amarro la capa por las costuras desgastadas, evoco el recuerdo de los últimos años que han ido pasando haciendo bulto en el álbum de recortes. Me da frío el recuerdo del miedo y de los trozos, de las vías abarrotadas de objetos distribuidos aleatoriamente por la duda, por el viento, por la onda, escapándose con el último aliento de sus dueños que, confundidos, se miraban diferentes desde fuera de sus cuerpos. La memoria trae sentimientos de nuevo a latir, como esas viejas amistades que se frecuentaron en otro tiempo, me transporto a aquella mañana de un 11 de marzo, donde sólo la llamada de mi hermano me retuvo prisionera en esta realidad paralela. Congelada frente al televisor viendo la vida marcharse, escapándose las lágrimas de la impotencia de la incomprensión. Diez marzos han florecido y aún tengo ese sabor metálico en la boca, el sabor amargo de la aceptación de los débiles. Apuntan los índices acusadores hacia todos los flancos, hacia afuera, hacia el norte, despistando a propósito la voz de las conciencias. Madrid herida de muerte, acongojada, Madrid llorando en silencio por sus almas mutiladas, España entera se encoge para caber en Madrid. 192, hay números que no se olvidan, se empeñan en quedarse ahí rememorando lo que fueren, lo que son, lo que siempre significan.
Me amarro a la vida porque a veces, sin más, uno no vuelve a ver el sol.
Me amarro a la vida porque a veces, sin más, uno no vuelve a ver el sol.
domingo, 23 de febrero de 2014
Aún es invierno
El conocimiento lo tenía, la valentía no.
Amanecía entre la bruma y en la niebla, agazapada, esperaba la llegada de la
primavera. Vislumbraba entre sueños el despertar de los almendros, los valles y
las cabañas. El invierno lo tapa todo con su manto despiadado. Se esconde en
las sombras de los días efímeros robados al sol, en la noche que desprende los
ecos desgarradores del clamor de las tinieblas. Y sin embargo, cuando amanece,
sigue gélido al contacto, emponzoñado bajo el hielo; no se rinde ante la aurora
porque no ha conocido el sueño todavía. Se desplaza con el viento que se ha
llevado el rocío, dejando carámbanos mágicos que no entienden el deshielo. Se
alarga la sombra errante del invierno, alcanzando aquellas cotas que en otras
tierras ya han florecido. Miro desde la ventana el haz de colores que persigue
a la umbría, aún no escucho su latido pero sé que se acerca. Los estertores del
invierno se acurrucan en febrero, pierden fuelle algunas veces y se olvidan de las
nieves. La estela glacial se atusa el
frío, se le escapan unos copos despistados que se quedan hasta marzo. Despídete de ellos vieja escarcha, ya casi no
te tengo miedo.
miércoles, 12 de febrero de 2014
En la playa también nieva
Querido diario:
Hoy es el sexagésimo día en que el mercurio se sitúa muy por debajo del menos diez, ya no del cero, que eso puede resultar hasta cálido en comparación, sino que siempre se presenta como un número negativo de dos cifras que me da los buenos días desde la pantalla de mi teléfono móvil cada mañana al despertar. Van ya dos meses de glaciación. Los carámbanos de los tejados ya casi tocan el suelo, formando columnas de hielo imposibles en otros lugares. La nieve se amontona en las aceras, cubriendo papeleras y aparcamientos para bicicletas, arropando a las susodichas con un manto escarchado que sólo deja a la vista el sillín en el mejor de los casos. Y aun así, sigo viendo algunos tronados pedaleando cada día sobre el pavimento helado, como si nada, como si no fuera cierto que se congelan las lágrimas y que duelen los globos oculares, con un dolor sordo como el de los pómulos cuando se quedan al descubierto y empiezan a resquebrajarse. . . no exagero, la piel se agrieta abriéndose en laceraciones casi sangrantes, sólo casi porque la sangre ya no es líquida y por tanto, permanece coagulada en un estado de latencia infinita en plan "si no hay sangre, no hay dolor". Eso la sangre que circula, porque la de las piernas, por ejemplo, desaparece, dejando una especie de roncha rosácea que siempre está ahí cuando te quitas los dos pares de pantalones y los leotardos que van debajo. Por no hablar de manos y pies, ésos ya sólo puedes salvarlos poniéndote una oveja o aliento de dragón de frasco. Pero siempre nos quedará la "tela de muerto", esa especie de papel albal en ocasiones dorado con el que cubren a las víctimas de accidentes en carretera. Ese material que es capaz de mantener el calor del cuerpo y que, adosado al interior de un abrigo, es lo que te permite ir al trabajo en esta nuestra Narnia. No obstante, y por eso de que a todo se acostumbra uno, cada mañana disfruto del crujir de esa alfombra de copo-crispi inmaculada que recubre las aceras, menos cuando resbalo y se me acelera el corazón porque pienso que voy a romperme la crisma... entonces sólo doy gracias por llevar una oveja con neumáticos en cada pie.


