lunes, 30 de abril de 2012

Vivir en el futuro

La tecnología avanza a pasos de gigante. De un día para otro, los ordenadores se quedan obsoletos, los reproductores de música reducen su tamaño hasta la mínima expresión... por no hablar de los teléfonos móviles, cuyos saltos generacionales dejan al abuelo en el olvido en cuestión de meses. Si a esta evolución que ya es vertiginosa en sí misma, se le suma, además, vivir en territorios donde la primera potencia mundial siempre es pionera en nuevos gadgets, ultimísimas versiones y tecnología i-loquesea que no importa el apellido que lleve porque habrá de venderse como churros por el simple hecho de logarse bajo una manzana mordida, el resultado es una fiebre domótica de electroduendes que caminan por la calle parapetados bajo sus headphones, caminando en una extraña danza al son de la música que sólo ellos escuchan, conectados a cualquier suerte de pantalla táctil y conexión chupibanda, que les teletransporta a otra dimensión donde sólo sus congéneres pueden alcanzarles o ponerse en contacto con ellos, a través de un wasapp, mensaje de texto o chat de turno.

En USA la imaginación nunca duerme, y es aquí donde el futuro abre sus puertas en forma de avance a tropel para presentarnos el movimiento en conexiones inmejorables. Así como en Sevilla teníamos la maravillosa Sevici, que permitía recorrer la ciudad en estos caballos de plomo imposibles de levantar del suelo, en Boston existe el Zipcar. Viene a ser un servicio de alquiler de coches (coches de todo tipo, eso sí, lo mismo un turismo que una pick-up auténtica de película) en el que te das de alta por un módico precio anual, tengo que decir que más barato aún que el Sevici, y recibes en casa la tarjeta que te transportará en modo automático a cualquier sitio donde el GPS te pueda llevar. Entras en la web, reservas un coche en el área Zipcar más cercana a tu casa, estimas el tiempo que tardarás en devolverlo y voilà, cuando llegas a la hora H al punto P, tu coche te espera limpio y reluciente. Puedes abrirlo con tu tarjeta de socio y, por si esto fuera poco, también desde el teléfono móvil. Encima del parasol puedes encontrar la tarjeta para echar gasolina, que no es más que una tarjeta de crédito que usarás en caso de que el coche tenga menos de un cuarto de depósito, que es lo mínimo que has de dejar cuando te marchas. El precio del zipcar puede ser por horas o por todo el día, incluye el seguro y la gasolina, y la adrenalina que produces cuando te encaramas a uno de estos monstruos y sales a una carretera de seis carriles tan ancha como el Guadalquivir. Y se me ocurre preguntarme qué tal funcionaría el sistema Zipcar en España... para autoresponderme que, probablemente, la flota se vería drásticamente afectada por los casos de alunizaje, botelloning, carreras ilegales y otros méritos, por no mencionar los recambios gratuitos para coches del mismo modelo a los que se les han desgastado los neumáticos, estropeado la radio, la batería, el radiador y hasta los asientos si están un poco más limpios, cosa que sería impensable, por otro lado. La mentalidad americana no es la del pillaje ni la del aprovechamiento. Al contrario, me sorprende lo limpios y nuevos que están estos coches, lo bien que funcionan, no hacen ni un ruido raro, ni les falta un detalle, hasta llevan un cablecito para conectarlo al móvil y escuchar tu propia música durante el trayecto. Pero lo que más me sorprendió fue comprobar que el usuario anterior había dejado el depósito lleno, cuando la ley no obliga a más de un cuarto del mismo...
Y esto, que puede parecer lejano, ajeno, imposible o inventado, no es más que una pequeña muestra de lo que significa vivir en el futuro. Eso sí, la mentalidad social no avanza tan deprisa como la electricidad vestida en cobre, y aún les sigue pareciendo normal tener que pagar 200 dólares por asistir a urgencias incluso teniendo seguro médico. Pero eso ya os lo cuento otro día ;)

jueves, 12 de abril de 2012

La "españolidad"

