Otro año que se marcha dejando balance... ¿positivo?. Boston nos escupió hacia España con las primeras nieves del invierno y el río ya congelado, pasados por gripe forzosa y muchas horas de trabajo para poder disfrutar de unas merecidas vacaciones en tierras más cálidas... O eso creía yo, hasta que Madrid me recordó con sorna que durante todos los inviernos de mi infancia mi madre me forraba de cuello de cisne y leotardos sobaqueros rematando con pasamontañas y bufanda indesatable por encima de la capucha del abrigo... y claro, por algo sería.
Lo malo es que ahora enfermar es un lujo que no puedo permitirme. En USA, obviamente, porque es caro hasta pisar la puerta del hospital, y en España, a partir de ahora, porque se me considera indigna de la Seguridad Social que he venido pagando religiosamente durante años y de la que he hecho un uso más bien justo y a menudo escaso. Determinan los dones y doñas sentados en sus tronos de nogal, que a los hijos del proletariado, aventureros todos ellos, que hemos decidido largarnos del país que nos vio luchar por tener un título, se nos ha de aplicar un castigo directamente proporcional a la patada en el culo que ya nos dieron para largarnos, y excluirnos también así del derecho de la Sanidad Pública. Y aunque últimamente la pobre Sanidad Pública española es una especie de fulana que ha visto crecer y crecer su clientela pero nunca sus recursos, sigue siendo uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo.
Y qué pena, oigan, que esos señoritos afiliados a las aseguradoras de sus primos, esos que construyen los hospitales con dinero público para luego cederlos a la gestión privada, esos que intentan convencer al mundo de que abortar un embrión genéticamente defectuoso es un asesinato, esos que aceptan dinero en sobres de papel manchado de babas y que salen al mundo montados en un corcel ganador cuando apenas han aprendido a andar, qué pena que no sufran nunca un revés de la vida, de esos que sufren los cincuentones que se van al paro y ya nadie quiere contratarlos, o los jóvenes que terminan sus estudios después de toda una vida estudiando y no saben hacer otra cosa y mucho menos enfrentarse a una sociedad desempleada y en crisis. Y qué pena que esas niñas ricas que abortan en secreto en las clínicas más selectas no se vean obligadas a cargar con la vergüenza de la deshonra para sus familias artificiales. Qué pena que los que toman estas decisiones tan desacertadas nunca tengan que decidir entre cenar marisco en Nochebuena o comprar los Reyes para sus hijos. Qué pena que vivamos en una sociedad tan necia que muchos piensan que la sanidad privada es mejor que la pública simplemente porque no tiene listas de espera. Pero vamos a ver insensatos, que una clínica privada la pone quien tiene dinero, no necesariamente quien tiene conocimientos, y en muchas de ellas trabajan los hijos de los que tienen dinero, no los que se han chupado cinco años de residencia más una especialidad para luchar por una plaza que han de ganarse a base de esfuerzo. A excepción de los médicos de la Seguridad Social que complementan su salario con horas extras privadas y que son, por tanto, exactamente lo mismo pero más caro. La mayoría, además, carecen de medios para operaciones complicadas, sobre todo en niños pequeños. Y en algunos de esos otros "hospitales" se ocultan cosas, y se miente, y os sorprendería descubrir cuánta ineptitud se tapa a golpe de talonario. Y encima no somos conscientes de la suerte que tenemos por no tener que pagar los 500 euros que vale hacerse una radiografía o los 300.000 que cuesta una cirugía cardíaca. Somos afortunados porque en España uno se rompe una pierna y no necesita tener 20.000 euros en el banco para poder costearse el arreglo, y encima puedes tener hijos "gratis", sin pagar los más de 60.000 euros que costaría si fuera privado. Eso no lo sabemos, porque creemos que la sanidad es gratis, y ponemos el grito en el cielo porque hemos de esperar en la consulta de un médico de familia que a menudo tiene cinco veces más pacientes de los que dicta la ley; y encima muchos de ellos van al médico porque les duele el pelo o porque quieren un justificante para faltar al trabajo al día siguiente. Quizás hay otras soluciones, como generar más puestos de trabajo para llenar todos esos edificios nuevos y vacíos con nombres de infantas que tanta prisa se dieron en inaugurar. Esta es la España en la que vivís, la España que exocita a sus hijos cultivados y vapulea a los librepensadores para quedarse con dos clases, ricos y pobres, y pobre de aquellos pobres que se crean ricos.