Es una postal espectacular que se dibuja casi a solas, vuelta hacia el público que componemos unos pocos privilegiados, los que pasean a sus perros y los que amamos la fotografía rocambolesca. Esperaba encontrar una estampa curiosa, pero no doy crédito a lo que contemplo.
Es un tipo de paraíso en cierto modo inverosímil; las piedras se achuchan elegantonas con sus sombreros y tocados de hielo, la arena sólo descubierta a medias por la baja marea, la playa completamente nevada imprimiéndose para siempre en mi retina, porque hasta ahora nunca me había parado a pensar que en la playa también nieva.
Llevaba días pensando en lo curioso que debe de ser ver la playa nevada, porque ese es uno de los muchos tesoros que esconde Boston y que en España es imposible de encontrar; así que abrigados cual cebolla de lana y albal, nos dirigimos a la bahía sur de Boston, una playa que hasta ahora sólo habíamos visitado en verano, cuando hace tiempo para recorrerla patinando. La sorpresa fue bastante grande cuando descubrimos que habíamos llegado a un lugar irreconocible, porque eso es lo que pasa con la nieve, que la ciudad se convierte en otra diferente, las aceras se estrechan, no recuerdas muy bien por dónde discurren los caminos, y todo parece distinto. Desde luego resulta imposible reconocer el parque en cuyos bancos nos sentamos a comer helado en otra era, a la sombra de unos árboles que ahora se encuentran desnudos y adormecidos esperando la primavera. El paseo marítimo no asoma por ninguna parte, entramos en la "playa", hundiéndonos hasta las rodillas en una nieve virgen que nadie hasta ahora ha considerado oportuno pisar. Una hilera de icebergs desordenados acampan en la arena con actitud intimidante. Sólo las gaviotas son lo suficientemente valientes como para poner sus patitas en unas aguas que no responden al nombre de hielo por la sal que las habita, porque de otro modo caminaríamos sobre ellas en plan mesías como si tal cosa.
sábado, 1 de febrero de 2014
Raíces
¿Dónde se anclan nuestras raíces? Es difícil cuestionar que
hayan de empezar o terminar en un sitio que no sea España, que no sea el país
en el que nacimos, en el que nos criamos con la certidumbre de que viviríamos en él para siempre. Es complicado que otros entiendan por qué lo cuestionamos... Dominique me ha enseñado algo importante, y es que las raíces no se limitan
a aquel país en el que nacimos, sino a todos esos lugares en los que vivimos alguna parte de nuestras vidas. Para él, un inglés de padre alemán y madre francesa, resulta que sus raíces se reparten por debajo de la tierra
abarcando todos esos lugares, y ahora también Nueva York, Boston y cada uno de esos sitios en
los que ha vivido en algún momento entremedias. Liliana, sin embargo, aboga por volver a Oporto. Después de cinco años en Boston la distancia adquiere cierta pendiente hacia arriba; volver a casa vuelve a ser eso, volver a casa, a pesar de que durante años el vuelo a casa era en el otro sentido. Pero ser madre ha cambiado esa ruta sin contemplaciones, y la soledad se ha hecho mucho más presente a este lado del mar. Y aun así, reconoce que una parte de su corazón pertenece a estas tierras, el tanto vivido se intensifica en el recuerdo hasta hacerse con un hueco considerable... al fin y al cabo ha traído al mundo a una pequeña americana.