Es un hecho que nada más traspasar las fronteras de nuestra piel de toro, a todos nos invade de repente la "españolidad", un fenómeno que te arraiga de forma inexorable a la madre patria y que produce una serie de conexiones neuronales que hacen que sientas un calor distinto en las venas... La sangre bombea al son del fandango, y de repente, hasta el más macarra descubre una vocación flamenca escondida que aflora desde su estado de latencia para poseer tus cuerdas vocales en la ducha, o tus pies mientras pipeteas... y que te obliga a escuchar a los habituales de radiolé mientras improvisas un cajón en la mesa de trabajo. ¿A qué se debe este extraño fenómeno? Existen diversas hipótesis, pero la más aceptada es aquella que nos sitúa a la suficiente distancia como para temer por la pérdida de nuestras raíces. Y así, de repente, ser español supone un orgullo, aun con todo lo que tenemos en España, que da para escribir una enciclopedia de despropósitos. 
 
La suerte ha traído a Paco de Lucía a la Opera House de Boston, donde, por supuesto, no podíamos faltar el Spanish team dando aliento a nuestro compatriota. Supongo que si no hubiera estado aquí, probablemente nunca habría ido a un concierto suyo. Sin embargo, el deleite que sentí al envolverme en ese arrullo de notas, apenas puede compararse a otros conciertos a los que he asistido en España. ¿Cómo se le puede arrancar luz a una guitarra? Bailan los dedos sobre las cuerdas, hábiles, incansables, en bajo vuelo, ávidos de regalar calma al público que escucha complacido. Sólo puedo concentrarme en la melodía, en el calor que me llega desde una guitarra que apenas puede contenerlo. La magia se extiende por encima de las cabezas, entre los asientos, puedo notarla bajo las plantas de mis pies... esto debe de ser lo que llaman el "duende", que ha venido a Boston a enseñarnos tímidamente la antesala del Olimpo. Lerele en ristre, la voz rasgada del Duquende se bate en duelo con la de David de Jacoba, tan gitano como Camarón, y casi tan grande como él. Hay una tercera silla, un joven que da palmas con el semblante muy serio, aún no se ha movido apenas y ya se le adivina el arte. Por eso, cuando salta sobre las tablas en una danza imposible, siento un escalofrío de la cabeza a los pies. Me pregunto si es humano mover los pies de ese modo, quizás le falte algún hueso, una falange seguro. . . Si no lo estuviera viendo, no creería que el flamenco se puede tocar, se puede oler, se puede sentir y se puede ser. No soy dueña de mi pierna derecha que zapatea al son de la música, no soy dueña de la sangre que me corre por las venas a borbotones, y mucho menos de los ojos que se han quedado abiertos como platos, pasmados ante el taconeo más espectacular que hayan presenciado jamás. Más tarde descubrimos que se trata de Farruco, el nieto del ídem y hermano menor del archiconocido Farruquito. Pero ahí no acaban las sorpresas, Antonio Serrano saca su armónica y yo descubro que de este pequeño instrumento puede salir un genio como si de una lámpara maravillosa se tratara. Desde este momento decido que soy fan de la armónica, yo que sólo había escuchado a mi hermano tocar su escala personal, dando la vara como los críos chicos más que otra cosa, de repente me encuentro extasiada respirando las notas que salen enmarañadas por los orificios de la paz. La magia existe. . . cierro los ojos y estoy en España, estoy de nuevo en Sevilla. Las letras de las canciones, que apenas se adivinan en lo profundo del rasgueo, convocan a la Giralda y al Guadalquivir. Y ahí me transporto esta noche, a Triana, a la Plaza Nueva, a mi querida Alameda de Hércules. . . el maestro Paco de Lucía se ha traído puñaos de España en los bolsillos, hasta Boston, donde su arte se ha quedado resonando en mis oídos para siempre.

lunes, 9 de abril de 2012

Easter time!!