martes, 7 de enero de 2014
martes, 3 de diciembre de 2013
New Orleans, alma de Blues
En el extremo más sureño de los Estados Unidos de América, allá donde las razas se segregaban impunemente hace tan sólo doscientos años, pone los pies a remojo en las aguas del Mississippi la ciudad más grande del estado de Louisiana, Nueva Orleans, donde arraigan las raíces negras de la historia americana. Lo que el viento se llevó en el 2005 bajo el alias de Katrina no fue el amor de Scarlett O´Hara, sino la mitad de la población de Nueva Orleans, donde las bajas se repartieron entre defunciones y evacuaciones, dejando a su paso una ciudad completamente arrasada.
Ya recuperada de tamaña catástrofe, Nueva Orleans nos recibe el día de Acción de Gracias, de noche. Nuestro primer contacto, una compatriota malagueña en la recepción del hotel, buscando fortuna por estos lares desde hace un par de meses, otra aventurera, a saber. Al olor de los pasteles de cangrejo y las gambas "a la barbacoa" (que aunque suene extraño están de muerte), nos dirigimos hacia Bourbon street, la calle que nunca duerme... que se nos antoja repleta sólo porque aún no habíamos visto ¡¡cómo se pone los fines de semana!! A cada paso, un bar, en cada bar, música en directo tocada con la gracia de las voces negras, cantantes y músicos que probablemente tengan un segundo empleo, a pesar de ser harto mejores que muchos de los que suenan en cualquier emisora de radio del mundo, qué gran legado el de Louis Armstrong. A las puertas de los pubs, los relaciones públicas más atípicos que puedas echarte a la cara, bailongos con carteles invitando a entrar, ¡granadas de mano!, anuncian a bombo y platillo (unos brebajes contenidos en un plastiquete verde con forma de granada), el cocktail Hurricane que es sólo coincidencia con su homónimo Katrina, ya que se inventó durante la guerra, y es tan dulce que te garrapiña hasta el alma. Por fin, uno de ellos atrajo nuestra atención sobre todos los demás: ¡duelo de pianos! armados de canciones hasta los dientes, se baten en duelo dos pianistas magnánimos y elocuentes, al más puro estilo mosquetero con teclado por florete... Simplemente, ¡me encanta esta ciudad!, y aún no habíamos visto nada...