Para mí, que tardé casi 30 años en salir de Madrid, o mejor, de Humanes, es todavía más intensa la sensación de enajenamiento. Ese interior que se agranda y que engloba otras cosas, nuevas siempre, distintas siempre, y que hace que tu visión del mundo se extienda y se estire, y nunca se vea limitada. Resulta muy difícil de explicar para quien no ha tenido nunca esta sensación, resulta que hoy he empezado a entender por qué Boston ya forma parte de mis raíces, al igual que Sevilla, y aunque no con tanta intensidad como mi ciudad natal, estas dos ciudades han aportado mucho a la persona que soy ahora. Y otras veces, cuando pienso no es el lugar sino el cómo, las personas con las que compartes experiencias, mis padres, mis hermanos, mis amigos de aquí y de allí, mi pareja, todos ellos han ido haciendo pedacitos de una historia que ha ido cambiando con las circunstancias. En los últimos tiempos he tenido que aprender algunas cosas casi a marchas forzadas, pero ese conocimiento me ha dado ahora esta paz, y he aprendido que es mejor equivocarse que nunca actuar. He recorrido caminos que muchos pudieron juzgar de equivocados, y hoy, desde el otro lado de las consecuencias, comprendo que si no los hubiera tomado, me habría perdido mi vida, me habría perdido quién soy en realidad, me habría quedado viviendo en una piel que sólo habitaba por costumbre. Pero lo peor es que me habría quedado sin saber lo que puedo dar de mí misma, incluso a pesar de mí. Habría sido feliz, sin duda, porque el que no conoce algo tampoco puede añorar su falta, y apenas puede comprender que otros lo busquen. Por otro lado, tampoco tengo intención de volver a ser una persona diferente, me costó mucho hacerme a puntadas cortas y apretadas, superar los miedos y la barrera de la costumbre, analizarme el alma y ver que no era como otros la veían, y sobre todo me costó aceptarlo. Luché contra sueños rotos cuyos pedazos me desgarraban desde adentro, y contra la ira de aquellos jueces que se atrincheraban en la rabia con los ojos cerrados y las manos en los oídos. Afortunadamente, he aprendido y ahora sé que no es malo el cambio, que no es malo ser diferente, que lo malo, en realidad, es ser lo que no deseas, aunque no lo sepas, lo malo es no querer averiguarlo siquiera. Por eso ya no tengo miedo, he superado la pena y la decepción, he aprendido a valorar los regalos de esta tierra a veces demasiado gélida, y a no dejar de sorprenderme a pesar de todo. He aprendido que de todo se aprende y que no es necesario que otros lo entiendan, pero sobre todo, he aprendido a aceptar lo que venga, incluso cuando viene desde adentro. ¿Dónde se anclan mis raíces? En lo más profundo de mí, donde nacen las decisiones y la pasión, la duda y las risas, donde residen los sentimientos y cada pensamiento que genero. Mis raíces se anclan en lugares inamovibles, pero ilimitados, donde siempre hay sitio para evolucionar hacia una nueva persona, la misma, pero más completa.
PD. Para mi Rosi, ella ya sabe por qué.
Para mí, que tardé casi 30 años en salir de Madrid, o mejor, de Humanes, es todavía más intensa la sensación de enajenamiento. Ese interior que se agranda y que engloba otras cosas, nuevas siempre, distintas siempre, y que hace que tu visión del mundo se extienda y se estire, y nunca se vea limitada. Resulta muy difícil de explicar para quien no ha tenido nunca esta sensación, resulta que hoy he empezado a entender por qué Boston ya forma parte de mis raíces, al igual que Sevilla, y aunque no con tanta intensidad como mi ciudad natal, estas dos ciudades han aportado mucho a la persona que soy ahora. Y otras veces, cuando pienso no es el lugar sino el cómo, las personas con las que compartes experiencias, mis padres, mis hermanos, mis amigos de aquí y de