Lejos del olor a incienso, a cirio pascual y a flores secas; lejos del repiqueteo de baquetas en tambores, del batir de las cornetas a duelo con las saetas, de las lágrimas que la lluvia trae consigo cada año. . .  Boston se viste de pascua en forma de huevos coloridos, conejos de fantasía y guirnaldas multicolores. Aquí hay católicos pero no procesiones, ni costaleros, ni viacrucis... por no hablar de nazarenos y cofradías, que les suena a chino mandarín y a todo menos religioso (que por asociación indumentariesca, les inspira rollo Ku Klux Klan, o eso es lo que dicen ellos). No ha habido días libres ni fiesta especial, sólo que hoy, domingo de Resurrección, las tiendas han cerrado un poco antes. Por lo demás, no había mucho ambiente hasta que el gueto español ha improvisado una Semana Santa de lo más pintoresca en Leland Paradise.
¿Cuántas barras de pan hacen falta para hacer 30 torrijas? Unas tres, más o menos... ¿horas? tooooda la tarde del sábado empapa, fríe y reboza, en tandas de tres, que el aceite de oliva está caro y las torrijas pueden salir a precio de foie. Por otro lado, he descubierto un ambientador natural para aromatizar la vida, puesto que hoy toda la casa huele a canela y a añoranza. 
Llegué a Leland esta mañana y me recibió el aroma del cordero que perdía vida y ganaba jugosidad sometido a los Fahrenheit del horno de Manu. Y me sentí un poquito más cerca del domingo en la plaza del Azulejo, de los aperitivos que mi madre siempre prepara en los días señalados, del olor que sube contigo la escalera empujándote al paraíso a medida que asciendes los peldaños...
Y aunque el escenario se pinta de Semana Santa española, también hemos tenido lucianinhas brasileñas de lentejas y menta, ensalada "big size" catalanobritánicogermana para hambrientos comensales, pan de trigo recién horneado made in USA, galletikanens, arroz con leche a la Carmona, huevos rellenos de la gran Germania y una tonelada de manjares cocinados, sobre todo, con mucho amor, regados por la sutileza del vino español y el agua de Valencia, que han puesto la guinda a una velada dulce, acogedora y memorable.
 Sabemos que no es un acto religioso, sino un encuentro laico entre amigos que cada vez van siendo menos amigos y más familia. Comentamos este fenómeno que se produce en la distancia, que convierte a personas que, hasta hace unos meses, eran completos desconocidos, en hermanos de inquietudes y palabras, de alegrías y de penas, de risas y bromas cómplices... en todo lo que necesitas para vivir lejos de casa. A veces sólo quien ha estado antes en tus zapatos, puede comprender el vacío que se cuela entre tus dedos. Por un momento el estrés de Alicia se ha autoinvitado a la comida, la pobre no puede parar de perseguir al conejo blanco... pero pronto verá el jardín que se esconde al otro lado de la puerta en el país de las maravillas... Y así, la tarde va tocando fin, algunos se van despidiendo (primero los gringos, por supuesto), y poquito a poco el círculo se va cerrando a lo cercano, ya sólo quedan los habitantes de Leland y sus hijas adoptivas. Manu ha sacado el cajón donde guarda el flamenco, la sangre española, el ritmo que arranca la bulería... El cajón donde esta noche, hemos depositado unos cuantos sueños, el final idóneo para una semana que quizás no ha sido santa, pero ha sido perfecta.

sábado, 24 de marzo de 2012

¡¡Ya es primavera!!


El invierno ha sido largo, casi eterno... un pasillo angosto y lento, tortuoso. Faltó la nieve y el frío extremo, ausente el hielo en las aceras, no pudimos beber escarcha como el año pasado. Y sin embargo, fue un invierno triste. Boston se viste de noche demasiado pronto, las principales horas de luz son absorbidas por los fluorescentes en el interior de los edificios. Todos adquirimos ese color aceituna cuando nuestra melanina corre a esconderse bajo tierra hasta la llegada del sol. Hasta el Husky, genéticamente preparado para el clima más adverso, se enrosca sobre sí mismo y se pinta una máscara triste en la mirada.

Idefix es más optimista, pese al frío, quizás también porque tiene la suerte de contar con un jerseicito rojo para los días más duros. Se muestra impaciente, ansioso de sol, dejando escapar los suspiros por los huecos de la valla. Marchan lejos, sin aliento, él continúa esperando la llegada de la primavera.
. . . Y de repente, como si el calendario se hubiera empeñado en cumplir pronósticos preestablecidos, esta semana ha llegado la primavera con todas sus consecuencias. El domingo el sol resultaba casi molesto de tan insistente, las calles rezumaban vida, ganas de salir. Chanclas desempolvadas cual recurso indispensable, shorts diminutos dejando al descubierto piernas lechosas caladas de invierno hasta el hueso, y por supuesto, las bicicletas, que como bien dijo Fernando, son para el verano.