Por la mañana las calles se abarrotan de gente, turistas, sí, pero sobre todo locales, artistas de poca a mucha monta que se instalan en Royal Street y alrededor de la catedral de San Luis ofreciendo su mercancía al mejor postor. No faltan músicos callejeros con sus atriles y sillas plegables, mimos convertibles, perroflautas, pintores... todo es arte en esta ciudad. Galerías de arte en el patio de las casas, colgando cuadros de cientos de dólares como el que cuelga tiestos. Pienso en mi hermano Víctor, y en lo que disfrutaría teniendo un patio y una sillita plegable de libertad. El mayor espectáculo, un grupo de chicos negros que congregan a docenas de personas alrededor de la escalinata en un anfiteatro improvisado. Saltan, bailan, hacen cabriolas... pero sobre todo, entretienen. Destilan alegría y buen rollo, tienen algo que comentar de absolutamente todo el que pasa, y no se cortan en decírselo, lo que provoca la carcajada unánime incluso del que es diana del asunto. Resulta curioso el humor entre blancos y negros tomado tan a la ligera en una ciudad donde hace tan solo dos generaciones no podían ir montados en el mismo autobús. En Nueva Orleans, así a bote pronto, calculo que tres cuartas partes de la población son negros, muchos de ellos descendientes de esclavos. Por muy acostumbrados que estemos a todas las razas, y sobre todo ahora que vivo en Estados Unidos, es chocante encontrarse de pronto en minoría racial. Sin embargo, teniendo en cuenta la historia de este lugar, y volviendo la vista hacia las grandes mansiones señoriales que aún se yerguen orgullosas en el plano urbanístico de la ciudad, es perfectamente comprensible encontrar estas estadísticas. Durante el fin de semana, el mar de gente que nos arrastra por la calle Bourbon es, en su inmensa mayoría, del color del azabache. Y aunque pueda no parecerlo, es seguro, eso sí, sin salirse del French Quarter ni frecuentar calles solitarias... Hay mucha policía (montada en caballos que se hacen caca casi encima de la gente) y mucho control, mucho adolescente y mucho alcohol en una ciudad libertina pero consecuente. La marea de gente nos arrastra hasta el jardín del jazz, donde un grupo de ángeles toca batería, piano y contrabajo, arropados por la voz rasgada del trompetista que sigue las partituras de su propia memoria. Un espontáneo oriental se acerca al escenario/escaloncillo donde tocan, y nos quedamos ojipláticos cuando se arranca a cantar "Bésame mucho" sin una gota de acento y con un vozarrón de tenor de los que te envuelven en terciopelo. No paro de repetir en mi interior lo mucho que me gusta esta ciudad. Se te pone alma de blues y envidias un poco a los endémicos, que se mueven como si no tuvieran hueso y parecen estar siempre felices.
De esta ciudad me llevo esa sensación, que son felices. Un sentimiento que extienden hacia los recién llegados y que riegan con cafés románticos, jazz a raudales, cocina créole y arte salvaje... Las calles son de atrezo de cuento con casitas de colores, ventanas que recuerdan a la Francia de Napoleón y callecitas estrechas, como en casa. En un plano superior miles de plantas que se asoman lánguidas y chulescas por encima de los balcones, enredadas en la forja y sujetándose con gracia, engalanan las calles de la ciudad que siempre está lista para un desfile. Eso sí, tendremos que volver en primavera para ver el "Mardi Grass", un carnaval cristiano que atrae cada año a miles de turistas y que por lo que cuentan, es la guinda del pastel. Personajes de cartón piedra tipo ninots, caras pintadas, disfraces, sonrisas, confeti, bailes y mucha, mucha música.
De esta ciudad me llevo esa sensación, que son felices. Un sentimiento que extienden hacia los recién llegados y que riegan con cafés románticos, jazz a raudales, cocina créole y arte salvaje... Las calles son de atrezo de cuento con casitas de colores, ventanas que recuerdan a la Francia de Napoleón y callecitas estrechas, como en casa. En un plano superior miles de plantas que se asoman lánguidas y chulescas por encima de los balcones, enredadas en la forja y sujetándose con gracia, engalanan las calles de la ciudad que siempre está lista para un desfile. Eso sí, tendremos que volver en primavera para ver el "Mardi Grass", un carnaval cristiano que atrae cada año a miles de turistas y que por lo que cuentan, es la guinda del pastel. Personajes de cartón piedra tipo ninots, caras pintadas, disfraces, sonrisas, confeti, bailes y mucha, mucha música.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Alejandro Sanz meets Berklee
El maestro termina su discurso dejándome un vacío extraño, con palabras que saben agridulces y en las que, como siempre, me reconozco: "Hay que prepararse para el ruido, la opinión, el juicio de terceros, que no te afecte. La duda es buena, la falta de carácter es el embrión del trueno. He atravesado desiertos de silencio para llegar aquí, he remado entre hojas secas para poder estar aquí, he lanzado al aire millones de latidos como bengalas para, finalmente, verme aquí... y mereció la pena".