allí, mi pareja, todos ellos han ido haciendo pedacitos de una historia que ha ido cambiando con las circunstancias. En los últimos tiempos he tenido que aprender algunas cosas casi a marchas forzadas, pero ese conocimiento me ha dado ahora esta paz, y he aprendido que es mejor equivocarse que nunca actuar. He recorrido caminos que muchos pudieron juzgar de equivocados, y hoy, desde el otro lado de las consecuencias, comprendo que si no los hubiera tomado, me habría perdido mi vida, me habría perdido quién soy en realidad, me habría quedado viviendo en una piel que sólo habitaba por costumbre. Pero lo peor es que me habría quedado sin saber lo que puedo dar de mí misma, incluso a pesar de mí. Habría sido feliz, sin duda, porque el que no conoce algo tampoco puede añorar su falta, y apenas puede comprender que otros lo busquen. Por otro lado, tampoco tengo intención de volver a ser una persona diferente, me costó mucho hacerme a puntadas cortas y apretadas, superar los miedos y la barrera de la costumbre, analizarme el alma y ver que no era como otros la veían, y sobre todo me costó aceptarlo. Luché contra sueños rotos cuyos pedazos me desgarraban desde adentro, y contra la ira de aquellos jueces que se atrincheraban en la rabia con los ojos cerrados y las manos en los oídos. Afortunadamente, he aprendido y ahora sé que no es malo el cambio, que no es malo ser diferente, que lo malo, en realidad, es ser lo que no deseas, aunque no lo sepas, lo malo es no querer averiguarlo siquiera. Por eso ya no tengo miedo, he superado la pena y la decepción, he aprendido a valorar los regalos de esta tierra a veces demasiado gélida, y a no dejar de sorprenderme a pesar de todo. He aprendido que de todo se aprende y que no es necesario que otros lo entiendan, pero sobre todo, he aprendido a aceptar lo que venga, incluso cuando viene desde adentro. ¿Dónde se anclan mis raíces? En lo más profundo de mí, donde nacen las decisiones y la pasión, la duda y las risas, donde residen los sentimientos y cada pensamiento que genero. Mis raíces se anclan en lugares inamovibles, pero ilimitados, donde siempre hay sitio para evolucionar hacia una nueva persona, la misma, pero más completa.
PD. Para mi Rosi, ella ya sabe por qué.
martes, 7 de enero de 2014
Emigrantes del Insalud
Otro año que se marcha dejando balance... ¿positivo?. Boston nos escupió hacia España con las primeras nieves del invierno y el río ya congelado, pasados por gripe forzosa y muchas horas de trabajo para poder disfrutar de unas merecidas vacaciones en tierras más cálidas... O eso creía yo, hasta que Madrid me recordó con sorna que durante todos los inviernos de mi infancia mi madre me forraba de cuello de cisne y leotardos sobaqueros rematando con pasamontañas y bufanda indesatable por encima de la capucha del abrigo... y claro, por algo sería.
Lo malo es que ahora enfermar es un lujo que no puedo permitirme. En USA, obviamente, porque es caro hasta pisar la puerta del hospital, y en España, a partir de ahora, porque se me considera indigna de la Seguridad Social que he venido pagando religiosamente durante años y de la que he hecho un uso más bien justo y a menudo escaso. Determinan los dones y doñas sentados en sus tronos de nogal, que a los hijos del proletariado, aventureros todos ellos, que hemos decidido largarnos del país que nos vio luchar por tener un título, se nos ha de aplicar un castigo directamente proporcional a la patada en el culo que ya nos dieron para largarnos, y excluirnos también así del derecho de la Sanidad Pública. Y aunque últimamente la pobre Sanidad Pública española es una especie de fulana que ha visto crecer y crecer su clientela pero nunca sus recursos, sigue siendo uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo.