Cuando los "guiris" vienen a España en primavera, se vuelven locos, como si hiciera un calor abrasador, esas chanclas con sus correspondientes calcetines, esas pieles rosas laceradas por los rayos solares, aún tímidos en su mayoría. Nosotros no podemos entender ese afán por la ropa de verano en pretemporada... pero cuando vives aquí. . . ¡Te vuelves como ellos! El primer día me parecíó un poco exagerado dejar el abrigo en casa, pensé que podía refrescar por la tarde. Para mi sorpresa, por la tarde hacía aún más calor y cuando llegué a casa hube de abrir todas las ventanas porque venía sudando cual pollo acorralado. Ante tal experiencia, decidí que podía ponerme una chaqueta de entretiempo, de esas que en Sevilla te apañan el invierno. No obstante, en la travesía mañanera me crucé con tantas sandalias, tirantes y espinillas transparentes que no me quedó más remedio que convencerme de que la primavera se había instalado definitivamente. Y ahí que me encontraba yo, asada de calor con 18 grados en la calle y sobrándome hasta los zapatos. Hasta ahora, esa temperatura me resultaba fresca y ni mucho menos para pensar en quitarse el sayo. Ver para creer, el tercer día: ¡a trabajar a cuerpo! (citando una vez más a mi madre, que de éstas tiene un repertorio bastante amplio). Hasta Idefix y el Husky fliparon en colores cuando me vieron sin chaqueta. Aquí se encuentran presenciando el momento destape que aún no acaban de creerse... 
Pero lo bueno que tiene la primavera, aparte de las flores en los árboles, el calorcito incipiente, las terracitas poblando las aceras (sí, aquí también están al día en terracitas) y un largo etcétera de buen rollo que nos entra a todos con el sarpullido primaveral, es que la primavera la sangre altera. Y así, te levantas de buen humor aunque tengas que trabajar el fin de semana, y te cruzas con la gente por la calle y todo el mundo te sonríe, te saluda. Es algo realmente sorprendente, me ocurre muy a menudo esto de que la gente entable conversaciones de repente sin conocerte de nada. Y no me refiero a hablar del tiempo. Ayer mismo, por ejemplo, en el metro, una pareja que iba sentada junto a mí me preguntaron de dónde era, por qué estaba aquí, a qué me dedico... ¡como la cosa más natural del mundo! Y la verdad es que me resultó tan agradable que se me hizo más corto el trayecto. Dista bastante de los viajes en el metro de Madrid, donde la ley de la calle te enseña a empujar al prójimo para conseguir un asiento libre y a tener cien ojos avizor para controlar tus pertenencias a la par que todas las partes de tu cuerpo.

Ay... la primavera! la primavera trae alegría, ensalzamiento de la amistad, del amor, del querer compartir... La primavera trae sueños, trae esperanza, trae razones nuevas, buenos motivos para reafirmarnos en los propósitos de año nuevo que nunca cumplimos. La primavera me trae letras negras sobre fondo gris, pasado, presente y futuro... ;-) la primavera me trae las ganas que el invierno me había arrebatado... la primavera trae ternura y calor, sobre todo calor.

lunes, 19 de marzo de 2012

¿Qué significa el exilio?