domingo, 20 de octubre de 2013
Otoño en Rhode Island
Verdes que tímidamente se van vistiendo de amarillos, que a su vez son naranjas apagados que tiran a rojos de infarto, y así toda la gama del fuego hasta convertirse en llamaradas incandescentes que tiñen de manera efímera el otoño norteamericano. Un manto de tonos cálidos que van cambiando con los días y con los grados de latitud, dejando a su paso alfombras crujientes y mullidas que producen un extraño placer al ser pisadas. Hojas que caen haciendo reverencias al bajar de la pasarela donde cada otoño las ramas visten sus mejores galas antes de quedarse absolutamente desnudas, vulnerables al inclemente invierno que acecha ansioso para rasgarles las vestiduras. En Norteamérica llega entonces la época de recoger manzanas, de pasar un fin de semana en el bosque para ver el"foliage fall" o caída de la hoja, y por último, de empezar a recolectar calabazas para el próximo Halloween repleto de trucos y tratos esperando a la vuelta de la esquina.
Por no ser menos y porque el otoño ha resultado ser la época más bonita del año en este país, nos dirigimos a Rhode Island, ese estado vecino donde el mapa hojarístico otoñal promete tonos candentes para este fin de semana. Tan apañados son estos yanquis que, efectivamente, tienen un mapa cromático que permite predecir con bastante exactitud dónde se podrán tomar las fotos más impresionantes cada día, para no perder un solo detalle de lo maravilloso que se pinta el paisaje en cada pueblo. Para esta aventura contamos con amigos portugueses, que uno no sabe lo parecidos que son a los españoles hasta que no te juntas con ellos tan lejos de ambas patrias que la distancia entre ellas es despreciable. Así, España y Portugal pasan a ser la Península Ibérica y nosotros pasamos a ser hermanos de raíces que se encuentran igual de exiliados. Compartir experiencias con nuestros vecinos ibéricos nos enriquece en lenguaje, en conocimientos, en risas y en puntos comunes, que curiosamente van apareciendo cada vez con más frecuencia. Es desconcertante que, una vez más, uno necesite encontrarse tan lejos para interesarse en conocer lo que siempre ha estado ahí al lado.

Alquilamos una cabaña en Burrillville, a nuestros pies, el maravilloso lago Spring que parece pintado a óleo en el cristal de la ventana. Llegamos de noche y sólo a la mañana siguiente fuimos conscientes del paraíso terrenal en el que habíamos dormido.
Amanece y el sol ilumina las casitas del lago, que se miran en el espejo de agua peinándose árboles de todos esos colores que la madre naturaleza acarrea en su paleta, y yo quiero que todos estéis allí conmigo para poder ser testigos de algo tan maravilloso y tan simple a la vez. Me acuerdo mucho de mi padre en estos días, me gustaría que pudiera tocar este lienzo con sus propios dedos. El tiempo además se empeña en deleitarnos con la compañía del astro rey, que confiere a nuestra piel la temperatura idónea para ser los protagonistas de tan bello retrato, y además nos envalentona para salir a hacer senderismo por estos lares, que no se cansan de regalar paisajes inverosímiles que me saturan los sentidos. Nadie habla en nuestro paseo y sólo el chasquido constante de las hojas nos mece en una melodía de paz y relajación infinitas.
Olvido que existo, me fundo con la naturaleza y soy libre, no me hace falta pensar, sólo oler, respirar, llenar mis pulmones de oxígeno y mis oídos del sonido de la quietud, se me vierten las sonrisas por los lados de la cara, apenas puedo contener la excitación de tanta calma... Esto es vida.
Además de paseos el fin de semana se llenó de comilonas, beborroteo y juegos de mesa a tutiplén, carcajadas, chistes malos y juegos de palabras en "portuñol" que me recuerdan que sólo aquí puede conjurarse este tipo de magia holística.