Y qué pena, oigan, que esos señoritos afiliados a las aseguradoras de sus primos, esos que construyen los hospitales con dinero público para luego cederlos a la gestión privada, esos que intentan convencer al mundo de que abortar un embrión genéticamente defectuoso es un asesinato, esos que aceptan dinero en sobres de papel manchado de babas y que salen al mundo montados en un corcel ganador cuando apenas han aprendido a andar, qué pena que no sufran nunca un revés de la vida, de esos que sufren los cincuentones que se van al paro y ya nadie quiere contratarlos, o los jóvenes que terminan sus estudios después de toda una vida estudiando y no saben hacer otra cosa y mucho menos enfrentarse a una sociedad desempleada y en crisis. Y qué pena que esas niñas ricas que abortan en secreto en las clínicas más selectas no se vean obligadas a cargar con la vergüenza de la deshonra para sus familias artificiales. Qué pena que los que toman estas decisiones tan desacertadas nunca tengan que decidir entre cenar marisco en Nochebuena o comprar los Reyes para sus hijos. Qué pena que vivamos en una sociedad tan necia que muchos piensan que la sanidad privada es mejor que la pública simplemente porque no tiene listas de espera. Pero vamos a ver insensatos, que una clínica privada la pone quien tiene dinero, no necesariamente quien tiene conocimientos, y en muchas de ellas trabajan los hijos de los que tienen dinero, no los que se han chupado cinco años de residencia más una especialidad para luchar por una plaza que han de ganarse a base de esfuerzo. A excepción de los médicos de la Seguridad Social que complementan su salario con horas extras privadas y que son, por tanto, exactamente lo mismo pero más caro. La mayoría, además, carecen de medios para operaciones complicadas, sobre todo en niños pequeños. Y en algunos de esos otros "hospitales" se ocultan cosas, y se miente, y os sorprendería descubrir cuánta ineptitud se tapa a golpe de talonario. Y encima no somos conscientes de la suerte que tenemos por no tener que pagar los 500 euros que vale hacerse una radiografía o los 300.000 que cuesta una cirugía cardíaca. Somos afortunados porque en España uno se rompe una pierna y no necesita tener 20.000 euros en el banco para poder costearse el arreglo, y encima puedes tener hijos "gratis", sin pagar los más de 60.000 euros que costaría si fuera privado. Eso no lo sabemos, porque creemos que la sanidad es gratis, y ponemos el grito en el cielo porque hemos de esperar en la consulta de un médico de familia que a menudo tiene cinco veces más pacientes de los que dicta la ley; y encima muchos de ellos van al médico porque les duele el pelo o porque quieren un justificante para faltar al trabajo al día siguiente. Quizás hay otras soluciones, como generar más puestos de trabajo para llenar todos esos edificios nuevos y vacíos con nombres de infantas que tanta prisa se dieron en inaugurar. Esta es la España en la que vivís, la España que exocita a sus hijos cultivados y vapulea a los librepensadores para quedarse con dos clases, ricos y pobres, y pobre de aquellos pobres que se crean ricos.
Lo malo es que ahora enfermar es un lujo que no puedo permitirme. En USA, obviamente, porque es caro hasta pisar la puerta del hospital, y en España, a partir de ahora, porque se me considera indigna de la Seguridad Social que he venido pagando religiosamente durante años y de la que he hecho un uso más bien justo y a menudo escaso. Determinan los dones y doñas sentados en sus tronos de nogal, que a los hijos del proletariado, aventureros todos ellos, que hemos decidido largarnos del país que nos vio luchar por tener un título, se nos ha de aplicar un castigo directamente proporcional a la patada en el culo que ya nos dieron para largarnos, y excluirnos también así del derecho de la Sanidad Pública. Y aunque últimamente la pobre Sanidad Pública española es una especie de fulana que ha visto crecer y crecer su clientela pero nunca sus recursos, sigue siendo uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo.