¿Qué significa vivir fuera de tu país? Para algunos y con los tiempos que corren... ser afortunado. Haber tenido la ¨suerte¨de encontrar un sitio en el que poder desarrollarte a nivel profesional, un mundo nuevo, todo por andar. Gente nueva, lección de culturas, de aprendimiento culinario (aunque sea internacional y limitado)... Muchos consideran esta etapa como una especie de erasmus tardío en el que te despendolas y haces todo lo que no has hecho en 30 años. Salir de lunes a domingo, conocer amigos ¨de paso¨, lo que conlleva una fiesta de despedida día sí dia no, ganar un buen sueldo, viajar... Pues bien, huelga decir que todo tiene sus matices. Estar fuera implica trabajar como si no hubiera un mañana, asustado ante la sola idea de volver a España con la palabra fracaso pintada en tu rostro, apremiado por la angustia de dejar en mal lugar a tu país, codeándote con un entorno laboral que en realidad no tiene por qué ser superior al que has conocido, pero sí más sano y más justo. Aquí no se hacen horas para figurar, para que el jefe vea que trabajas hasta la noche, sino para producir, para publicar, para realizarte, para sentirte motivado... para optar a ser alguien en el futuro. Y a cambio, el día que te vas una hora antes tus compañeros no se dan codazos, tu jefe no te pone en la lista negra y tu conciencia no se carga con un peso ridículo e inexistente de irresponsabilidad.
Estar lejos también implica encontrarte de cara con la soledad, con que por mucho que necesites tomar un café con tu mejor amiga, no puedes ni si quiera llamarla porque cuando tú sales de currar ella lleva horas durmiendo. Estar lejos significa añorar cosas tan corrientes como una tostada de pan tumaca con jamón, un paseo por las calles de Madrid, una caña en el bar de toda la vida, donde conoces a todo el mundo y donde todo el mundo te hace un leve gesto con la cabeza en señal de reconocimiento cuando llegas.
Estar fuera significa que corres el riesgo de que los niños, sobrinos, primos, hijos de amigos, que cuando te marchaste de España eran pequeños, no se acuerden de tí cuando vuelvas en vacaciones, que se escondan tímidamente detrás de sus madres preguntándose quién es esta tía a la que no conocen de nada. Estar lejos significa perderte todas las gracias de tus amigos, las coletillas cómplices con tus hermanos, convertir los recuerdos en demasiado antiguos y las cosas cotidianas en completas desconocidas.
Estar lejos significa no poder darle un abrazo a tu padre en el día del padre, ni si quiera poder preguntarle cómo fue el día, porque la franja horaria te la juega y cuando puedes coger el teléfono ya no son horas de llamar. A pesar de que desearías que el teletransporte fuera un hecho y poder aunque fuera pasar un minuto con la gente que más quieres, has de conformarte con el gran regalo de la tecnología, que no sólo te permite hablar, sino verte las caras con ellos, aunque sea los fines de semana, que es mucho más de lo que se podía hacer hasta hace poco.
Desde lejos la visión que la gente tiene de nosotros se deforma, pasamos a ser la hija de, o la amiga de... que está viviendo en Boston, como si fueras una esencia, un ente. Y despiertas cierta envidia momentánea en aquellos que siempre dicen: uy, qué suerte, yo siempre he querido vivir fuera de España. Bien, claro que sí, es una experiencia incomparable a nada que haya vivido antes, y desde luego no lo cambiaría por haberme quedado en mis viejos zapatos. Pero cuando miras a tu alrededor y absolutamente TODO lo que te rodea es nuevo, pierdes el equilibrio, el norte y el sur, pierdes la orientación y sientes un vértigo atroz. Al principio todo se magnifica y quieres vivir intensamente lo de aquí y lo de allí, y obviamente, no puedes. Con el tiempo, aprendes a restarle importancia a demasiadas cosas, y por lo que me han contado, cuando llevas mucho tiempo aquí, te haces inmune al ¨no puedo estar¨ aunque quisiera.  Y consigues que las cosas te afecten un poco menos. Y asumes que cuando alguien muere no puedes estar para consolar a los que quedaron desolados, cuando alguien cumple años no puedes estar para ayudarlo a soplar velas, cuando alguien te critica no estas para defenderte, cuando tu madre hace croquetas no estás para que te guarde un tupper... y cuando necesitas un abrazo, ellos no están para dártelo. Así que la suerte, o el esfuerzo, como casi todo, también tiene dos caras.