Es curioso que la propiedad de la caducidad tenga connotaciones tristes y sin embargo, la hoja caduca es un evento paisajístico tan raro e inigualable, que es capaz de mover a las masas como si de la pasarela Cibeles se tratara. A veces la belleza está en lo que no apreciamos, en lo que no cuesta dinero o en lo que vemos cada día de camino al trabajo, y es una lástima que la cotidianidad nos deje tan indiferentes que no seamos capaces de comprender lo afortunados que somos por tenerlo.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Glaciar helado
Es el ciclo de la vida lo que acontece, la sombra que nos acecha a cada vuelta de cada esquina, es la certeza de saber que todo a la tierra ha de ser devuelto, que sólo estamos aquí de prestado, de paso. Hace días que su ausencia se agranda por todos los flancos, que no encuentro más excusas para justificar el sigilo... hace semanas que sé y que vivo extinguiendo la llama de la esperanza infinita. Me quedo con el recuerdo, me agarro fuerte a él y lo desordeno, puede que esté equivocada. Y es cierto que los recuerdos tienen ese poder de la eternidad, de conferir propiedades perpetuas a lo efímero, conexiones neuronales que generan esa imagen una y otra vez, capaces de evocar incluso el sentimiento de cada instante como si fuera repetible. Hace años que no hay cabriolas, yo ni si quiera las he conocido, lo conocí ya viejo, como a esos sabios ermitaños que se esconden del tumulto, en la montaña, donde a veces la vida pasa de largo sin ladear la cabeza para mirarlos. Pero uno no puede esconderse eternamente, y ya cansados, los pies se van arrastrando por el tramo final del camino casi sin prisa; la vida es todo eso que ha pasado, todas esas caras, los momentos, las caricias, los recuerdos... que se quedan sólo en eso, en recuerdos, y pueden seguir existiendo eternamente mientras haya conexiones neuronales, mientras algo permanezca ajeno al cambio que nos mueve, que nos empuja, que nos obliga a seguir adelante a pesar de todo. Hace días que en la calle Warren hace frío, el viento se desacelera, se concentra rezagado, como a la espera, da la vuelta, sube y baja y sigue encerrado. Hace frío y sin embargo, los ojos de glaciar se han apagado. Me sobran caricias, ¿qué hago con ellas? casi no me ha dado tiempo a almacenarlas, y dejar de producirlas es complicado por ahora. Idefix sigue aquí, está como desorientado, aunque

tiene un nuevo amigo al que aún no me he acercado, sigo de luto, sigo esperando... Hace ya casi dos años que llegué, que sus ojos de glaciar me hicieron presa del fascinamiento, infinitos, gélidos y a la vez dueños de una mirada cálida hasta el extremo. Porque lo había visto todo, desde su confinamiento, desde su pequeño reino, había visto pasar la vida y a los transeúntes, había acaparado todas las miradas y todas las manos con un magnetismo inevitable hacia su pelaje invernal. El husky y yo éramos amigos, me dio mucho calor durante el primer invierno, me regaló muchos "bostonadas" que llevaron calor a otras partes del mundo, incluso a aquellas en donde la gente vive deprisa, incluso a aquellas donde se hace de noche cuando aquí todavía es de día. Supongo que cuando uno se hace viejo la prisa se ralentiza, pero algunos privilegiados hemos sido contagiados de un sentimiento "zen" al pasar por su lado, al acariciarlo, al sentir que lo demás no importa cuando su magna mirada se posa sobre tu tiempo. Nunca preguntó de dónde ni para qué ni por qué ni hasta cuándo, nunca le importó más que el momento en que nuestros presentes se cruzaron. Nunca olvidaré que la soledad se borró de cada una de mis tardes al pasar por su puerta, que las sonrisas se me resbalaban de los labios al mirarlo, nunca olvidaré que el primer amigo que tuve en Boston tenía los ojos de glaciar aunque se hayan apagado.