Y qué pena, oigan, que esos señoritos afiliados a las aseguradoras de sus primos, esos que construyen los hospitales con dinero público para luego cederlos a la gestión privada, esos que intentan convencer al mundo de que abortar un embrión genéticamente defectuoso es un asesinato, esos que aceptan dinero en sobres de papel manchado de babas y que salen al mundo montados en un corcel ganador cuando apenas han aprendido a andar, qué pena que no sufran nunca un revés de la vida, de esos que sufren los cincuentones que se van al paro y ya nadie quiere contratarlos, o los jóvenes que terminan sus estudios después de toda una vida estudiando y no saben hacer otra cosa y mucho menos enfrentarse a una sociedad desempleada y en crisis. Y qué pena que esas niñas ricas que abortan en secreto en las clínicas más selectas no se vean obligadas a cargar con la vergüenza de la deshonra para sus familias artificiales. Qué pena que los que toman estas decisiones tan desacertadas nunca tengan que decidir entre cenar marisco en Nochebuena o comprar los Reyes para sus hijos. Qué pena que vivamos en una sociedad tan necia que muchos piensan que la sanidad privada es mejor que la pública simplemente porque no tiene listas de espera. Pero vamos a ver insensatos, que una clínica privada la pone quien tiene dinero, no necesariamente quien tiene conocimientos, y en muchas de ellas trabajan los hijos de los que tienen dinero, no los que se han chupado cinco años de residencia más una especialidad para luchar por una plaza que han de ganarse a base de esfuerzo. A excepción de los médicos de la Seguridad Social que complementan su salario con horas extras privadas y que son, por tanto, exactamente lo mismo pero más caro. La mayoría, además, carecen de medios para operaciones complicadas, sobre todo en niños pequeños. Y en algunos de esos otros "hospitales" se ocultan cosas, y se miente, y os sorprendería descubrir cuánta ineptitud se tapa a golpe de talonario. Y encima no somos conscientes de la suerte que tenemos por no tener que pagar los 500 euros que vale hacerse una radiografía o los 300.000 que cuesta una cirugía cardíaca. Somos afortunados porque en España uno se rompe una pierna y no necesita tener 20.000 euros en el banco para poder costearse el arreglo, y encima puedes tener hijos "gratis", sin pagar los más de 60.000 euros que costaría si fuera privado. Eso no lo sabemos, porque creemos que la sanidad es gratis, y ponemos el grito en el cielo porque hemos de esperar en la consulta de un médico de familia que a menudo tiene cinco veces más pacientes de los que dicta la ley; y encima muchos de ellos van al médico porque les duele el pelo o porque quieren un justificante para faltar al trabajo al día siguiente. Quizás hay otras soluciones, como generar más puestos de trabajo para llenar todos esos edificios nuevos y vacíos con nombres de infantas que tanta prisa se dieron en inaugurar. Esta es la España en la que vivís, la España que exocita a sus hijos cultivados y vapulea a los librepensadores para quedarse con dos clases, ricos y pobres, y pobre de aquellos pobres que se crean ricos.
martes, 3 de diciembre de 2013
New Orleans, alma de Blues
En el extremo más sureño de los Estados Unidos de América, allá donde las razas se segregaban impunemente hace tan sólo doscientos años, pone los pies a remojo en las aguas del Mississippi la ciudad más grande del estado de Louisiana, Nueva Orleans, donde arraigan las raíces negras de la historia americana. Lo que el viento se llevó en el 2005 bajo el alias de Katrina no fue el amor de Scarlett O´Hara, sino la mitad de la población de Nueva Orleans, donde las bajas se repartieron entre defunciones y evacuaciones, dejando a su paso una ciudad completamente arrasada.
Ya recuperada de tamaña catástrofe, Nueva Orleans nos recibe el día de Acción de Gracias, de noche. Nuestro primer contacto, una compatriota malagueña en la recepción del hotel, buscando fortuna por estos lares desde hace un par de meses, otra aventurera, a saber. Al olor de los pasteles de cangrejo y las gambas "a la barbacoa" (que aunque suene extraño están de muerte), nos dirigimos hacia Bourbon street, la calle que nunca duerme... que se nos antoja repleta sólo porque aún no habíamos visto ¡¡cómo se pone los fines de semana!! A cada paso, un bar, en cada bar, música en directo tocada con la gracia de las voces negras, cantantes y músicos que probablemente tengan un segundo empleo, a pesar de ser harto mejores que muchos de los que suenan en cualquier emisora de radio del mundo, qué gran legado el de Louis Armstrong. A las puertas de los pubs, los relaciones públicas más atípicos que puedas echarte a la cara, bailongos con carteles invitando a entrar, ¡granadas de mano!, anuncian a bombo y platillo (unos brebajes contenidos en un plastiquete verde con forma de granada), el cocktail Hurricane que es sólo coincidencia con su homónimo Katrina, ya que se inventó durante la guerra, y es tan dulce que te garrapiña hasta el alma. Por fin, uno de ellos atrajo nuestra atención sobre todos los demás: ¡duelo de pianos! armados de canciones hasta los dientes, se baten en duelo dos pianistas magnánimos y elocuentes, al más puro estilo mosquetero con teclado por florete... Simplemente, ¡me encanta esta ciudad!, y aún no habíamos visto nada...