jueves, 8 de marzo de 2012

Días más largos, noches más cortas

Los días se van alargando, huele distinto, la temperatura se pinta en dos cifras y es húmeda en contexto. La luz del sol se empeña en esperarme a la salida del trabajo, pero yo soy más lenta que la noche. No obstante, la oscuridad remite, tanto en la calle como en mi interior, las sombras se van encogiendo, maltrechas, y empiezan a dejar paso a la ansiada primavera. "Pa los Reyes lo notan los bueyes", dice siempre mi madre, "y pa San Blas lo nota el gañán"... qué sabia ha sido siempre la doctora Godino.
Lo mejor de los días largos es que a veces consigo alcanzarles a plena luz. De noche son igual de bonitos, pero no tan inmortalizables, el flash me juega malas pasadas... De día el rojo del jerseicito se hace púrpura infinita, pues aunque empieza a indultar la bruma... hasta el cuarenta de mayo, no debes quitarte el sayo ;)

Conocen mis pasos, incluso de noche, donde resuenan entre otros ruidos de la oscuridad; neumáticos que van y vienen, puertas, voces, otros pasos... y nunca logro confundirlos. Cada vez es más difícil cogerles por sorpresa, su actitud es la de la espera en cuanto me presienten a lo lejos. Saben que siempre cae alguna caricia, y eso me ha vendido por completo a la rutina. Aun así, siempre hacen alguna cabriola para mostrarme que son capaces; el Husky, inmerso en su linda quietud... Idefix, alma de acróbata empedernido. La balanza se equilibra para poner en orden su espacio vital, el primero le resta energía al segundo, transmitiéndole a su vez una extraña calma. Esta simbiosis me conmueve, los lazos más grandes se forjan entre los seres más distintos. La amistad tiene esa magia capaz de unir los mundos, de dar opciones, capaz de eliminar las sombras en la distancia. La amistad es aquello capaz de sostenerte por hilos invisibles cuando la gravedad se multiplica por mil. La inmensa sabiduría que se adivina en los ojos de glaciar me inspira un sentimiento extraño. Es como esas miradas de los padres que no necesitan palabras. . .  comprensión, ternura... Siempre ha de haber un equilibrio, por precario que sea, entre los dos lados de la romana, si un lado pesa más que el otro, ha de intentar compensarse. Es una ley tan frágil que no puede mantenerse sin esfuerzo, eso es lo que hace que valga la pena.

jueves, 1 de marzo de 2012

La primera española

Pues nunca me había parado a pensarlo, ¡qué responsabilidad! ser la primera española que alguien conoce. Y yo, sin saberlo, he sido yo misma durante meses!!
¿Qué es ser español? Pues así visto desde fuera, parece ser que consiste básicamente en escaquearse, dormir la siesta, comer bien y torear. He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado acerca del "bullfight", como si fuese algo que en España te encuentras así de repente, paseando por la calle. Y aunque es cierto que no deja de ser un rasgo muy español, también hay españoles, como yo, a los que no les gustan los toros. Vamos, los toros sí, lo que no me gusta es el toreo. Tampoco me gusta dormir la siesta, por eso me indigno cada vez que sobreentiendo una referencia desdeñosa a nuestro "relax" laboral. Pero bueno, los tópicos están para eso, para ser tópicos. De hecho, también yo creía que los chinos trabajaban como chinos y que no se relacionaban con nadie; hasta que he conocido de verdad a algunos, y entonces he comprendido que, aunque comen cosas muy raras y hablan un inglés que no hay quien entienda, son más majos que las pesetas. Es gracioso que Jingfa y yo hayamos conectado tan bien viniendo de mundos tan distintos, y no deja de ser paradójico que una de Madrid y uno de Shangai sean los dos únicos trabajando en un laboratorio americano un domingo por la mañana. De hecho, mi primera opción era torear un rato, pero me dio pereza porque llovía y luego no se me seca el capote. La suya era caminar vestido de pollo por encima de unos rodillos sobre agua sucia, pero se lo pensó mejor y prefirió trabajar como buen chino.