tiene un nuevo amigo al que aún no me he acercado, sigo de luto, sigo esperando... Hace ya casi dos años que llegué, que sus ojos de glaciar me hicieron presa del fascinamiento, infinitos, gélidos y a la vez dueños de una mirada cálida hasta el extremo. Porque lo había visto todo, desde su confinamiento, desde su pequeño reino, había visto pasar la vida y a los transeúntes, había acaparado todas las miradas y todas las manos con un magnetismo inevitable hacia su pelaje invernal. El husky y yo éramos amigos, me dio mucho calor durante el primer invierno, me regaló muchos "bostonadas" que llevaron calor a otras partes del mundo, incluso a aquellas en donde la gente vive deprisa, incluso a aquellas donde se hace de noche cuando aquí todavía es de día. Supongo que cuando uno se hace viejo la prisa se ralentiza, pero algunos privilegiados hemos sido contagiados de un sentimiento "zen" al pasar por su lado, al acariciarlo, al sentir que lo demás no importa cuando su magna mirada se posa sobre tu tiempo. Nunca preguntó de dónde ni para qué ni por qué ni hasta cuándo, nunca le importó más que el momento en que nuestros presentes se cruzaron. Nunca olvidaré que la soledad se borró de cada una de mis tardes al pasar por su puerta, que las sonrisas se me resbalaban de los labios al mirarlo, nunca olvidaré que el primer amigo que tuve en Boston tenía los ojos de glaciar aunque se hayan apagado.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Domingos "en ca" la mama

Cocidito madrileño, de ese que se te saltan hasta las lágrimas de lo bien que le sienta al estómago y se le caen los palos del sombrajo al raciocinio... Lentejas con chorizo, con chorizo Palacios, sabor del sur, reminiscencias de una Andalucía que también fue mi casa por un tiempo. Asado al horno, salpimentado, con patatas a lo pobre o con pimientos asados al estilo rural; salmorejo, huevos rotos, arroz la cubana, riñones al jerez... y por supuesto, paella valenciana, bueno, alicantina, no vayan ustedes a creer que el arroz a la Candelaria, con sus ñoras y todo, tiene nada que envidiar a ese que nos comimos hace tan sólo unas semanas en la playa, cuando aún era verano. No pueden faltar tampoco los aperitivos, unas aceitunitas de manzanilla, una tortilla de patatas bien jugosa, queso manchego, cordobés o de donde se tercie, que para eso es legal pasarlo por la aduana sin mentir (no como con el jamón). Todo acompañado de un buen vino tinto, blanco o verde, dependiendo del menú, y claro está, de una buena rubia fresquita que es la única yankee permitida a la mesa. ¿Y dónde puedo encontrar este placer en Boston? Pues en los "domingos en ca la mama" que llevamos organizando ya unas cuantas semanas de cara al crudo invierno que se acerca tímidamente. Ya os he dicho muchas veces que los amigos en Boston se hacen familia, incluso algunos tenemos el mismo apellido, por esto de ser tan originales los Fernández. Esta familia se compone básicamente de dos madrileñas, uno de Alicante, un cordobés y un germano (este último en realidad es de nacionalidad getafense, aunque rubio, así que habrá que quererlo igual).