Por la mañana las calles se abarrotan de gente, turistas, sí, pero sobre todo locales, artistas de poca a mucha monta que se instalan en Royal Street y alrededor de la catedral de San Luis ofreciendo su mercancía al mejor postor. No faltan músicos callejeros con sus atriles y sillas plegables, mimos convertibles, perroflautas, pintores... todo es arte en esta ciudad. Galerías de arte en el patio de las casas, colgando cuadros de cientos de dólares como el que cuelga tiestos. Pienso en mi hermano Víctor, y en lo que disfrutaría teniendo un patio y una sillita plegable de libertad. El mayor espectáculo, un grupo de chicos negros que congregan a docenas de personas alrededor de la escalinata en un anfiteatro improvisado. Saltan, bailan, hacen cabriolas... pero sobre todo, entretienen. Destilan alegría y buen rollo, tienen algo que comentar de absolutamente todo el que pasa, y no se cortan en decírselo, lo que provoca la carcajada unánime incluso del que es diana del asunto. Resulta curioso el humor entre blancos y negros tomado tan a la ligera en una ciudad donde hace tan solo dos generaciones no podían ir montados en el mismo autobús. En Nueva Orleans, así a bote pronto, calculo que tres cuartas partes de la población son negros, muchos de ellos descendientes de esclavos. Por muy acostumbrados que estemos a todas las razas, y sobre todo ahora que vivo en Estados Unidos, es chocante encontrarse de pronto en minoría racial. Sin embargo, teniendo en cuenta la historia de este lugar, y volviendo la vista hacia las grandes mansiones señoriales que aún se yerguen orgullosas en el plano urbanístico de la ciudad, es perfectamente comprensible encontrar estas estadísticas. Durante el fin de semana, el mar de gente que nos arrastra por la calle Bourbon es, en su inmensa mayoría, del color del azabache. Y aunque pueda no parecerlo, es seguro, eso sí, sin salirse del French Quarter ni frecuentar calles solitarias... Hay mucha policía (montada en caballos que se hacen caca casi encima de la gente) y mucho control, mucho adolescente y mucho alcohol en una ciudad libertina pero consecuente. La marea de gente nos arrastra hasta el jardín del jazz, donde un grupo de ángeles toca batería, piano y contrabajo, arropados por la voz rasgada del trompetista que sigue las partituras de su propia memoria. Un espontáneo oriental se acerca al escenario/escaloncillo donde tocan, y nos quedamos ojipláticos cuando se arranca a cantar "Bésame mucho" sin una gota de acento y con un vozarrón de tenor de los que te envuelven en terciopelo. No paro de repetir en mi interior lo mucho que me gusta esta ciudad. Se te pone alma de blues y envidias un poco a los endémicos, que se mueven como si no tuvieran hueso y parecen estar siempre felices.
De esta ciudad me llevo esa sensación, que son felices. Un sentimiento que extienden hacia los recién llegados y que riegan con cafés románticos, jazz a raudales, cocina créole y arte salvaje... Las calles son de atrezo de cuento con casitas de colores, ventanas que recuerdan a la Francia de Napoleón y callecitas estrechas, como en casa. En un plano superior miles de plantas que se asoman lánguidas y chulescas por encima de los balcones, enredadas en la forja y sujetándose con gracia, engalanan las calles de la ciudad que siempre está lista para un desfile. Eso sí, tendremos que volver en primavera para ver el "Mardi Grass", un carnaval cristiano que atrae cada año a miles de turistas y que por lo que cuentan, es la guinda del pastel. Personajes de cartón piedra tipo ninots, caras pintadas, disfraces, sonrisas, confeti, bailes y mucha, mucha música.
De esta ciudad me llevo esa sensación, que son felices. Un sentimiento que extienden hacia los recién llegados y que riegan con cafés románticos, jazz a raudales, cocina créole y arte salvaje... Las calles son de atrezo de cuento con casitas de colores, ventanas que recuerdan a la Francia de Napoleón y callecitas estrechas, como en casa. En un plano superior miles de plantas que se asoman lánguidas y chulescas por encima de los balcones, enredadas en la forja y sujetándose con gracia, engalanan las calles de la ciudad que siempre está lista para un desfile. Eso sí, tendremos que volver en primavera para ver el "Mardi Grass", un carnaval cristiano que atrae cada año a miles de turistas y que por lo que cuentan, es la guinda del pastel. Personajes de cartón piedra tipo ninots, caras pintadas, disfraces, sonrisas, confeti, bailes y mucha, mucha música.
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