Con Inderjeet todo ha sido fácil. Los indios tienen esa actitud bonachona y acogedora que te envuelve desde el principio. Creía que era algo propio de Shomi, pero parece que se extiende a patrones de conducta ancestrales. Y aunque España y La India no pueden ser más diferentes, es hermoso formar parte de una fusión intercultural que cuente con ambas lunas. Intercambiar impresiones sobre nuestras costumbres es un clásico a la hora del café. No deja de sorprenderme la capacidad que tienen los hindúes para mantener sus vínculos familiares. Cuando se casan, deben vivir en la casa de los padres de él, y es una falta de respeto no hacerlo, por lo que se da por hecho que debes permanecer en el lugar donde te has criado y cuidar de tus mayores, así como procrear lo antes posible. Con esto no sería tan complicado lidiar si no fuera porque lo normal es que el marido lo escoja el padre, exactamente como Apu y Manjula, sí. Las muchachas hindúes se casan generalmente con un hombre al que no han visto nunca a solas y su función fundamental es cuidar de sus padres y de sus hijos, no así de las tareas de la casa, ya que es muy común tener sirvientes. Por suerte, poquito a poco, la mentalidad va cambiando en familias como la de Inder, que ha tenido la gran suerte de poder escoger a su marido, y encima estar enamorada de él. Eso sí, primero hubieron de recibir el beneplácito de ambos progenitores, tarea que no fue nada fácil. Sus hermanas no tuvieron tanta suerte, y viven sus vidas ajenas intentando ser felices con lo que les ha tocado. Cuidan de sus niños que lo son todo para ellas, pero jamás han viajado ni visto nada que no sea sus propios hogares.
Cuando hablamos de esto yo siempre le hago la misma pregunta, ¿y qué pasa si no son felices? Y ella me responde una y otra vez: "se aguantan, porque si se separaran tendrían que volver a casarse de la misma forma". 
Inderjeet no entiende qué hacemos los españoles cuando salimos por la noche; qué le encontramos de divertido a eso de bailar, tomar una copa o hablar con desconocidos hasta altas horas de la madrugada. Para ellos el fin de semana consiste en ir al templo, comer algo fuera de casa con su marido, ir al cine y poco más. Nunca han salido ellas solas antes de casarse, nunca han ido de vacaciones con sus parejas, nunca, nunca, nunca... A veces es complicado para mí comprender sus razonamientos, aunque intento, desde la posición de alguien que ha vivido en un mundo tan distinto, ponerme en sus zapatos y en su cultura. Obviamente, me siento enormemente afortunada por haber nacido en una cultura como la nuestra. Y aunque es cierto que a España le ha costado abrir la mente y aceptar que las mujeres pueden votar, trabajar, estudiar una carrera y ser completamente independientes, todavía nos queda mucho que superar. Aún no somos iguales a nivel laboral, ni a la hora de cuidar de los niños, ni de dirigir empresas o de hacer con nuestras vidas lo que nos de la gana. Pero cada vez subimos un escaloncito más en la gran escalera que conduce a la igualdad.
Por otro lado, en otras culturas europeas más parecidas a la nuestra, también se baraja esa visión de nuestra piel de toro ligada al folclore y el cachondeo. Para los irlandeses, los españoles siempre nos estamos quejando y trabajamos algo menos de lo justo. Eso sí, tenemos un carácter abierto y somos simpáticos. Antes de enredarme en esta tela de araña, yo también creía en los tópicos, pero cuando te toca deshacer los tuyos, no mola tanto... Ahora que sé que soy la primera española que muchos de ellos conocen, siento la responsabilidad de demostrar que España no es un circo. Lo malo es que luego abro el periódico cada mañana y mi moral se desmorona: jueces que son inhabilitados por hurgar donde no deben, estudiantes apaleados por pedir mejoras en las aulas, miembros de la realeza que se apropian del bien ajeno, impuestos sobre bienes inmuebles que no todo el mundo paga por igual, mediocres colocados en puestos de mando subiendo el precio del pan cada vez que abren la boca... y un largo etcétera de vergüenzas nacionales que los españoles hemos de lavar como podemos desde fuera y desde dentro de nuestra tierra.
Por eso, y de perdidos al río, los españoles de Boston nos vemos obligados a celebrar fiestas y salir de noche, porque si nos ven todo el día trabajando en el laboratorio, fines de semana incluídos, podrían pensar que no somos simpáticos, o lo que es peor, que en realidad no somos españoles, sino chinos.