A veces contamos con algún otro patriota descarriado que necesita un buen puchero en un momento dado, pero básicamente nos sobramos para recrear esos domingos tan cálidos que se suceden en todas las casas de España donde haya una madre. Y sí, es cierto que madre no hay más que una, por eso cuando me toca a mí dar vida al cazo, trato de recrear (a duras penas) esos cocidos, ensaladilla rusa o croquetas que son la especialidad de mi querida madre y, por ende, también la mía, y que me transportan en cuestión de segundos a la cocina de la plaza del Azulejo... me siento en la esquina, junto a la nevera, a la izquierda mi madre, para llegar a las cacerolas y echarnos más cuando no miramos, luego mi padre, presidente de la mesa por autoelección unánime, Luli, que se pone cerca de mi padre por si en algún momento le parece que la sopa está muy caliente y decide bañarlo con agua fresca, luego Victor y por último Ángel, siempre al borde porque claro, ser zurdo le supone un suplicio de codazos al que se siente a su izquierda y por eso lo desterramos al extremo de la mesa... He comido tanto, reído tanto, discutido tanto y disfrutado tanto en las comidas de los domingos en casa de mi madre que no podía menos que traerme un pedacito de ese mantel que en verdad es un hule, igual que son de calidad de hule algunos ingredientes porque no queda otra. Eso sí, la calidad no merma en cuanto a la compañía, que aunque no es la misma, es igual de buena en estas nuestras circunstancias.
Después de comer hasta reventar como manda la norma, hacer la pregunta más madre de todas: ¿te has quedao con hambre?¿te frío un huevo?, de haber arreglado el mundo y haberlo vuelto del revés... entonces vienen las sobremesas de los domingos en ca la mama. Éstas consisten en un abanico de posibilidades según la necesidad. Aproximadamente cada mes y medio hay que montar el salón de peluquería en Q-Chari Style, porque cuando no es uno es otro, las greñas y las puntas abiertas no perdonan... otras veces, nos preparamos un buen café y nos sentamos a jugar a algún juego de mesa, o simplemente una peli de las que dan sueño. Cualquiera de ellas suele convertirse con bastante facilidad en una tarde elástica, de las que se estiran hasta las 9 de la noche, donde ya apremia la necesidad de ir devolviendo cada mochuelo a su olivo. Y así, uno tras otro, se suceden los domingos más especiales que he vivido en esta vida, la de América, porque está claro que las cosas que no tenemos siempre podemos crearlas, inventárnoslas, que es mucho mejor que añorarlas. Por eso, y aunque el otoño nos traiga el frío y nos tire a dar con hojas anaranjadas, sabemos ponerle nombre a todo esto que sentimos, se llama FELICIDAD, y por eso nos gusta quedar los domingos en ca la mama para compartirla.
domingo, 8 de septiembre de 2013
Vivir fuera
Últimamente se repite este tema como una vaga discusión que argumentamos, ya sin fuerzas, puesto que al final uno acaba sucumbiendo al pensamiento ambiguo e inconexo del que no quiere sacarse a sí mismo de contexto. ¿Qué define nuestra personalidad, nuestra forma de pensar, nuestra ideología? En gran parte nuestra educación, lo que uno ha conocido en casa, lo que aceptas como dogma y no cuestionas hasta que eres muy mayor o estás muy lejos, o a veces ni si quiera eso. Por otra parte, están los genes, muy sobrevalorados en este sentido, puesto que creo que depende muchísimo más de cualquier otro factor externo que de la química del ADN. Y por último, para mí lo más importante, las circunstancias. Tanto es así que uno podría incluso cambiar su ideología religiosa o política dependiendo de las mismas. Otro tanto ocurre con los argumentos en los que te apoyas a la hora de defender o castigar un hecho o idea que hoy es un pilar fundamental en tu vida y mañana no comprendes cómo podías aferrarte a ello con tanta vehemencia. Cuando vives con tus padres, la idea abstracta de emancipación y de libertad (ambas a menudo sinónimas) tienen un color fosforito y muy delimitado. Después, cuando la vida te va enseñando otras cosas, otros signos, otras vivencias y otros colores, aprendes a valorar lo que es hacerse a uno mismo. Y en un momento dado te encuentras con que has de pensar por ti mismo, vaya, sin un respaldo acolchado e incluso a veces a contracorriente... Es en ese momento y no antes, cuando la personalidad aflora y te planteas qué eras antes, y lo que es peor, qué vas a ser en el futuro.
Este verano me he encontrado sin quererlo una y otra vez en la misma tesitura, la de defender y a la vez apedrear la idea de "vivir fuera" que todos tenemos a priori. Hace poco leí un post en el que alguien decía que a veces para conocerse a uno mismo, hay que vivir fuera. Y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Cuando vives en una casa que va a ser para siempre, rodeado de gente que va a estar ahí siempre, en un trabajo que es para siempre (si no ese, otro parecido, en un radio de 50 kilómetros a la redonda) es muy fácil decir "me gustaría vivir fuera". Todos alguna vez hemos pensado eso, mucha gente sueña con ello, otros lo dicen pero con la boca muy pequeña, como para formar parte de un pensamiento cool generalizado. Yo también fui de esas, por mucho tiempo, cuando el futuro estaba escrito con tinta permanente. Pero entonces la tortilla da la vuelta y te encuentras viviendo fuera. Lo primero que comprendes es que no es tan fácil como parecía, porque hay cosas que no había considerado, como por ejemplo que estás solo para tomar todas esas decisiones que antes acompañabas de padres, amigos, hermanos o cualquier otro aditivo. También lo estás para estar enfermo, sano, feliz, triste, deprimido o alegre. Así que el espacio de compartir se achica un poco, sólo un poco. Luego está lo del idioma, bueno, uno no puede ser la misma persona en un idioma que no es el suyo, y esto no lo digo sólo yo, que ya lo he preguntado. Es agotador pensar y hablar todo el tiempo en otro idioma, y además, hay cosas que no adquieren el cien por cien del significado que tú les quieres dar, así que hablas menos que antes. Luego están los amigos y demás, esos que en España están porque han estado ahí siempre, pero aquí has de hacerlos de nuevo casi todo el tiempo. Lo malo es que sabes que son temporales, y entonces creas amistades por capas: la primera y más superficial para aquellos que sólo estarán aquí de uno a tres meses, la segunda para los que se quedarán un año... Irás a sus fiestas de despedida, jajaja y ya está, al cabo de un tiempo si te he visto no me acuerdo. Luego están los de las capas profundas, eso es más complicado, porque también se van, y entonces dejan un vacío como ese del que hablaban "Los Cantores de Hispalis"... Esto se traduce en una pereza horrible para hacer amigos de verdad, aunque es verdad que los que haces, da igual en la capa que se encuentren, son mucho más intensos que mucha gente de esa que conoces desde siempre.
Viviendo fuera aprendes a valorar el día a día, porque mañana va a ser otra cosa muy distinta, eso seguro, y aprovechas el estar aquí por si acaso. La gente que se queja siempre por la vida que tiene y que ansía vivir fuera como si de la panacea se tratara, no puede ni figurarse lo que es. Tampoco pueden, eso es cierto, imaginar lo genial que es, con toda esa gente nueva que hace capas y más capas, sobre todo los que después permanecen al menos una vez al año. Y también todas esas visiones diferentes del mundo, incluso de España. Qué diferente era España cuando yo vivía en ella, yo creo que era más fea... Ahora me parece tan bonita, tan auténtica, tan paradisíaca... Incluso vista desde el punto de vista de la crisis, España siempre es un lugar al que volver, aunque sólo sea por vacaciones. Porque al final del día, la vida es la que te construyes por ti mismo, la que te ganas a base de lucha y de esfuerzo. En muchos casos tu profesión es el núcleo alrededor del cual giras todo lo demás; en mi caso, es una forma de vivir que me da muchas satisfacciones, sobre todo desde que estoy en Boston, o casi sólo desde que estoy aquí. Por eso, y aunque aún sigo intentando definir mi personalidad en este país, sé que la felicidad está aquí, en este presente cierto y no sólo en el futuro escrito, más que nada porque el mío lo escribo a lápiz, afortunadamente, así siempre podré cambiar lo que me de la gana.
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